Un olivo con repilo se queda sin hojas por dentro y por abajo justo cuando arranca la primavera, que es el momento en que más las necesita para sacar adelante la floración. La defoliación es el daño de verdad: las manchas redondas de las hojas son solo la parte visible de un proceso que lleva meses en marcha y que, cuando se nota a simple vista, ya viene de lejos.

El repilo lo causa el hongo Venturia oleaginea, al que se ha llamado durante décadas Spilocaea oleagina y también Fusicladium oleagineum. Es, con diferencia, la enfermedad foliar más extendida del olivar español, y afecta igual al olivo de secano en producción que al ejemplar ornamental que alguien tiene plantado en el jardín.

Hojas de olivo con las manchas circulares características del repilo

Cómo se reconoce en la hoja

La lesión típica aparece en el haz de la hoja: una mancha circular de entre 2 y 10 milímetros, de color verde oscuro a pardo casi negro, rodeada a menudo por un halo amarillento. Ese contraste entre el centro oscuro y el anillo claro es lo que le ha dado el nombre popular de ojo de gallo u ojo de pavo. En el envés no se ve prácticamente nada, y esa asimetría ayuda a distinguirlo de otras alteraciones.

Las manchas se concentran en la parte baja y en el interior de la copa, donde la humedad se retiene más horas. Con el tiempo la hoja amarillea por completo y cae. Un olivo muy atacado puede perder buena parte de la hoja vieja entre febrero y abril, y queda con la vegetación reducida a las puntas de los ramos.

Por qué duele tanto la defoliación

La hoja del olivo vive dos o tres años y es el órgano que acumula las reservas con las que el árbol induce yemas de flor y cuaja el fruto. Si se cae en invierno, el árbol llega a la floración descapitalizado. Las consecuencias son encadenadas:

Menos yemas de flor en la brotación siguiente, porque la inducción floral depende del estado de reservas del otoño anterior. Peor cuajado y más caída de frutitos en junio. Ramos desnudos que ya no vuelven a llenarse de hoja, con lo que la zona productiva se desplaza hacia fuera y el interior del árbol se vacía. Y vecería acentuada: el año siguiente al ataque fuerte suele ser de cosecha corta.

Hay además una variante que sí toca directamente al fruto: el repilo escudete o aceituna jabonosa, causado por el mismo hongo. Aparece en el otoño como una depresión circular parda en la aceituna, provoca caída prematura y penaliza el rendimiento graso y la calidad del aceite.

Cuándo infecta realmente

Aquí está la clave para tratarlo bien, y es donde más se falla. Venturia oleaginea necesita agua líquida sobre la hoja —lluvia, rocío persistente o niebla— y temperaturas suaves. Su rango útil va aproximadamente de 8 a 24 °C, con un óptimo alrededor de los 15-20 °C. Por debajo de 5 °C se para; por encima de 25-28 °C, también.

Eso significa que los periodos de infección en la España peninsular son el otoño (de octubre a diciembre) y el final del invierno y la primavera (de febrero a abril). En pleno verano el hongo no infecta, aunque las lesiones antiguas sigan ahí. Y en pleno invierno, con heladas frecuentes, la actividad se ralentiza.

Entre la infección y la aparición visible de la mancha pasan de varias semanas a más de tres meses, según la temperatura. Por eso lo que se ve en marzo se infectó en noviembre. Tratar cuando se ven las manchas es tratar tarde.

Un error de manual: creer que el problema está en el suelo

Es muy común oír que hay que retirar y quemar la hojarasca caída porque de ahí sale el contagio. La hoja caída aporta algo de inóculo durante un tiempo corto, pero la fuente principal de esporas son las lesiones de las hojas que siguen en el árbol. Ahí es donde el hongo esporula, año tras año, cada vez que se moja la copa. Barrer el suelo no arregla nada si la copa está cargada de manchas; en cambio, un tratamiento que cubra bien el interior del árbol sí.

El segundo error frecuente es tratar en verano, cuando se ve el árbol feo y da la impresión de que hay que hacer algo. Con 35 °C el hongo no está infectando, y el cobre aplicado en julio habrá desaparecido con las primeras lluvias serias de octubre. Es dinero y trabajo tirados.

El diagnóstico que se hace en casa

Existe una prueba sencilla y muy útil para saber cuánta infección latente hay antes de que se vea: sumergir una muestra de hojas en una disolución de sosa cáustica (hidróxido sódico) al 5 % durante unos minutos, mejor si está templada. Las lesiones aún invisibles se revelan como manchas oscuras redondeadas sobre el fondo verde.

Se toman unas cien hojas repartidas por la parte baja e interior de varios árboles, se cuentan las que dan positivo y se calcula el porcentaje. Si en septiembre supera el 10 %, hay que tratar sí o sí antes de las lluvias de otoño. Se hace con guantes y gafas: la sosa es cáustica de verdad y quema la piel.

Materias activas y calendario de tratamiento

La base sigue siendo el cobre, en cualquiera de sus formulaciones autorizadas: oxicloruro de cobre, hidróxido cúprico, sulfato cuprocálcico (caldo bordelés) u óxido cuproso. El cobre es un fungicida preventivo y de contacto. No entra en la hoja, no cura una infección ya establecida y no se redistribuye: si el caldo no toca una hoja, esa hoja queda desprotegida. De ahí que el volumen de caldo y la calidad del mojado importen más que subir la dosis.

El esquema que funciona en la mayor parte del olivar peninsular es de dos aplicaciones al año:

Otoño, antes de las primeras lluvias. Normalmente entre finales de septiembre y mediados de octubre, según la zona y el parte meteorológico. Es el tratamiento más rentable de los dos, porque corta la infección en el momento de mayor riesgo. Si la variedad se recolecta tarde, se puede hacer igualmente respetando el plazo de seguridad del producto.

Final de invierno o principio de primavera. Entre febrero y marzo, antes de las lluvias primaverales y coincidiendo con el desborre. Protege la hoja nueva y frena el rebrote de la enfermedad.

En años muy lluviosos, en vaguadas, o en parcelas con historial grave, se añade un tercer pase a finales de primavera. En zonas de clima atlántico —Galicia, cornisa cantábrica, olivares de interior con nieblas persistentes— el riesgo es mayor y la pauta se acerca a las tres aplicaciones.

Junto al cobre existen fungicidas orgánicos autorizados en olivar con mejor persistencia y cierta acción de choque, como la dodina y algunas estrobilurinas (kresoxim-metil, trifloxistrobina). Se emplean sobre todo en olivar profesional y conviene alternarlos con el cobre para no seleccionar resistencias. Sea cual sea el producto, hay que comprobar que está inscrito para olivo en el Registro de Productos Fitosanitarios del Ministerio y aplicar la dosis de la etiqueta: las autorizaciones cambian de una campaña a otra.

Olivo centenario de copa aireada, con buena entrada de luz al interior

Lo que se hace sin pulverizador

El repilo es, antes que nada, un problema de horas de hoja mojada. Todo lo que reduzca esas horas reduce la enfermedad, y eso se decide con la poda y el manejo, no con el fungicida.

Aclarar la copa. Una poda que abra el centro y deje pasar aire y luz seca la hoja mucho antes después de una lluvia. Los olivos cerrados, con la vegetación apelotonada, son los que siempre tienen las manchas. Se poda en invierno o a la salida de este, y conviene desinfectar la herramienta al pasar de un árbol claramente enfermo a otro sano.

No pasarse con el nitrógeno. El abonado nitrogenado excesivo produce brotación tierna, hoja grande y blanda, y copa densa: exactamente lo que el hongo busca. Equilibrar con potasio y ajustar el nitrógeno a la producción real baja la susceptibilidad de forma apreciable.

Cuidado con el riego por aspersión. Mojar la copa fuera de temporada, y sobre todo al atardecer, alarga las horas de humedad. En olivo el riego debe ir al suelo, por goteo o a manta.

Marcos y ubicación. Las plantaciones muy densas y las zonas bajas donde se acumula la humedad y el aire no corre son focos permanentes. En jardín, el mismo principio: un olivo pegado a un muro en sombra y en una esquina cerrada tendrá repilo todos los años.

La variedad importa

La sensibilidad varietal es real y muy marcada. Entre las variedades españolas se consideran especialmente sensibles la Manzanilla de Sevilla, la Hojiblanca, la Cornicabra y la Blanqueta, mientras que Picual se comporta con una susceptibilidad intermedia y algunas como Lechín de Sevilla se sitúan entre las menos afectadas. No hay variedad inmune, pero plantar una sensible en una parcela húmeda y fría condena a un programa de tratamientos permanente.

Si se está eligiendo variedad para una plantación nueva en zona con historial de repilo, ese criterio pesa tanto como el rendimiento graso. Y si el árbol ya está plantado, se compensa con poda de aclareo y calendario de cobre bien ajustado.

No todo lo que mancha la hoja es repilo

Conviene no dar por hecho el diagnóstico. El repilo plomizo o emplomado, causado por Pseudocercospora cladosporioides, produce en el envés un afieltrado grisáceo o plomizo y en el haz un amarilleo difuso sin manchas circulares definidas; también defolia y se combate con cobre en las mismas épocas. El vivillo o antracnosis (Colletotrichum spp.) ataca principalmente al fruto, que se pudre y momifica. Y una hoja amarilla y caediza sin lesión alguna puede ser simple carencia de nitrógeno, encharcamiento o un problema radicular, incluida la verticilosis, que no responde a ningún tratamiento foliar.

Antes de montar un programa de aplicaciones, mirar una hoja al trasluz y comprobar si la mancha es circular, oscura, en el haz y con halo amarillo cuesta un minuto.

En resumen

El repilo es una enfermedad fúngica del olivo causada por Venturia oleaginea que se reconoce por manchas circulares oscuras con halo amarillo en el haz de la hoja y cuyo daño real es la defoliación de invierno, con la pérdida de cosecha que arrastra. Infecta con hoja mojada y temperaturas de 8 a 24 °C, es decir en otoño y a la salida del invierno, y tarda semanas o meses en manifestarse, así que hay que tratar antes de ver los síntomas. El control se apoya en dos aplicaciones de cobre —una antes de las lluvias de otoño y otra en febrero o marzo—, en una poda que airee el interior de la copa, en un abonado nitrogenado contenido y en no mojar la hoja al regar. La prueba de la sosa al 5 % permite medir la infección latente en septiembre y decidir con datos. Y conviene recordar que el inóculo está en las hojas del árbol, no en la hojarasca del suelo, y que tratar en verano no sirve para nada.


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