Un ailanto joven puede ganar dos metros de altura en una sola temporada, y ahí empieza todo el problema. Ailanthus altissima llegó a Europa a mediados del siglo XVIII como árbol de sombra rápido y agradecido, y esa misma rapidez es la que lo ha convertido en uno de los quebraderos de cabeza más caros de la jardinería pública española. En muchas ciudades hay cuadrillas que dedican todos los años una partida de presupuesto a rebrotes de ailanto en alcorques, medianas, muros, vías de tren y taludes donde nadie lo plantó.
Conviene entender bien cómo funciona este árbol antes de coger la motosierra, porque una intervención mal hecha multiplica el problema en lugar de resolverlo. Es, de hecho, lo que ocurre la mayor parte de las veces.
De China al Retiro: por qué acabó plantándose
El ailanto es originario del norte y centro de China. El jesuita Pierre d'Incarville envió semillas a Europa hacia 1751 y el árbol se difundió con rapidez por dos motivos: crecía donde no crecía nada y se creyó que podía sostener una industria sedera alternativa. La mariposa Samia cynthia, la llamada seda del ailanto, se alimenta de sus hojas, y durante el siglo XIX hubo intentos serios de criarla en Europa para competir con el gusano de seda de la morera. El experimento fracasó: la seda obtenida era más basta y difícil de devanar. Los ailantos, en cambio, se quedaron.
En España se plantó masivamente en repoblaciones de taludes, escombreras, terraplenes ferroviarios y arbolado urbano de posguerra, justo en el tipo de suelo pobre, compactado y seco donde otros árboles fracasaban. Hoy está naturalizado en las cuencas del Ebro, Duero, Tajo, Guadalquivir y en buena parte del litoral mediterráneo, y sube sin problema por los valles del interior.
El nombre de árbol de los dioses o árbol del cielo procede de una traducción del malayo ailanto, aplicada originalmente a una especie emparentada del sureste asiático, y aludía a su altura. No a ninguna cualidad benéfica.
Cómo reconocerlo sin equivocarse
Se confunde con frecuencia con el zumaque de Virginia (Rhus typhina), con el fresno, con el nogal y hasta con el serbal, porque todos tienen hoja compuesta. Hay un carácter que resuelve la duda en tres segundos:
Las glándulas de la base de los folíolos. La hoja del ailanto es imparipinnada, mide entre 40 y 90 cm y lleva de 11 a 25 folíolos (a veces más en brotes vigorosos). Cada folíolo tiene, cerca de la base, uno o dos dientes gruesos y en el envés de cada diente una glándula redondeada y brillante. Ningún fresno, nogal ni serbal tiene eso. El resto del margen del folíolo es liso, mientras que el zumaque lo tiene aserrado en toda su longitud.
Otras claves útiles:
El olor. Al estrujar una hoja o al partir un ramillo desprende un olor desagradable, entre cacahuete rancio y goma quemada. Las flores masculinas huelen aún peor y en junio, con calor, se nota a distancia bajo el árbol.
La corteza. Lisa, gris, con estrías longitudinales pálidas que recuerdan a la piel de un melón cantalupo. En los ejemplares viejos se agrieta poco.
Las sámaras. Es un árbol dioico: hay pies macho y pies hembra. Los femeninos se cubren en agosto y septiembre de racimos densos de sámaras, cada una con una semilla en el centro y el ala retorcida. Suelen virar a rojizo o anaranjado antes de secarse y muchas se quedan en el árbol todo el invierno, lo que lo hace muy identificable en enero.
La cicatriz foliar. En invierno, al caer la hoja, deja una cicatriz enorme en forma de corazón o de escudo, con muchos haces vasculares visibles. Es un rasgo diagnóstico excelente cuando no hay hojas.
La maquinaria que lo hace invasor
No es un árbol agresivo por una razón, sino por cinco que se refuerzan entre sí.
Semilla abundante y volandera. Un ejemplar hembra adulto produce con facilidad cientos de miles de sámaras al año. Vuelan con el viento, flotan en el agua y siguen los cursos fluviales y las cunetas. Basta un pie hembra en un barrio para sembrar de plántulas todos los alcorques, terrazas y patios de manzana a la redonda.
Rebrote radical. Aquí está la clave del asunto. El ailanto emite brotes desde raíces horizontales que se extienden muchos metros del tronco. Cuando el árbol pierde la parte aérea, esas raíces reciben la señal de que hay que reponerla y responden con decenas de rebrotes a la vez, repartidos por todo el radio de la raíz. Es habitual ver brotes surgiendo a diez o quince metros del tocón, dentro de un seto vecino o entre las baldosas de un patio.
Alelopatía. Sus raíces y hojas liberan ailantona, un quassinoide con acción herbicida sobre otras plantas. El suelo bajo un ailanto establecido queda progresivamente empobrecido de competencia, lo que le facilita colonizar en bosquete cerrado.
Tolerancia extrema. Aguanta sequía, suelos compactados, salinidad moderada, contaminación atmosférica, pH alto y luz escasa en juventud. Germina en una grieta de acera con dos dedos de tierra.
Crecimiento juvenil desmesurado. Uno a dos metros al año durante los primeros años, con hojas de casi un metro que sombrean todo lo que tienen debajo. Gana la carrera por la luz a cualquier planta autóctona de su entorno.
El precio de esa velocidad es una madera blanda y frágil, con horquillas de inserción muy abierta que desgarran con el viento. Los ailantos urbanos adultos son árboles de riesgo: se descuelgan ramas gruesas en tormentas de verano y su raíz superficial levanta pavimentos y entra en alcantarillados.
Qué dice la ley en España
Ailanthus altissima figura en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras, aprobado por el Real Decreto 630/2013. Estar incluido en ese catálogo significa que su posesión, transporte, tráfico y comercio están genéricamente prohibidos, igual que su introducción en el medio natural. No se puede vender en vivero, no se puede regalar un esqueje ni sembrar sus semillas, y las administraciones tienen obligación de vigilancia y control.
La duda que aparece siempre es qué pasa con un ejemplar viejo que ya estaba en la finca antes de esa norma. En la práctica, lo que se persigue es la venta, la propagación y la plantación nueva; lo que sí conviene entender es que un pie hembra en producción está sembrando activamente el entorno y que la responsabilidad de que no lo haga recae en quien tiene la finca. Antes de intervenir sobre un ejemplar grande, y sobre todo si está en suelo urbano o cerca de espacio protegido, merece la pena preguntar al ayuntamiento o al servicio de medio ambiente autonómico, porque hay comunidades con programas de erradicación que asesoran o incluso costean parte del trabajo.
El error que casi siempre se comete
Se corta el árbol a ras de suelo y se da por resuelto. Al año siguiente hay treinta ailantos donde había uno.
Es el resultado previsible del rebrote radical. Cortar la parte aérea de un ailanto sano no lo mata: solo elimina la dominancia apical y libera un sistema radicular intacto y lleno de reservas, que responde con una explosión de chupones. El problema pasa de un árbol manejable a una mata clonal repartida por varias parcelas, mucho más difícil de controlar que el original.
Otras dos vías que tampoco funcionan:
Anillar el tronco. El anillado, que sirve con otras especies, aquí suele provocar rebrote masivo por debajo del anillo y en la raíz. Se pierde un año y se termina peor.
Arrancar con maquinaria un ejemplar grande. Cada fragmento de raíz que queda en el suelo tiene capacidad de emitir un brote nuevo. Remover el terreno con retro reparte esos fragmentos y siembra el problema en toda la superficie removida.
La otra creencia extendida que conviene desmontar es la contraria: que el ailanto es imposible de eliminar. No lo es. Lo que hace falta es atacar la raíz, no el tronco, y aceptar que el proceso lleva entre dos y cuatro años de seguimiento.
Cómo eliminarlo de verdad
Plántulas del año. Se arrancan a mano, y solo entonces el método manual funciona bien. Hay que hacerlo con el suelo húmedo, después de una lluvia o de un riego abundante, tirando en vertical y despacio para sacar la raíz pivotante entera. Si se rompe y queda el fragmento, rebrota. Es una tarea de mantenimiento anual: si hay un pie hembra en el vecindario, cada primavera aparecerán plántulas nuevas y lo eficiente es quitarlas en mayo, cuando tienen dos palmos, no en septiembre cuando ya han lignificado.
Ejemplares establecidos. El planteamiento que funciona es debilitar el sistema radicular con herbicida sistémico aplicado en la época en que el árbol transloca hacia la raíz, es decir, desde finales de julio hasta la caída de la hoja, con el mejor momento entre agosto y septiembre. En esa ventana la savia elaborada baja para cargar reservas de invierno y arrastra el producto hasta el extremo de las raíces. Aplicado en primavera, con el flujo hacia arriba, el resultado es mucho peor.
Las dos técnicas habituales son la aplicación sobre tocón recién cortado, pintando la corona del cambium en los primeros minutos tras el corte antes de que la superficie selle, y la incisión con inyección, que consiste en hacer cortes en el tronco con un hacha o machete alrededor del perímetro, inclinados hacia abajo, y depositar el producto en cada corte sin cortar el árbol. La segunda suele dar mejor resultado en ejemplares grandes precisamente porque no dispara la señal de rebrote: el árbol muere en pie a lo largo de una o dos temporadas y luego se tala en seco.
Hay que ser realista con los productos disponibles. El uso de herbicidas en zonas urbanas y espacios de uso público está muy restringido en España y el glifosato en particular tiene limitaciones importantes en jardines y áreas frecuentadas. Para un particular con un ailanto en su finca lo sensato es consultar en un establecimiento con asesor fitosanitario qué materia activa está autorizada para ese uso concreto y en qué condiciones, y valorar contratar una empresa con carné de aplicador. Un tratamiento hecho una vez, en la fecha correcta y con el producto adecuado, resuelve más que cinco cortes seguidos.
El seguimiento. Sea cual sea la vía, hay que revisar la zona en primavera durante los dos o tres años siguientes y eliminar cualquier rebrote en cuanto asome. Un rebrote que llegue a hacer hoja recarga la raíz y devuelve el proceso a la casilla de salida. Es el punto donde fracasan la mayoría de los intentos: no por falta de contundencia inicial, sino por abandonar la vigilancia al segundo año.
Sombra y competencia. En parcelas donde no se puede o no se quiere usar herbicida, la estrategia realista es el desgaste: corte sistemático de todo rebrote cada seis u ocho semanas durante la estación de crecimiento, sin dejar que ninguno haga hoja madura, combinado con plantación densa de especies que le disputen la luz. Es lento, exige tres o cuatro años de constancia y solo funciona si nadie afloja.
Qué plantar en su lugar
Si lo que se buscaba era sombra rápida en suelo difícil, hay alternativas que no acaban colonizando el barrio. Para clima continental seco funcionan bien el almez (Celtis australis), de crecimiento razonablemente rápido y raíz menos agresiva, el fresno de flor (Fraxinus ornus) para porte medio, y el quejigo o la encina si hay paciencia y se busca permanencia. En litoral mediterráneo, el algarrobo (Ceratonia siliqua) y el acebuche resuelven sombra y sequía sin riego una vez establecidos. Para setos y masas de relleno, coscoja, lentisco, durillo y madroño cubren rápido y sostienen fauna.
Ninguno crecerá dos metros el primer año. Ese es exactamente el punto: la velocidad del ailanto no era una ventaja, era la factura pendiente.
Un apunte sanitario
El polen del ailanto es alergénico y sus masas urbanas contribuyen al fondo polínico de primavera en varias ciudades españolas. La savia puede provocar dermatitis de contacto e irritación en personas sensibles, así que conviene trabajar con guantes al podar o arrancar y evitar frotarse los ojos. Y en el frente fitosanitario, el ailanto es la planta hospedante preferida de Lycorma delicatula, un homóptero de origen asiático que ha causado daños serios en viñedo y frutales en Norteamérica y cuya presencia ya se ha detectado en Europa. Reducir las masas de ailanto es también reducir el trampolín que esa plaga necesitaría para instalarse.
En resumen
El ailanto combina semilla masiva, rebrote desde raíces extendidas, alelopatía y tolerancia a suelos imposibles, y por eso está catalogado como especie exótica invasora en España, con prohibición de venta, tenencia y plantación. Se identifica sin margen de error por las glándulas en los dientes basales de los folíolos, el olor desagradable al estrujar la hoja y las cicatrices foliares en forma de escudo en invierno. Cortarlo a ras es el error clásico y multiplica el problema: lo que funciona es actuar sobre la raíz, con tratamiento sistémico entre agosto y septiembre, y sostener la vigilancia de rebrotes dos o tres primaveras más. Las plántulas del año se arrancan a mano con el suelo mojado y raíz entera. Y en el hueco que deja conviene plantar almez, algarrobo, fresno de flor o encina, que tardarán más pero no obligarán a repetir la faena dentro de veinte años.