La araña blanca es una de las plagas más traicioneras que puede aparecer en un invernadero, una terraza o una colección de plantas de interior. No por agresiva, sino porque cuando se ven los daños ya no se ve al causante. Se trata de Polyphagotarsonemus latus, un ácaro tarsonémido de dos décimas de milímetro que se instala en el ápice de la planta, inyecta una saliva tóxica y deforma todo el crecimiento nuevo. Para cuando el jardinero se fija en las hojas retorcidas, la población puede haber caído ya por su cuenta y la lupa no encontrará nada.

De ahí que se le atribuyan a virus, a herbicidas o a carencias nutricionales problemas que en realidad son de ácaro. Aprender a reconocer el patrón de daño es más útil que intentar ver al bicho.

Qué es exactamente y por qué es tan difícil de ver

Polyphagotarsonemus latus, la araña blanca, vista al microscopio

Pese al nombre popular, no es una araña ni teje tela. Es un ácaro de la familia Tarsonemidae, emparentado de lejos con la araña roja pero de costumbres muy distintas. También se le llama ácaro blanco, ácaro tropical o, en inglés, broad mite.

La hembra adulta mide alrededor de 0,2 mm, tiene el cuerpo ovalado, brillante y de color ámbar o blanquecino translúcido. El macho es aún más pequeño, unos 0,11 mm, más ágil y con las patas traseras muy desarrolladas. Con esas dimensiones, una lupa de mano de diez aumentos no basta: hacen falta veinte o cuarenta aumentos para distinguirlos, y aun así hay que saber dónde mirar.

Dos detalles ayudan mucho en la identificación. El primero es el huevo, que es lo más característico de la especie: ovalado, translúcido y cubierto en su cara superior por hileras de pequeños tubérculos blancos, como si estuviera salpicado de puntitos. Nada más en el envés de una hoja tiene ese aspecto. El segundo es el comportamiento del macho, que carga sobre su cuerpo a las ninfas hembra a punto de mudar y las transporta hasta los brotes tiernos, asegurándose de aparearse en cuanto emergen.

La otra razón de su invisibilidad es que huyen de la luz. Se concentran en el meristemo apical, entre las hojitas todavía plegadas, en el interior de los botones florales y bajo los sépalos. Muestrear una hoja adulta ya desplegada no sirve de nada: allí no hay ninguno.

El ciclo: por qué se descontrola tan deprisa

El ciclo completo —huevo, larva, ninfa quiescente y adulto— se cierra en cuatro o cinco días a 25-30 °C. Una hembra vive poco más de una semana, pero durante ese tiempo pone entre treinta y cincuenta huevos. Con esas cifras, una infestación pasa de anecdótica a devastadora en dos semanas.

Sus condiciones ideales son temperatura alta y humedad relativa alta, por encima del 70-80 %. Este es un punto que conviene fijar bien, porque es justo lo contrario de lo que necesita la araña roja (Tetranychus urticae), que prospera con calor seco. Si has bajado la temperatura y subido la humedad para frenar la araña roja y de pronto los brotes nuevos se retuercen, es muy posible que hayas creado el ambiente perfecto para la blanca.

En la Península es un problema recurrente en los invernaderos de pimiento y berenjena del sureste, especialmente de finales de primavera a principios de otoño. En jardinería doméstica aparece sobre todo en interiores cálidos y húmedos y en invernaderos aficionados durante el verano.

Síntomas: buscar arriba, nunca abajo

Daños de la araña blanca en las hojas jóvenes de un cultivo

Todos los daños se concentran en el crecimiento nuevo: brotes terminales, hojas todavía en expansión, flores en formación y frutos recién cuajados. Las hojas viejas quedan intactas, y ese contraste es en sí mismo un diagnóstico.

El síntoma más constante es el rizado de las hojas jóvenes hacia abajo, con los bordes curvados hacia el envés, dando a la hoja una silueta de barquita invertida. El limbo se endurece, se vuelve coriáceo, quebradizo y a menudo más estrecho y alargado de lo normal. El envés adquiere un brillo característico, entre plateado y bronceado, como si estuviera barnizado, y con el tiempo pardea. Nunca hay telaraña ni ese punteado amarillo fino que deja la araña roja.

Los entrenudos se acortan y la planta adopta un porte achaparrado, con el ápice detenido o directamente necrosado. Los botones florales abortan o abren flores deformes y estériles. En pimiento y berenjena, los frutos afectados desarrollan una suberificación plateada o pardusca de la piel, un aspecto corchoso y agrietado que los descarta comercialmente, aunque la pulpa esté sana. En cítricos —sobre todo en limonero— produce el clásico plateado de los frutos jóvenes.

Además del pimiento, la berenjena, la judía, la patata y la fresa, ataca a muchísimas ornamentales: gerbera, begonia, ciclamen, impatiens, dalia, hiedra, ficus, crotón, azalea y una larga lista más. El epíteto polyphagotarsonemus hace justicia: es enormemente polífago.

Con qué se confunde

Este apartado evita muchos errores caros.

Con virosis: la deformación apical se parece, pero un virus suele dar mosaicos, manchas y patrones irregulares en hojas de todas las edades, y aparece en plantas sueltas y dispersas. La araña blanca afecta a plantas contiguas y solo al tejido nuevo.

Con deriva de herbicidas hormonales del tipo 2,4-D o dicamba, que también retuercen las hojas nuevas. La pista está en el contexto: si el vecino ha tratado un cereal o un césped días antes y el daño aparece de golpe y en gradiente desde un lado de la parcela, sospecha del herbicida. El ácaro progresa en focos y de forma gradual.

Con la araña roja: distinta por completo. La roja ataca hojas maduras, deja punteado amarillo o bronceado difuso, tela en los casos avanzados y se ve a simple vista moviéndose por el envés.

Con carencias de calcio o boro, que también deforman el ápice. Aquí ayuda mirar si el daño se distribuye por igual en toda la parcela y si coincide con problemas de riego o de pH, en cuyo caso es nutricional.

Prevención

La araña blanca casi siempre entra de fuera con planta nueva. Esa es la vía principal en jardinería doméstica: un ejemplar comprado en el garden, una planta regalada, un esqueje intercambiado. Aísla toda planta nueva durante dos o tres semanas antes de juntarla con el resto y revisa sus brotes.

También se dispersa con el viento, con las manos, con la ropa y con las tijeras, así que trabaja siempre de las plantas sanas hacia las sospechosas y desinfecta las herramientas. Y hay un vector que sorprende: puede agarrarse a las moscas blancas y viajar sobre ellas, lo que explica algunas apariciones aparentemente espontáneas en invernaderos con Bemisia.

Elimina las malas hierbas del perímetro y los restos de cultivo, donde sobrevive entre campañas. Y modera el nitrógeno: los brotes blandos y suculentos que produce un abonado excesivo son exactamente lo que este ácaro busca.

Tratamiento

Lo primero, cortar el ápice afectado. Suena drástico, pero ahí es donde está concentrado el 90 % de la población. Poda los brotes deformados, mételos en una bolsa cerrada y sácalos del recinto; no los dejes en el suelo ni en el compost. Solo con esto la presión baja de golpe.

El control biológico es la vía más sólida y la que se emplea de forma estándar en el pimiento del sureste peninsular. El ácaro depredador Amblyseius swirskii es el más eficaz frente a los tarsonémidos y aguanta bien las temperaturas altas del invernadero español. Neoseiulus californicus y Neoseiulus cucumeris también dan buen resultado. Se sueltan de forma preventiva, cuando las temperaturas empiezan a subir y antes de tener daño visible, en sobres colgados de las plantas o espolvoreando el vermiculita con los depredadores sobre el follaje. Sueltas de rescate con la planta ya devastada rara vez llegan a tiempo.

En tratamiento directo, el azufre mojable es clásico y muy efectivo contra tarsonémidos, con la limitación de siempre: no aplicar por encima de 28-30 °C ni a pleno sol, porque quema, lo que en verano obliga a tratar de madrugada. El jabón potásico repetido cada cinco o siete días ayuda en infestaciones incipientes, y los extractos de Azadirachta indica (neem) tienen acción sobre huevos y estados juveniles. Para casos serios existen acaricidas específicos autorizados; en cualquier caso, alterna materias activas de familias distintas, porque este ácaro genera resistencias con mucha rapidez gracias a su ciclo corto.

Sea cual sea el producto, la clave está en mojar el ápice y el envés de las hojas jóvenes. Pulverizar la planta por encima, mojando solo las hojas viejas y desplegadas, no toca a un solo ácaro. Hay que dirigir la boquilla al brote terminal y a las axilas, y repetir a los cuatro o cinco días para alcanzar a los individuos que estaban en el estado ninfal quiescente, que es el más resistente.

Y si tienes varias plantas juntas, trátalas todas, no solo las que muestran síntomas: cuando el daño se ve, la colonización de las vecinas lleva días en marcha.

Cómo saber si el tratamiento ha funcionado

Aquí se equivoca mucha gente y acaba tratando de más. Las hojas ya deformadas no se van a recuperar nunca: el daño es estructural y permanente. Que sigan rizadas dos semanas después no significa que el tratamiento haya fallado.

El único indicador válido es el brote nuevo. Marca el ápice con una etiqueta o una cinta y observa lo que emerge a partir de ahí. Si las hojas que salen después del tratamiento son de tamaño normal, planas y de color correcto, el problema está resuelto y solo queda podar lo dañado por estética. Si el crecimiento nuevo vuelve a salir retorcido y bronceado, la población sigue activa y hay que repetir con una materia activa distinta.

En resumen

Polyphagotarsonemus latus es un ácaro diminuto que se diagnostica por sus daños, no por su presencia: hojas jóvenes rizadas hacia abajo, endurecidas, con brillo plateado en el envés, entrenudos cortos, ápice parado y frutos con la piel corchosa, todo ello sin telaraña y sin tocar la hoja vieja. Prospera con calor y humedad alta y multiplica su población en cuestión de días.

El manejo eficaz consiste en cuarentena de la planta nueva, poda y destrucción de los brotes afectados, suelta preventiva de Amblyseius swirskii y, si hace falta, azufre o acaricida bien dirigido al ápice con una segunda aplicación a los cuatro o cinco días. Y para juzgar el resultado, no mires las hojas viejas: mira lo que brota después.


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