A mediados de febrero, con el jardín todavía parado, las bergenias levantan sus escapos rojizos por encima de un follaje que ha pasado el invierno entero teñido de vino y bronce. Es una de las poquísimas vivaces que dan flor de verdad en esa fecha en el norte peninsular, y lo hace sin invernadero, sin mimos y en el mismo rincón sombrío donde no prospera casi nada más.
Esa combinación de floración temprana, hoja permanente y resistencia al frío la ha convertido en una planta de uso constante en jardinería pública europea. En España se usa bastante menos de lo que merece, en parte por desconocimiento y en parte porque su punto débil no es el que la gente supone.
Qué planta es realmente
El género Bergenia pertenece a la familia Saxifragaceae, la misma de las saxífragas y las heucheras, y reúne una decena de especies originarias de Asia central y oriental: Siberia, Mongolia, Altái, Himalaya y las montañas del oeste de China. El nombre honra a Karl August von Bergen, médico y botánico alemán del siglo XVIII.
Las especies que se cultivan en jardín son fundamentalmente cuatro. Bergenia cordifolia, de hoja redondeada con base acorazonada y borde ondulado, es la más extendida. Bergenia crassifolia, siberiana, tiene la hoja más ovalada y algo más pequeña, y es la que en Rusia se infusiona como «té de Mongolia». Bergenia purpurascens es la más espectacular en color invernal, con hojas más estrechas y erguidas que viran a un púrpura intenso. Y Bergenia ciliata, del Himalaya, tiene la hoja cubierta de pelos y, a diferencia de las anteriores, es semicaduca. Buena parte de lo que se vende en vivero son híbridos del complejo Bergenia × schmidtii y similares, seleccionados por color de flor y por intensidad del tono invernal.
Morfológicamente es una vivaz rizomatosa de hoja perenne. Del rizoma, grueso y rastrero, salen rosetas de hojas coriáceas, brillantes, de 15 a 30 cm de largo, que persisten dos o tres años en la planta. La mata se queda en unos 30 cm de alto y se extiende lentamente hasta formar manchas densas de 40 a 60 cm de ancho por ejemplar.
Las flores se agrupan en cimas ramificadas sobre un escapo carnoso, con frecuencia rojizo, de 30 a 45 cm. Cada flor es acampanada, de cinco pétalos, y va del blanco puro al rosa, el magenta y el carmín según el cultivar. En el norte de España la floración principal cae entre febrero y abril; en zonas de invierno suave puede adelantarse a enero, y no es raro que la planta emita una segunda tanda de flores, más escasa, en otoño.
Conviene aclarar dos nombres populares que despistan. Se la llama «hortensia de invierno», pero no tiene ningún parentesco con las hortensias (Hydrangea), que son caducas, florecen en verano y pertenecen a otra familia. Y se la llama «oreja de elefante», apelativo que comparte con Colocasia y Alocasia, plantas tropicales de tubérculo que se hielan por debajo de cero. Comprar una cosa creyendo llevarse la otra es un error que se comete con cierta frecuencia.
Rusticidad y dónde va bien en España
La bergenia aguanta sin protección temperaturas del orden de -20 °C, y las especies de origen siberiano bastante más. El frío no es su problema: es su elemento. Necesita, de hecho, un periodo frío para que la hoja desarrolle el color rojizo invernal y para florecer con abundancia.
Su verdadero enemigo en la Península es el verano. El calor seco prolongado, con noches cálidas y aire muy seco, la castiga: las hojas se queman por los bordes, la mata se detiene y en casos extremos se pierde. Por eso funciona muy bien en Galicia, la cornisa cantábrica, el Pirineo, el Sistema Central y en general en clima atlántico o de montaña, donde se puede cultivar incluso a pleno sol. En el interior con veranos duros —Madrid, Castilla, valle del Ebro— es planta obligada de sombra, y en el litoral mediterráneo cálido y en el sur solo sale adelante en exposiciones frescas, al norte de un muro o bajo arbolado, con riego regular y un buen acolchado.
Aquí hay que corregir una creencia bastante instalada: que por ser planta de sombra necesita sombra profunda. En sombra cerrada la bergenia sobrevive, tapiza y hace de cubresuelos, pero florece mal o no florece, y pierde por completo el color invernal, que depende de la combinación de frío y luz. La posición ideal en el centro y sur de España es sol de mañana y sombra desde el mediodía, o la media sombra ligera bajo árboles de hoja caduca: en invierno, cuando le toca florecer, tiene toda la luz; en verano, cuando sufre, está cubierta.
Suelo, plantación y riego
Es poco exigente con el tipo de suelo y tolera un rango amplio de pH, desde ligeramente ácido hasta calizo moderado, lo que la hace más manejable que los rododendros o las camelias en gran parte del territorio español. Lo que sí necesita sin discusión es drenaje. El rizoma es carnoso y se pudre con facilidad en suelo encharcado, sobre todo en invierno; en terrenos arcillosos hay que plantar en caballón o enmendar generosamente con materia orgánica y arena gruesa.
La mejor época de plantación es el otoño, de octubre a noviembre, para que enraíce con las lluvias y llegue asentada al primer verano. La primavera temprana también sirve. El rizoma se coloca superficial, apenas cubierto: enterrarlo es una de las causas más comunes de pudrición. Para masas tapizantes se plantan de 5 a 7 ejemplares por metro cuadrado, o a 35–40 cm entre plantas.
El riego debe ser regular pero moderado. Una vez establecida, la bergenia resiste bien la sequía puntual gracias a sus reservas rizomatosas y a la hoja gruesa, pero la sequía sostenida de un verano castellano le pasa factura en forma de bordes secos. Un acolchado de corteza, hoja o compost de tres o cuatro centímetros mantiene el rizoma fresco y ahorra buena parte del riego. Lo que no tolera bajo ningún concepto es el suelo permanentemente empapado.
De abonado, casi nada: una aportación de compost bien hecho en otoño o al final del invierno basta. El exceso de nitrógeno produce hojas grandes y blandas, más apetecibles para los caracoles y más propensas a las manchas foliares, y no aumenta la floración.
Mantenimiento a lo largo del año
Es una de las vivaces que menos trabajo dan, pero tiene tres operaciones que marcan la diferencia entre una mata lucida y una desastrada.
Limpieza de hoja vieja. Se retiran las hojas secas, manchadas o desgarradas tirando de ellas hacia abajo con un giro, o cortándolas al ras del rizoma. El momento es el final del invierno o el principio de la primavera, después de la floración. Y aquí va otra corrección importante: no hay que cortar el follaje en otoño ni «prepararla para el invierno» dejándola rapada. Las hojas viejas protegen la corona del hielo y del sol de invierno, y son las que aportan el color rojizo que es medio atractivo de la planta. Un rapado otoñal la deja desnuda justo cuando debería estar en su mejor momento.
Corte de los escapos florales. Se eliminan a ras cuando la flor se marchita, salvo que interese la semilla. Evita el gasto de la planta y mejora el aspecto.
División de la mata. Con los años, el rizoma se va alargando y elevando por encima del suelo, y la mata se ahueca y florece peor. Cada tres o cuatro años conviene levantarla, cortar el rizoma en trozos de unos 10 cm que lleven al menos una roseta y raíces vivas, descartar las porciones viejas y leñosas del centro, y replantar. La época buena es después de la floración, en abril o mayo, o bien en septiembre. Esta división es, además, el sistema de multiplicación habitual y el más rápido: por semilla también se propaga, pero es lenta y los híbridos no salen fieles al tipo.
Problemas frecuentes
Caracoles y babosas. Es, con diferencia, el problema número uno. Las hojas tiernas recién emitidas en primavera aparecen agujereadas o comidas por el borde, y el rastro de baba lo delata. Se controla con revisiones nocturnas, trampas de cerveza, barreras físicas o, si el ataque es grave, con cebos a base de fosfato férrico, más aceptables en un jardín con mascotas o fauna que el metaldehído.
Otiorrinco (Otiorhynchus sulcatus). Si los mordiscos son muescas semicirculares limpias en el borde de la hoja, no es un caracol: es el adulto de este escarabajo. Lo verdaderamente dañino son sus larvas, blancas y curvadas, que roen las raíces y el rizoma bajo tierra y pueden hacer colapsar la mata de golpe. Se combate con nematodos entomopatógenos (Heterorhabditis bacteriophora) aplicados en riego en septiembre, con el suelo templado y húmedo.
Manchas foliares. En situaciones de sombra cerrada, poca ventilación y follaje mojado con frecuencia aparecen manchas necróticas de origen fúngico. Rara vez matan la planta. Se corrigen retirando y eliminando la hoja afectada, aclarando la plantación y regando al suelo en lugar de por aspersión.
Pudrición del rizoma. Hojas mustias pese al suelo húmedo, base blanda y de mal olor. Es un problema de drenaje, a menudo con Phytophthora de por medio, y la solución pasa por rescatar los fragmentos sanos de rizoma y replantarlos en un sitio mejor drenado, no por tratar la mata en su ubicación.
No florece. Las causas, por orden de frecuencia: sombra demasiado densa, mata vieja sin dividir, exceso de nitrógeno y plantación demasiado reciente. Una bergenia plantada el otoño anterior puede tardar un par de temporadas en dar su mejor floración.
Cómo usarla en el jardín
Su hoja ancha, brillante y persistente le da un papel que pocas vivaces cubren: dar estructura y volumen al nivel del suelo los doce meses del año. Funciona muy bien como cubresuelo bajo árboles de hoja caduca, donde compite sin problema con las raíces superficiales; como remate de borduras, cerrando el frente de las macizas de vivaces; en rocallas y taludes umbríos; y a los lados de una escalera o un camino, donde el contraste entre la hoja rotunda y la piedra es difícil de mejorar.
Como acompañantes, encajan con todo lo que comparte su gusto por la sombra fresca: helechos, hostas, heucheras, epimedios, geranios vivaces, brunneras, pulmonarias y, muy especialmente, Helleborus, con el que coincide en floración invernal y con el que forma una de las combinaciones más agradecidas para el rincón sombrío de un jardín peninsular. El contraste de textura con las gramíneas ornamentales de hoja fina, tipo Hakonechloa o Carex, también funciona.
Entre los cultivares fáciles de encontrar, 'Silberlicht' da flor blanca que va rosando al envejecer; 'Abendglut' tiene flor magenta doble y un color invernal muy oscuro; 'Bressingham Ruby' destaca por el rojo intenso del follaje en frío; 'Baby Doll' es compacta, de flor rosa suave, apta para maceta y espacios pequeños. En contenedor va bien siempre que el tiesto sea ancho más que profundo, drene de verdad y no quede a pleno sol de tarde en verano.
En resumen
La bergenia es una vivaz rizomatosa de las Saxifragáceas, asiática, de hoja perenne y coriácea, que florece en rosa, magenta o blanco entre el final del invierno y la primavera y aguanta sin inmutarse por debajo de -20 °C. Su punto débil no es el frío sino el calor seco del verano, y de ahí que en España brille en clima atlántico y de montaña y exija sombra y acolchado en el interior y el sur.
Quiere drenaje, rizoma superficial, riego moderado, poco abono y algo de luz para florecer bien; se limpia de hoja vieja en primavera —nunca en otoño— y se divide cada tres o cuatro años. Vigila los caracoles y, si aparecen muescas semicirculares en el borde de la hoja, el otiorrinco. Con eso, es una planta que resuelve el rincón sombrío del jardín y además da flor cuando casi ninguna otra lo hace.