A media mañana, cuando el sol lleva un par de horas calentando la lámina de agua, las flores del loto azul se abren de golpe sobre unos tallos que las sostienen por encima de la superficie; a primera hora de la tarde vuelven a cerrarse y se hunden un poco. Repiten la operación tres o cuatro días seguidos y luego el pedúnculo se dobla y el fruto madura bajo el agua. Ese horario tan marcado es una de las señas de identidad de Nymphaea caerulea, la planta acuática que los egipcios pintaron en columnas, sarcófagos y papiros durante tres mil años.

Flor azul de Nymphaea caerulea abierta sobre el agua

Ni es loto ni viene del loto

Empecemos por el nombre, porque genera bastantes compras equivocadas. El loto azul del Nilo no es un loto: es un nenúfar. Los lotos verdaderos pertenecen al género Nelumbo (Nelumbo nucifera, el loto sagrado), tienen hojas peltadas que se levantan un metro por encima del agua, sin escotadura, y un receptáculo cónico agujereado inconfundible. Nymphaea caerulea es una ninfeácea con hojas flotantes hendidas y flores estrelladas. Se le llama loto por tradición iconográfica, no por botánica.

Su nombre válido hoy es Nymphaea nouchali var. caerulea, aunque en viveros y catálogos sigue apareciendo como Nymphaea caerulea Savigny. Es originaria del valle del Nilo y de buena parte del África oriental y subsahariana, en aguas quietas y cálidas.

Hay que añadir una advertencia comercial: gran parte de lo que se vende como "loto azul" no es esta especie. Bajo esa etiqueta circulan sobre todo Nymphaea capensis (el nenúfar azul del Cabo) y su variedad zanzibariensis, de flores más grandes y azules más intensos, y numerosos híbridos tropicales azules como 'Director George T. Moore' o 'Panama Pacific'. Se cultivan prácticamente igual, así que la confusión no es grave para el jardinero, pero si buscas la especie egipcia auténtica conviene preguntarlo expresamente. La caerulea verdadera tiene flores más pequeñas, de un azul pálido que tira a celeste, con los tépalos exteriores rayados de púrpura por fuera y un centro de estambres amarillos muy marcado.

Cómo es la planta

Las hojas son redondeadas, de 25 a 40 centímetros, con una hendidura profunda hasta el pecíolo y el borde ondulado; el envés es verdoso o violáceo y suele estar salpicado de manchas pardas. Una planta adulta ocupa entre 1 y 1,5 metros cuadrados de superficie de agua, así que no es material para un barreño pequeño.

La flor mide de 10 a 15 centímetros, es estrellada, no acopada, y tiene un perfume dulce y evidente que se percibe a un par de metros. El rasgo que la distingue de un vistazo de cualquier nenúfar rústico es la posición: los nenúfares tropicales, y este lo es, elevan las flores entre 15 y 30 centímetros por encima del agua, mientras que los rústicos las tienen flotando pegadas a la superficie. La floración es diurna y en la península va de junio a octubre, mientras el agua se mantenga templada.

Bajo el agua, el sistema es un tubérculo redondeado, más parecido a una cebolleta que al rizoma alargado y horizontal de los nenúfares rústicos. Esa diferencia condiciona por completo la invernada.

Temperatura: la cuestión decisiva en España

Aquí es donde se pierde la mayoría de los ejemplares. Nymphaea caerulea es un nenúfar tropical. No crece si el agua no llega a unos 18-20 °C, prospera entre 22 y 30 °C y se pudre si el agua baja de 10-12 °C durante días. Ninguna helada le hace falta para matarla: basta un otoño largo y fresco.

De ahí que en el clima peninsular haya tres formas honestas de cultivarla:

Como planta de temporada. Se planta a finales de mayo, cuando el agua ya está templada, florece todo el verano y se descarta en otoño. Es lo que hace mucho aficionado sin decirlo, y no es descabellado si el ejemplar es barato.

Guardando el tubérculo. En octubre, antes de que el agua se enfríe, se saca la cesta, se busca el tubérculo entre la tierra, se limpia de raíces y hojas, y se conserva el invierno en un tarro con arena húmeda o agua a 10-13 °C, a oscuras, revisándolo cada pocas semanas para retirar cualquier parte blanda. En abril o mayo se despierta en un recipiente con agua a 22-25 °C y luz, y cuando echa hojas se replanta.

Con el agua templada todo el año. Invernadero, estanque interior o acuario grande y luminoso. Es la única vía para tenerla permanentemente en crecimiento.

En la costa mediterránea más cálida, en el sur de Andalucía y sobre todo en Canarias, un estanque profundo y soleado puede mantenerla de un año para otro sin más protección. En Madrid, Castilla, Aragón o el norte, dejarla fuera en invierno es perderla.

Plantación y sustrato

Se planta en cesta de estanque de 25 a 40 litros, cuanto más ancha mejor, porque las raíces prefieren extenderse que profundizar. El sustrato correcto es tierra franco-arcillosa pesada de jardín, sin materia orgánica fresca. Turba, compost, mantillo y sustrato universal son errores caros: flotan, enturbian el agua, se descomponen consumiendo oxígeno y disparan las algas.

El tubérculo se coloca en el centro con la corona y las yemas asomando, sin enterrarlas. Encima, 2 o 3 centímetros de grava de 5-10 mm para sujetar la tierra y evitar que los peces la levanten.

La profundidad se ajusta según el desarrollo. Al principio, con hojas pequeñas, la corona debe quedar a unos 15 centímetros de la superficie; a medida que los pecíolos alargan, la cesta se baja hasta dejar la corona a 30 o 40 centímetros. Colocarla de entrada a la profundidad final es el fallo típico: la planta gasta toda su reserva en alcanzar la luz y no llega a florecer.

Sol, quietud y abono

Sol directo, mínimo cinco o seis horas al día. No hay negociación posible: a media sombra la planta vive y hace hojas, pero no da flor. Es la causa número uno de decepción en patios interiores y terrazas orientadas al norte.

Agua quieta. Los nenúfares detestan el movimiento y las salpicaduras. Una fuente, un surtidor o la caída de una cascada sobre las hojas provoca pudrición del limbo y aborto de los capullos. Si el estanque tiene bomba, la planta va en el extremo opuesto, en la zona de agua más tranquila.

Abonado durante todo el verano. Son plantas muy voraces. Se usan tabletas o conos de abono específico para acuáticas, de liberación lenta, hundidos en el sustrato de la cesta cada cuatro o seis semanas desde que arranca el crecimiento hasta finales de agosto. Nunca abonos solubles echados al agua: alimentan a las algas, no al nenúfar. A partir de septiembre se suspende para que el tubérculo madure.

El mantenimiento diario se reduce a cortar las hojas amarillas y las flores marchitas por la base del pecíolo, dentro del agua. Si no se retiran, se descomponen en el estanque y cargan el agua de nutrientes.

Hoja flotante de nenúfar azul con el borde ondulado

Multiplicación

El loto azul es de los nenúfares más fáciles de obtener por semilla, al contrario que los híbridos rústicos. El fruto madura sumergido y libera semillas envueltas en un arilo gelatinoso que las mantiene a flote unos días antes de hundirse. Se recogen, se limpian frotándolas, y se siembran en un recipiente con 5-8 centímetros de agua a 25-28 °C, sobre una capa de tierra arcillosa, con mucha luz. Germinan en una o dos semanas, primero con hojas lineales sumergidas y después con las primeras hojas flotantes. Con un verano completo por delante, algunas plántulas llegan a florecer el primer año.

La otra vía es dividir el tubérculo al final de la invernada, separando los tubérculos hijos que se han formado alrededor del principal, cada uno con su yema.

Problemas y plagas

Pulgón del nenúfar (Rhopalosiphum nymphaeae): colonias oscuras sobre hojas y capullos en pleno verano. Se resuelve hundiendo las hojas con un chorro de manguera para que los peces se coman los pulgones. Insecticidas, ninguno: en un estanque van directos a la fauna acuática.

Oruga acuática (Elophila nymphaeata): recorta trozos ovalados del borde de las hojas y se fabrica con ellos un estuche flotante. Se retiran a mano las hojas afectadas.

Manchas foliares: aparecen en hojas viejas o mal ventiladas; se cortan y se retiran del agua.

No florece: por orden de probabilidad, falta de sol, agua demasiado fría, cesta pequeña o falta de abono, exceso de profundidad, o planta recién despertada del tubérculo que aún está reconstruyendo raíces.

Una precaución más de tipo ambiental: los nenúfares tropicales azules, en particular Nymphaea capensis, se han naturalizado y comportado como invasores en varias regiones cálidas del mundo. No deben tirarse restos, tubérculos ni semillas en cauces, charcas o humedales naturales.

La planta de los templos

Merece la pena situar la parte cultural, porque explica el nombre. En el Egipto faraónico esta flor era símbolo del renacimiento diario del sol: se cerraba y se hundía al anochecer para reaparecer abierta por la mañana. Aparece en capiteles, en collares funerarios, en el ajuar de Tutankamón y en escenas de banquete donde los invitados la sostienen bajo la nariz.

Contiene alcaloides de tipo aporfínico, entre ellos nuciferina y apomorfina, a los que se atribuyen efectos sedantes suaves, y de ahí su circulación actual como hierba de consumo. Es un uso desaconsejable: la composición varía muchísimo de una planta a otra, la apomorfina tiene efectos secundarios reales, hay interacciones con medicación y buena parte del material que se comercializa seco ni siquiera corresponde a esta especie. Como planta de estanque es magnífica; como planta para ingerir, no.

En resumen

Nymphaea caerulea es un nenúfar tropical, no un loto, y ese matiz decide todo su cultivo. Necesita sol directo, agua quieta y templada por encima de 20 °C, cesta ancha con tierra arcillosa pesada y abono en tabletas cada mes durante el verano, con la corona entre 15 y 40 centímetros bajo la superficie según crezca. A cambio da flores azules perfumadas, alzadas sobre el agua, de junio a octubre. En el interior peninsular no sobrevive al invierno en el estanque: hay que sacar el tubérculo en octubre y guardarlo en arena húmeda a 10-13 °C, o asumir que se cultiva como planta de temporada. Y si el ejemplar que compras es en realidad Nymphaea capensis, los cuidados son los mismos.


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