Amarillea entre los nervios, las hojas nuevas salen casi blancas y la floración se para en seco. Ese cuadro, tan repetido en las calibrachoas de balcón a partir de junio, rara vez es una enfermedad: es hierro que la planta tiene delante y no puede absorber. Entender por qué ocurre resuelve buena parte de los problemas de esta planta, porque el resto de su cultivo es sencillo.
La calibrachoa (Calibrachoa spp.) es una solanácea sudamericana de porte rastrero o colgante que produce cientos de flores acampanadas de 2 a 3 cm desde abril hasta las primeras heladas. Los híbridos comerciales que se venden hoy en día empezaron a llegar al mercado a principios de los años noventa y desde entonces han desplazado a la petunia en jardineras y cestas colgantes por una razón práctica: no hay que quitarles las flores marchitas.
No es una petunia enana
El apodo comercial de «minipetunia» ha hecho daño. Calibrachoa es un género propio, descrito en 1825, con unas 25-30 especies repartidas entre Brasil, Uruguay, Argentina y Chile. Es pariente cercano de Petunia —tanto que durante décadas se discutió si debían separarse—, pero difiere en el número de cromosomas: la calibrachoa tiene 18 y la petunia 14. Esa diferencia impide que se crucen con facilidad y explica algo que sí importa en el balcón: sus necesidades de cultivo no son las mismas.
Las diferencias prácticas que conviene tener claras:
- La calibrachoa es autolimpiante: las flores secas se desprenden solas y no hay que pellizcarlas una a una, al contrario que en la petunia.
- Tiene la hoja mucho más pequeña, sin el tacto pegajoso y glandular tan marcado de la petunia.
- Es mucho más sensible al pH alto del agua y del sustrato. Aquí está el origen de los fracasos más habituales.
- Aguanta peor el olvido del riego: si se seca del todo, pierde las hojas de la base y los tallos se quedan pelados.
El pH: el dato que decide si tu calibrachoa vive bien
La calibrachoa exige un sustrato ácido, entre pH 5,4 y 6,2. Por encima de 6,5 el hierro y el manganeso quedan bloqueados en formas que la raíz no puede tomar, y aparece la clorosis férrica clásica: hoja joven amarilla con los nervios todavía verdes, dibujando una retícula. Es un problema de disponibilidad, no de falta: puedes tener el hierro en el sustrato y la planta seguirá amarilla.
En buena parte de España el agua del grifo es dura y alcalina, con pH de 7,5 a 8,3 y mucho bicarbonato. Cada riego va subiendo el pH del sustrato. Una planta que llegó impecable del vivero —donde se riega con agua acidificada y fertilizantes ácidos— empieza a decaer a las tres o cuatro semanas de estar en tu terraza. No es que la hayas cuidado mal; es el agua.
Qué hacer:
- Recoge agua de lluvia si puedes, o mezcla al 50 % con la del grifo. Es la solución más limpia.
- Acidifica el riego. Unas gotas de vinagre no sirven de mucho porque el ácido acético se degrada rápido; funcionan mejor los correctores comerciales a base de ácido nítrico o fosfórico. El objetivo es dejar el agua entre 5,5 y 6,5.
- Aplica quelato de hierro EDDHA cuando ya haya síntomas. El EDDHA es el único quelato que se mantiene estable a pH altos; el EDTA se descompone por encima de 6,5 y en suelos calizos apenas hace nada. En maceta suele bastar una aplicación al mes en primavera y verano, respetando la dosis del envase (en torno a 0,5-1 g de producto al 6 % por cada 5 litros de agua). La mejoría se ve en una o dos semanas, en las hojas nuevas: las viejas ya cloróticas no reverdecen.
- Elige un abono con nitrógeno amoniacal. El amonio acidifica el sustrato al ser absorbido; el nitrato de calcio hace lo contrario.
Hay un beneficio añadido en mantener el sustrato ácido: Thielaviopsis basicola, el hongo que provoca la podredumbre negra de raíz en esta planta, se vuelve mucho más agresivo por encima de pH 5,8.
Luz, calor y ubicación
Necesita sol directo, seis horas como mínimo. Con menos luz estira los tallos, deja huecos y florece a medias. En el norte peninsular y en la cornisa cantábrica, a pleno sol todo el día. En el interior y en el sur, un sitio con sol de mañana y sombra a partir de las tres o las cuatro de la tarde en pleno julio le va mejor que la solana absoluta.
Es una planta de días largos en sentido cuantitativo: florece igualmente con días cortos, pero mucho menos. Por eso la floración se apaga en noviembre aunque la temperatura acompañe.
Del frío aguanta poco. Por debajo de 0 °C sufre y con una helada de -2 °C se pierde. En la costa mediterránea, en Canarias y en el sur de Andalucía puede pasar el invierno y rebrotar en marzo, aunque llega desmejorada; en el resto del país se cultiva como planta de temporada y se renueva cada primavera.
Maceta, sustrato y riego
Es una planta de contenedor por vocación. Calcula 3 o 4 litros de sustrato por planta: en una cesta colgante de 30 cm de diámetro caben tres ejemplares, y en una jardinera de balcón de un metro, cuatro o cinco. Apretarlas más de la cuenta es el atajo directo a un verano de riegos imposibles y hongos en el follaje.
El sustrato, ácido y aireado: turba rubia con un 20-30 % de perlita, o un sustrato para plantas acidófilas aligerado. Nada de tierra de jardín, que compacta y sube el pH. Drenaje obligatorio, sin plato con agua estancada debajo.
El riego busca un punto medio incómodo: ni encharcada ni seca del todo. En julio, en una cesta colgante expuesta, puede necesitar riego diario e incluso dos veces al día en olas de calor. Riega por la mañana, al sustrato y no sobre las flores, hasta que drene por los agujeros. La señal de que te has quedado corto no es el marchitamiento —eso llega tarde—, sino el peso de la maceta: aprende a levantarla y notarás la diferencia antes de que la planta lo acuse.
Abonado: come mucho más de lo que parece
Mantener cientos de flores abiertas desde abril hasta octubre en cuatro litros de sustrato tiene un coste. La calibrachoa es muy exigente en nutrientes y se agota rápido, sobre todo si riegas a fondo y lavas el sustrato con cada riego.
Un esquema que funciona: abono líquido equilibrado con micronutrientes (tipo 15-10-15 o 20-10-20) a razón de 1 g por litro de agua, una vez por semana durante toda la temporada. Como alternativa, un abono de liberación lenta mezclado en el sustrato al plantar, reforzado con líquido a partir de julio. Lo que no puede faltar es el hierro: revisa que la etiqueta incluya micronutrientes quelatados y no solo NPK.
Si la planta se ve verde pálido en conjunto (no solo las hojas nuevas, y sin retícula de nervios), suele ser falta de nitrógeno, no de hierro. Son dos amarillos distintos y conviene no confundirlos.
La poda de mediados de verano
Hacia finales de julio o principios de agosto la planta entra en un bajón previsible: los tallos se alargan, quedan desnudos por la base y las flores se concentran en las puntas. Es su ciclo normal, no un error de cultivo.
La solución es recortar toda la planta un tercio, sin miedo, aunque te lleves flores por delante. Riega y abona bien después. En diez o quince días rebrota desde los nudos bajos y llega a septiembre y octubre compacta y con una segunda floración que suele ser la mejor del año, porque coincide con noches más frescas.
Multiplicación
Los híbridos actuales no se multiplican por semilla: son estériles o dan descendencia que no se parece a la planta madre. Se propagan por esqueje herbáceo, que es además muy agradecido.
Toma esquejes de 5 a 8 cm de puntas sin flor, en primavera o a finales de verano. Quita las hojas de la mitad inferior, entierra dos o tres nudos en una mezcla de turba y perlita a partes iguales, mantén húmedo y a la sombra con unos 20 °C. Enraízan en dos o tres semanas, con hormona o sin ella. Ten en cuenta que la mayoría de las variedades comerciales están protegidas por derechos de obtentor: puedes multiplicarlas para tu propio jardín, no para venderlas.
Plagas y enfermedades
Pulgón. Coloniza los brotes tiernos en primavera. Con jabón potásico repetido cada cinco o siete días suele bastar.
Trips. Deja las flores con manchas plateadas y deformadas. Es la plaga que más preocupa, no por el daño directo sino porque transmite el virus del bronceado del tomate (TSWV), que no tiene remedio: la planta afectada muestra anillos necróticos y hay que retirarla y tirarla, nunca al compost.
Mosca blanca. Frecuente en balcones resguardados y en zonas cálidas. Trampas cromáticas amarillas y tratamientos foliares por el envés.
Orugas del capullo (Helicoverpa armigera y similares). Perforan los botones florales; ves agujeros redondos y excrementos oscuros. Bacillus thuringiensis es la opción más limpia.
Podredumbre de raíz y de cuello. Casi siempre por exceso de agua, sustrato compactado o plato lleno. La planta marchita a pleno sol aunque la tierra esté mojada: esa contradicción es el síntoma que la delata. Cuando llega a ese punto es difícil recuperarla.
Botritis. Moho gris en tallos y flores en primaveras lluviosas o en macetas demasiado apretadas. Airea, aclara tallos y riega sin mojar el follaje.
Errores frecuentes
- Tratarla igual que la petunia. Comparten aspecto, no exigencias. El pH es la línea que las separa.
- Dejar de abonar en agosto. Es justo cuando más lo necesita.
- Echar hierro EDTA en agua calcárea. No hace efecto; hay que usar EDDHA.
- Quitar flores marchitas una a una. Trabajo inútil: se limpia sola.
- No podarla nunca. Sin el recorte de verano, en septiembre tendrás tallos largos y pelados con cuatro flores en la punta.
- Plantarla en tierra de jardín caliza. Si tu suelo es calizo, cultívala en maceta y ahórrate el disgusto.
En resumen
La calibrachoa da una floración continua de seis o siete meses a cambio de tres cosas: sol abundante, agua y abono constantes, y un sustrato ácido regado con agua que no sea muy alcalina. Ese último punto es el que se pasa por alto y el que explica esas plantas amarillas de julio; con agua de lluvia, un abono con micronutrientes y quelato de hierro EDDHA cuando haga falta, el problema desaparece. Añade un recorte de un tercio a finales de julio para forzar la segunda floración, riega por la mañana sin encharcar y trátala como planta de temporada salvo que vivas en la costa mediterránea o en Canarias, donde puede pasar el invierno.