Una flor de nenúfar vive tres o cuatro días. Abre a media mañana, se cierra a media tarde, vuelve a abrir al día siguiente y, cuando termina, el pedúnculo se enrolla como un muelle y arrastra el fruto bajo el agua para que madure allí. Ese ciclo, repetido de junio a septiembre en cualquier estanque bien orientado de la Península, explica bastante bien por qué el género Nymphaea lleva dos siglos siendo la planta que casi todo el mundo imagina cuando piensa en un estanque.
Lo que sigue no es una loa. Los nenúfares son plantas exigentes en unas pocas cosas muy concretas y completamente indiferentes al resto. Si aciertas con esas pocas cosas —sol, agua quieta, sustrato pesado y profundidad correcta—, florecen solos durante años. Si fallas en una, tendrás un cesto lleno de hojas y ni una flor.
Qué es exactamente un nenúfar (y qué no lo es)
Nenúfar, en sentido estricto, es el género Nymphaea, de la familia Nymphaeaceae: unas cincuenta especies de plantas rizomatosas de agua dulce con hojas flotantes y flores que descansan sobre la superficie o justo por encima de ella.
Hay dos confusiones que se repiten en los viveros y conviene deshacerlas:
El loto no es un nenúfar. Nelumbo nucifera pertenece a otra familia entera, las Nelumbonaceae, y su parecido con Nymphaea es puro parecido de forma de vida. Se distinguen a simple vista: las hojas del loto son peltadas —el peciolo se inserta en el centro del disco, sin escotadura— y se levantan por encima del agua, a veces un metro o más; las del nenúfar tienen un seno, una hendidura que va del borde al punto de inserción, y flotan. La flor del loto también se alza sobre un tallo, y deja detrás ese receptáculo cónico agujereado tan reconocible. En el nenúfar no hay nada de eso.
El "nenúfar amarillo" de nuestros ríos tampoco es Nymphaea. Es Nuphar lutea, otro género de la misma familia, con flores globosas, pequeñas, que apenas abren y huelen a alcohol. Es una planta interesante para estanques grandes y aguas algo corrientes, donde Nymphaea no prospera, pero no espere de ella la flor de catálogo. Los nenúfares amarillos de flor abierta y ancha que se venden en jardinería son cultivares de Nymphaea, casi siempre descendientes de Nymphaea mexicana: 'Marliacea Chromatella', 'Texas Dawn', 'Pygmaea Helvola'.
Rústicos y tropicales: la decisión que condiciona todo lo demás
Antes de mirar colores hay que elegir grupo, porque de ahí depende si la planta pasa el invierno sola o no.
Los nenúfares rústicos (o resistentes) descienden de especies de clima templado: Nymphaea alba, N. odorata, N. tuberosa, N. mexicana. Sus flores flotan sobre el agua y su gama va del blanco al rojo oscuro pasando por rosas, amarillos y cobrizos, pero no hay azules ni morados entre los rústicos. Rebrotan cada primavera desde el rizoma y aguantan el invierno en cualquier punto de la Península siempre que el rizoma no llegue a congelarse; con que haya 30-40 cm de agua sobre él, una capa de hielo en la superficie no le hace nada.
Los nenúfares tropicales derivan de N. capensis, N. caerulea, N. colorata y compañía. Levantan la flor 15-25 cm sobre el agua, son más grandes y perfumadas, florecen más tiempo seguido y aportan los azules, violetas y morados que faltan en el otro grupo. A cambio quieren agua por encima de 20-21 °C para arrancar: antes de mediados de junio no hacen prácticamente nada en el interior peninsular, y por debajo de 12-15 °C se paran. En Málaga, Almería o la costa alicantina pueden pasar el invierno fuera en un estanque hondo; en Madrid, Burgos o Zaragoza hay que sacar los tubérculos en otoño y guardarlos en arena o turba apenas húmeda a 10-13 °C. Dentro de este grupo, además, hay variedades diurnas y variedades nocturnas: estas últimas abren al atardecer y siguen abiertas hasta media mañana, que para una terraza de uso vespertino tiene bastante sentido.
Para un estanque en el que no se quiera trabajar cada otoño, rústicos. Para quien acepte el trasiego a cambio del azul y del tamaño, tropicales.
El tamaño no es una cuestión estética, es una cuestión de que quepan
Si la variedad que sale del vivero es más vigorosa que la lámina de agua a la que va destinada, la hoja acaba tapando el estanque entero y se pierde justo lo que se buscaba: el reflejo del agua entre las flores. Un 'Gladstoniana' o un 'Attraction' bien plantado cubre entre 1,5 y 2,5 m² de superficie; metido en un estanque prefabricado de 2 m², lo tapa entero en dos temporadas y hay que dividirlo cada año para contenerlo.
Como referencia práctica:
Enanos y pequeños (grupo pygmaea, laydekeri: 'Pygmaea Helvola', 'Pygmaea Alba', 'Laydekeri Fulgens'). Cubren de 0,2 a 0,8 m². Rizoma a 15-30 cm bajo el agua. Son los únicos válidos para un estanque de terraza en tinaja o barreño.
Medianos ('Marliacea Chromatella', 'James Brydon', 'Froebelii', 'Rose Arey'). De 0,8 a 1,5 m². Rizoma a 30-50 cm. Es el grupo que resuelve un estanque doméstico corriente.
Vigorosos (N. alba, 'Gladstoniana', 'Attraction', 'Charles de Meurville'). De 1,5 a 3 m². Rizoma a 50-90 cm. Solo para estanques grandes o balsas.
Esa profundidad se mide desde la corona del rizoma hasta la superficie, no desde el fondo del estanque. Y no es la profundidad de plantación: una planta recién comprada, con dos hojas, colocada de golpe a 60 cm se ahoga porque sus peciolos no llegan arriba. Se planta con el cesto sobre ladrillos o bloques, a 15-20 cm de la superficie, y se va bajando un escalón cada dos o tres semanas conforme las hojas nuevas alcanzan el aire.
Sol y agua quieta: los dos innegociables
Sol directo, entre cinco y seis horas como mínimo. Un nenúfar a media sombra sobrevive perfectamente y hace hojas grandes y sanas; lo que no hace es flores. Cuando alguien se queja de que su nenúfar "no florece", en tres de cada cuatro casos el problema es la orientación, no el abono.
Agua en reposo. Este es el segundo fallo clásico: colocar el nenúfar cerca del surtidor o al pie de la cascada porque "queda bonito junto al chorro". Nymphaea es planta de remanso. La corriente continua le desplaza las hojas y las salpicaduras las mantienen mojadas por el haz, y una hoja de nenúfar mojada por arriba se pudre: los estomas están en la cara superior y ahí es donde se instalan los hongos. Si hay bomba en el estanque, el nenúfar va en el extremo opuesto y, si aun así llega movimiento, se orienta la salida hacia otro lado.
El agua le da igual que sea dura o calcárea —buena parte de la Península tiene aguas con carbonatos y los nenúfares van bien en ellas—, pero no le da igual la temperatura: por debajo de unos 15 °C los rústicos están en reposo, así que en Galicia o en la Meseta norte no espere hojas antes de finales de abril.
Cómo se planta: el cesto, el sustrato y la grava
El nenúfar no se planta en el fondo del estanque. Se planta en un cesto de rejilla para acuáticas, ancho y bajo —un 25×25×15 cm para los medianos, 30×30 o más para los vigorosos, 15×15 para los enanos—, forrado con arpillera o tela de saco si la malla es de agujero grande. El cesto permite sacarlo para dividir, abonar o invernar sin vaciar el estanque, y limita el vigor de la planta.
El sustrato es donde se cometen más errores. Nada de sustrato universal, ni turba, ni compost, ni mantillo. La materia orgánica se descompone bajo el agua, flota, enturbia y, sobre todo, libera nitratos y fosfatos que van directos a alimentar algas: el agua se pone verde en una semana. Lo que quiere un nenúfar es tierra mineral, pesada y arcillosa, del tipo de la tierra de campo de toda la vida, o un sustrato específico para plantas acuáticas. Si la tierra disponible es franca, se mejora mezclando una parte de arcilla o de arena gruesa lavada.
El rizoma se coloca con la corona (donde salen las hojas nuevas) al nivel del sustrato, nunca enterrada. En los rizomas horizontales de tipo odorata o tuberosa, que son alargados, se apoyan inclinados contra un lado del cesto con el ápice hacia el centro; en los rizomas erectos tipo marliacea, que parecen una piña corta, se plantan verticales y centrados.
Encima, 2-3 cm de grava de 8-16 mm. No es decoración: sujeta el sustrato, evita que enturbie al meter el cesto en el agua y, sobre todo, impide que los peces —los carpines y las carpas koi en particular— escarben la tierra buscando comida y desentierren la planta. Que quede claro que la grava rodea la corona pero no la cubre.
La época de plantar en la Península es de marzo a junio, con el agua ya despertando. Un nenúfar plantado en septiembre no tiene tiempo de enraizar y llega debilitado al invierno.
Abonado, división y mantenimiento
Los nenúfares consumen bastante. En un cesto cerrado, el sustrato se agota en una temporada y la planta responde haciendo hojas cada vez más pequeñas y dejando de florecer a mitad de verano.
Se abonan con pastillas o conos de liberación lenta específicos para acuáticas, que se hunden con el dedo en el sustrato hasta unos 5 cm de profundidad, junto a las raíces y lejos de la corona. Una o dos por cesto según tamaño, cada seis u ocho semanas, de abril a agosto. En septiembre se deja de abonar para que la planta entre en reposo. Nunca se echa abono al agua: cualquier fertilizante soluble en un estanque es una floración de algas garantizada.
La división toca cada tres o cuatro años, en primavera, cuando el cesto está lleno de rizoma y las hojas se apiñan levantándose unas sobre otras. Se saca el cesto, se lava el rizoma y se corta con cuchillo limpio en trozos de 10-15 cm, cada uno con una yema de crecimiento visible y algunas raíces. Se replanta uno por cesto y se desecha la parte vieja y leñosa del centro, que ya no rinde. Es también el momento de retirar hijuelos si la variedad los produce.
Durante la temporada, el mantenimiento se reduce a cortar las hojas amarillas y las flores marchitas por la base del peciolo, con tijera larga o con la mano. No es cosmética: cada hoja que se pudre en el estanque es materia orgánica que consume oxígeno y alimenta algas.
Una regla de proporción que ahorra disgustos: las hojas flotantes no deberían cubrir más del 50-60 % de la lámina de agua. Esa cobertura da sombra, baja la temperatura y frena las algas filamentosas, que es una de las razones por las que se plantan nenúfares. Pasado ese punto, el intercambio de gases se resiente y en un estanque con peces eso empieza a ser un problema en las noches de agosto.
Problemas frecuentes
Muchas hojas y ninguna flor. Por orden de probabilidad: falta de sol, exceso de nitrógeno (a menudo por sustrato orgánico o por escorrentía del césped abonado), planta demasiado apretada que pide división, o profundidad excesiva para la variedad.
Hojas que se levantan del agua y se doblan. Casi siempre significa que el cesto se ha quedado pequeño. También ocurre si la variedad es demasiado vigorosa para la profundidad a la que está: la planta produce peciolos largos que, al sobrar longitud, empujan las hojas hacia arriba.
Pulgón del nenúfar (Rhopalosiphum nymphaeae). Colonias negras en el haz de las hojas y en los capullos, sobre todo en julio. No se trata con insecticida: en un estanque con peces o fauna, cualquier producto es un problema. Se hunden las hojas afectadas con la mano o con un chorro de manguera para que los peces se coman los pulgones; en dos o tres pasadas se controla.
Trozos ovalados recortados en las hojas. Es la oruga de Elophila nymphaeata, que recorta óvalos de hoja para fabricarse un estuche flotante donde vive. Se retiran a mano los estuches y las hojas más dañadas. Los peces también ayudan.
Manchas foliares oscuras que avanzan desde el borde. Hongos favorecidos por hojas que se mojan por el haz. Se cortan las hojas afectadas y se revisa de dónde vienen las salpicaduras.
Nenúfares sin estanque
No hace falta obra. Una tinaja, un barreño de zinc o una media barrica impermeabilizada de al menos 60 cm de diámetro y 40-50 cm de profundidad, sin agujero de desagüe, sostiene perfectamente un nenúfar enano. Se pone el cesto en el fondo, se llena de agua y se deja reposar unos días antes de plantar si es agua de red, para que se disipe el cloro.
Los dos cuidados extra de un recipiente pequeño son el calentamiento —en julio, en Sevilla o Córdoba, un barreño metálico al sol puede pasar de 35 °C y cocer las raíces, así que conviene sombra en las horas centrales o un recipiente de obra o cerámica, que inercia térmica tienen más— y la evaporación, que en verano obliga a reponer agua cada pocos días. Añádase poca cantidad y a menudo, en vez de rellenar de golpe con agua fría.
Un apunte de responsabilidad: los nenúfares no se recolectan del medio natural ni se sueltan en él. Nymphaea alba está protegida en varias comunidades autónomas y algunas especies cultivadas se comportan como invasoras en aguas continentales. El material de jardín se queda en el jardín.
En resumen
Los nenúfares son plantas de mantenimiento bajo pero de instalación exigente, y toda la diferencia entre un estanque florido y uno lleno de hojas se juega en cuatro decisiones que se toman el día de plantar: elegir una variedad cuyo tamaño adulto quepa en la lámina de agua disponible; colocarla a pleno sol y lejos de cualquier chorro o cascada; plantarla en cesto con tierra mineral pesada y grava por encima, nunca con sustrato orgánico; y respetar la profundidad de la variedad, bajándola por etapas mientras la planta se establece.
Con eso hecho, el trabajo del año se reduce a hundir un par de pastillas de abono entre abril y agosto, cortar las hojas amarillas y dividir el rizoma cada tres o cuatro primaveras. A cambio, de junio a septiembre habrá flores casi todos los días, y una superficie de agua sombreada que mantiene las algas a raya sin necesidad de tocar nada más.