Un trozo de tallo de dos centímetros, con un solo nudo, arrastrado por la corriente y encallado en un remanso, basta para que un tramo entero de río acabe cubierto en un par de temporadas. Esa es la mecánica de Myriophyllum aquaticum, y explica por qué una planta que durante décadas se vendió como adorno de estanque y de acuario terminó en las listas negras de media Europa.

En España se la conoce como pinito de agua, plumilla o milhojas brasileño, y su comercio, tenencia, transporte y plantación están prohibidos. No es una recomendación: es una prohibición legal con sanción asociada. Aun así sigue apareciendo en balsas de riego, en estanques particulares heredados de antes de la norma y, sobre todo, en ríos y humedales del norte y el oeste peninsular.

Mata de Myriophyllum aquaticum con los tallos emergiendo sobre la superficie del agua

Qué es y de dónde viene

Myriophyllum aquaticum (Vell.) Verdc. es una herbácea acuática perenne de la familia Haloragaceae, originaria de la cuenca del Amazonas y del cono sur de Sudamérica: Brasil, Argentina, Uruguay, Paraguay. En la bibliografía antigua y en muchas etiquetas de acuariofilia aparece como Myriophyllum brasiliense o M. proserpinacoides; son sinónimos de la misma planta, no especies distintas. Conviene saberlo porque parte del material que circuló durante años lo hizo con el nombre viejo.

Es una planta anfibia, y ahí está la clave de su éxito. Enraíza en el sedimento del fondo, en aguas de hasta dos o tres metros, y desde ahí emite tallos que crecen bajo el agua hasta alcanzar la superficie. Pero no se queda ahí: los brotes salen fuera del agua y se yerguen entre 10 y 30 centímetros por encima de la lámina, rígidos, con aspecto de pequeñas coníferas. Esa porción emergida es la que la delata a distancia y la que le da una ventaja competitiva enorme, porque le permite hacer fotosíntesis en aire mientras las plantas sumergidas de debajo quedan a oscuras.

Tolera un rango amplísimo de condiciones. Prefiere aguas remansadas o de corriente lenta, ricas en nutrientes, y crece con más fuerza entre 20 y 25 °C, pero aguanta el invierno peninsular sin problema. Con las heladas se queman los brotes emergidos y la mata parece morir; lo que ocurre en realidad es que la planta se repliega a los rizomas y tallos sumergidos del sedimento, y rebrota en cuanto el agua se templa en marzo o abril. Dar por muerta una mata en enero es uno de los errores que más tiempo hace perder.

Cómo reconocerla sin confundirla con los milhojas autóctonos

En la Península hay milhojas nativos —Myriophyllum alterniflorum, M. spicatum, M. verticillatum— que a primera vista se le parecen bastante y que no hay ninguna razón para arrancar. Merece la pena aprender a separarlos antes de tocar nada.

Emerge del agua. Este es el carácter más fiable en campo. Los milhojas autóctonos son plantas sumergidas: sacan del agua las espigas florales, poca cosa más, y al levantarlas se desmadejan como el pelo mojado. M. aquaticum forma auténticas alfombras de brotes tiesos por encima de la superficie, que se sostienen solos.

Color glauco. Verde azulado, con aspecto ceroso, sobre todo en la parte emergida. Los nativos tiran a verde franco o verde oliva.

Hojas en verticilos de 4 a 6, pinnadas, cada una con entre 10 y 18 pares de segmentos filiformes muy regulares, dispuestos como los dientes de un peine doble. Los verticilos de la porción aérea son más apretados y cortos que los sumergidos.

Nunca la verás fructificar aquí. Es una especie dioica y, fuera de su área nativa, todo el material introducido en Europa corresponde a plantas femeninas. Sin polen no hay semilla. Puede florecer —flores diminutas, blanquecinas, en las axilas de las hojas emergidas, entre mayo y agosto— pero no produce semilla viable.

Por qué se extiende tanto si no produce semillas

Aquí está la paradoja que hay que entender para no manejarla mal. Que no haya semilla no es una buena noticia: significa que toda la reproducción es vegetativa, por fragmentación, y que cualquier trozo de tallo con un nudo es una planta nueva completa.

Los tallos son frágiles y se parten solos con las crecidas, con el oleaje de una embarcación, con el paso del ganado o con una siega mal hecha. Cada fragmento flota, viaja aguas abajo, encalla y enraíza. Esto tiene dos consecuencias prácticas.

La primera es que cortar y desbrozar sin recoger es la peor intervención posible. Una desbrozadora pasada por una orilla invadida no controla nada: multiplica el problema por unos cuantos cientos y siembra todo el cauce aguas abajo. Se ha hecho muchas veces en España con la mejor intención y el resultado ha sido siempre el mismo.

La segunda es que la dispersión entre cuencas depende casi por completo de nosotros: barcas y remolques sin limpiar, aparejos de pesca, botas de vadeo, maquinaria de obra en cauce y, muy especialmente, vaciados de acuarios y estanques particulares en un arroyo, una acequia o un desagüe. No hay un vector natural que salte de la cuenca del Miño a la del Guadiana; hay un remolque.

Crece además a una velocidad notable. En verano, con agua eutrófica y calor, los tallos se alargan varios centímetros al día y una balsa mediana pasa de tener unos rodales dispersos a estar cubierta casi por completo en una sola temporada.

Los daños que provoca

Oxígeno. La alfombra flotante cierra la superficie. De día produce oxígeno arriba, pero abajo el agua queda a oscuras y en el fondo se acumula materia vegetal en descomposición que lo consume. De noche, cuando la propia planta respira, el oxígeno disuelto se desploma. En balsas y remansos poco profundos esto acaba en mortandades de peces e invertebrados y en condiciones anóxicas en el sedimento.

Luz. Desaparecen las macrófitas sumergidas autóctonas, incluidos los milhojas nativos y las praderas de Potamogeton. Con ellas se va el refugio de los alevines y buena parte de la comunidad de invertebrados.

Hidráulica. Obstruye acequias, canales de riego, rejillas, tomas de bombeo y azudes. Reduce la sección útil del cauce y, en episodios de lluvia fuerte, empeora el drenaje y agrava las inundaciones locales. En zonas de regadío es un coste de mantenimiento recurrente y nada trivial.

Mosquitos. La maraña emergida es un criadero excelente porque protege a las larvas de los peces larvívoros y de los depredadores acuáticos. En humedales próximos a núcleos habitados esto se nota rápido.

Sedimentación. La mata frena la corriente y hace que la balsa o el remanso se colmaten de limos mucho más deprisa, lo que a su vez crea más fondo blando y somero donde la planta prospera mejor. Es un bucle que se realimenta.

Qué dice la ley en España

Myriophyllum aquaticum está incluida en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras (Real Decreto 630/2013) y en la lista de especies exóticas invasoras preocupantes para la Unión del Reglamento (UE) 1143/2014, donde entró en la ampliación de 2016. En la práctica esto significa que están prohibidos su posesión, transporte, comercio, intercambio, cría y liberación en el medio natural.

Si alguien la tiene en un estanque doméstico, la vía correcta no es tirarla al contenedor orgánico ni al monte: es retirarla íntegra, dejarla secar y destruirla, o consultar al servicio de medio ambiente de la comunidad autónoma. Si aparece en un cauce público, lo que procede es avisar, no ponerse a arrancar por cuenta propia: una actuación mal planteada esparce fragmentos, y las administraciones suelen tener protocolos y barreras de contención para hacerlo bien.

Conviene saber además que no está sola en esa lista. Otras acuáticas que circularon por acuariofilia y también están prohibidas son Cabomba caroliniana, Egeria densa, Elodea nuttallii, Lagarosiphon major, Hygrophila polysperma, Ludwigia grandiflora, Ludwigia peploides y Eichhornia crassipes, el jacinto de agua. Si el objetivo es tener plantas de tallo en un acuario, Ceratophyllum demersum —que además es autóctono—, las rotalas o las bacopas cumplen el mismo papel decorativo sin ningún riesgo legal ni ambiental.

Detalle de las hojas verticiladas y pinnadas del pinito de agua

Cómo se controla

No hay solución rápida. Lo que funciona es un plan de varios años con revisiones periódicas, y eso hay que asumirlo desde el principio.

Retirada manual completa. Es el método de referencia en superficies pequeñas y en focos recientes. Hay que sacar la planta entera, incluidos rizomas y raíces del sedimento, trabajando de aguas arriba hacia aguas abajo y con una barrera de malla fina instalada por debajo del punto de trabajo para atrapar los fragmentos que inevitablemente se sueltan. La biomasa se deposita lejos del agua, sobre lona, se deja secar por completo y se destruye. Nunca al compostador del jardín si hay un cauce o una acequia cerca.

Detección temprana. Es donde se gana la partida. Un rodal de un metro cuadrado se elimina en una mañana; una hectárea colonizada exige años y presupuesto. Cualquier mata nueva vista en primavera merece intervención inmediata, sin esperar a ver "cuánto crece".

Vaciado y desecación de balsas, cuando la infraestructura lo permite, dejando el vaso seco varias semanas en verano. Es eficaz porque los rizomas no soportan la desecación prolongada, pero solo aplica a masas de agua artificiales y controladas.

Sombreado de las orillas mediante recuperación de la vegetación de ribera —alisos, sauces, fresnos— y reducción de la carga de nutrientes que llega al agua. No elimina la planta, pero le quita las dos cosas que más necesita: luz y nitrógeno. Como medida de fondo es la más rentable a largo plazo.

Sobre los herbicidas conviene ser claro: el uso de fitosanitarios en medio acuático está muy restringido en España y requiere autorización expresa de la administración competente, con productos y formulaciones específicas. No es una operación de particular, y aplicar un glifosato de jardinería en un cauce es sencillamente ilegal. Los tratamientos con sulfato de cobre o la suelta de carpa herbívora, que se sugieren a veces, tampoco resuelven: el cobre se acumula en el sedimento y la carpa tiende a evitar Myriophyllum aquaticum mientras devora la vegetación autóctona, con lo que se acaba empeorando la situación de partida.

Errores frecuentes

Desbrozar la orilla en verano. Ya se ha dicho, pero es el fallo que más se repite: fragmentación masiva y siembra del cauce aguas abajo.

Confundirla con vegetación autóctona, o al revés. Se han arrancado praderas de milhojas nativo creyendo que eran el pinito de agua. Ante la duda, fotografía y consulta.

Creer que la helada la mata. Rebrota del rizoma. La ausencia de brotes en enero no significa nada.

Dejar la biomasa retirada junto al agua. Una montonera húmeda al borde del cauce sigue viva y vuelve al agua con la primera crecida.

Vaciar un acuario o un estanque en el desagüe. Buena parte de las introducciones documentadas en Europa empiezan exactamente así.

En resumen

Myriophyllum aquaticum es una acuática sudamericana, anfibia, glauca y de tallos emergidos, que en Europa solo existe en forma de plantas femeninas y por tanto se multiplica únicamente por fragmentos de tallo. Esa característica, lejos de limitarla, la convierte en una de las invasoras acuáticas más difíciles de manejar: cualquier corte mal hecho la propaga.

Sus efectos —anoxia nocturna, desaparición de la vegetación sumergida autóctona, obstrucción de canales y riegos, cría de mosquitos— justifican que esté prohibida tanto en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras como en la lista de la Unión Europea. Ni se compra, ni se planta, ni se regala un esqueje.

Si aparece un foco, lo eficaz es actuar pronto, retirar la planta completa con barrera de contención aguas abajo, secar y destruir la biomasa lejos del agua, y repetir las revisiones durante varias temporadas. Y si el foco está en un cauce público, avisar a la administración antes de tocar nada.


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