El nombre despista. La tuberculosis del olivo no guarda ninguna relación con la enfermedad humana del mismo nombre, ni la causa un hongo: es una bacteria que vive en la superficie del árbol y solo se convierte en problema cuando encuentra una herida por la que colarse. Ese detalle cambia por completo la forma de enfrentarse a ella, porque explica por qué no existe ningún producto que la cure y por qué el granizo de una tarde de abril puede pasar factura durante años.
La bacteria y por qué está siempre ahí
El agente es Pseudomonas savastanoi pv. savastanoi, antes clasificada dentro de Pseudomonas syringae. Es una bacteria de vida epífita: sobrevive semanas o meses sobre hojas, brotes y corteza de olivos aparentemente sanos, sin producir el menor síntoma. Cuando llueve, el agua la arrastra por la superficie del árbol y la deposita en cualquier corte, grieta o cicatriz reciente. Ahí penetra, se multiplica en los tejidos y provoca que el olivo produzca una proliferación desordenada de células.
Esa proliferación es el tumor característico, y la bacteria la dirige químicamente: fabrica auxinas y citoquininas, las mismas hormonas con las que la planta regula su crecimiento. El resultado es un bulto leñoso que sigue creciendo mientras la colonia se mantiene activa dentro.
La misma especie tiene otras razas que atacan a plantas emparentadas o vecinas. La adelfa (Nerium oleander) sufre agallas muy parecidas por P. savastanoi pv. nerii, y los fresnos (Fraxinus) por pv. fraxini. Las razas no son intercambiables sin más, pero conviene saberlo si en la finca hay setos de adelfa junto al olivar, sobre todo a la hora de no compartir tijeras entre unos y otros.
Cómo entra: la lista de puertas abiertas
La bacteria no perfora tejido sano. Necesita una herida, y necesita agua libre sobre la superficie para desplazarse hasta ella. De ahí que las infecciones se concentren en otoño e invierno y en las primaveras lluviosas, con temperaturas suaves de entre 15 y 25 °C. Las vías de entrada habituales son estas:
El granizo. Una granizada deja cientos de contusiones y desgarros en ramillas y brotes tiernos en cuestión de minutos, y encima con el árbol empapado. Es la situación más favorable que se puede dar para la bacteria.
Las heladas. El frío intenso agrieta la corteza de los brotes jóvenes. Las grietas de helada de enero se convierten en tumores visibles la primavera siguiente. Por eso los olivares de zonas frías con inviernos húmedos suelen presentar más incidencia que los de secano cálido.
Los cortes de poda. Una poda hecha con el árbol mojado y con tijeras sucias reparte la bacteria corte por corte a lo largo de toda la parcela.
La recolección con varas. El vareo tradicional golpea y descorteza ramas de forma sistemática. Cada raspón es una entrada, y la recolección coincide con la época más lluviosa. El vibrador de tronco daña mucho menos, salvo cuando la pinza se aprieta en exceso o se coloca siempre en el mismo punto.
Las cicatrices foliares. Al caer las hojas queda una cicatriz diminuta que, en periodo húmedo, también sirve de puerta.
Las picaduras de insectos. Las galerías de barrenillos y algunas picaduras aportan aberturas adicionales.
Reconocer el tumor y no confundirlo
El síntoma es único y bastante inconfundible una vez visto: excrecencias redondeadas en ramillas, ramas y a veces tronco, de tamaño variable entre un guisante y una nuez o más. Al principio son verdosas, blandas y de superficie lisa; con el tiempo se endurecen, se agrietan, se vuelven pardas y toman un aspecto rugoso, como una coliflor leñosa. Los tumores viejos pueden colonizarse por hongos saprófitos y descomponerse en parte.
Hay dos confusiones que conviene deshacer. La primera son los callos de cicatrización: cuando un corte de poda mal hecho o un roce grande cierra, el olivo forma un rodete de tejido nuevo alrededor. Ese rodete es liso, simétrico y sigue el contorno de la herida; el tumor bacteriano es irregular, asimétrico y aparece también en puntos donde no hubo ningún corte grande. La segunda son las agallas provocadas por insectos, que al abrirlas presentan una cavidad interior con una larva o su galería. El tumor de tuberculosis es macizo por dentro, de tejido esponjoso, sin habitante.
Como no hay síntoma foliar propio, la enfermedad pasa desapercibida hasta que se mira la madera con calma. Merece la pena revisar la estructura del árbol en invierno, con el olivo desnudo de fruto y a plena luz.
Qué daño hace realmente
Aquí toca corregir una idea muy repetida. La tuberculosis no mata olivos adultos en poco tiempo, ni en mucho. Es una enfermedad crónica y de desgaste: los tumores estrangulan localmente el paso de savia, las ramillas afectadas brotan menos y con hojas más pequeñas, la floración se debilita y la producción de la rama termina cayendo. Un olivo con cuatro o cinco tumores dispersos vive perfectamente y produce; un olivo con la copa cuajada de tumores en las ramas de fruto pierde una parte importante de la cosecha, se desequilibra y envejece antes.
El daño grave se concentra en dos situaciones. En plantaciones jóvenes, un tumor en el eje o en las ramas principales deforma la estructura del árbol para siempre y obliga a reconducir la formación. Y en aceituna de mesa o en aceites de calidad, hay trabajos que asocian ataques intensos con un deterioro de las características del fruto y del aceite, aunque el tumor no aparezca sobre la propia aceituna.
La sensibilidad depende bastante de la variedad. Manzanilla se comporta como claramente susceptible, y en general las variedades de brotación tierna y madera blanda sufren más. Picual y otras variedades de madera dura muestran un comportamiento algo más tolerante. Ninguna es inmune, así que la variedad matiza el riesgo pero no sustituye a la prevención.
Prevención: aquí se decide todo
Material vegetal certificado. Muchos focos entran en la finca con la planta. Un plantón con un tumorcillo en el cuello, aunque sea del tamaño de un grano de pimienta, siembra el problema para las tres décadas siguientes. Rechaza plantones con bultos, engrosamientos o cicatrices sospechosas en el eje.
Podar en seco y en el momento adecuado. Nunca con lluvia, ni con niebla, ni con el árbol mojado de rocío, ni con lluvia prevista en los días siguientes. La ventana buena en la Península suele ir de finales de invierno a comienzos de primavera, con tiempo estable, cuando las heridas cierran deprisa.
Desinfectar herramientas. Entre árbol y árbol, y obligatoriamente al salir de un árbol con tumores. Sirve alcohol de 70°, o lejía diluida al 10-20 % en agua; con esta última hay que enjuagar y engrasar después, porque corroe el acero. Es una molestia real cuando se podan cientos de olivos, pero es lo que evita convertir la poda en una siembra.
Cortes limpios y bien orientados. Corte a ras del rodete, sin tocones ni desgarros de corteza. Los tocones muertos y las cortezas colgando son focos de entrada permanentes.
Recolectar sin machacar. Sustituir el vareo por vibrador donde sea posible, y si se varea, hacerlo con el árbol seco y sin ensañarse con las ramas gruesas.
Controlar el exceso de humedad. Evitar que los aspersores mojen la copa, mantener el olivar aireado y no cerrar la copa en exceso con podas que dejen el interior denso y húmedo.
El cobre: qué hace y qué no hace
Los compuestos de cobre (oxicloruro de cobre, hidróxido de cobre, sulfato cuprocálcico o caldo bordelés) son la única herramienta química con sentido frente a esta enfermedad, y actúan como bactericida de contacto sobre la población que vive en la superficie del árbol. Reducen el inóculo disponible en el momento en que existe una herida. No penetran, no llegan al interior del tumor y no curan lo ya formado. Aplicar cobre esperando que los bultos desaparezcan es tirar el producto: el tumor seguirá exactamente igual.
Los momentos que sí rentabilizan una aplicación son cuatro:
Inmediatamente después de una granizada, dentro de las 24 a 48 horas siguientes, antes de que las heridas se colonicen. Este es el tratamiento que más se nota.
Tras la recolección, con el árbol recién golpeado y entrando en la estación húmeda.
Antes de un episodio de heladas fuertes, y de nuevo cuando se hayan producido, si se observan grietas.
Después de la poda, para proteger el conjunto de cortes recientes.
Hay que respetar las dosis de la etiqueta de cada formulado, que varían mucho según la riqueza en cobre metal, y evitar aplicarlo sobre brotación tierna en plena primavera o en floración, porque el cobre es fitotóxico sobre tejidos jóvenes y puede provocar quemaduras y caída de flor. Además, el uso de cobre en la Unión Europea está limitado a una media de 4 kg de cobre metal por hectárea y año, con un máximo de 28 kg por hectárea en siete años; no es un producto que se pueda repetir sin contar.
Conviene añadir un dato legal: no existe en España ningún antibiótico autorizado para uso agrícola contra esta bacteria. Las recomendaciones de estreptomicina que circulan por foros y vídeos antiguos remiten a una práctica prohibida en la UE desde hace décadas, entre otras cosas por el riesgo de generar resistencias que afectan a la medicina humana. No es una opción a valorar.
Qué hacer con un olivo ya afectado
La actuación es quirúrgica y de calendario. Se eliminan las ramas con tumores en verano, en pleno periodo seco y caluroso, cuando la bacteria está menos activa y no hay agua que disperse lo que se corta. Cortar tumores en un día de lluvia de noviembre reparte la infección por todo el árbol.
El corte debe hacerse por madera sana, bien por debajo del tumor, y la herramienta se desinfecta después de cada corte. El material retirado se saca de la parcela y se quema o se destruye; dejar las ramas tumorosas en el suelo del olivar, o amontonadas en un rincón, mantiene el inóculo vivo dentro de la finca.
Los tumores situados sobre el tronco o sobre ramas principales no se pueden eliminar sin mutilar el árbol. En ese caso lo razonable es convivir con ellos: mantener el olivo bien nutrido y con riego equilibrado, evitar nuevas heridas y proteger con cobre los momentos de riesgo. Un árbol vigoroso compartimenta mejor la infección. Rascar o quemar el tumor con productos caseros, cauterizarlo o abrirlo con navaja no lo elimina y sí crea una herida grande y abierta.
Sobre exceso de nitrógeno hay una recomendación clásica que merece atención: abonados nitrogenados fuertes producen brotación abundante, tierna y de corteza fina, más fácil de dañar y de infectar. Ajustar el abonado al vigor real del árbol reduce el riesgo sin coste alguno.
Fallos que agravan el cuadro
Podar con el árbol mojado y sin desinfectar las tijeras: en una sola jornada se puede pasar de un foco aislado a una parcela entera contaminada.
Retirar tumores en otoño o invierno, justo en la época en que el agua de lluvia distribuye la bacteria del corte reciente por toda la copa.
Repetir cobre todo el año sin motivo. Además de superar los límites legales y de acumularse en el suelo, el cobre no aporta nada si no hay heridas frescas que proteger.
Comprar planta barata sin pasaporte fitosanitario. La tuberculosis viaja perfectamente dentro de plantones de aspecto normal.
Dejar los restos de poda infectados dentro de la finca a la espera de triturarlos "cuando haya tiempo".
En resumen
La tuberculosis del olivo es una infección bacteriana de Pseudomonas savastanoi pv. savastanoi que solo entra por heridas y solo se mueve con agua. Produce tumores leñosos en ramillas y ramas que reducen la brotación y la cosecha de forma progresiva, sin llegar a matar árboles adultos. No existe tratamiento curativo: el cobre actúa únicamente sobre la bacteria de la superficie y tiene sentido tras granizadas, heladas, recolección y poda, respetando dosis y límites legales. La partida se juega en la prevención: planta sana y certificada, poda en seco con herramienta desinfectada, cortes limpios, recolección poco agresiva y eliminación de las ramas con tumores en verano, sacando el material de la parcela. Con eso, un olivar convive con la enfermedad sin que le condicione la producción.