Una sola hembra de Pieris brassicae deja entre 20 y 100 huevos amarillos apiñados en el envés de una hoja, y con 25 ºC esa puesta eclosiona en menos de una semana. De ahí sale el problema real: no es la mariposa blanca que revolotea sobre el bancal, sino la tropa de orugas que aparece siete días después y que en quince puede dejar una col rizada convertida en un esqueleto de nervios.

Conviene identificar bien al culpable antes de tratar. Cuando en una huerta se habla de mariposa de la col pueden estar refiriéndose a tres insectos distintos, con hábitos diferentes, y la medida que frena a uno deja tranquilo a otro.

Quién come realmente en el bancal de coles

Pieris brassicae, la blanquita grande de la col, es la más llamativa: 55-65 mm de envergadura, alas blancas con el ápice negro y dos manchas oscuras en las alas anteriores de la hembra. Pone en grupos compactos y sus orugas son gregarias: verdeamarillentas, con tres bandas amarillas y salpicaduras negras, comen juntas y a la vista, empezando por las hojas exteriores.

Pieris rapae, la blanquita pequeña, es más discreta y en muchas huertas peninsulares hace más daño. Pone los huevos de uno en uno y su oruga es verde lisa, aterciopelada, con una tenue línea dorsal amarilla. Se camufla sobre el nervio central y tiende a meterse hacia el cogollo, donde ni la ves ni la alcanza el tratamiento.

El tercero no es una mariposa diurna sino una noctuida: Mamestra brassicae, la rosquilla de la col. Su oruga es parda o verde oliva, sale de noche y perfora el repollo hacia dentro dejando galerías llenas de excrementos. Es la responsable de la mayoría de los repollos que se abren en la cocina y aparecen podridos por dentro, aunque por fuera parecieran sanos.

Añade a la lista la polilla Plutella xylostella, que abre pequeñas ventanas translúcidas al raspar la epidermis sin llegar a perforar la hoja, y ya tienes el cuadro completo de lo que se come una brassica.

Orugas de la mariposa de la col alimentándose en grupo sobre una hoja

El ciclo, y por qué importa saber en qué momento estás

La blanquita pasa el invierno en forma de crisálida, sujeta con un cinturón de seda a un muro, un tutor, la parte baja de una tapia o los restos de cultivo. No hiberna dentro de la tierra, así que rebuscar en el suelo no sirve de nada; revisar paredes y estructuras del huerto en invierno sí.

Los primeros adultos vuelan en marzo en el litoral mediterráneo y en el sur, y hacia abril o mayo en el interior y el norte. A partir de ahí encadena de dos a cuatro generaciones hasta octubre, solapadas, con el pico de daño entre finales de agosto y octubre. Ese calendario choca de frente con la costumbre española de plantar coles, brócolis y coliflores de otoño-invierno en agosto y septiembre: las plantas más tiernas coinciden con la generación más numerosa.

El desarrollo completo, de huevo a adulto, ronda los 30-40 días en verano y se alarga bastante en primavera y otoño. La fase de oruga dura entre dos y cuatro semanas y pasa por cinco estadios. Este detalle es el que decide el éxito o el fracaso del tratamiento: una oruga de primer o segundo estadio se mata con facilidad; una de cuarto o quinto, prácticamente no, y además es la que consume el 80 % de lo que comerá en toda su vida.

Síntomas: qué estás viendo exactamente

Los indicios aparecen en este orden, y cuanto antes lo pilles menos trabajo tendrás:

Huevos. Grupos de conos amarillos o anaranjados, estriados, de un milímetro escaso, siempre en el envés. Los de P. rapae van sueltos y son más pálidos. Buscar puestas dos veces por semana durante el verano es la revisión más rentable que puedes hacer en el huerto.

Mordeduras en los bordes y perforaciones irregulares. Al principio las orugas recién nacidas raspan la hoja y dejan zonas transparentes; después perforan y acaban dejando solo la nervadura. Un ataque avanzado de P. brassicae deja la planta reducida a un manojo de nervios y peciolos.

Excrementos verdes o negruzcos. Bolitas granulosas acumuladas en las axilas de las hojas y en el cogollo. Muchas veces se ven antes que la propia oruga y, si están en el corazón de la planta, apuntan a la rosquilla más que a la blanquita.

Cogollos perforados y con mal olor. Las galerías internas abren la puerta a bacterias de podredumbre blanda, y ahí ya no hay tratamiento que valga.

Cuidado con confundirse. Los agujeros muy pequeños y redondos, tipo perdigonada, en plántulas recién trasplantadas son de pulguilla (Phyllotreta spp.), no de oruga. Los mordiscos irregulares con babilla brillante y sin excrementos son de caracoles y babosas. Y si la hoja aparece salpicada de puntitos y con las hojas más jóvenes deformadas y pegajosas, estás mirando pulgón ceniciento de la col (Brevicoryne brassicae), que se trata de otra manera.

Prevención: lo que de verdad evita el problema

Malla antiinsectos desde el trasplante. Es la medida más eficaz y la más infrautilizada. Para una mariposa basta con una malla o un velo de 5 mm de luz, o un tejido tipo tul, colocado sobre arcos y bien sellado en los bordes con tierra. No hace falta la malla antitrips, mucho más tupida y cara, salvo que también quieras frenar al pulgón. Dos advertencias: hay que ponerla el mismo día del trasplante, porque si esperas a ver mariposas ya tienes puestas dentro; y hay que retirar o levantar la malla si el cultivo necesita ser desherbado o si el sol la calienta en exceso sobre plantas pequeñas.

Rotación y limpieza. No plantes brassicas donde hubo brassicas la temporada anterior y arranca los tocones viejos de col, que sostienen orugas y crisálidas hasta bien entrado el otoño. Los restos dejados en el bancal alimentan la generación siguiente.

Flores para los auxiliares. Umbelíferas en flor (eneldo, cilantro, hinojo, zanahoria dejada espigar) y alisos mantienen a los parasitoides que trabajan gratis. El principal es Cotesia glomerata, una avispita bracónida cuyas larvas salen de la oruga y tejen a su lado un racimo de capullos amarillos. Cuando veas esos capullos, no los destruyas: esa oruga ya está muerta y de ahí saldrán decenas de avispas que buscarán las siguientes. Sobre las crisálidas actúa Pteromalus puparum, y también ayudan carábidos, arañas y aves insectívoras.

Y ahora dos creencias que conviene desmontar. La primera: rodear las coles de plantas aromáticas no impide la puesta. Romero, tomillo o salvia pueden dificultar algo la localización visual, pero la hembra de Pieris detecta los glucosinolatos de la brassica al posarse y tocar la hoja con las patas; una fila de aromáticas no la despista. La segunda: colgar cáscaras de huevo o falsas mariposas de plástico no funciona. La idea de que la hembra evita poner donde ya hay otra parte de suponerle una territorialidad que no tiene; se ha probado y no reduce las puestas. La capuchina (Tropaeolum majus) sí atrae las puestas y puede usarse como planta trampa, pero solo sirve si revisas sus hojas y eliminas los huevos, porque si no lo que has hecho es criar orugas al lado de tus coles.

Tratamiento cuando ya hay orugas

Recogida manual. En una huerta familiar sigue siendo lo más rápido y lo más barato. Aplasta las puestas con el dedo, que van en grupo y se eliminan de golpe, y retira las orugas grandes. Hazlo dos veces por semana entre agosto y octubre y en muchas huertas no necesitarás nada más.

Bacillus thuringiensis var. kurstaki. Es el tratamiento de referencia y está autorizado en producción ecológica. Se trata de una bacteria que produce cristales proteicos tóxicos solo para larvas de lepidóptero; no afecta a abejas, mariquitas, personas ni mascotas, y no deja plazo de seguridad práctico en hortícolas de hoja (comprueba el que indique la etiqueta, normalmente de 0 a 3 días). Ahora bien, es exigente en la forma de aplicarlo:

Actúa solo por ingestión, de modo que hay que mojar bien el envés y el interior del cogollo, que es donde comen. La oruga deja de alimentarse en unas horas pero tarda dos o tres días en morir, así que no esperes verlas caer al momento. La luz ultravioleta degrada el producto en uno o dos días: aplícalo al atardecer y repítelo cada 7-10 días mientras haya puestas, y siempre después de una lluvia o de un riego por aspersión. Y funciona sobre orugas pequeñas; con las de último estadio la eficacia cae en picado. Las formulaciones domésticas se mueven en torno al 0,05-0,1 % (unos 0,5-1 g por litro de agua), pero la dosis que manda es la de la etiqueta del envase que compres.

Añadir un mojante o unas gotas de jabón potásico mejora bastante la adherencia sobre la hoja de col, que es cerosa y repele el agua. Ese es, de hecho, el fallo más común: el caldo resbala, la hoja queda seca y el tratamiento no llega a ninguna parte.

Qué no hacer. Fumigar cuando ves mariposas volando es tirar el producto: el adulto se alimenta de néctar y no muerde la hoja, no le pasa nada. El jabón potásico y el aceite de neem sirven para pulgón o mosca blanca, pero no controlan orugas ya desarrolladas. Y en un huerto doméstico solo pueden usarse productos inscritos en el Registro de Productos Fitosanitarios del Ministerio con la mención expresa de uso en jardinería exterior doméstica; los preparados caseros a base de tabaco o de productos no autorizados no son legales, no están evaluados y algunos son francamente tóxicos para quien los maneja. Con la col, además, hablamos de hoja que se come entera.

Daños de la plaga de la mariposa de la col sobre las hojas del cultivo

Umbral: cuándo hay que intervenir

Una col adulta soporta perder buena parte de sus hojas exteriores sin que la cosecha se resienta; esas hojas ya han hecho su trabajo y muchas veces se descartan al recolectar. La intervención se justifica en dos momentos: en plántula y postrasplante, cuando cada hoja cuenta y una sola oruga puede acabar con la planta, y cuando el ataque alcanza el cogollo o la pella de coliflor y brócoli, porque ahí sí se pierde el producto. En brócoli y coliflor cercanos a recolección hay otro motivo para actuar: las orugas se esconden entre las inflorescencias y salen a flote —literalmente— cuando pones la pella en agua con sal en la cocina.

En resumen

El nombre popular tapa a tres insectos: la blanquita grande, que pone en grupo y defolia a la vista; la pequeña, que pone suelta y se esconde en el cogollo; y la rosquilla nocturna, que barrena el repollo por dentro. La clave es adelantarse al ciclo, no perseguirlo: la crisálida invernante está en paredes y restos de cultivo, el vuelo arranca en marzo o abril y el pico de daño cae en septiembre y octubre, justo sobre las coles de otoño recién plantadas.

La malla puesta el día del trasplante evita el problema entero. Si ya tienes puestas, aplástalas a mano y trata con Bacillus thuringiensis kurstaki al atardecer, mojando el envés y con las orugas todavía pequeñas, repitiendo cada 7-10 días. Deja tranquilos los capullos amarillos de Cotesia, olvídate de las cáscaras de huevo colgadas y no pulverices contra mariposas que vuelan: lo que come es la oruga, y ahí es donde hay que apuntar.


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