En 1863 empezaron a morirse sin explicación aparente unas cepas del valle del Ródano. No había hongo visible, ni sequía, ni granizo: las plantas perdían vigor, amarilleaban y en tres o cuatro años estaban secas. Hicieron falta cinco años para que el botánico Jules-Émile Planchon desenterrase raíces todavía vivas del borde del foco y encontrase en ellas unos pulgones diminutos de color amarillento. Aquel insecto, llegado de Norteamérica con material vegetal, acabó destruyendo la mayor parte del viñedo europeo en menos de cuarenta años y obligó a reconstruirlo entero sobre pies americanos. Sigue aquí, y la única razón de que hoy tengamos viñas es que están injertadas.

Plantación de vid en espaldera

Qué es exactamente la filoxera

La filoxera de la vid es un insecto, no un hongo ni una enfermedad. Se trata de Daktulosphaira vitifoliae (antes Phylloxera vastatrix y también citada como Viteus vitifoliae), un hemíptero de la familia Phylloxeridae, emparentado de lejos con los pulgones. Los adultos miden entre 0,3 y 1,4 milímetros, son de color amarillo verdoso a pardo y se ven a simple vista solo si uno sabe dónde mirar; con una lupa de diez aumentos resultan inconfundibles.

Conviene fijar esta idea porque condiciona todo lo demás: al ser un insecto chupador que vive bajo tierra, no responde a fungicidas, no se combate con cobre ni azufre y no se detecta mirando las hojas. Quien busca manchas en el envés está buscando otra cosa.

Su origen es el este de Norteamérica, donde convive desde siempre con las vides silvestres americanas (Vitis riparia, Vitis rupestris, Vitis berlandieri, Vitis labrusca). Esas especies coevolucionaron con el insecto y aprendieron a tolerarlo. Vitis vinifera, la vid europea de la que salen prácticamente todas las variedades de vino y de mesa que cultivamos, no tenía ninguna defensa.

Un ciclo biológico complicado que en España casi nunca se ve entero

El ciclo completo de la filoxera incluye formas aladas, formas ápteras, reproducción sexual y reproducción por partenogénesis, y alterna entre las hojas y las raíces. En la práctica, sobre Vitis vinifera el ciclo suele quedarse incompleto y se reduce a la parte que importa: la forma radicícola, que vive en las raíces, se reproduce sin machos y va acumulando generaciones durante toda la campaña.

Estas hembras radicícolas pasan el invierno como ninfas sobre las raíces, a menudo por debajo de los 30 centímetros de profundidad, y reanudan la actividad cuando el suelo se calienta en primavera. Cada hembra pone decenas de huevos y en un verano cálido pueden solaparse cinco, seis o siete generaciones. La dispersión de un foco a otro se produce por las formas jóvenes que caminan por las grietas del suelo, por el agua de escorrentía, por el viento, por los aperos y las botas, y sobre todo por el transporte de plantones o de sarmientos con tierra.

La forma gallícola, la que produce agallas en las hojas, es habitual en vides americanas, en híbridos productores directos y en algunos portainjertos de vivero, y es rara y poco dañina en Vitis vinifera. Aquí hay una confusión muy repetida: las ampollas o abultamientos que muchos aficionados encuentran en las hojas de su parra casi nunca son filoxera, sino erinosis, causada por el ácaro Colomerus vitis. Se distinguen fácil: en la erinosis el abultamiento sobresale por el haz y el envés queda cubierto de un fieltro de pelos blancos que luego pardean; en la agalla de filoxera el bulto sobresale por el envés, es liso y tiene una abertura pilosa en la cara superior. La erinosis es prácticamente inocua. La filoxera radicícola mata la cepa.

Qué le hace a la planta y cómo se manifiesta

El insecto pincha la raíz e inyecta saliva para alimentarse. Esa saliva provoca dos tipos de deformación según dónde pique:

En las raicillas jóvenes aparecen las nodosidades: engrosamientos en forma de gancho o de pico de loro, de pocos milímetros, amarillentos al principio. Impiden que la raíz siga creciendo y absorbiendo.

En las raíces gruesas y lignificadas se forman las tuberosidades, abultamientos mayores que terminan agrietándose. Esas grietas son la verdadera sentencia: por ellas entran hongos y bacterias del suelo que pudren el sistema radicular. La cepa no muere por la picadura, muere por la necrosis secundaria que la picadura deja abierta.

Los síntomas en la parte aérea son inespecíficos y por eso se diagnostican tarde. Lo primero suele ser un rodal de cepas de menor vigor dentro de la parcela, que se agranda cada año en forma de mancha de aceite y que a menudo aparece primero en las zonas más secas o de suelo más suelto. Dentro de ese rodal se observa brotación débil y desigual, entrenudos cortos, hojas pequeñas que amarillean y enrojecen antes de tiempo, caída anticipada, racimos escasos y con bayas pequeñas que no terminan de madurar, y una falta de agostamiento que hace la madera más sensible al frío. Entre los primeros síntomas y la muerte de la planta suelen pasar de tres a ocho años, según el vigor de la parcela, el suelo y la disponibilidad de agua.

El diagnóstico solo se confirma bajo tierra. Hay que cavar en el borde del rodal, nunca en el centro, porque en las cepas ya muertas el insecto ha abandonado la raíz. Se descalza una planta que aún esté enferma pero viva, se sacan raíces de entre 20 y 50 centímetros de profundidad y se buscan las nodosidades con lupa. El mejor momento son los meses de junio a septiembre, con el suelo caliente y las poblaciones altas.

Cepa de vid afectada por filoxera con hojas amarillentas

La filoxera en España

La plaga entró en la Península por dos puntos y en dos fechas distintas: Málaga en 1878, en la comarca de la Axarquía, y Girona en 1879, en el Alt Empordà. Desde esos focos avanzó durante dos décadas hacia el interior, arrasó el viñedo catalán, el andaluz, el castellano y llegó a La Rioja en el cambio de siglo.

Hay una paradoja histórica que explica bastante del mapa vitícola actual. Cuando Francia perdió su viñedo en los años setenta del siglo XIX, España se convirtió de golpe en su proveedor de vino, la superficie plantada se disparó y comarcas enteras vivieron una década de bonanza. Cuando la plaga cruzó los Pirineos y llegó a esas mismas comarcas, el desplome fue doble: se perdieron las cepas y se perdió el mercado. Muchos pueblos del interior no recuperaron nunca la población que tenían antes.

Quedan zonas donde la vid sigue cultivándose a pie franco, es decir, sin injertar. Los arenales del entorno de Sanlúcar y del litoral atlántico, algunas parcelas de suelo muy arenoso repartidas por Castilla y, de forma muy señalada, Lanzarote, donde el suelo volcánico de picón ha impedido siempre el asentamiento del insecto. No es magia: en suelos con más de un 70 u 80 % de arena gruesa y muy poca arcilla, las galerías se derrumban y las formas juveniles no consiguen moverse ni fijarse en la raíz.

Prevención y control: qué funciona de verdad

Empecemos por lo que no funciona. No existe ningún tratamiento insecticida práctico contra la filoxera radicícola. El producto histórico fue el sulfuro de carbono inyectado en el suelo, caro, peligroso, fitotóxico y hoy prohibido. La inundación invernal de la parcela durante cuarenta o cincuenta días fue otro remedio antiguo, solo aplicable en llanos regables. Los insecticidas de suelo actuales no alcanzan de forma homogénea las raíces profundas y no compensan ni técnica ni económicamente. Tampoco sirven de nada los tratamientos foliares.

Lo que funciona, y lo hace desde hace más de un siglo, es el injerto de la variedad europea sobre un portainjerto de origen americano. Los pies se eligen entre Vitis riparia, Vitis rupestris, Vitis berlandieri y sus híbridos: 110 Richter, 140 Ruggeri, 1103 Paulsen, 41 B, 161-49 Couderc, SO4, 3309 Couderc, Rupestris du Lot. La elección no se hace solo por la filoxera, sino por el suelo y el clima: la caliza activa, la sequía, la salinidad y el vigor que se busca mandan tanto o más que la plaga. En secanos calizos del centro y el sur peninsular son frecuentes el 110 R, el 140 Ru y el 1103 P; el 41 B aguanta mucha caliza pero, al llevar sangre de vinifera, es de los menos resistentes del catálogo.

Merece la pena precisar un matiz que se pasa por alto: los portainjertos son resistentes, no inmunes. El insecto sigue picando sus raicillas y formando nodosidades; lo que no consigue es generar tuberosidades que agrieten la raíz gruesa y abran la puerta a la podredumbre. La planta convive con la plaga sin morirse. Por eso la filoxera no se ha erradicado en ningún sitio ni se va a erradicar: está en todo el viñedo europeo, contenida.

Para un aficionado con una parra en el jardín o en una pérgola, la consecuencia práctica es directa. Compre siempre planta injertada y con pasaporte fitosanitario, procedente de vivero autorizado. Los esquejes de la parra del vecino, los sarmientos regalados y las plantas de origen dudoso son la vía habitual de entrada en zonas todavía limpias, y una vid a pie franco plantada en un suelo normal está condenada a medio plazo aunque tarde años en manifestarlo.

Si hay que replantar una parcela donde ha habido filoxera, se arranca a fondo, se retiran hasta los restos de raíz, se deja el terreno en barbecho un par de años como mínimo para que se agoten los fragmentos vivos y se vuelve a plantar con pie resistente. Y siempre, lavado de calzado y desinfección de aperos al pasar de una parcela afectada a otra sana: buena parte de la dispersión moderna es de origen humano.

En resumen

La filoxera es un pulgón microscópico, Daktulosphaira vitifoliae, que se alimenta de las raíces de la vid y provoca nodosidades y tuberosidades por las que entran los hongos que acaban pudriéndolas. Sus síntomas aéreos (rodales de cepas débiles que se amplían año tras año, hojas pequeñas y amarillas, racimos raquíticos, muerte en tres a ocho años) son inespecíficos, y el diagnóstico exige descalzar una planta enferma pero viva en el borde del foco y buscar los engrosamientos en las raicillas con lupa. No hay tratamiento químico eficaz ni lo va a haber: la solución sigue siendo la misma que se encontró en el siglo XIX, injertar la variedad europea sobre portainjerto americano elegido según el suelo, y evitar introducir material vegetal sin certificar. La plaga no está vencida, está contenida, y esa distinción es lo que obliga a seguir plantando injertado.


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