Basta recorrer una rambla del sureste peninsular, el borde de un solar en Málaga o una cuneta del Guadalquivir para toparse con hojas palmeadas del tamaño de un plato de servir, sostenidas por tallos huecos de color vino. Es Ricinus communis, el ricino: contiene la toxina vegetal más potente que crece espontáneamente en España y, al mismo tiempo, se ha plantado durante décadas en jardines por su porte subtropical. Las dos cosas son ciertas y ninguna anula a la otra.

Merece la pena separar bien lo que es mito de lo que es riesgo real, porque sobre esta planta circula tanta exageración como despreocupación, y ambas llevan a decisiones malas.

Planta de ricino con sus hojas palmeadas y las cápsulas espinosas del fruto

Qué es exactamente

El ricino pertenece a las euforbiáceas, la familia de las lechetreznas, la flor de Pascua y la mandioca. Es la única especie de su género. Su origen está en el este de África, probablemente en la región etíope, y desde allí se ha extendido por todos los climas cálidos del planeta, tanto por cultivo como por escape.

Su comportamiento depende del frío. En zonas sin heladas, como el litoral de Málaga, Almería, Alicante, Murcia, el sur de Cádiz o Canarias, es una planta leñosa perenne que en pocos años forma un arbolito de tres a seis metros, y en condiciones muy favorables llega a diez. A partir del interior peninsular, donde hiela, se comporta como anual: muere con la primera helada seria, por debajo de unos dos grados bajo cero, después de haber crecido dos o tres metros en una sola temporada.

El nombre científico y el común comparten origen: ricinus es garrapata en latín, y basta mirar una semilla, ovalada, jaspeada en gris y pardo y con un apéndice blanco en un extremo, para ver el parecido con el ácaro hinchado. Lo de higuera del diablo o higuera infernal viene de la hoja, vagamente comparable a la de la higuera, y de la toxicidad. También se le llama tártago mayor o palmacristi.

Cómo reconocerlo

La hoja es el carácter más llamativo: palmeada, con cinco a once lóbulos de margen aserrado, de hasta 60 cm de diámetro en plantas vigorosas, y peltada, es decir, con el peciolo insertado no en el borde sino dentro del limbo, como un paraguas. Ese detalle la distingue del resto de plantas de hoja palmeada grandes que puedan confundirse con ella.

El tallo es grueso, hueco entre nudos, glauco, con frecuencia teñido de rojizo o púrpura, y en ejemplares viejos lignifica y se agrieta.

La inflorescencia es una panícula erecta y monoica con una organización muy característica: las flores masculinas, amarillentas y con estambres muy ramificados, se sitúan en la mitad inferior; las femeninas, en la mitad superior, reducidas a un ovario espinoso rematado por tres estigmas de un rojo intenso. Ese contraste entre la base amarilla y la punta roja identifica la planta a distancia en verano.

El fruto es una cápsula tricoca cubierta de aguijones blandos, del tamaño de una nuez pequeña, que al secarse se abre de golpe y proyecta sus tres semillas a varios metros. Este mecanismo explosivo, sumado al arrastre por agua de escorrentía, es la vía principal de dispersión.

La toxicidad, con precisión

El compuesto responsable es la ricina, una lectina que bloquea la síntesis de proteínas en la célula. Es extraordinariamente potente y por eso el ricino aparece en manuales de toxicología con más peso que casi ninguna otra planta ornamental. Pero hay que ubicar bien dónde está y cómo actúa, porque la confusión sobre este punto es la norma.

La ricina está en la semilla, y sobre todo en la torta que queda tras prensarla. Hoja, tallo y raíz contienen ricinina, un alcaloide mucho menos peligroso, y látex irritante, pero no cantidades relevantes de ricina.

No se absorbe por la piel. Tocar la planta, podarla o arrancarla no intoxica. Sí puede producir dermatitis de contacto e irritación ocular por el látex, y en personas sensibilizadas la planta es un alérgeno respiratorio potente: los casos de asma ocupacional descritos en instalaciones de procesado de semilla son reales y bien documentados.

La semilla entera es mucho menos peligrosa que la masticada. La cubierta dura es impermeable, y una semilla tragada intacta suele atravesar el tubo digestivo sin liberar apenas toxina. El envenenamiento grave requiere masticación. Las cifras que se manejan en la literatura toxicológica hablan de unas pocas semillas bien masticadas para producir un cuadro grave en un adulto, y de menos aún en un niño. La intoxicación no es inmediata: los síntomas digestivos aparecen tras varias horas y el cuadro puede agravarse durante días, lo que hace imprescindible acudir a urgencias ante la sospecha aunque el afectado parezca estar bien. En España, el Instituto Nacional de Toxicología atiende consultas las veinticuatro horas.

Y el punto que más falta hace aclarar: el aceite de ricino de farmacia no contiene ricina. La toxina es una proteína hidrosoluble que no pasa a la fracción grasa durante el prensado y que además se desnaturaliza con el tratamiento térmico posterior. El aceite es un laxante y un ingrediente cosmético e industrial perfectamente conocido; lo tóxico es la torta residual, que por eso se destina a procesos controlados y no a pienso sin detoxificar.

La otra creencia que conviene desmontar es la del ricino plantado como repelente de topos y roedores. No funciona. Es una idea muy repetida en foros de huerto y no hay ningún fundamento para ella: lo único que se consigue es introducir una planta tóxica y de siembra agresiva en la parcela.

Por qué se comporta como invasora

El ricino no invade bosque cerrado ni compite bien bajo sombra. Lo suyo son los ambientes alterados con humedad freática: ramblas, cauces de riera, taludes de carretera, escombreras, márgenes de acequia, huecos urbanos, playas de grava. En esos hábitats acumula ventajas.

Crecimiento explosivo. Dos o tres metros en una temporada, con hojas que sombrean todo lo que hay debajo desde el primer año.

Producción de semilla temprana y sostenida. Fructifica el primer año, en clima suave florece prácticamente todo el año y una planta adulta produce miles de semillas por temporada.

Semilla persistente. La cubierta dura permite que permanezca viable en el suelo durante varios años, de modo que quitar las plantas visibles no vacía el banco de semillas.

Dispersión doble. Proyección explosiva a corta distancia y arrastre por el agua a larga. Las ramblas del sureste funcionan como autopistas: una avenida traslada semilla kilómetros aguas abajo en una sola tarde.

El resultado es que en tramos de rambla del Levante y del sur peninsular el ricino forma masas cerradas que desplazan al tarayal, al baladre y a la vegetación de ribera propia de esos cauces, y complican la restauración de esos ambientes. En Canarias el problema es más severo, porque coloniza malpaíses y zonas bajas donde la flora nativa es especialmente vulnerable.

Por eso Ricinus communis está incluido en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras con un ámbito de aplicación restringido a territorio insular. Antes de plantarlo o de dejarlo prosperar conviene comprobar qué establece la normativa autonómica correspondiente, porque varias comunidades han añadido restricciones propias, y en cualquier caso su plantación cerca de cauces o de espacios protegidos es una mala idea aunque no esté expresamente prohibida donde uno viva.

Cómo eliminarlo

Hay una buena noticia respecto a otras invasoras leñosas: el ricino no rebrota desde la raíz. Rebrota de la cepa si se corta alto, pero no emite chupones a distancia como el ailanto ni la robinia. Eso hace que el control mecánico funcione, siempre que se haga en el momento adecuado.

Plantas jóvenes. Se arrancan a mano con el suelo húmedo. La raíz es pivotante y sale entera si se tira despacio y en vertical. Es con diferencia la intervención más rentable: media hora en mayo evita una jornada en septiembre.

Ejemplares grandes. Corte a ras de suelo o ligeramente por debajo, con azada o motosierra según grosor, y repaso de los rebrotes de cepa a las pocas semanas. Dos o tres repasos en la misma temporada agotan la cepa. En suelo blando y con ejemplares de tallo único, arrancar con palanca o con torno manual suele ser incluso más rápido que cortar y repasar.

El calendario manda. La regla es intervenir antes de que maduren las cápsulas, es decir, en primavera o a comienzos de verano, no en otoño. Actuar sobre una planta cargada de fruto maduro es sembrar el terreno mientras se trabaja: cada golpe de herramienta dispara cápsulas. Si no queda más remedio que hacerlo en esa fase, hay que cortar y embolsar las inflorescencias antes de tocar el resto de la planta.

Qué hacer con los restos. Las cápsulas y semillas no deben ir a la compostera doméstica: ni la temperatura ni el tiempo de una pila casera garantizan que pierdan viabilidad, y además se está manejando material tóxico. Lo correcto es embolsar frutos y semillas aparte y llevarlos a punto limpio o a la recogida de restos vegetales del municipio. El resto de la planta, hojas y tallos, sí puede compostarse sin problema.

Seguimiento. Por el banco de semillas, hay que revisar la zona cada primavera durante tres o cuatro años y arrancar las plántulas nuevas. Ese repaso anual, que cuesta poco, es lo que decide si el trabajo inicial ha servido para algo.

El control químico rara vez es necesario aquí. Con una planta que no rebrota de raíz y cuyas plántulas se arrancan con dos dedos, recurrir a herbicida es desproporcionado salvo en superficies grandes de restauración fluvial.

Si aun así quieres cultivarlo

Hay variedades ornamentales seleccionadas por su follaje: 'Gibsonii', compacta y de hoja bronce oscuro; 'Carmencita', de tallo rojo intenso y estigmas muy vistosos; 'Impala', de brotes cobrizos; 'Zanzibariensis', de hoja verde enorme y porte muy alto. Como planta estructural de arriate en verano dan un efecto subtropical que pocas anuales igualan.

Si se decide cultivarlo, con criterio:

Nunca en zona insular ni cerca de ramblas, cauces, acequias o espacios naturales. Es la condición previa a todo lo demás.

Nunca en jardín con niños pequeños o con perros que roan. Las semillas son atractivas y llamativas, y ese es exactamente el escenario de los envenenamientos documentados.

Siembra. En marzo o abril, en maceta profunda, porque la raíz pivotante hace que la planta tolere mal el trasplante a raíz desnuda. Escarificado suave de la cubierta con lija y remojo de veinticuatro horas en agua tibia antes de sembrar. Germina en dos o tres semanas a 20-25 °C. Trasplante al exterior cuando haya pasado el riesgo de heladas, hacia mayo en el interior peninsular.

Cultivo. Sol pleno, suelo profundo y fértil, riego generoso en verano: es una planta de mucha hoja y mucha transpiración, y con sequía se defolia. Resguardo del viento fuerte, que le desgarra las hojas y le tumba los tallos huecos.

La regla de oro. Cortar las inflorescencias femeninas en cuanto las cápsulas empiecen a engordar, antes de que sequen. Se pierde la vistosidad del fruto, se gana que la planta no siembre el barrio ni deje semillas al alcance de nadie. Guantes al manipularla, y lavarse las manos antes de comer.

En resumen

El ricino es una euforbiácea de origen africano, perenne y arborescente en el litoral cálido español y anual en el interior con heladas, reconocible por su hoja palmeada peltada de hasta 60 cm, sus tallos rojizos huecos y la inflorescencia con flores masculinas amarillas abajo y estigmas rojos arriba. Su toxina, la ricina, se concentra en la semilla y requiere masticación para envenenar; el aceite de ricino de farmacia no la contiene y tocar la planta no intoxica, aunque el látex irrita y el polvo de semilla es un alérgeno serio. Coloniza ramblas, cauces y terrenos alterados gracias a su crecimiento rápido, su fructificación temprana, sus cápsulas explosivas y una semilla que aguanta años en el suelo, y por eso figura en el catálogo español de invasoras con ámbito insular. Eliminarlo es viable porque no rebrota de raíz: arrancar plántulas con el suelo húmedo, cortar los ejemplares grandes a ras antes de que fructifiquen, embolsar y retirar frutos y semillas fuera del compost, y repasar la zona cada primavera durante tres o cuatro años.


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