A las ocho de la tarde, un macizo que a mediodía era una alfombra de flores abiertas parece un puñado de capullos marchitos. No ha pasado nada: la margarita africana cierra sus capítulos al caer la luz y vuelve a abrirlos a la mañana siguiente. Ese movimiento diario, que desconcierta a quien la compra por primera vez, es la mejor pista de qué clase de planta se ha llevado a casa: una sudafricana adaptada a un sol que aquí solo tenemos parte del año.

Bajo el nombre de margarita africana se venden en España varias plantas emparentadas, y conviene distinguirlas antes de hablar de cuidados, porque no todas se comportan igual.

Qué planta es realmente la margarita africana

El nombre se aplica sobre todo a Osteospermum ecklonis (durante décadas llamada Dimorphotheca ecklonis) y a los innumerables híbridos de jardinería derivados de ella y de Osteospermum jucundum. Son matas perennes o subarbustivas, de vida corta, que en un vivero se ofrecen en flor casi todo el año gracias al cultivo forzado.

Con el mismo nombre circulan también Dimorphotheca sinuata y Dimorphotheca pluvialis, que son anuales verdaderas: nacen, florecen y mueren en una temporada, y se siembran directamente. Y en los centros de jardinería se confunde con frecuencia con Arctotis y con Gazania, otras dos compuestas sudafricanas de flor grande y hoja gris. La diferencia práctica: la gazania tiene las hojas en roseta basal y flores casi sin tallo, mientras que el osteospermo forma una mata ramificada con las flores levantadas sobre pedúnculos largos.

Ninguna de ellas es pariente cercano de la margarita de los prados (Bellis perennis) ni de la margarita mayor (Leucanthemum), aunque comparten familia, las Asteráceas. Lo que parece una flor es en realidad un capítulo: decenas de flores diminutas apretadas en un disco central, rodeadas por una corona de flores liguladas que hacen de reclamo. De ahí que las abejas se posen en el centro y se paseen por él en círculos: están visitando flores una a una.

Abeja posada en el disco central de una margarita africana

Características de la margarita africana

La mata alcanza entre 30 y 60 cm de altura y se extiende otro tanto o más a lo ancho, con formas rastreras en algunos cultivares pensados para jardineras y taludes. Los tallos son leñosos en la base con el tiempo, y las hojas, alternas, de borde entero o algo dentado, tienen un aspecto ligeramente carnoso y áspero al tacto.

Los capítulos miden entre 5 y 8 cm de diámetro. La forma silvestre tiene lígulas blancas con el reverso azulado o violáceo y un disco central azul intenso, un contraste que sigue siendo de los más elegantes del género. La mejora vegetal ha ampliado la paleta a púrpuras, magentas, rosas, amarillos, naranjas y bicolores, además de las variedades de lígula acucharada, con la parte central del pétalo enrollada en forma de cuchara.

El rasgo que más preguntas genera es el cierre nocturno. Las lígulas se pliegan al anochecer y también en días muy nublados o de lluvia; es un movimiento fotonástico, gobernado por la luz, y no un síntoma de sed ni de enfermedad. En las selecciones antiguas es muy marcado. Las series modernas, seleccionadas precisamente para corregirlo, permanecen abiertas con menos luz y aguantan mejor los días grises, pero ninguna se mantiene abierta de noche.

En cuanto a rusticidad, los osteospermos toleran heladas cortas de -3 a -5 °C si el suelo está seco; Osteospermum jucundum y sus híbridos resisten algo más. Con el suelo encharcado, en cambio, se pierden con temperaturas muy superiores. Por eso en la costa mediterránea y en el suroeste peninsular se comportan como perennes que florecen media docena de meses al año, mientras que en el interior de Castilla, Aragón o Navarra lo razonable es tratarlas como planta de temporada o cultivarlas en maceta para resguardarlas en invierno.

Dónde plantarla: luz, suelo y exposición

El sol no es negociable. Necesita un mínimo de seis horas de sol directo, y con ocho va mejor. A media sombra la planta se ahíla, los entrenudos se alargan, la mata se abre por el centro y las flores se cuentan con los dedos de una mano. Si además hay poca luz, los capítulos que abren lo hacen a media asta y se cierran a la primera nube.

El suelo importa menos que el drenaje. Le van bien los terrenos arenosos, pobres y algo pedregosos, con pH entre 5,5 y 7,5. Lo que no soporta es un suelo arcilloso compactado que retenga agua en invierno: ahí es cuestión de tiempo que aparezcan podredumbres de cuello y raíz por Phytophthora o Pythium. En terrenos pesados, la solución que funciona es plantar en caballón o parterre elevado, con 15 o 20 cm de altura sobre el nivel del jardín, y mezclar arena gruesa o grava fina en la zona de plantación.

En maceta, un contenedor de 3 a 5 litros por planta, sustrato universal aligerado con un 30 % de perlita o arena, y agujeros de drenaje despejados. El plato bajo la maceta con agua permanente es uno de los modos más rápidos de matarla.

Riego: menos del que se piensa

Es una planta de clima mediterráneo-sudafricano, con raíces acostumbradas a periodos secos. Una vez arraigada, en jardín, sobrevive con riegos semanales o quincenales incluso en verano, y en la costa a veces sin riego alguno. Durante las primeras semanas tras el trasplante sí conviene mantener el cepellón húmedo para que emita raíces nuevas.

La regla útil es regar cuando los tres o cuatro centímetros superiores del sustrato estén secos, y hacerlo abundantemente para que el agua atraviese todo el cepellón, en lugar de dar riegos cortos y frecuentes que solo mojan la superficie. En maceta y en pleno agosto puede tocar cada dos o tres días; en primavera, una vez por semana.

El síntoma de exceso de agua se confunde con el de falta: hojas mustias y colgantes. La diferencia está en el tacto del sustrato y en el color, porque la planta ahogada amarillea desde abajo y las hojas caídas no se recuperan al regar. Ante la duda, meter el dedo antes de coger la regadera.

Abonado sin excesos

Un abonado demasiado nitrogenado produce matas enormes, verdes y sin flor. Durante la floración, un fertilizante para plantas de flor rico en potasio cada quince días en el agua de riego, a la dosis que indique el envase o incluso algo por debajo, es suficiente. Otra opción cómoda es un abono de liberación lenta al inicio de la primavera y olvidarse.

En jardín, con un aporte de compost bien hecho al plantar suele bastar. Los suelos ricos en materia orgánica fresca le sientan mal: crecimiento blando, tallos que se tumban y más problemas de hongos.

Poda, pinzado y el parón de verano

Tres intervenciones sostienen la floración durante meses:

Pinzado inicial. Cuando la planta joven alcanza 10 o 15 cm, se corta la punta de los brotes principales. Retrasa la primera flor un par de semanas y a cambio se obtiene una mata compacta con muchos más puntos de floración, en vez de cuatro tallos largos con una flor cada uno.

Retirada de flores marchitas. Cortando el pedúnculo hasta su base, no solo la flor seca. Si se dejan madurar las semillas, la planta interpreta que ha cumplido su ciclo y frena la producción de capítulos nuevos.

Poda de renovación. Tras la gran floración de primavera, un recorte de un tercio de la mata, dejando siempre hojas por debajo del corte, rejuvenece los brotes y prepara el rebrote de otoño. La madera vieja y desnuda de un osteospermo rebrota mal, así que nunca hay que rapar hasta la base leñosa.

Queda por explicar el fenómeno que más decepciona a quien la planta en abril: en julio y agosto deja de florecer. Con noches cálidas y temperaturas diurnas sostenidas por encima de 30-32 °C, el osteospermo entra en una pausa reproductiva y se limita a vegetar. No es un fallo de riego ni de abono, y por eso añadir fertilizante en ese momento solo empeora las cosas. Basta con mantenerla viva, con riegos moderados y algo de sombra en las horas centrales si está en maceta, para que en septiembre vuelva a florecer con fuerza hasta las primeras heladas. En el interior peninsular, esa segunda floración de otoño suele ser tan buena como la de primavera.

Cómo multiplicarla

Aquí hay un matiz que ahorra decepciones: los cultivares de color no se reproducen fieles por semilla. Sembrando las semillas de un osteospermo púrpura de vivero se obtienen plantas de flor blanquecina o de colores deslucidos, porque son híbridos. Lo que sí funciona es el esqueje.

A finales de verano o principios de otoño se toman esquejes de 8 a 10 cm de brotes no floridos, se eliminan las hojas de la mitad inferior, se corta bajo un nudo y se entierran en una mezcla de turba y perlita a partes iguales. Con hormona de enraizamiento y a 18-20 °C, enraízan en dos o tres semanas. Conviene mantener el sustrato apenas húmedo y con buena ventilación, porque bajo campana cerrada se pudren con facilidad. Las plantas obtenidas florecen la primavera siguiente.

Las Dimorphotheca anuales sí se siembran: en febrero-marzo bajo cubierta o directamente en el sitio definitivo cuando el suelo alcanza los 15 °C, germinan en una o dos semanas y se aclaran a 25-30 cm entre plantas.

Mata de margaritas africanas con flores de distintos colores

Plagas, enfermedades y errores frecuentes

Los pulgones se instalan en las puntas tiernas y en los botones florales en primavera; con una colonia pequeña basta un chorro de agua a presión o jabón potásico. El trips es más traicionero: no se ve, pero deforma y decolora las lígulas, y las flores abren arrugadas. La araña roja aparece en verano en plantas de terraza con calor seco y poca ventilación, y se reconoce por el punteado amarillento del haz.

Entre las enfermedades, la botritis en primaveras lluviosas pudre flores y brotes tiernos, y se combate más con aireación y retirada de restos que con productos. El mildiu puede aparecer en cultivo denso. Y las podredumbres de raíz, ya mencionadas, son la causa número uno de muerte súbita de una planta aparentemente sana.

Los errores que más se repiten son cuatro: plantar a media sombra confiando en que dará igual, regar cada dos días por rutina, abonar en la parada de agosto creyendo que está débil y tirar la planta en pleno verano porque no florece. A eso se añade una advertencia útil en el litoral: en zonas costeras cálidas, los osteospermos se naturalizan con facilidad y pueden escapar del jardín, así que en fincas colindantes con vegetación natural conviene retirar las flores marchitas antes de que semillen.

En resumen

La margarita africana pide sol directo abundante, suelo con drenaje y riegos espaciados; devuelve floraciones largas de primavera y otoño con muy poco mantenimiento. Cierra las flores de noche y con días nublados por naturaleza, y detiene la floración durante los picos de calor del verano peninsular: ninguna de las dos cosas es un problema que haya que corregir. Píncela de joven, retire las flores pasadas, recórtela un tercio tras la floración principal y multiplíquela por esquejes en otoño si quiere conservar el color exacto de su planta. Si el suelo del jardín es pesado, plántela elevada o en maceta, y ahórrese la causa más común de fracaso.


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