Un tubérculo de anémona recién comprado parece un trozo de corteza seca: arrugado, oscuro, del tamaño de una avellana y sin ninguna señal de estar vivo. Mucha gente lo devuelve pensando que le han vendido restos. No lo están: Anemone coronaria pasa el verano mediterráneo en estado de deshidratación casi total, y esa apariencia de leña es exactamente la que debe tener en la bolsa.
El género Anemone pertenece a las ranunculáceas y reúne más de un centenar de especies repartidas por casi todo el hemisferio norte. Bajo un mismo nombre común conviven plantas con exigencias muy distintas: la anémona de floristería que se planta en otoño y florece en primavera, las alfombras azules que tapizan el suelo bajo los árboles en febrero, las que solo prosperan en bosques húmedos del norte y las que florecen en septiembre cuando el resto del jardín ya se apaga. Confundirlas es el motivo más frecuente de fracaso.
Qué es realmente una anémona
El nombre viene del griego anemos, viento, de donde salen los apelativos populares de flor del viento o hierba de los vientos. La flor no tiene pétalos en sentido botánico estricto: lo que se ve como corola son sépalos petaloides, entre cinco y veinte según la especie, dispuestos alrededor de un disco central de estambres que en muchas variedades es negro azulado y marca un contraste muy reconocible. Justo debajo de la flor, a unos centímetros del cáliz, hay un verticilo de brácteas divididas que parecen hojas y que sirve para identificar el género de un vistazo.
Estas son las especies que interesan en un jardín español:
Anemone coronaria. La clásica, de flores grandes en rojo intenso, granate, azul violáceo, rosa o blanco. Es una planta mediterránea nativa, presente de forma silvestre en buena parte de la península, así que está adaptada al ciclo de lluvias de invierno y sequía de verano. Se vende en grupos varietales: De Caen (flor simple, la típica de floristería) y Saint Brigid (semidoble). Rebrota de un tubérculo irregular.
Anemone blanda. Pequeña, de 10 a 15 cm, con flores de aspecto de margarita en azul, blanco o rosa. Florece muy pronto, entre febrero y marzo, y se naturaliza bien bajo árboles de hoja caduca, donde recibe sol de invierno y sombra en verano. Es la más agradecida para quien empieza.
Anemone nemorosa. La anémona de bosque, blanca, rizomatosa, propia de hayedos y robledales del tercio norte. Necesita suelo forestal, humedad constante y frescor; en el centro y sur peninsular no hay manera razonable de mantenerla.
Anémonas de otoño: Anemone hupehensis, su variedad japonica y los híbridos agrupados como Anemone × hybrida. Son otra planta por completo: vivaces herbáceas de 80 a 120 cm que forman mata, no tienen tubérculo y florecen de agosto a octubre en rosa o blanco. Se plantan en maceta o cepellón, no en bolsa de bulbos.
Anemone palmata. Ibérica, de flor amarilla, propia de pastizales y claros; interesante para jardinería con especies autóctonas, aunque está protegida en algunas comunidades y su recolección en campo no procede.
Cuándo y cómo plantar los tubérculos
Lo primero es entender el calendario, porque de ahí sale todo lo demás. A. coronaria florece entre 90 y 120 días después de la plantación, siempre que las temperaturas acompañen. Con ese dato se decide la fecha.
En el litoral mediterráneo, el sur y las zonas sin heladas fuertes, se plantan de octubre a diciembre y florecen de febrero a abril. En el interior y las zonas con heladas por debajo de -6 o -7 °C, la plantación de otoño arriesga a perder la parte aérea: conviene retrasarla a febrero o principios de marzo, para florecer en mayo, o proteger con acolchado de 5 cm de paja o corteza.
Escalonar la plantación en tres tandas separadas dos o tres semanas alarga la floración más de un mes. Es la única forma práctica de tener anémonas de forma continuada, porque cada tubérculo da flores durante unas cuatro o cinco semanas y luego para.
La hidratación previa es donde más se falla. El tubérculo seco debe rehidratarse antes de plantar, pero se lee por todas partes que hay que dejarlo en agua veinticuatro horas y eso mata una parte importante del lote. Tres o cuatro horas en agua tibia, a temperatura ambiente, es suficiente: se hincha hasta casi doblar su volumen y ahí hay que sacarlo. Pasado ese tiempo el tejido se asfixia y aparece podredumbre bacteriana a los pocos días de plantar. Si se puede, mejor aún es el prebrotado: tras el remojo, se colocan los tubérculos en una bandeja con sustrato apenas húmedo a 10-15 °C durante diez o catorce días, hasta que se ven raicillas blancas, y entonces se plantan. Se gana homogeneidad y se descartan los que no responden.
Profundidad y marco: 5 cm de profundidad y 10-15 cm entre plantas. La orientación del tubérculo genera dudas porque su forma es irregular; la regla es que la parte con las puntas apunte hacia abajo y la zona más ancha y plana quede arriba. Si no se distingue, se planta de lado y la planta se orienta sola. No merece la pena perder tiempo con esto.
Las anémonas de otoño se plantan de cepellón en primavera u otoño, separadas 40-50 cm, y hay que asumir que el primer año hacen poco: enraízan, el segundo se establecen y a partir del tercero dan la floración completa. Tampoco toleran bien el trasplante una vez asentadas, así que conviene elegir el sitio con calma.
Suelo, luz y riego
Drenaje antes que nada. El tubérculo se pudre con facilidad en suelo encharcado, sobre todo en los meses fríos, cuando la planta consume poca agua. En terreno arcilloso lo sensato es plantar en caballón elevado 15-20 cm o incorporar arena gruesa y compost bien hecho. En maceta, sustrato universal con un 30 % de perlita o arena de sílice y agujeros de drenaje amplios; una jardinera de 25 cm de profundidad basta.
El pH ideal está entre 6 y 7,5. Las anémonas toleran suelos algo calizos, muy habituales en media España, pero en terrenos con pH por encima de 8 aparecen clorosis férricas en las hojas nuevas.
En cuanto a la luz, hay una creencia extendida que conviene desmontar: que la anémona es planta de sombra. A. coronaria quiere sol directo durante su ciclo, que transcurre en invierno y primavera, cuando el sol es suave; con menos de cinco o seis horas de luz da tallos largos, débiles y pocas flores. Las anémonas de otoño, en cambio, sí agradecen sombra ligera o sol de mañana, porque su ciclo coincide con el calor y el sol de agosto les quema los bordes de las hojas. A. blanda y A. nemorosa funcionan bajo caducifolios, con luz en invierno y sombra en verano.
El riego sigue el crecimiento. Desde la brotación hasta el final de la floración, el suelo debe mantenerse fresco pero nunca empapado: en general con un riego semanal generoso basta si ha llovido poco. Cuando la flor termina y las hojas amarillean, se corta el agua por completo. Ese secado es parte del ciclo, no un descuido: el tubérculo entra en reposo estival y regarlo entonces es la forma más rápida de perderlo.
Abonado y mantenimiento durante la floración
Las anémonas no son voraces. Un aporte de compost maduro al preparar el terreno, más un abono líquido con poco nitrógeno y bastante potasio cada quince días desde que aparecen los botones florales, cubre sus necesidades. Los abonos ricos en nitrógeno producen matas frondosas y flores escasas, un desenlace muy habitual cuando se usa el mismo fertilizante que para el resto del jardín.
Cortar las flores marchitas por la base del tallo mantiene la producción, porque impide que la planta gaste energía en formar semillas. En las variedades de flor cortada esto se hace solo, ya que el motivo de tenerlas es cortarlas.
Terminado el ciclo, hay dos caminos. En clima suave y suelo con buen drenaje, dejar los tubérculos en tierra: A. coronaria puede repetir tres o cuatro años, aunque va perdiendo vigor. En suelo pesado o si el verano se riega, mejor desenterrarlos cuando las hojas están secas, dejarlos orear a la sombra unos días y guardarlos en una caja con serrín o turba seca, en sitio fresco y ventilado, hasta la próxima plantación.
Plagas, enfermedades y toxicidad
Pulgón en brotes tiernos y botones, sobre todo en primavera con subidas de temperatura. Con poblaciones bajas basta agua a presión o jabón potásico; conviene revisar el envés.
Trips. Producen flores deformadas y con manchas plateadas. Difíciles de ver a simple vista; las trampas cromáticas azules ayudan a detectarlos a tiempo.
Caracoles y babosas. Atacan los brotes recién emergidos, que son tiernos y aparecen en época húmeda. Es el daño más frecuente en otoño-invierno y puede arrasar una plantación joven en dos noches.
Podredumbres del tubérculo por Rhizoctonia, Fusarium o bacterias, casi siempre asociadas a exceso de agua o a remojos demasiado largos. No hay tratamiento una vez declarada: se retira la planta con el cepellón y no se replanta anémona en ese punto durante un par de temporadas.
Mildiu en primaveras lluviosas, con manchas aceitosas en el haz y polvillo grisáceo en el envés. Y oídio en las anémonas de otoño, favorecido por noches frescas y días cálidos de septiembre; se controla mejorando la aireación de la mata y evitando mojar el follaje.
Sobre la toxicidad conviene ser claro. Toda la planta contiene ranunculina, que al romperse el tejido libera protoanemonina, un compuesto vesicante. La savia irrita la piel y las mucosas, y la ingestión provoca trastornos digestivos serios. No es planta para tener al alcance de niños pequeños ni de perros que roan lo que encuentran, y conviene usar guantes al dividir rizomas o manipular gran cantidad de material vegetal. Al secarse, la protoanemonina se degrada y pierde su poder irritante, motivo por el que la planta seca es inocua.
Cómo multiplicarlas
División de tubérculos. Es el método normal para A. coronaria y A. blanda. Se hace durante el reposo estival, con los tubérculos ya arrancados y secos, partiéndolos con un cuchillo limpio de modo que cada fragmento conserve al menos una yema visible. Conviene dejar orear los cortes 48 horas antes de guardarlos.
División de mata. Para las anémonas de otoño, a finales de invierno o en marzo, antes de que arranquen. Se levanta la mata, se separan porciones con raíces y brotes y se replantan de inmediato. Estas plantas emiten además brotes de raíz a cierta distancia de la mata madre, que se pueden desenterrar y trasplantar; ese mismo hábito las convierte en colonizadoras insistentes en suelos que les gustan, algo a tener en cuenta antes de meterlas en un arriate mixto.
Esquejes de raíz. También para las de otoño, en pleno invierno: trozos de raíz de 5 cm colocados horizontalmente en bandeja con sustrato arenoso, cubiertos con un centímetro de sustrato y mantenidos frescos. Brotan en primavera.
Semilla. Posible pero lenta y con resultados variables en híbridos, que no salen fieles a la planta madre. La semilla de anémona es algodonosa y pierde viabilidad rápido, así que se siembra fresca, en otoño, apenas cubierta y a unos 15 °C. La floración llega al segundo año.
Dónde quedan bien y para qué sirven
Como flor cortada, la anémona de flor grande es de las mejores del invierno. Se corta cuando el botón empieza a abrir, con el tallo lo más largo posible y a primera hora de la mañana; en jarrón con agua limpia aguanta entre siete y diez días y sigue abriendo. Los tallos son huecos y se curvan hacia la luz, lo que da a los ramos ese movimiento que buscan los floristas.
En el jardín funcionan en grupos densos, nunca en filas ni en unidades sueltas: veinte o treinta tubérculos en un metro cuadrado dan un efecto que cinco repartidos no consiguen. A. blanda es la elección para naturalizar bajo árboles y en rocallas, donde se resiembra sola con los años. Las anémonas de otoño resuelven un problema real de la jardinería peninsular, que es qué florece en septiembre y octubre, y combinan bien con gramíneas ornamentales y con hostas o helechos en zonas de media sombra.
En maceta y jardinera de balcón, A. coronaria da un resultado excelente durante el invierno, cuando hay poco más en flor. Y en jardines con vocación de bajo consumo de agua, encaja en la lógica mediterránea: crece con las lluvias, florece antes del calor y desaparece en verano sin pedir nada.
En resumen
Bajo el nombre de anémona hay al menos dos plantas distintas y conviene saber cuál se tiene delante. La de tubérculo, Anemone coronaria, es mediterránea: se planta de octubre a diciembre en clima suave o en febrero donde hiela fuerte, quiere sol directo, drenaje impecable y florece a los tres o cuatro meses. Las de otoño son vivaces de mata que florecen en septiembre, prefieren media sombra y tardan dos años en asentarse.
Los errores que más cuestan son cuatro: remojar los tubérculos demasiado tiempo, cuando con tres o cuatro horas sobra; plantarlas en sombra creyendo que son plantas de interior de bosque; seguir regando después de la floración, en pleno reposo estival; y abonar con exceso de nitrógeno, que da hojas en lugar de flores. Corregidos esos cuatro puntos, es una planta poco exigente que da color justo cuando el jardín está más vacío.