Los trips son de esas plagas que llevan tiempo actuando antes de que uno se dé cuenta. Miden uno o dos milímetros, se esconden dentro de las flores y de los brotes sin abrir, y cuando el daño se hace evidente —esas hojas con aspecto plateado, como arañado— la colonia lleva ya varias generaciones instalada.

Son, además, una de las plagas más difíciles de controlar de la horticultura moderna. Se reproducen a una velocidad enorme con calor, tienen fases del ciclo que transcurren en el suelo y fuera del alcance de cualquier pulverización, han desarrollado resistencia a buena parte de los insecticidas y, en el caso de la especie más problemática, transmiten un virus que arruina cosechas enteras. Merece la pena entenderlos bien.

Trips sobre una hoja vista de cerca

Qué son exactamente

Los trips forman el orden Thysanoptera, un nombre que significa literalmente "alas con flecos" y describe muy bien su rasgo más singular: unas alas estrechísimas bordeadas de largas setas, que a simple vista parecen dos hilos con pelos. Con ellas vuelan mal pero se dejan arrastrar muy bien por el viento, lo que explica su capacidad de colonizar parcelas nuevas.

El adulto es un insecto alargado y estrecho, de 1 a 2 mm, de color que va del amarillo pajizo al pardo oscuro o negro según la especie. Las larvas son parecidas pero sin alas, más claras, casi translúcidas o amarillentas.

Lo que hace singular su daño es el aparato bucal. Los trips no pican como un pulgón ni mastican como una oruga: tienen un aparato raspador-chupador asimétrico, con una única mandíbula funcional que perfora la pared celular. Con ella rompen las células de la epidermis y sorben su contenido. La célula vaciada se llena de aire, y ese aire es lo que produce el aspecto plateado o plomizo tan característico, que se ve mejor mirando la hoja al trasluz o de lado.

En España las especies que más problemas causan son unas pocas:

El trips californiano (Frankliniella occidentalis) es con diferencia el más importante. Introducido en Europa a finales de los años ochenta, es extraordinariamente polífago —ataca hortícolas, ornamentales y frutales— y es el principal vector de virus.

El trips de la cebolla (Thrips tabaci) afecta sobre todo a cebolla, puerro, ajo y col, produciendo el clásico plateado de las hojas.

El trips del invernadero o del laurel (Heliothrips haemorrhoidalis) es habitual en plantas ornamentales de hoja dura, como laurel, aguacate, camelia o vid, y deja el envés salpicado de puntos negros brillantes.

El trips del ficus (Gynaikothrips ficorum) es muy visible en el arbolado urbano de Ficus microcarpa, donde provoca que las hojas nuevas se plieguen sobre sí mismas formando una especie de vaina o agalla donde vive la colonia.

Cómo reconocer el daño

El síntoma decisivo es la combinación de dos cosas: decoloración plateada y puntos negros. Lo plateado es la epidermis vaciada; los puntos negros y brillantes son sus deyecciones, que quedan repartidas por la superficie. Ninguna otra plaga deja esa firma doble.

A partir de ahí, los daños se manifiestan de varias formas:

En hoja, manchas plateadas o bronceadas que empiezan a lo largo del nervio central y del envés, y que con el tiempo confluyen. El tejido acaba secándose y la hoja se deforma o se enrolla.

En brotes y hojas nuevas, deformaciones y crecimiento asimétrico. Los trips atacan preferentemente el tejido meristemático aún sin desplegar, de modo que cuando la hoja crece lo hace ya arrugada o retorcida.

En flor, decoloraciones, manchas blanquecinas en los pétalos, botones que no llegan a abrir y caída de flores. En rosal, gerbera, crisantemo y clavel es el daño económicamente más grave.

En fruto, cicatrices superficiales de aspecto plateado o corchoso. En pimiento y berenjena aparecen manchas alrededor del cáliz; en cítricos, un anillo de piel asperonada; en uva, un moteado gris.

Para confirmar la presencia hay dos métodos sencillos. El primero es sacudir una flor o un brote sobre una hoja de papel blanco: los trips caen y se ven correr como pequeños hilos oscuros. El segundo es colocar trampas cromáticas adhesivas; los trips son atraídos por el azul intenso, aunque también quedan capturados en las amarillas.

Conviene no confundirlos con otras plagas. La araña roja deja un punteado fino y decolorado más regular y a menudo telaraña, pero no manchas plateadas extensas ni excrementos negros. La mosca blanca deja melaza pegajosa y negrilla, cosa que los trips no producen. Y el daño de trips en hoja se parece bastante al ataque de Tetranychus avanzado; los puntos negros son lo que decide.

Daño de plaga de trips sobre el tejido vegetal

Su ciclo, y por qué complica tanto el control

El ciclo de los trips tiene varias particularidades que explican por qué un tratamiento aislado nunca funciona.

La hembra inserta los huevos dentro del tejido vegetal, en el interior de hojas, pétalos o frutos jóvenes, con un oviscapto en forma de sierra. Ahí quedan protegidos: ningún insecticida de contacto los alcanza.

Nacen dos estadios larvarios que se alimentan activamente sobre la planta. Después la larva desarrollada suele dejarse caer al suelo, donde pasa por dos fases inmóviles y que no se alimentan, llamadas prepupa y pupa. Estas fases transcurren en los primeros centímetros de sustrato o entre los restos vegetales, otra vez fuera del alcance de una pulverización foliar. De ahí emerge el adulto y vuelve a la planta.

La velocidad es el otro factor. A 25-30 °C el ciclo completo se cierra en unas dos o tres semanas, con lo que una población puede multiplicarse por diez en un mes. En primaveras y veranos cálidos y secos —el clima habitual en buena parte de España— las explosiones son fulminantes. Con frío, en cambio, el desarrollo se ralentiza mucho.

Se suma la reproducción por partenogénesis: las hembras pueden poner huevos sin haber sido fecundadas, de los que salen machos. Basta con que llegue una hembra a una parcela para que arranque una población.

La consecuencia práctica es clara: en cualquier momento hay huevos protegidos dentro del tejido y pupas protegidas en el suelo. Un solo tratamiento elimina como mucho las formas móviles del momento y, una semana después, la población se ha repuesto. Los tratamientos deben repetirse cada 5-7 días, al menos tres veces, para ir alcanzando las sucesivas cohortes que van emergiendo.

Los virus: la razón principal para preocuparse

Si los trips solo raspasen hojas, serían una plaga molesta. Lo que los convierte en un problema de primer orden es su papel como vectores de tospovirus.

El más conocido es el virus del bronceado del tomate (TSWV, Tomato spotted wilt virus), transmitido principalmente por Frankliniella occidentalis. Afecta a tomate, pimiento, lechuga, alcachofa, patata y numerosas ornamentales, y produce anillos concéntricos necróticos en hoja y fruto, bronceado del tejido y muerte del ápice. No tiene tratamiento: la planta infectada se arranca y se destruye.

El detalle epidemiológico que hay que conocer es este: solo las larvas pueden adquirir el virus al alimentarse de una planta infectada. El virus se multiplica dentro del insecto y es el adulto, ya volador, el que lo transmite durante el resto de su vida. Un adulto que llega volando desde una parcela infectada puede inocular el virus en cuestión de minutos de alimentación.

De aquí se deduce algo que suele malinterpretarse: bajar la población de trips no garantiza evitar el virus. Unos pocos individuos virulíferos bastan para infectar un cultivo. Por eso la estrategia frente a los tospovirus se basa sobre todo en la exclusión —mallas, eliminación de reservorios— y en el uso de variedades resistentes, más que en la lucha directa contra el insecto.

Prevención

Como casi siempre, lo que mejor funciona es lo que se hace antes de tener el problema.

Elimina las malas hierbas del entorno. Los trips invernan y se multiplican en la vegetación espontánea, especialmente en compuestas de flor amarilla, y desde ahí saltan al cultivo. Este es probablemente el punto de mayor impacto.

Inspecciona toda planta nueva antes de introducirla en el jardín, el invernadero o la casa, y mantenla aislada dos o tres semanas. La mayoría de las infestaciones de interior llegan en una maceta comprada.

Instala mallas antitrips en las aberturas de invernaderos. Se necesita una malla de trama muy fina, del orden de 10×20 hilos por centímetro cuadrado, porque las mallas antipulgón estándar los dejan pasar.

Coloca trampas azules desde el principio de la temporada, a la altura del cultivo, no como método de control sino de vigilancia. Detectar la llegada permite actuar cuando la población aún es baja, que es la única situación en la que el control resulta cómodo.

No te excedas con el nitrógeno. El abonado nitrogenado abundante produce tejido tierno, rico en aminoácidos libres, que es exactamente lo que favorece la multiplicación de los trips.

Retira y destruye las flores y hojas muy afectadas, y no las dejes en el suelo del invernadero. Los restos vegetales son refugio para pupas.

Usa acolchados reflectantes de plástico plateado en cultivos hortícolas: desorientan a los adultos en vuelo y reducen sensiblemente la colonización inicial.

Control biológico

Es la vía que mejor resultados da, hasta el punto de que la horticultura protegida del sureste español se apoya casi por completo en ella. Frente a una plaga con resistencia generalizada a los insecticidas, los enemigos naturales son la herramienta más fiable.

Orius laevigatus es el gran aliado. Es un chinche antocórido de unos tres milímetros, depredador voraz de trips en todos sus estadios. Es la base del control de Frankliniella en los invernaderos de pimiento de Almería y Murcia, donde se introduce coincidiendo con la floración, ya que necesita polen para establecerse bien.

Ácaros depredadores: Amblyseius swirskii, muy eficaz en condiciones cálidas, y Neoseiulus cucumeris, que funciona mejor con temperaturas moderadas. Ambos consumen larvas de primer estadio, que es la fase más vulnerable. Se distribuyen en sobres de liberación lenta colgados de las plantas.

Nematodos entomopatógenos (Steinernema feltiae), aplicados en el riego, atacan las fases de prepupa y pupa en el suelo. Son la única forma práctica de alcanzar esa parte del ciclo, y por eso combinarlos con tratamientos foliares mejora mucho el resultado.

Hongos entomopatógenos como Beauveria bassiana y Metarhizium anisopliae, que infectan al insecto por contacto. Necesitan humedad relativa alta para germinar y son incompatibles con la mayoría de los fungicidas, algo que conviene tener en cuenta al planificar los tratamientos.

Para que el control biológico funcione hay una condición innegociable: hay que introducir los auxiliares pronto, con la plaga aún baja, y renunciar a los insecticidas de amplio espectro, que matan a los depredadores mucho antes que a los trips.

Tratamientos

Cuando la población ya se ha disparado, hay opciones, todas con la misma exigencia de repetición.

Jabón potásico al 1-2 %, que actúa por contacto sobre las formas móviles. Es la primera opción en jardín y en interior, inocuo, sin plazo de seguridad y compatible con casi todo. Su limitación es que solo mata lo que moja, y los trips se esconden.

Aceite de neem (azadiractina), que actúa como regulador del crecimiento e inhibe la muda de las larvas, además de tener efecto antialimentario. Se aplica al atardecer, cada 7-10 días.

Spinosad, derivado de la bacteria Saccharopolyspora spinosa, es probablemente el producto más eficaz de los autorizados en producción ecológica. Actúa por contacto e ingestión. Su problema es que se han descrito resistencias en poblaciones de F. occidentalis sometidas a uso intensivo, así que debe alternarse con otras materias activas y no aplicarse más de dos o tres veces seguidas. Además es tóxico para abejas mientras el caldo está húmedo: se aplica al atardecer, nunca sobre flor abierta a pleno día.

Piretrinas naturales, de efecto rápido pero muy poco persistente y nada selectivas: arrasan también con la fauna auxiliar. Para casos puntuales.

La técnica de aplicación importa tanto como el producto:

Moja el envés y el interior de las flores y brotes. Es donde están. Una pulverización superficial por el haz apenas alcanza a una fracción de la población.

Repite cada 5-7 días, tres veces como mínimo. Es la única forma de alcanzar a los individuos que van emergiendo del suelo y de los huevos.

Alterna materias activas con distinto modo de acción. Frankliniella occidentalis es célebre por su capacidad de generar resistencia; repetir siempre el mismo producto es la forma más rápida de perder su eficacia.

Trata al atardecer, con temperaturas suaves y sin sol directo.

Un apunte sobre las trampas azules como método de control: capturan adultos y son insustituibles para el seguimiento, pero por sí solas no bajan una población establecida. Confiar en ellas como tratamiento es un error frecuente.

En resumen

Los trips son insectos del orden Thysanoptera, de 1 a 2 mm, que raspan la epidermis y vacían las células. Dejan una firma inconfundible: decoloración plateada acompañada de puntos negros de excrementos, además de deformación de brotes, manchas en flores y cicatrices corchosas en frutos.

Su control es difícil porque los huevos quedan dentro del tejido y las pupas en el suelo, fuera del alcance de las pulverizaciones, y porque a 25-30 °C el ciclo se cierra en dos o tres semanas. Ningún tratamiento aislado sirve: hay que repetir cada 5-7 días al menos tres veces.

Lo más grave no es el raspado sino su papel como vector del virus del bronceado del tomate, que no tiene cura y obliga a arrancar la planta afectada.

La prevención es lo que más rinde: eliminar malas hierbas del entorno, mallas antitrips de trama fina, cuarentena de plantas nuevas, trampas azules para vigilar desde el inicio y moderación con el nitrógeno. Frente a la plaga instalada, el control biológico con Orius laevigatus, Amblyseius swirskii y nematodos Steinernema feltiae para las fases del suelo es la estrategia más sólida, apoyada si hace falta en jabón potásico, azadiractina o spinosad, alternando materias activas y mojando siempre el envés y el interior de las flores.


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