En el malpaís bajo de Fuerteventura o en las laderas costeras del sureste peninsular hay tramos donde ya no queda otra cosa: pencas azuladas apiladas unas sobre otras, espinas amarillas y suelo desnudo debajo. Ese es el paisaje que deja Opuntia dillenii cuando se instala, y por eso figura entre las plantas invasoras cuya presencia se persigue activamente en España.
Lo primero es aclarar el nombre, porque genera bastante lío. La planta se describió como Opuntia dillenii (Ker Gawl.) Haw., pero la taxonomía actual la considera mayoritariamente parte de Opuntia stricta (Haw.) Haw., normalmente como Opuntia stricta var. dillenii. Los dos nombres se refieren al mismo grupo de plantas: la forma espinosa, de pencas glaucas y espinas amarillas gruesas. La variedad tipo de O. stricta es prácticamente inerme, con pocas espinas o ninguna. Cuando en la normativa española aparece Opuntia dillenii y en la europea Opuntia stricta, están hablando de lo mismo.
Cómo es la planta
Es un cactus arbustivo de la familia Cactaceae, de porte bajo y extendido, que rara vez pasa de 1,5 o 2 metros de altura pero que se despliega lateralmente hasta formar rodales de varios metros de diámetro. No hace tronco leñoso definido como la chumbera de fruta; tiende a tumbarse, apoyarse y enraizar por donde toca el suelo.
Los tallos son los característicos cladodios o pencas: segmentos aplanados, obovados u oblongos, de 10 a 25 centímetros de largo, con frecuencia de bordes ondulados y de un verde azulado glauco muy marcado, sobre todo en brotes jóvenes y en pleno verano. En las areolas hay dos cosas: uno a seis (a veces más) aguijones amarillos, robustos, ligeramente curvados, de 2 a 4 centímetros, que con la edad se vuelven grisáceos; y un penacho de gloquidios, esas cerdas diminutas y barbadas de color pardo que son, en la práctica, más molestas que las espinas grandes.
La floración se concentra entre abril y junio en el litoral cálido y en Canarias, algo más tarde tierra adentro. Las flores nacen en el borde superior de las pencas, miden entre 5 y 8 centímetros, son amarillas y con frecuencia toman tonos anaranjados o rojizos al envejecer. El fruto es una baya carnosa obovoide de 4 a 7 centímetros, con el ápice hundido, que madura a púrpura intenso a finales de verano y en otoño; la pulpa es de un magenta muy fuerte, dulzona y llena de semillas duras. También está cubierto de gloquidios, así que cogerlo sin protección tiene consecuencias.
Como todas las opuntias funciona con metabolismo CAM: abre los estomas de noche para fijar CO₂ y los mantiene cerrados de día. Eso le permite vivir con precipitaciones muy bajas, en suelos esqueléticos, en pedregales volcánicos, en arenas costeras y aguantando salinidad y viento marino. Su límite real no es la sequía sino el frío: por debajo de unos -5 °C sostenidos los tejidos se dañan, y por eso en España se comporta como planta de piso termomediterráneo, litoral y canario, sin colonizar el interior frío.
De dónde viene y cómo llegó aquí
Su área nativa está en el sureste de Estados Unidos —Florida y la costa del Golfo—, el Caribe, México y el norte de Sudamérica, siempre en ambientes costeros arenosos. Llegó a Europa con los intercambios posteriores a 1492, junto con el resto de las opuntias, y aquí conviene deshacer una creencia muy asentada: ninguna chumbera es mediterránea. El paisaje de chumberas que parece de toda la vida en Almería, Murcia, Alicante o Canarias tiene menos de cinco siglos y es enteramente de origen americano.
Se plantó por tres motivos: como seto defensivo impenetrable para cerrar fincas, como planta de la que obtener fruta y forraje de emergencia, y —sobre todo en Canarias— dentro de la cultura del cultivo de la cochinilla del carmín, aunque para eso el hospedador preferido fue siempre Opuntia ficus-indica. Al abandonarse esos usos, las plantas quedaron sueltas en el territorio, y desde ahí empezaron a moverse solas.
Hoy está presente en todas las islas Canarias, con situaciones muy graves en Fuerteventura, Lanzarote, Gran Canaria y el sur de Tenerife, y en el litoral peninsular cálido: Almería, Murcia, Alicante, Málaga, la costa granadina, el suroeste andaluz —con actuaciones de erradicación en sistemas dunares del entorno de Doñana— y las Baleares.
Distinguirla de la chumbera común
Se confunde constantemente con Opuntia ficus-indica, la chumbera de higos chumbos, y la diferencia importa porque el tratamiento legal y agronómico de una y otra no es el mismo.
Porte. O. ficus-indica levanta un tronco y llega a 3-5 metros, con aspecto de arbolito. O. dillenii se queda baja y se arrastra formando matorral denso.
Color. Verde franco, mate, en la chumbera de fruta; verde azulado glauco y algo brillante en O. dillenii.
Espinas. Las variedades cultivadas de O. ficus-indica son casi inermes, con areolas que llevan sobre todo gloquidios. O. dillenii lleva aguijones amarillos gruesos y bien visibles, curvados como pequeños puñales.
Pencas. Grandes, alargadas y de hasta 40-50 cm en la de fruta; más pequeñas, anchas y con el margen ondulado en la invasora.
Fruto. El higo chumbo comercial es grande, anaranjado o amarillo-verdoso, de pulpa clara. El de O. dillenii es menor, de color púrpura por fuera y por dentro, y tiñe todo lo que toca.
¿Tiene algún uso?
Alguno sí, y por eso se plantó, aunque ninguno justifica hoy mantenerla. El fruto es comestible: se consume fresco tras pelarlo con cuidado y se emplea en mermeladas y licores caseros. Su pulpa, riquísima en betalaínas, da un colorante natural de un magenta muy potente que se ha usado tradicionalmente para teñir. Las pencas jóvenes, chamuscadas para eliminar espinas y gloquidios, se han dado como forraje de emergencia al ganado en años de sequía, aprovechando que son casi agua. Y como seto defensivo cumple de sobra: una hilera de esta planta no la cruza nadie.
Dicho esto, para todos esos usos Opuntia ficus-indica es mejor y es un cultivo asentado y legal. La invasora da fruta más pequeña, más pepitosa y mucho más incómoda de manipular. Recolectar frutos de matas silvestres tampoco es inocuo, porque el transporte de fruta madura es una de las vías por las que las semillas acaban lejos.
Por qué es un problema
Doble reproducción. Es lo que la hace tan difícil. Produce muchísima semilla, dispersada por aves, conejos, ratas y ganado que comen el fruto, y a la vez se multiplica vegetativamente: cualquier penca que se desprenda —por el viento, por el paso de un animal, por un desbroce— enraíza en el suelo con la primera lluvia. Un fragmento tirado en un barranco es una mata nueva.
Desplaza la vegetación autóctona. En Canarias invade el tabaibal-cardonal, la formación de Euphorbia balsamifera, Euphorbia canariensis y Plocama pendula que ocupa la franja costera, y en el litoral peninsular y balear entra en dunas, acantilados y matorral xerófilo, tapando el suelo por completo. Bajo un rodal denso no germina prácticamente nada.
Bloquea el terreno. Los rodales impiden el paso de personas y de fauna, dificultan el trabajo en las fincas y complican los propios trabajos de restauración de los hábitats invadidos.
Daña al ganado y a la fauna. Los gloquidios se clavan en morros, lenguas y patas de cabras, ovejas y perros. En animales que comen el fruto pueden generar lesiones bucales.
Modifica el suelo. La acumulación de biomasa suculenta y su descomposición altera el contenido de materia orgánica y la disponibilidad de nutrientes de suelos que, en estos ambientes, son pobres por definición y albergan flora adaptada precisamente a esa pobreza.
Que el potencial invasor no es teórico lo demostró Australia: Opuntia stricta llegó a cubrir del orden de 24 millones de hectáreas en Queensland y Nueva Gales del Sur a principios del siglo XX, hasta el punto de expulsar a los ganaderos de comarcas enteras. Solo se doblegó introduciendo en 1926 la polilla Cactoblastis cactorum, en el que sigue siendo el caso de control biológico más citado de la historia.
Situación legal en España
Opuntia dillenii figura en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras (Real Decreto 630/2013), y Opuntia stricta está incluida en la lista de especies exóticas invasoras preocupantes para la Unión del Reglamento (UE) 1143/2014 desde la ampliación de 2017. La consecuencia práctica es la misma en ambos casos: no se puede comercializar, poseer con fines de venta, transportar, reproducir ni plantar, y hay obligación de no liberarla al medio.
Es importante entender que esto no afecta a Opuntia ficus-indica como cultivo, que tiene su propio estatus por tratarse de una especie agrícola tradicional. La confusión entre ambas ha generado más de un malentendido con vecinos y ayuntamientos, y es otra razón para saber identificarlas.
Cómo se controla
Actuar pronto y sobre plantas jóvenes. Un ejemplar de dos pencas se saca con una azada en un minuto. Un rodal de veinte metros cuadrados y treinta años requiere maquinaria, cuadrilla y gestión de residuos.
Arranque completo. Hay que extraer la planta entera con el cuello de la raíz y recoger hasta el último fragmento de penca y el último fruto. Es aquí donde fracasan la mayor parte de las intervenciones bienintencionadas: se corta, se amontona a un lado y meses después ese montón es un rodal nuevo. Una penca cortada puede sobrevivir en superficie muchas semanas y enraizar en cuanto llueva.
Gestión del material retirado. Se embolsa o se carga en contenedor cerrado y se lleva a tratamiento controlado: incineración o enterramiento profundo. Nunca a un barranco, a un margen de camino ni al compostador.
Inyección de herbicida en los cladodios. En los programas oficiales se usa mucho porque evita mover biomasa: se inyecta la dosis en el interior de las pencas y la planta se seca en pie. Es un trabajo de personal cualificado, con producto autorizado y autorización administrativa; no es una práctica que un particular deba improvisar, y las aplicaciones foliares corrientes apenas funcionan sobre una cutícula tan cerosa.
Seguimiento de varios años. Queda banco de semillas en el suelo y fragmentos enterrados. Sin revisiones anuales durante al menos tres o cuatro años, la mancha vuelve.
Sobre el control biológico conviene una advertencia. La cochinilla Dactylopius opuntiae, detectada en el sureste peninsular hacia 2015-2016 y después en Canarias, ha arrasado poblaciones de opuntias, incluidas las invasoras. No es, sin embargo, una herramienta que se pueda elegir: no distingue entre la invasora y las chumberas cultivadas ni los paisajes culturales de chumbera, y su expansión ha causado pérdidas agrícolas y paisajísticas serias. Es un fenómeno que hay que conocer para interpretar lo que se ve en el campo, no una solución de manejo disponible.
Si la tienes en el jardín
Retirarla en otoño o invierno, fuera de la época de fruto maduro, reduce mucho el riesgo de esparcir semillas. Trabaja con guantes de cuero gruesos y, aun así, no manipules las pencas con las manos: pinzas largas, horca o papel de periódico enrollado. Los gloquidios atraviesan la mayoría de los guantes de jardinería y, una vez clavados en la piel, se sacan mejor con cinta adhesiva ancha o con una capa de cola blanca que se deja secar y se despega.
Protege también los ojos: al tirar de una mata las pencas rebotan. Y revisa el suelo palmo a palmo al terminar, porque los fragmentos pequeños pasan desapercibidos con facilidad entre la grava.
Si quieres una opuntia en el jardín por su valor ornamental, existen especies de cultivo sin problemas de invasividad reconocida en el litoral español, y en general cualquier crasa de las que se venden legalmente en vivero cumple ese papel. Multiplicar y regalar pencas de O. dillenii, en cambio, está prohibido y es la vía por la que muchos focos empezaron.
En resumen
Opuntia dillenii, hoy tratada dentro de Opuntia stricta, es un cactus americano de porte bajo, pencas glaucas con aguijones amarillos, flor amarilla en primavera y fruto púrpura en otoño, que llegó a España como seto y como planta de aprovechamiento y acabó naturalizándose en el litoral cálido y en Canarias.
Su peligro viene de combinar semilla abundante dispersada por animales con una capacidad de rebrote a partir de cualquier penca desprendida, y de que forma matorrales cerrados que borran la vegetación autóctona del tabaibal-cardonal, de las dunas y del matorral costero. De ahí que esté prohibida por el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras y por el reglamento europeo.
Controlarla exige arranque completo, recogida escrupulosa de todos los fragmentos y frutos, gestión del residuo fuera del medio natural y seguimiento durante años. Y, antes de nada, no confundirla con la chumbera de fruta, que es otra especie con otro estatus legal.