Una trampa de feromonas no repele nada. Hace justo lo contrario: emite una molécula que atrae activamente a los insectos hacia ella. Conviene tenerlo claro desde el primer momento, porque de esa confusión nacen los planteamientos que acaban en decepción. La feromona es un reclamo, y un reclamo mal colocado puede concentrar la plaga justo donde no interesa.
Dicho esto, se trata de una de las herramientas más finas que existen para el manejo de plagas: específica, atóxica, activa a dosis de microgramos y sin residuo en la cosecha. Lo que hay que aprender es para qué sirve realmente y en qué situaciones no aporta nada.
Qué es una feromona y por qué funciona
Las feromonas son sustancias que un insecto libera al exterior y que provocan una respuesta en otro individuo de su misma especie. No son venenos ni hormonas: son señales químicas. El caso mejor estudiado es la feromona sexual, que emite la hembra virgen de muchas mariposas nocturnas para que el macho la localice, a veces a cientos de metros de distancia siguiendo la pluma de olor contra el viento.
La química es sorprendentemente precisa. Suele tratarse de mezclas de dos, tres o cuatro alcoholes, acetatos o aldehídos de cadena larga, y lo que distingue a una especie de otra no es solo el compuesto, sino la proporción exacta entre ellos. Cambiar esa proporción un 10 % puede dejar la trampa muda. Por eso un difusor de carpocapsa no captura polilla del racimo aunque las dos sean polillas.
Hay otros tipos que también se usan comercialmente: las feromonas de agregación, comunes en escarabajos, que llaman a machos y hembras a la vez hacia un recurso (es el caso del picudo rojo de la palmera), y los atrayentes alimenticios o kairomonas, que no son feromonas en sentido estricto pero se venden en el mismo formato: proteínas hidrolizadas y sales amoniacales para la mosca de la fruta, o vinagre y vino para el Drosophila suzukii.
Los tres usos posibles, y solo uno vale para un jardín
Aquí es donde se decide si la trampa va a servir de algo.
Monitoreo o seguimiento de vuelo. Es el uso principal y el único que tiene sentido pleno en una parcela pequeña. La trampa no controla la plaga: informa. Dice qué día empieza el vuelo de los adultos, cuántos hay y cuándo llega el pico de cada generación. Con esa información se decide si hace falta tratar y, sobre todo, cuándo. Un tratamiento contra larvas aplicado quince días antes o después del momento de la puesta es dinero tirado; la trampa es lo que evita ese fallo.
Captura masiva o trampeo masivo. Consiste en poner tantas trampas que se retire una fracción significativa de los machos antes de que fecunden. Funciona, pero exige densidades altas —del orden de 25 a 50 trampas por hectárea según la plaga— y superficies suficientes. En un huerto de doscientos metros cuadrados con dos trampas colgadas, el balance puede ser negativo: se atrae a machos de toda la vecindad y solo se captura una parte.
Confusión sexual. Se satura el aire con difusores de feromona sintética para que el macho no logre localizar a las hembras reales. Es una técnica excelente en manzano, viña y melocotonero, pero necesita parcelas de varias hectáreas, formas compactas y poca presión externa. Los bordes siempre fallan. En un jardín no es aplicable, por mucho que se vendan difusores sueltos.
Qué plagas se pueden seguir así en España
La lista es larga en lepidópteros y coleópteros, y prácticamente vacía en el resto. Estas son las de uso más habitual aquí:
Carpocapsa o gusano de la manzana (Cydia pomonella), en manzano, peral, membrillero y nogal. Trampa de delta con base engomada, colgada a partir de mediados de abril en el tercio superior de la copa. Es la plaga en la que el seguimiento resulta más rentable, porque el momento del tratamiento contra las larvas recién nacidas es muy estrecho.
Polilla del racimo de la vid (Lobesia botrana), con tres generaciones al año en casi toda la península y una cuarta en zonas cálidas. Primer vuelo en abril.
Polilla del tomate (Tuta absoluta), donde se usa trampa de agua con jabón y la feromona suspendida sobre la superficie. En invernadero puede haber capturas todo el año.
Procesionaria del pino (Thaumetopoea pityocampa), con trampas de embudo colgadas del propio pino entre junio y octubre según altitud. Aquí la captura masiva sí tiene recorrido en jardines con pocos pinos, porque la hembra pone un único plumón de huevos y cada macho retirado cuenta.
Picudo rojo de la palmera (Rhynchophorus ferrugineus), con feromona de agregación combinada con cebo vegetal fermentado. Las trampas se instalan en el suelo, nunca en la palmera, y a cierta distancia de los ejemplares que se quiere proteger.
Barrenadores de madera como Zeuzera pyrina y Cossus cossus, y la polilla del olivo (Prays oleae), cuyo vuelo de la generación filófaga se sigue en primavera.
En cambio, no existe trampa de feromonas útil para pulgones, mosca blanca, cochinillas, trips ni para la araña roja (Tetranychus urticae), que ni siquiera es un insecto sino un ácaro. Para esos casos se recurre a trampas cromáticas —placas amarillas o azules engomadas—, que atraen por color y no por olor y que capturan de forma mucho menos selectiva.
Cómo se coloca y se mantiene
Los detalles de manejo son los que separan una trampa que funciona de una que no captura nada:
Guantes al manipular el difusor. Las manos retienen restos de una cápsula y contaminan la siguiente. Si se manejan varias especies, hay que tocarlas en orden y con guantes distintos, y guardar cada sobre cerrado.
Frío hasta el día de la instalación. Los difusores se conservan meses en el congelador y muy poco en un cobertizo a 35 °C. Abrir el envase de aluminio solo en el momento de colgarlos.
Renovar la cápsula cada 4 a 8 semanas, según fabricante y temperatura. Una trampa con difusor agotado deja de capturar y transmite un mensaje falso: parece que el vuelo ha terminado cuando lo que ha terminado es la feromona.
Altura y ubicación. Media o alta en la copa para polillas de frutales, a la sombra, con la abertura orientada a la dirección dominante del viento y sin ramas que obstruyan el paso de aire. En hortícolas de porte bajo, a la altura del cultivo y subiéndola conforme crece.
Separación entre trampas. Dos trampas de la misma especie colocadas a cinco metros se interfieren y ninguna da un dato fiable. Para seguimiento, veinte o veinticinco metros entre ellas es una referencia razonable.
Revisión y anotación semanal. Contar, apuntar la fecha y limpiar la base engomada de capturas y polvo. Sin ese registro, la trampa es un adorno. La utilidad está en la curva, no en la foto de un día.
Seguridad, residuos y normativa
Las feromonas empleadas en agricultura son inocuas para personas y animales domésticos a las dosis de uso, no dejan residuo en el fruto, no seleccionan resistencias y son admitidas en producción ecológica dentro de la normativa europea. Ese es su gran argumento frente a un insecticida de amplio espectro, que además de la plaga elimina a los depredadores naturales y abre la puerta a rebrotes posteriores.
Con dos matices honestos. El primero: la base engomada no distingue, y aunque la feromona sea específica, el pegamento acaba atrapando insectos que se posan por casualidad. Es un motivo más para no multiplicar trampas sin criterio y para usar modelos de embudo o de agua cuando estén disponibles. El segundo: en España, cualquier producto fitosanitario debe estar inscrito en el Registro Oficial del Ministerio de Agricultura, y los de uso doméstico llevan expresamente la mención de autorización para jardinería exterior. Las trampas de seguimiento no plantean problema, pero conviene comprobar la etiqueta antes de comprar en portales que envían desde fuera de la Unión Europea, donde ni la composición ni la caducidad están garantizadas.
En resumen
La trampa de feromonas atrae, no ahuyenta, y su valor principal en un jardín o un huerto familiar es decirte qué está volando y cuándo, para que cualquier tratamiento posterior caiga en el momento útil. Funciona bien con polillas y con algunos escarabajos, y no existe para pulgones, ácaros o mosca blanca. Guantes al montarla, difusor recién sacado del frío, cápsula renovada cada mes o mes y medio, veinte metros de separación y una libreta donde apuntar las capturas de cada semana. Si lo que se busca es reducir la población, hace falta densidad alta de trampas y superficie suficiente; con dos trampas colgadas en un patio, lo que se consigue es información, que ya es bastante.