En una mata de judías, después de una semana de lluvia templada de mayo, aparecen en el envés de las hojas unas rayas pardo rojizas que siguen exactamente el recorrido de los nervios. Días después las vainas muestran manchas redondas y hundidas, con el borde oscuro y el centro algo rosado. Eso es antracnosis, y para entonces la infección lleva ya dos semanas dentro de la planta.

Lo primero que conviene deshacer es la idea de que se trata de un hongo concreto. Antracnosis es el nombre de un tipo de lesión —mancha necrótica, deprimida, de contorno bien definido— que producen hongos de varios géneros distintos. Saber cuál afecta a cada cultivo cambia el calendario de tratamientos y las medidas de prevención.

Hoja con manchas necróticas de antracnosis

Quién causa qué

El género más numeroso es Colletotrichum, con especies muy adaptadas a cultivos concretos:

En judía, Colletotrichum lindemuthianum, que viaja en la semilla, un detalle decisivo para la prevención. En tomate, Colletotrichum coccodes, que se ceba con los frutos maduros y con el cuello de la planta. En fresa, C. acutatum, capaz de arrasar un plantel joven. En cucurbitáceas, C. orbiculare, con manchas en hoja de aspecto acuoso que luego se agujerean. En olivo, la enfermedad conocida como aceituna jabonosa, causada por varias especies del complejo C. acutatum y C. gloeosporioides: el fruto se reblandece, exuda una masa naranja y el aceite que sale de esas aceitunas tiene acidez alta y sabor defectuoso. Hojiblanca y Picual se cuentan entre las variedades sensibles.

Fuera de Colletotrichum hay dos casos muy visibles en España. Uno es la antracnosis del plátano de sombra (Platanus × hispanica), causada por Apiognomonia veneta: en abril, tras primaveras húmedas, los árboles de calles y paseos se quedan casi sin hojas y rebrotan con retraso. La estampa recuerda a una helada tardía, pero no lo es. La pista para distinguirlas está en las ramillas: el hongo deja cancros deprimidos en la madera del año anterior, la helada no. El otro es la antracnosis del nogal (Ophiognomonia leptostyla), que provoca defoliación temprana y frutos de cáscara ennegrecida.

En vid, la antracnosis clásica u ojo de gallo la produce Elsinoë ampelina, con lesiones de centro gris ceniza y borde violáceo en pámpanos y bayas. Es hoy poco frecuente en zonas de secano y reaparece en años muy lluviosos.

Cómo reconocerla y con qué se confunde

Hay tres señales que apuntan con bastante seguridad a antracnosis. La lesión está hundida respecto al tejido sano, cosa que no ocurre con la mayoría de las manchas foliares. Tiene un borde neto, casi dibujado, en lugar del halo difuso del mildiu. Y en tiempo húmedo aparecen en su centro puntos que rezuman una masa gelatinosa de color salmón o anaranjado: son los acérvulos cargados de esporas, y son el rasgo más concluyente.

No debe confundirse con el oídio, que forma un polvo blanco superficial, ni con el mildiu, que produce manchas de aceite en el haz y vello grisáceo en el envés. Tampoco con las quemaduras de sol en fruto, que carecen de borde definido y de esporulación. En tomate, la mancha hundida de la base del fruto puede ser podredumbre apical —un desorden fisiológico por calcio y riego irregular, sin hongo detrás— y ahí el error de diagnóstico lleva a fumigar durante semanas sin que nada mejore.

Fruto de tomate con lesión de antracnosis

Por qué aparece: agua libre y nada más

Entender la epidemiología ahorra la mitad de los tratamientos. Las esporas de estos hongos no vuelan: salen envueltas en mucílago y se dispersan por salpicadura. La gota de lluvia que golpea una hoja enferma proyecta esporas a treinta o cuarenta centímetros; el riego por aspersión hace exactamente lo mismo, con la diferencia de que uno lo controla.

Para que la espora germine e infecte hace falta agua líquida sobre el tejido durante varias horas seguidas —del orden de doce o más— y temperaturas entre 20 y 27 °C. De ahí que las primaveras lluviosas y templadas del norte y del oeste peninsular sean el escenario típico, y que en un verano seco de meseta la enfermedad se detenga sola. En olivo, en cambio, el ataque llega en otoño, con las lluvias de octubre y noviembre sobre fruto ya envero.

El hongo pasa el invierno en restos de hojas caídas, en frutos momificados que quedan en el árbol, en los cancros de las ramillas y, en judía, dentro de la propia semilla. Ahí está el inóculo de la primavera siguiente. Dejar el suelo cubierto de hoja infectada bajo el nogal o el plátano equivale a sembrar el ataque del año que viene.

Tratamiento

Conviene ser realista: el tejido ya necrosado no se recupera. Ningún producto devuelve una hoja manchada a su estado sano. Lo que se hace es proteger lo que aún está limpio y cortar la fuente de esporas.

Eliminación. Cortar y retirar ramillas con cancro, frutos afectados y hoja caída. Fuera del compost casero, que rara vez alcanza la temperatura necesaria para inactivar el hongo. Desinfectar la tijera entre plantas con alcohol de 70° o lejía diluida, porque un corte a través de un cancro traslada el inóculo a la siguiente rama.

Cobre. Los formulados de cobre (oxicloruro, hidróxido, sulfato tribásico) son el recurso más accesible en jardinería doméstica y actúan como barrera preventiva sobre el tejido sano. Se aplican antes de los periodos de lluvia previstos y se renuevan si llueve mucho después. Dos advertencias de peso: en floración y con frío húmedo el cobre puede causar fitotoxicidad —manchas y caída de flor—, y es un metal que se acumula en el suelo y resulta tóxico para lombrices y fauna acuática, motivo por el que la normativa europea limita su uso a una media de 4 kg de cobre metal por hectárea y año. No es un producto inocuo por ser tradicional.

Fungicidas de síntesis. En uso profesional se recurre a materias activas como difenoconazol, azoxistrobina o la mezcla ciprodinil más fludioxonil, siempre alternando modos de acción, ya que Colletotrichum genera resistencias con rapidez frente a estrobilurinas y bencimidazoles. En España cualquier producto fitosanitario debe estar inscrito en el Registro Oficial del Ministerio de Agricultura, y en jardines particulares solo pueden emplearse los que llevan en la etiqueta la mención de autorización para uso en jardinería exterior doméstica. La oferta ahí es corta y cambia con frecuencia: el mancozeb, muy citado todavía en textos antiguos, dejó de estar autorizado en la Unión Europea. Leer la etiqueta antes de comprar no es burocracia, es lo que decide si el tratamiento es legal y si el plazo de seguridad permite recolectar.

Momento. Un tratamiento aplicado cuando la mancha ya es visible llega tarde para esa hoja. Los que rinden son los preventivos: al inicio de brotación en plátano y nogal, antes de las lluvias otoñales en olivo, y desde el cuajado en fresa y judía si el año viene húmedo.

Prevención, que es donde se gana

Riego por goteo o a pie de planta. Sustituir la aspersión elimina la principal vía de dispersión y, de paso, acorta las horas de hoja mojada. Regar de mañana y no al atardecer va en la misma dirección.

No trabajar entre plantas mojadas. En judía y en tomate, pasar entre las líneas después de la lluvia reparte esporas de mata en mata con la ropa y las manos. Basta esperar a que la vegetación esté seca.

Semilla sana. En judía, usar semilla certificada o guardada de plantas sin síntomas rompe el ciclo de raíz. Guardar simiente de un cultivo que tuvo antracnosis es garantizarse el problema al año siguiente.

Rotación y limpieza. Dos o tres años sin repetir la misma familia en la parcela, retirada de restos al final del ciclo y recogida de las hojas caídas bajo los árboles ornamentales en otoño.

Aire. Marcos de plantación holgados, poda de aclareo que abra la copa y, en invernadero, ventilación real. Todo lo que acelere el secado del follaje después de una lluvia o de un riego trabaja a favor.

Abonado equilibrado. El exceso de nitrógeno produce brotación tierna, suculenta y muy susceptible. Un aporte moderado y repartido resiste mejor que una dosis fuerte de primavera.

En resumen

La antracnosis no es un hongo único, sino un patrón de lesión hundida y de borde neto que causan hongos distintos según el cultivo: Colletotrichum en judía, tomate, fresa y olivo, Apiognomonia veneta en el plátano de sombra, Ophiognomonia leptostyla en el nogal. Todos comparten la misma exigencia: agua sobre la hoja durante horas y temperaturas templadas. Quien controla el mojado foliar controla la enfermedad. El tejido dañado no se recupera, de modo que el trabajo consiste en retirar y quemar o desechar lo enfermo, proteger con cobre u otro fungicida autorizado antes de que lleguen las lluvias, sembrar semilla sana, rotar y airear. Y comprobar siempre que el producto elegido está autorizado para jardinería doméstica antes de aplicarlo.


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