La Aquilegia vulgaris es una de las vivaces más elegantes que se pueden cultivar en España, y también una de las peor entendidas. Se la vende como planta de jardín inglés, húmedo y sombrío, y se la compra en climas donde el verano supera los 35 °C. Con unos cuantos ajustes, sin embargo, prospera perfectamente en buena parte de la Península, entre otras razones porque es una especie autóctona: crece de forma silvestre en el norte peninsular, en los Pirineos, la cornisa cantábrica y el Sistema Ibérico.

Se la conoce como aguileña, pajarilla, palomilla o clérigos boca abajo. Todos esos nombres populares aluden a la forma de la flor, que es lo que la hace inconfundible.

Flores azuladas de Aquilegia vulgaris

Qué es la aguileña y de dónde viene

Pertenece a la familia de las ranunculáceas, la misma que el acónito, la clemátide o el eléboro. Es una vivaz herbácea de 40 a 80 centímetros de altura en flor, que forma una mata basal de hojas trilobuladas, de color verde azulado y textura fina, sobre la que se elevan tallos ramificados con varias flores colgantes.

La flor tiene cinco sépalos coloreados y cinco pétalos prolongados hacia atrás en unos espolones curvados en forma de gancho, que es de donde procede el nombre científico: aquila, águila, por la semejanza con unas garras. En la especie tipo el color es azul violáceo o morado; existen formas silvestres blancas y rosadas, y un sinfín de cultivares de jardín, incluidos los de flor doble tipo 'Nora Barlow' y los de espolón largo, que en realidad suelen ser híbridos con especies americanas.

Florece de abril a junio según altitud y comarca: en el litoral mediterráneo se adelanta a finales de marzo, y en zonas de montaña puede alargarse hasta julio.

Un rasgo importante que casi nunca se explica: la aguileña es una vivaz de vida relativamente corta. Una mata rinde bien tres o cuatro años y luego se agota. No es un fallo de cultivo. Lo que ocurre en los jardines donde parece eterna es que se resiembra sola y se van sustituyendo unas plantas por otras.

Dónde ubicarla

Aquí está la clave del éxito en España. La aguileña acepta pleno sol solo donde los veranos son frescos: Galicia, la cornisa cantábrica, Pirineos y zonas de montaña. En el resto de la Península —y desde luego en Andalucía, Extremadura, el valle del Ebro o el interior manchego— hay que darle sombra durante las horas centrales del día.

La ubicación ideal en clima cálido es la media sombra con sol de mañana: bajo la copa de un árbol de hoja caduca, en la orientación este de un muro, o en el borde de un macizo protegido por arbustos. Bajo caducifolios funciona especialmente bien porque en marzo y abril, cuando la aguileña crece y florece, el árbol todavía no tiene hoja y deja pasar la luz; en julio, cuando la planta ya solo necesita sobrevivir, la copa la protege.

El calor intenso combinado con sol directo provoca que las hojas se chamusquen y que la planta entre en reposo estival prematuro. Que la mata se afee y desaparezca en agosto es normal en climas cálidos y no significa que se haya muerto: rebrota en otoño o al final del invierno.

Tierra

No es exigente en cuanto a tipo de suelo, pero sí en dos aspectos:

Drenaje. Es la condición innegociable. Tolera suelos húmedos, pero no encharcados. Las raíces carnosas se pudren con facilidad en invierno si el agua se estanca. En terreno arcillosos, planta en caballón o incorpora arena gruesa y compost.

Materia orgánica. Agradece un suelo fresco y humífero, tipo suelo de bosque. Un buen acolchado de compost, mantillo o corteza de pino de tres o cuatro centímetros mantiene la raíz fresca y reduce mucho el riego en verano.

El pH le da igual dentro de un rango amplio: crece sobre calizas —de hecho en la naturaleza es frecuente en sustratos básicos— y también en suelos ligeramente ácidos.

En maceta, un buen sustrato universal aligerado con un 20 % de perlita funciona bien, en recipiente de al menos 20-25 cm de profundidad. Ten en cuenta que en tiesto sufre más el calor y necesitará riegos frecuentes.

Riego

Quiere el suelo fresco pero nunca empapado. Durante la primavera, mientras crece y florece, es cuando más agua consume: en clima seco, dos riegos por semana en suelo y a diario en maceta durante las semanas de más calor.

A partir de julio, cuando la planta se marchita de forma natural, hay que reducir el riego drásticamente. Seguir regando una mata en reposo estival como si estuviera en crecimiento es la forma más rápida de pudrirla. Basta con mantener el suelo apenas húmedo.

Riega siempre al pie, no por aspersión sobre el follaje. Las hojas mojadas de forma continuada favorecen el oídio, que es su problema más habitual.

Abonado

Es una planta poco glotona. Un aporte de compost o estiércol muy maduro a final de invierno, extendido alrededor de la mata, cubre prácticamente todas sus necesidades del año.

Si prefieres abono líquido, aplica uno para plantas de flor, con más potasio que nitrógeno, cada 20 días desde que empiezan a subir los tallos florales hasta que termina la floración. Suspéndelo por completo en verano. El exceso de nitrógeno produce hojas grandes, tallos blandos que se tumban y más problemas de pulgón.

Multiplicación

La aguileña se multiplica por semilla, y prácticamente solo por semilla.

La división de mata funciona mal: tiene raíz pivotante profunda y las divisiones suelen morir o tardar años en recuperarse. Si te empeñas, hazlo en otoño con matas jóvenes y llevándote la mayor cantidad posible de raíz, pero no cuentes con ello.

La semilla, en cambio, germina con facilidad si se respeta un requisito: necesita frío para romper la latencia. Hay dos formas de dárselo.

Siembra en otoño al aire libre, en septiembre u octubre, en semillero protegido pero expuesto a la intemperie. El invierno hace el trabajo y germina en febrero o marzo. Es el método más sencillo y más fiable.

Estratificación en frigorífico si siembras en primavera: mezcla la semilla con un poco de sustrato o vermiculita apenas húmeda en una bolsa cerrada y mantenla entre 4 y 5 °C durante tres o cuatro semanas antes de sembrar.

La semilla es fina y necesita luz: no la entierres, presiónala sobre el sustrato y cúbrela como mucho con una capa mínima de arena. Las plántulas se trasplantan cuando tienen cuatro o cinco hojas verdaderas, con cuidado de no romper la raíz. Suelen florecer al segundo año.

Un aviso que evita decepciones: la Aquilegia hibrida con muchísima facilidad. Si tienes varias variedades en el jardín, las semillas darán plantas con colores y formas distintos de los de la planta madre. Es parte de su encanto —cada año aparecen combinaciones nuevas— pero si quieres conservar un cultivar concreto tendrás que aislarlo o volver a comprar semilla certificada.

Deja madurar unos cuantos folículos, esas cápsulas erguidas que se abren por arriba, y tendrás resiembra espontánea año tras año. En jardines de estilo naturalista es exactamente lo que se busca.

Rusticidad y clima

Es una planta muy resistente al frío: soporta sin problema heladas de -15 °C, y las variedades de montaña bastante más. En invierno pierde toda la parte aérea o queda reducida a una roseta pequeña, y rebrota en cuanto sube la temperatura. No hay que protegerla en ninguna región peninsular.

Su límite no es el frío, sino el calor seco prolongado. Por encima de 32-35 °C sostenidos entra en estrés. Por eso, en el sur, la estrategia consiste en darle sombra, acolchado y suelo fresco, y aceptar que su temporada de lucimiento va de marzo a junio.

Problemas frecuentes

Minador de la hoja. Es el más característico. Aparecen galerías blancas serpenteantes en las hojas, causadas por larvas de dípteros. Es un daño estético que no mata la planta. La solución es sencilla: cortar y retirar las hojas afectadas.

Pulgón. Se concentra en los tallos florales tiernos. Jabón potásico o un chorro de agua a presión.

Oídio. Polvo blanco sobre el follaje, típico de finales de primavera con noches húmedas y días cálidos. Mejora la aireación, riega al pie y, si aparece, corta la mata entera a ras de suelo después de la floración: rebrotará limpia en otoño.

Caracoles y babosas con los brotes tiernos de primavera, sobre todo en el norte.

Una práctica muy recomendable: tras la floración, corta los tallos florales y rebaja el follaje si está feo. Consigues tres cosas a la vez: eliminas el oídio y los minadores, evitas que agote energía haciendo semilla y provocas un rebrote de hojas limpias que aguantará el resto del año.

Cómo usarla en el jardín

Encaja muy bien en arriates de vivaces a media sombra, junto a hostas, helechos, dicentras, digitales, geranios vivaces y campánulas. Es una planta de transición: florece cuando ya se han acabado los bulbos de primavera y todavía no han arrancado las vivaces de verano, y cubre precisamente ese hueco de mayo.

Funciona también en bordes de camino bajo arbolado, en jardines de aspecto naturalista donde se deja resembrar libremente y en rocallas frescas. En maceta grande queda bien agrupando tres plantas.

Como flor cortada dura entre cinco y siete días en jarrón. Córtala cuando la mitad de las flores del tallo estén abiertas.

Conviene saber que toda la planta es tóxica por su contenido en glucósidos, como buena parte de las ranunculáceas. No es una planta comestible ni medicinal de uso casero, pese a que algunas fuentes antiguas la citen como tal. Con niños pequeños o mascotas que mordisqueen plantas, tenlo en cuenta al elegir su sitio.

En resumen

La Aquilegia vulgaris es una vivaz rústica, autóctona del norte de España y muy resistente al frío, cuyo verdadero enemigo es el calor seco del verano. Dale media sombra en climas cálidos, suelo con materia orgánica y buen drenaje, riego regular en primavera y casi nulo en verano, y poco más. Multiplícala por semilla con estratificación en frío o sembrando en otoño, corta los tallos tras la floración para mantenerla sana, y deja madurar unas cuantas cápsulas para que se resiembre sola. Asume que cada mata dura tres o cuatro años y que las plántulas espontáneas darán colores nuevos: en esa mezcla imprevisible está buena parte de su gracia.


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