La tijereta no se mete en los oídos. Ni pica, ni inyecta veneno, ni pone huevos dentro de la fruta. Conviene empezar por ahí, porque el nombre que arrastra en media Europa —earwig en inglés, perce-oreille en francés— viene de una superstición medieval y sigue provocando que se aplaste a un insecto que, en un frutal, está trabajando a tu favor.
Eso no significa que sea inocente. La tijereta hace daño real en flores ornamentales, en plántulas y en fruta blanda, y a veces conviene reducir su población. La cuestión es saber distinguir cuándo está comiendo pulgón y cuándo está comiendo tus dalias.
Qué insecto tienes delante
La especie común en huertos y jardines de la península es Forficula auricularia, del orden Dermaptera. Mide entre 12 y 16 milímetros, tiene el cuerpo alargado y aplanado, de color castaño rojizo brillante, y el rasgo que la identifica sin margen de duda: un par de cercos en el extremo del abdomen, esas pinzas que le dan nombre.
Bajo unos élitros muy cortos —esas placas rígidas que le cubren solo el tramo delantero del dorso— esconde alas membranosas plegadas de forma sorprendentemente compleja. Vuela, pero muy poco y de mala gana. Se desplaza andando, y lo hace bien: puede recorrer varios metros en una noche y trepar por un tronco sin dificultad.
El cuerpo aplanado y su tendencia a buscar el contacto por todos los lados explican su comportamiento entero. Necesita meterse en huecos estrechos y húmedos, y esa manía es exactamente la que se aprovecha para atraparla.
Macho o hembra: se ve en las pinzas
La diferencia es evidente una vez que sabes mirarla. El macho tiene los cercos gruesos y marcadamente curvados, formando un arco abierto, y suelen ser proporcionalmente más largos. La hembra los tiene rectos, finos y casi paralelos, apenas separados en la punta.
Las pinzas sirven para pelear con otros machos, para sujetar a la hembra durante la cópula y para defenderse doblando el abdomen hacia arriba. Si coges una tijereta con la mano puede pellizcarte: se nota, no rompe la piel y no tiene ninguna consecuencia. No hay toxina implicada.
Dónde se esconde de día
Es un insecto estrictamente nocturno. De día busca oscuridad, humedad y presión sobre el cuerpo, así que los sitios donde la encontrarás son siempre los mismos: bajo tablas y macetas apoyadas en el suelo, entre la corteza suelta de frutales viejos, en el interior de tallos huecos y cañas, en los pliegues del acolchado, entre las brácteas de una alcachofa, en el cuello apretado de una lechuga, dentro de los racimos de uva y en las grietas de los muros.
Si sales al huerto de noche con una linterna, a partir de las diez u once, verás actividad justo en las plantas donde de día no había nada. Esa comprobación nocturna vale más que cualquier suposición, porque es la única forma de confirmar quién está comiendo.
Ciclo biológico y una rareza notable
Hay una sola generación al año en la mayor parte de España, con dos puestas sucesivas en zonas de clima suave.
En otoño la hembra excava una pequeña cámara en el suelo, a unos centímetros de profundidad, y deposita allí entre 30 y 60 huevos, normalmente entre noviembre y enero. Y aquí viene lo interesante: los cuida. Los limpia uno a uno para evitar que los colonicen los hongos, los reordena si se dispersan y permanece con ellos hasta la eclosión. Es uno de los pocos casos de cuidado maternal prolongado en insectos no sociales, y es también el motivo por el que la puesta prospera tan bien.
Las ninfas eclosionan a finales de invierno o principios de primavera, según la zona, y se parecen ya al adulto pero sin alas y con las pinzas poco desarrolladas. Durante los primeros días siguen bajo la protección de la madre, que llega a compartir alimento con ellas. Pasan por cuatro estadios ninfales y alcanzan el estado adulto entre finales de primavera y comienzo del verano. La población máxima, y por tanto los daños, se concentra de junio a septiembre.
El macho, en cambio, es expulsado del nido por la hembra tras la puesta y suele pasar el invierno refugiado en grietas.
El lado útil: lo que la tijereta te come gratis
Es omnívora y oportunista, y buena parte de su dieta es de origen animal. Depreda pulgones, y muy especialmente el pulgón lanígero del manzano (Eriosoma lanigerum), al que persigue dentro de las colonias algodonosas donde otros depredadores no entran bien. También consume psila del peral (Cacopsylla pyri), huevos y larvas pequeñas de lepidópteros, ácaros y colémbolos.
En fruticultura de manzano y peral llevada con producción integrada la tijereta se considera fauna auxiliar y se fomenta activamente: se colocan refugios en los árboles y se evitan los insecticidas que la eliminan. Un manzano con tijeretas suele necesitar menos intervenciones contra el lanígero que uno donde se han barrido a base de piretroides.
Esto tiene una consecuencia práctica directa. Tratar el jardín con un insecticida de amplio espectro para quitar tijeretas elimina de paso a los depredadores de pulgón y de araña roja, y lo habitual es que a las tres semanas tengas un problema de pulgón peor que el que tenías de tijeretas. La cuenta sale mal.
El lado dañino: dónde sí molesta
La tijereta también come tejido vegetal tierno, y ahí es donde causa perjuicio:
Flores ornamentales. Dalias, crisantemos, claveles, zinnias y clemátides. Roe los pétalos dejando muescas y bordes deshilachados, y en una flor de exposición eso la inutiliza. Es el daño más claramente atribuible a ella.
Plántulas y hojas tiernas. Lechuga, escarola, espinaca, plantel recién trasplantado. Deja agujeros irregulares de borde limpio, sin nervios respetados, y puede matar plántulas muy pequeñas royendo el tallo.
Fruta blanda. Melocotón, albaricoque, higo, fresa, uva. Aquí conviene un matiz importante: la tijereta rara vez inicia el agujero en fruta sana e intacta. Casi siempre entra por una herida previa —picotazo de pájaro, corte de granizo, grieta por lluvia, principio de podredumbre— y la agranda. Culparla de la lesión inicial lleva a tratar contra ella cuando el problema real es la malla antipájaros que falta o el riego irregular que raja los frutos.
Contaminación de cosecha. En alcachofa, en racimos de uva y en hortalizas de hoja cerrada el problema no es lo que comen sino que se esconden dentro y aparecen en la cocina o en el lote comercial. En el huerto doméstico se resuelve lavando; en producción para venta es un motivo de rechazo.
Cómo confirmar que el culpable es ella
Antes de montar ninguna trampa, descarta a los sospechosos habituales. Las babosas y caracoles dejan rastro plateado brillante y comen desde el borde de la hoja hacia dentro, con muescas amplias y redondeadas. Las orugas dejan excrementos verdes o negros, granulados, en el envés y en el suelo bajo la planta. El gusano gris siega la plántula a ras de suelo y la deja tumbada entera. Los caracoles y las babosas trabajan tras la lluvia; la tijereta prefiere noches templadas y secas.
La tijereta no deja rastro visible ni excremento llamativo. Su firma es el conjunto: daño nuevo cada mañana, ningún culpable a la vista de día, y presencia confirmada con linterna de noche o al levantar una maceta apoyada en el suelo.
Manejo sin insecticida
Como su comportamiento es tan predecible, se controla bien con métodos físicos.
Trampas de refugio. Es el método clásico y funciona. Una maceta de barro rellena de paja o viruta, puesta boca abajo sobre una caña clavada junto a la planta afectada; un trozo de cartón corrugado enrollado y atado a una rama; un periódico enrollado y ligeramente humedecido; un tramo de manguera vieja. Las tijeretas se refugian allí al amanecer. Por la mañana se vacía la trampa lejos del cultivo —o en el manzano, si prefieres reubicarlas donde hacen bien— y se vuelve a colocar. Revisar a diario, porque una trampa que no se vacía es simplemente un hotel.
Quitarles los escondites que no quieres. Retira tablas, restos de poda, macetas apiladas y escombros de los alrededores del cultivo sensible. Separa el acolchado unos centímetros del cuello del frutal y del tallo de las plantas. Siega la hierba alta al pie de las dalias.
Barreras en el tronco. En frutales aislados, una banda de cola entomológica sobre una cinta protectora alrededor del tronco impide que suban. Solo sirve si el árbol no tiene ramas bajas que toquen el suelo ni contacto con una valla o con otro árbol, porque entonces rodean el obstáculo.
Riego. El riego por aspersión al atardecer les deja el jardín en condiciones ideales: humedad y noche. Regar por goteo, y hacerlo por la mañana, reduce bastante la actividad nocturna.
Tierra de diatomeas. Espolvoreada en seco alrededor de plantas concretas actúa por abrasión. Pierde toda eficacia en cuanto se moja, así que hay que renovarla tras cada riego o lluvia, y no debe aplicarse sobre flores abiertas donde acuden polinizadores.
Depredadores. Sapos, lagartijas, musarañas, mirlos y erizos consumen tijeretas. Un jardín con un montón de piedras, algo de hojarasca en una esquina apartada y sin insecticidas mantiene solo el equilibrio.
Cuándo tiene sentido tratar
Muy pocas veces. Justifican una intervención química situaciones concretas: producción de flor cortada, fresa de consumo directo con daño repetido, o plantel de temporada que se está perdiendo entero. Incluso entonces, la trampa de refugio bien gestionada durante dos semanas suele bastar.
Si aun así se recurre a un producto, debe ser uno inscrito en el Registro de Productos Fitosanitarios para ese cultivo y ese uso, aplicado al atardecer —cuando ellas salen y los polinizadores ya no vuelan—, dirigido a la base de la planta y al refugio, no en pulverización general sobre la copa. Nada de mezclas caseras de tabaco, gasoil o insecticidas domésticos: en cultivo comestible ni siquiera es una opción legal.
Tijeretas dentro de casa
Aparecen en verano en baños, cocinas y garajes, entrando por juntas de puertas y desagües en busca de humedad. No se reproducen dentro, no dañan la vivienda ni los alimentos almacenados, y en un ambiente seco se deshidratan y mueren en pocos días.
La solución no es fumigar: es sellar las rendijas de las puertas exteriores, revisar los sifones, reparar goteos, ventilar los cuartos húmedos y retirar la hojarasca y las macetas apoyadas contra la fachada. Cortando la humedad se corta la entrada.
En resumen
Forficula auricularia es un dermáptero nocturno, inofensivo para las personas, que no entra en los oídos ni transmite nada. Cría en el suelo en invierno con la hembra cuidando la puesta, alcanza el estado adulto a comienzos del verano y da sus mayores densidades entre junio y septiembre.
En frutales de pepita es aliada: se come el pulgón lanígero y la psila del peral, y eliminarla con un insecticida de amplio espectro suele salir carísimo en forma de pulgón descontrolado poco después. En dalias, crisantemos, plantel de hoja y fruta blanda ya dañada sí perjudica, y ahí se controla con trampas de refugio revisadas cada mañana, retirada de escondites, riego matinal por goteo y barreras de cola en el tronco.
Antes de actuar, confirma con una linterna que es ella y no una babosa o una oruga. Y si la fruta aparece agujereada, mira primero qué abrió la herida: la tijereta casi siempre llega la segunda.