Un ácaro no es un insecto. La distinción parece de manual escolar, pero es exactamente la razón por la que tantos tratamientos fracasan: el insecticida que compramos en el garden para pulgón puede no tocar a la araña roja y, además, dejar el terreno libre para que se multiplique sin freno. Entender qué son estos animales y cómo se comportan vale más que cualquier producto.
Qué es exactamente un ácaro
Los ácaros forman la subclase Acari, dentro de los arácnidos, el mismo grupo que las arañas y los escorpiones. Eso significa ocho patas en el estado adulto (las larvas recién nacidas solo tienen seis), sin antenas, sin alas y con el cuerpo fusionado en una sola pieza en lugar de dividido en cabeza, tórax y abdomen.
El tamaño es la primera dificultad práctica. Un adulto de araña roja mide entre 0,4 y 0,5 mm; los eriófidos, que son los más pequeños, se quedan en 0,15 o 0,2 mm y tienen además solo cuatro patas. A simple vista se ven, como mucho, como puntitos móviles sobre el envés de la hoja, y muchas veces ni eso. Una lupa de 10 o 20 aumentos es la herramienta de diagnóstico más rentable que puede tener un aficionado.
Conviene aclarar algo desde el principio: la inmensa familia de los ácaros incluye miles de especies y solo una minoría ataca a las plantas. Los que aparecen en el compost, en la tierra húmeda o corriendo por la superficie de una maceta suelen ser saprófagos o depredadores, y no hacen daño alguno. Antes de tratar, hay que saber a quién se trata.
Los ácaros que sí dañan las plantas
En jardines y huertos españoles hay cuatro grupos que concentran la práctica totalidad de los problemas.
Tetraníquidos o arañas rojas. Tetranychus urticae es el más común y el más polífago: ataca judía, tomate, pepino, fresa, rosal, hiedra, dipladenia, gerbera y decenas de especies más. Pese al nombre, su color habitual es verdoso o amarillento con dos manchas oscuras laterales; solo se vuelve rojo anaranjado en otoño, cuando las hembras entran en diapausa para invernar. En cítricos y frutales de hueso aparecen además Panonychus citri y Panonychus ulmi.
Tarsonémidos. Polyphagotarsonemus latus, el ácaro blanco, ataca los brotes tiernos de pimiento, berenjena, gerbera y muchas ornamentales de interior. No hace telaraña y es tan pequeño que rara vez se ve, así que se diagnostica por el daño: hojas nuevas rizadas hacia abajo, endurecidas y con aspecto acharolado.
Eriófidos. Son los responsables de las agallas y deformaciones raras. Colomerus vitis produce la erinosis de la vid, esas ampollas en el haz con un fieltro blanquecino en el envés que tanto se confunde con mildiu. Aculops lycopersici provoca el bronceado del tomate, que empieza por la base del tallo y sube. Phyllocoptruta oleivora deja los frutos de cítrico con la piel plateada o herrumbrosa.
Ácaros del bulbo y de la raíz. Rhizoglyphus ataca bulbos de tulipán, narciso, gladiolo y también ajos y cebollas mal conservados, siempre asociado a heridas o pudriciones previas.
Cómo reconocer el ataque
El síntoma más característico de la araña roja es un punteado fino y claro sobre el haz, como si alguien hubiera espolvoreado la hoja con sal. Cada punto es una célula vaciada: el ácaro pincha con sus estiletes, succiona el contenido celular y deja el hueco lleno de aire. Cuando hay muchos puntos juntos, la hoja pasa a un tono bronceado o plomizo, se seca por los bordes y acaba cayendo.
La telaraña aparece tarde, no pronto. Si ya se ven hilos finos uniendo brotes y peciolos, la población lleva semanas creciendo y el tratamiento va a ser mucho más difícil. Quien espera a ver telaraña para actuar se encuentra ya con la planta defoliándose y con los ácaros pasados a las vecinas.
En tarsonémidos y eriófidos no hay punteado ni telaraña: hay deformación. Brotes que no se abren, hojas nuevas encogidas, retorcidas o con los bordes hacia abajo, entrenudos acortados. Es fácil confundirlo con daño de herbicida hormonal o con un virus, y por eso conviene mirar la planta entera: el daño de ácaro empieza siempre por lo más tierno y se concentra en unas ramas antes que en otras.
Hay un truco de campo sencillo: sacudir una rama sospechosa sobre un folio blanco. Los ácaros caen y se ven como puntitos que caminan. Si al pasar el dedo dejan una raya rojiza o verdosa, son tetraníquidos.
Por qué aparecen: calor, sequedad y nitrógeno
La araña roja se dispara con calor seco. Entre 30 y 35 ºC con humedad relativa por debajo del 50 %, una hembra completa su ciclo de huevo a adulto en cinco o seis días y pone unos cien huevos. A 20 ºC ese mismo ciclo tarda dos semanas largas. Traducido al clima peninsular: en el interior, de junio a septiembre, la población puede multiplicarse por diez en una semana, mientras que en la cornisa cantábrica rara vez llega a plaga grave al aire libre.
El segundo factor es el abonado. Un exceso de nitrógeno produce tejidos blandos, ricos en aminoácidos libres, que aumentan la fecundidad de los ácaros de forma medible. Las plantas atiborradas de abono de crecimiento se llenan de araña roja antes que sus vecinas.
Y el tercero, el que casi nadie tiene en cuenta: los tratamientos insecticidas de amplio espectro provocan brotes de ácaros. Los piretroides, en particular, matan con facilidad a los ácaros depredadores y a otros enemigos naturales, pero apenas afectan a los fitófagos. El resultado es una planta sin control biológico donde la plaga rebrota más fuerte que antes. Si alguien lleva tres años fumigando el rosal cada primavera y cada verano tiene más araña roja, la causa probablemente sea esa.
Qué hacer para eliminarlos
Cambiar el ambiente. Lo primero y lo más barato. Mojar el envés de las hojas con agua a presión moderada, a primera hora de la mañana, arrastra ácaros y sube la humedad ambiental. En plantas de interior, ducharlas en el baño cada diez o quince días durante los meses de calefacción resuelve buena parte de las infestaciones incipientes. Ojo: esto vale para araña roja, pero no conviene en plantas de hoja aterciopelada ni cuando hay riesgo de hongos foliares.
Jabón potásico. A razón de 10-20 ml por litro, actúa por contacto disolviendo la cutícula. No deja residuo y se puede repetir cada cinco o siete días. Exige mojar muy bien el envés, que es donde vive el ácaro; una pulverización desde arriba no sirve de nada.
Aceite de parafina o aceite de verano. Al 0,5-1 %, asfixia adultos y huevos. Es de los pocos productos que actúan sobre la fase de huevo, lo que ayuda a cortar el ciclo. No aplicar con más de 28-30 ºC ni a pleno sol, y respetar un intervalo mínimo de tres semanas entre aceite y azufre: la mezcla o la sucesión próxima de ambos quema la planta.
Azufre mojable. Eficaz y muy económico contra tetraníquidos y eriófidos, a 2-3 g/l. Sus dos límites son conocidos: fitotoxicidad por encima de 30 ºC y sensibilidad de algunas especies (cucurbitáceas, grosellero, algunas variedades de manzano). Aplicar al atardecer.
Extracto de neem. Actúa más como regulador y repelente que como acaricida fulminante. Funciona mejor en poblaciones bajas y como complemento, no como solución de urgencia.
Control biológico. En invernadero doméstico y en huerto es la vía más sólida. Phytoseiulus persimilis es un depredador especialista de Tetranychus muy voraz, pero necesita humedad alta y desaparece cuando se acaba la presa. Neoseiulus californicus aguanta mejor la sequedad y sobrevive con poca presa, así que sirve para introducirlo de forma preventiva. Amblyseius swirskii es más generalista. Se sueltan cuando ya hay algo de plaga, nunca con la planta recién fumigada.
Acaricidas de síntesis. Abamectina, acequinocilo, hexitiazox y similares tienen su lugar cuando la infestación está avanzada, pero hay que asumir dos reglas. Primera: la araña roja desarrolla resistencia con una facilidad notable, así que no se repite dos veces seguidas la misma materia activa; se alterna entre modos de acción distintos. Segunda: la mayoría son ovicidas o adulticidas, no ambas cosas, y por eso hacen falta dos aplicaciones separadas por siete a diez días para alcanzar a los individuos que estaban en huevo durante la primera.
Prevención, que es donde se gana
Toda planta nueva que entra en casa o en el invernadero pasa dos semanas apartada del resto y revisada con lupa. Las infestaciones de interior llegan casi siempre en una planta comprada, no por generación espontánea.
En el huerto, retirar los restos de cultivo al terminar la temporada elimina las hembras invernantes, que se refugian bajo la corteza, en grietas de las estructuras y entre los rastrojos. Mantener las malas hierbas del perímetro cortadas ayuda, aunque tampoco conviene dejar el entorno pelado: una franja de flores silvestres sostiene a los depredadores naturales durante todo el año.
Y regar de forma regular. Una planta con estrés hídrico acumula solutos en sus tejidos y resulta más nutritiva para el ácaro. El seto de cupresáceas o la conífera que se seca en agosto no se llena de araña roja por casualidad.
En resumen
Los ácaros son arácnidos diminutos, no insectos, y esa diferencia condiciona todo el manejo. Los fitófagos importantes en España se reducen a tetraníquidos (araña roja), tarsonémidos y eriófidos, cada uno con un daño característico: punteado y bronceado los primeros, deformación de brotes los otros dos. Se disparan con calor seco, exceso de nitrógeno y uso de insecticidas de amplio espectro que eliminan a sus depredadores. El control empieza por subir la humedad y mojar el envés, sigue con jabón potásico, aceite de parafina o azufre según la época, e incorpora ácaros depredadores cuando se puede. Los acaricidas químicos funcionan si se alternan modos de acción y se repite el tratamiento a los siete o diez días. Y sobre todo: no esperar a ver telarañas, porque para entonces se ha perdido más de un mes de ventaja.