El mismo árbol que en el norte de Tenerife está protegido por formar parte del fayal-brezal es, en las laderas del volcán Kilauea, en Hawái, objeto de campañas de erradicación con motosierra y herbicida desde hace cuarenta años. No hay contradicción: la faya es nativa aquí e invasora allí, y entender por qué lo segundo ocurre explica bastante bien lo que hace esta planta en un suelo.
Nombre, familia y una confusión que conviene deshacer
La especie se describió como Myrica faya Aiton y hoy se acepta mayoritariamente como Morella faya (Aiton) Wilbur, tras la partición del viejo género Myrica. Las dos combinaciones se usan y designan la misma planta. Pertenece a las Miricáceas, una familia pequeña emparentada de lejos con los abedules y los alisos, no con las lauráceas junto a las que crece.
En Canarias se la llama faya, y los frutos, creces. Faya no es haya: Fagus sylvatica, el haya europea, es un árbol de montaña atlántica peninsular sin ningún parentesco con esta. La coincidencia fonética ha metido el error en más de un texto divulgativo. Tampoco es "el árbol de la cera", nombre que corresponde a otras Morella americanas cuyos frutos llevan un revestimiento céreo aprovechable, algo que la faya no tiene.
Su área natural es macaronésica: Azores, Madeira y Canarias, con núcleos escasos y discutidos en el suroeste de la Península, en la costa portuguesa. En Canarias vive sobre todo en las medianías de barlovento, entre unos 500 y 1.200 metros, en la franja donde se condensa el mar de nubes.
Cómo se reconoce
Es un arbusto grande o un arbolito que ronda los 3 a 8 metros, con ejemplares viejos que superan los 15 en umbrías protegidas. Porte denso, ramificado desde muy abajo cuando crece a plena luz, y más esbelto y de tronco limpio cuando compite dentro del bosque. La corteza es lisa y grisácea de joven, y se agrieta finamente con los años.
Las hojas son perennes, coriáceas, oblanceoladas u oblongas, de 4 a 11 cm, de un verde oscuro brillante por el haz y más pálido por el envés, con el borde entero o groseramente dentado en la mitad superior. El detalle que la identifica sin margen de duda está debajo: el envés está salpicado de glándulas resinosas puntiformes de color pardo dorado, visibles con una lupa de mano. Si estrujas una hoja, huele a resina aromática, un olor limpio que no se parece al de las lauráceas vecinas.
Es dioica, con pies masculinos y femeninos separados, aunque aparecen ejemplares con algunas flores del otro sexo. Las flores se agrupan en amentos cortos, verdosos o rojizos, sin nada de vistoso; abren entre finales de invierno y primavera y las poliniza el viento. El fruto es una drupa globosa de unos 5 mm, con la superficie tuberculada, casi verrugosa, que pasa del verde al rojo y al morado negruzco al madurar entre verano y otoño. Es carnoso, algo astringente y comestible.
El fayal-brezal y su papel en la sucesión
En Canarias la faya no forma bosque sola. Se asocia al brezo (Erica arborea y Erica platycodon) en la formación llamada fayal-brezal, que ocupa hoy superficies grandes en Tenerife, La Palma, La Gomera, El Hierro y Gran Canaria. Esa formación es en buena medida un bosque de sustitución: aparece donde la laurisilva original fue talada, quemada o pastoreada, porque faya y brezo rebrotan de cepa con vigor y aguantan suelos degradados que las lauráceas no toleran.
Esto se malinterpreta con frecuencia en dos direcciones opuestas. Ni el fayal-brezal es "laurisilva de segunda" sin valor —tiene comunidades propias, captura agua de niebla con enorme eficiencia y protege laderas que de otro modo se erosionarían—, ni es el estado maduro del monteverde. Es, en muchos enclaves, una etapa: bajo su dosel se instalan poco a poco los brinzales de viñátigo, laurel o tilo si hay fuente de semilla cerca y no se vuelve a cortar.
Por qué es invasora fuera de su área
La clave está en las raíces. La faya forma nódulos actinorrícicos con bacterias del género Frankia y fija nitrógeno atmosférico, igual que hacen los alisos o las leguminosas por otra vía. En su tierra esto es una ventaja más entre varias. En un terreno donde el nitrógeno sea el factor limitante absoluto, se convierte en una llave maestra.
Eso es exactamente lo que ocurrió en Hawái. Colonos portugueses de Azores y Madeira la llevaron a finales del siglo XIX para hacer vino con los frutos y como cortavientos. Encontró coladas volcánicas jóvenes, sustratos minerales sin apenas nitrógeno donde la vegetación nativa avanza despacio precisamente por esa carencia. La faya no solo colonizó: al aportar nitrógeno al sistema, cambió las reglas de la sucesión y abrió la puerta a un cortejo de plantas exóticas que antes no podían instalarse. Es uno de los casos mejor documentados de una invasora que altera un proceso ecosistémico completo, y no solo desplaza especies. Está también naturalizada y vigilada en Australia y Nueva Zelanda.
Conviene señalar el matiz para evitar equívocos: la faya no figura en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras, porque en territorio español es autóctona. Su condición de invasora es geográfica, no intrínseca. Lo que sí implica es una precaución razonable al exportar o plantar la especie fuera de la Macaronesia, sobre todo en islas oceánicas y en terrenos volcánicos pobres.
Usos tradicionales y actuales
La madera es dura, densa y de grano fino, de color pardo rojizo. Se ha usado en Canarias para mangos de herramientas, piezas de aperos, tornería y pequeña ebanistería. Como leña arde bien incluso algo verde y da un carbón de calidad, lo que históricamente fue su ruina: la presión carbonera sobre el fayal-brezal fue enorme hasta mediados del siglo XX.
La corteza es rica en taninos y se empleó en curtiduría y como tinte pardo. Los frutos se comen crudos cuando están bien maduros, y con ellos se han hecho licores y aguardientes tanto en Canarias como en Azores. La floración temprana la convierte además en un recurso apícola de interés en las medianías.
Ecológicamente, sus frutos alimentan a mirlos, capirotes y a las palomas endémicas de la laurisilva, la turqué y la rabiche, que son a su vez las que dispersan la semilla monte adentro.
Cultivo en jardín
Fuera de las islas se planta poco, y es una lástima porque resuelve situaciones difíciles. Funciona bien en la cornisa cantábrica, en Galicia y en litorales mediterráneos suaves; en el interior peninsular sufre con las heladas fuertes y con el aire seco del verano.
Clima. Tolera heladas ligeras, del orden de -4 o -5 °C en ejemplares establecidos, con daño en el follaje por debajo de eso. No es planta para páramos ni para inviernos continentales.
Suelo. Prefiere suelos ácidos o neutros, sueltos, con materia orgánica y buen drenaje. En calizas fuertes se clorosa. Su capacidad de fijar nitrógeno la hace poco exigente en fertilidad, así que en terrenos pobres se comporta mejor que la mayoría de arbustos ornamentales de su talla; abonarla con nitrogenados no aporta nada.
Exposición y viento. Sol o media sombra. Aguanta viento constante y salinidad moderada del aire marino, lo que la hace muy buena para pantallas cortavientos y setos altos en primera línea de costa, aunque no para plantarla con el pie encharcado en agua salobre.
Riego. Agradece humedad ambiental alta más que riego abundante. Una vez arraigada, resiste sequía estival moderada; el riego se concentra en los dos o tres primeros veranos.
Propagación. Por semilla, tras despulpar el fruto y con una estratificación fría de unas seis a ocho semanas, o por esqueje semileñoso en verano bajo nebulización, que enraíza con desigual fortuna. Si buscas fruto, recuerda que es dioica: hará falta al menos un pie masculino a poca distancia de los femeninos.
Poda. Rebrota de cepa sin problemas, lo que permite recortarla como seto o rejuvenecerla drásticamente. La época limpia es el final del invierno, antes de que arranque el amento.
En resumen
Myrica faya, hoy Morella faya, es un arbusto o arbolito perennifolio macaronésico, dioico, de hojas coriáceas con glándulas resinosas en el envés y frutos rojizos tuberculados. En Canarias forma con el brezo el fayal-brezal, una formación de sustitución de la laurisilva con valor propio. Fija nitrógeno mediante Frankia, y esa capacidad, inofensiva en su tierra, la ha convertido en una invasora de primer orden en las coladas volcánicas de Hawái, donde reescribe la sucesión del ecosistema. En jardinería es un cortavientos excelente para litorales templados y suelos ácidos y pobres, con el único requisito serio de evitar el frío intenso y la caliza.