Las orquídeas tienen fama de plantas difíciles y no lo son. Lo que ocurre es que se cuidan como si fueran plantas normales, y no lo son: no viven en tierra, sus raíces respiran, y la mayor parte de lo que hacemos por ellas con buena intención —regar a menudo, ponerlas en el sitio más bonito de la casa, dejarles agua en el macetero, pulverizarles las flores— es exactamente lo que las mata.

Este artículo explica primero cómo son, porque entender su anatomía es lo que hace que los cuidados dejen de ser una lista de instrucciones arbitrarias y pasen a tener sentido. Después, cómo cultivarlas.

Orquídeas en floración

Qué son las orquídeas

Las Orquidáceas son una de las dos familias de plantas con flor más numerosas del planeta, con más de 25.000 especies descritas y decenas de miles de híbridos creados por el hombre. Están en todos los continentes salvo la Antártida, desde la selva tropical hasta la tundra.

Aquí hay un dato que sorprende: en España crecen espontáneamente alrededor de un centenar de especies de orquídeas silvestres. Son terrestres, mucho más discretas que las tropicales, y aparecen en pastizales, encinares y roquedos calizos: los géneros Ophrys —las famosas orquídeas abeja, que imitan a un insecto hembra para engañar a los machos polinizadores—, Orchis, Anacamptis, Serapias, Cephalanthera o Himantoglossum. Todas están protegidas y ninguna se puede arrancar: dependen de hongos del suelo muy específicos y no sobreviven trasplantadas. Se miran y se fotografían.

Epífitas, no parásitas

La mayoría de las orquídeas que compramos son epífitas: en la naturaleza viven encaramadas a las ramas de los árboles, no en el suelo. Esta es la característica que lo determina todo.

Y hay que subrayarlo porque es una confusión extendidísima: epífita no significa parásita. La orquídea no le quita nada al árbol. Solo lo usa como soporte para acceder a la luz por encima de la vegetación baja. Su alimento son el agua de la lluvia y la humedad ambiental, y los nutrientes de la materia orgánica que se acumula en las horquillas de las ramas.

Lo importante para nosotros es la consecuencia: las raíces de una epífita están colgando al aire, expuestas a la ventilación constante, y se mojan intensamente cuando llueve pero se secan por completo en pocas horas. Ese es el régimen que hay que reproducir en casa. Una orquídea plantada en tierra de maceta muere asfixiada, del mismo modo que un cactus plantado en un pantano.

Hay excepciones: algunas son litófitas (viven sobre rocas) y otras terrestres, como los Paphiopedilum o los Cymbidium, cuyo cultivo requiere sustratos algo más retentivos.

Las raíces y el velamen

Si solo vas a aprender una cosa de anatomía, que sea esta. Las raíces aéreas de una orquídea están recubiertas por el velamen, una capa de células muertas, esponjosa y blanquecina, que funciona como un papel secante: absorbe agua a enorme velocidad cuando la hay y luego protege el tejido vivo interior de la desecación.

El velamen es también un indicador visual gratuito del estado de la planta, y por eso las orquídeas se venden en maceta transparente:

Raíz gris plateada: está seca. Es normal y es el estado correcto la mayor parte del tiempo.

Raíz verde brillante: está empapada. Justo después de regar, todas se ponen así.

Punta de la raíz verde intenso o rojiza y lisa: la raíz está creciendo activamente. Es la mejor señal de salud que puede dar una orquídea.

Raíz marrón, blanda, hueca o que al apretar deja solo un hilo: está muerta.

Con esto, la pregunta "¿cuándo riego?" tiene respuesta objetiva: cuando la mayoría de las raíces estén grises. No cada domingo.

Además, las raíces de muchas orquídeas contienen clorofila y fotosintetizan. Por eso la maceta transparente no es un capricho comercial, y por eso las raíces que sobresalen por fuera no se cortan: están trabajando.

La flor: por qué es tan peculiar

La flor de la orquídea es zigomorfa, es decir, tiene un único plano de simetría, como nuestra cara. Consta de tres sépalos exteriores, tres pétalos y una estructura central.

El pétalo inferior está profundamente modificado y forma el labelo: la pieza más grande, más coloreada y a menudo con formas extravagantes. Su función es servir de pista de aterrizaje y reclamo para el polinizador.

En el centro está el ginostemo o columna, una estructura exclusiva de esta familia en la que los órganos masculino y femenino aparecen fusionados en una sola pieza. El polen no es un polvillo suelto sino que va compactado en masas llamadas polinios, que el insecto se lleva pegadas de una vez.

Otro detalle curioso: en la mayoría de las orquídeas el capullo gira 180° mientras se desarrolla, un fenómeno llamado resupinación, para que el labelo, que botánicamente está arriba, acabe abajo, que es donde le resulta útil al insecto.

Esta arquitectura tan especializada explica la longevidad de sus flores: como muchas dependen de un polinizador muy concreto que puede tardar semanas en aparecer, la flor está diseñada para durar. Una Phalaenopsis puede mantener su vara florida dos o tres meses.

Dos formas de crecer: monopodiales y simpodiales

Saber a cuál de los dos grupos pertenece tu planta determina cómo se poda, cómo se divide y dónde saldrán las flores.

Monopodiales. Crecen en vertical desde un único punto de crecimiento apical, emitiendo hojas nuevas por arriba mientras las viejas se pierden por abajo. No tienen pseudobulbos. Las varas florales salen de las axilas de las hojas. Ejemplos: Phalaenopsis y Vanda.

Simpodiales. Crecen en horizontal mediante un rizoma que va emitiendo brotes nuevos, uno por temporada. Cada brote engrosa formando un pseudobulbo, un órgano de reserva de agua y nutrientes, y de él salen hojas y flores. El pseudobulbo viejo no vuelve a florecer, pero sigue alimentando a la planta, así que no se corta mientras esté verde y firme. Ejemplos: Cattleya, Dendrobium, Oncidium, Cymbidium, Miltonia.

Las orquídeas que vas a encontrar en España

Phalaenopsis (orquídea mariposa). Es la que se vende en supermercados y floristerías y representa la inmensa mayoría del mercado. Es también la más fácil de todas, porque sus exigencias de temperatura coinciden con las de una vivienda: 18-28 °C. Monopodial, sin pseudobulbos, de floración larguísima. Si empiezas, empieza por aquí.

Dendrobium. Simpodial, de cañas altas cubiertas de flores. El grupo nobile necesita un invierno fresco y seco para florecer; el grupo phalaenopsis es más parecido en cuidados a la mariposa.

Cymbidium. Grandes matas de hoja acintada y varas de muchas flores duraderas, muy usadas en flor cortada. Necesita frío: es de las pocas que se cultivan bien en una terraza o galería del norte de España, y muy mal en un salón caldeado.

Oncidium ("lluvia de oro"). Panículas ramificadas de muchas flores pequeñas amarillas. Necesita bastante luz y un sustrato que se seque rápido.

Cattleya. La orquídea clásica de corsage, de flores enormes y perfumadas. Requiere más luz que una Phalaenopsis y un secado completo entre riegos.

Paphiopedilum (zapatilla de Venus). Terrestre o semiterrestre, sin pseudobulbos, con un labelo en forma de zueco. Tolera poca luz, lo que la hace buena para interiores oscuros, pero no admite secarse del todo.

Miltonia y Miltoniopsis ("orquídea pensamiento"). Preciosas y las más delicadas de esta lista: quieren fresco, humedad alta y agua de muy buena calidad.

Luz: el motivo por el que tu orquídea no vuelve a florecer

Necesitan luz abundante pero nunca sol directo en las horas centrales. En su hábitat viven bajo el dosel del bosque, recibiendo claridad filtrada por las hojas.

La ubicación correcta en una casa española: a menos de un metro de una ventana orientada al este o al norte. En ventanas al sur y al oeste, con visillo o retirada un par de metros. El sol directo de una tarde de julio a través de un cristal quema una hoja de Phalaenopsis en un par de horas, dejando manchas blanquecinas que luego se vuelven negras.

Para saber si la luz es correcta no hace falta un medidor: mira el color de las hojas.

Verde oliva claro, algo amarillento: luz perfecta. Es el color de una orquídea que va a florecer.

Verde oscuro intenso, hojas grandes y lustrosas: le falta luz. Es la situación más frecuente en los hogares, y la causa número uno de que una orquídea sana y bonita no vuelva a florecer nunca. Resulta contraintuitivo, porque esa planta parece la más sana de todas.

Verde amarillento pálido, con tonos rojizos o púrpuras: le sobra luz. Retírala un poco.

El riego, donde se pierden casi todas

Si una orquídea muere en una casa, en nueve de cada diez casos es por exceso de agua. Las raíces asfixiadas se pudren, la planta deja de absorber y se deshidrata paradójicamente mientras nada en agua.

Riego correcto de una orquídea por inmersión

Cuándo regar. Cuando las raíces estén grises y el sustrato seco al tacto en profundidad. Otro método fiable es el peso: coge la maceta con la mano; recién regada pesa; cuando está ligera, toca regar. Como referencia muy orientativa, en verano cada 7-10 días y en invierno cada 12-20, pero el calendario es lo de menos.

Cómo regar. Dos métodos válidos:

Por inmersión. Se mete la maceta transparente —sin el macetero exterior— en un barreño con agua a temperatura ambiente, hasta cubrir el sustrato, entre 10 y 20 minutos. Se saca, se deja escurrir hasta que no caiga ni una gota y se devuelve a su sitio.

Bajo el grifo. Se pasa la maceta bajo un chorro suave de agua templada durante 30-60 segundos, empapando bien todo el sustrato. Igualmente, escurrir a fondo.

Riega por la mañana, para que cualquier resto de humedad se evapore durante el día.

Los tres errores fatales:

Dejar agua en el macetero decorativo. Ese cacharro de cerámica sin agujeros mantiene las raíces sumergidas de forma permanente. Es, con diferencia, la causa de muerte más común. Si usas macetero, vacíalo siempre tras regar o pon dentro unas piedras que eleven la maceta.

Dejar agua en el cogollo. El agua acumulada entre las hojas del centro de una Phalaenopsis provoca podredumbre de la corona, que mata la planta entera porque destruye el único punto de crecimiento. Si se te queda agua ahí, sécala con un papel de cocina o un bastoncillo.

Regar con cubitos de hielo. Es un método que circula mucho y que no tiene ningún sentido: estas son plantas tropicales cuyas raíces jamás han visto agua a 0 °C, y además la cantidad de agua que aporta un cubito es ridícula para empapar un sustrato de corteza. Riega con agua a temperatura ambiente y en cantidad.

Calidad del agua. Importa, y mucho, en España. El agua del grifo en buena parte del país es dura y su cal se acumula en el sustrato y en las raíces. Lo mejor es agua de lluvia, de ósmosis o destilada; en su defecto, agua embotellada de mineralización muy débil, o agua del grifo reposada 24 horas y alternada con agua sin cal. Un buen truco es hacer un riego de "lavado" solo con agua, sin abono, una vez al mes, para arrastrar sales acumuladas.

Sustrato y trasplante

Una orquídea epífita no se planta en tierra. Nunca. El sustrato no la alimenta: solo la sujeta y retiene algo de humedad, dejando circular el aire.

Lo habitual es una mezcla de corteza de pino de calibre medio, a la que se pueden añadir musgo esfagno, fibra o chips de coco, perlita gruesa y carbón vegetal. Existen sustratos comerciales específicos para orquídeas perfectamente válidos.

Y aquí está el cuidado que casi todo el mundo omite: la corteza se descompone. Al cabo de 18-24 meses se ha degradado, se ha compactado, retiene agua como una esponja y ha perdido toda la aireación. En ese momento las raíces empiezan a pudrirse aunque el riego sea correcto. Trasplantar cada dos o tres años no es opcional: es lo que mantiene viva la planta a largo plazo.

Cuándo: justo después de la floración, preferiblemente en primavera, y siempre que veas raíces nuevas empezando a crecer.

Cómo:

Saca la planta y retira todo el sustrato viejo, incluso los trozos incrustados entre las raíces. Puede ayudar remojar el cepellón un rato.

Con tijeras esterilizadas (alcohol o llama), corta todas las raíces muertas: las marrones, blandas, huecas o que se deshacen. Conserva las firmes, aunque estén grises.

Elige una maceta transparente, con muchos agujeros y solo un poco mayor que la anterior. Las orquídeas florecen mejor algo apretadas; una maceta grande retiene humedad de más.

Coloca la planta y ve dejando caer el sustrato entre las raíces, golpeando la maceta contra la mesa para que se asiente. No lo compactes con los dedos.

No riegues durante los dos o tres días siguientes, para que cicatricen los cortes y no entren bacterias.

Las raíces aéreas que no quepan dentro se dejan fuera. Forzarlas al interior las rompe.

Humedad ambiental y temperatura

Vienen de ambientes con 60-80 % de humedad relativa. Un salón español con calefacción en enero puede estar al 30 %, condiciones de desierto. El síntoma típico es que los capullos se secan y caen sin llegar a abrir.

Formas eficaces de subir la humedad:

Bandeja con arcilla expandida o grava y agua, con la maceta encima de las piedras sin tocar el agua. Es el método más constante.

Agrupar varias plantas, que crean su propio microclima al transpirar.

Colocarlas en la cocina o el baño, si tienen luz suficiente. Son las estancias más húmedas de la casa y las orquídeas lo agradecen.

Sobre pulverizar: se recomienda por todas partes y conviene matizarlo. El efecto sobre la humedad ambiental dura minutos, y en cambio el agua depositada sobre las flores las mancha y acorta su vida, mientras que la acumulada en el cogollo puede pudrir la planta. Si pulverizas, hazlo hacia las raíces aéreas y el aire circundante, por la mañana, y nunca sobre las flores.

Temperaturas: la mayoría de las tropicales de interior van bien entre 18 y 28 °C de día. Evita corrientes de aire frío, la proximidad de radiadores y la salida directa del aire acondicionado.

El salto térmico: la clave para que vuelva a florecer

Esta es la información más útil de todo el artículo, porque resuelve la queja más repetida: "se le cayeron las flores y ya no ha vuelto a echar".

Las orquídeas no florecen por calendario. Necesitan un estímulo ambiental que les indique que ha cambiado la estación, y en la mayoría de los géneros ese estímulo es una bajada de la temperatura nocturna.

En una Phalaenopsis, el disparador es mantener durante cuatro a seis semanas una diferencia de 8 a 10 °C entre el día y la noche, con mínimas nocturnas en torno a 15-18 °C. Sin esa señal, la planta puede vivir años sana y no producir jamás una vara floral.

En una vivienda con calefacción y temperatura constante de 22 °C todo el año, ese estímulo no llega nunca. Y esa —mucho más que el riego o el abono— es la razón real por la que a tanta gente "no le vuelven a florecer".

Cómo provocarlo en España: a finales de septiembre y durante octubre, saca la planta a una terraza cubierta, un porche, una galería sin calefactar o simplemente déjala pegada a una ventana que quede fresca por la noche. Las noches de otoño en la Península hacen el trabajo solas. En cuanto veas asomar la vara —un brotecito verde y puntiagudo que sale de la axila de una hoja, distinguible de una raíz porque la raíz es cilíndrica y roma—, devuélvela al interior.

Los Cymbidium son aún más exigentes en este punto: necesitan pasar el verano y el otoño al aire libre a la sombra, con noches de 10-13 °C en septiembre y octubre. Es literalmente imposible florecerlos dentro de un piso.

Abonado

La regla que usan los cultivadores es "poco y a menudo". Sus raíces están adaptadas a concentraciones de nutrientes bajísimas y se queman con facilidad.

Usa un abono específico para orquídeas a un cuarto o la mitad de la dosis que indique el envase. Aplícalo cada dos o tres riegos durante la fase de crecimiento activo (primavera y verano), y reduce mucho o suspende en invierno, cuando la planta está parada.

Abona siempre con el sustrato ya húmedo, nunca sobre corteza seca, para no dañar las raíces.

En fase de crecimiento vegetativo interesa un abono equilibrado o con algo más de nitrógeno; cuando empiece a apuntar la vara, uno con más fósforo y potasio.

Y recuerda el riego de lavado mensual solo con agua: la corteza acumula sales, y el exceso salino quema las puntas de las raíces y produce hojas con las puntas secas.

Qué hacer cuando se caen las flores

La caída de las flores no es un fallo: es el final normal del ciclo. Lo que hagas con la vara depende de su estado y del vigor de la planta.

Si la vara está seca, amarilla o marrón: córtala a ras de la base, sin dejar tocón.

Si la vara sigue verde y turgente (en Phalaenopsis): puedes cortarla un centímetro por encima del segundo o tercer nudo contando desde abajo. De ese nudo suele brotar una vara secundaria en unas semanas.

Con un matiz que casi nunca se advierte: esa refloración es más pobre —flores más pequeñas y menos numerosas— y agota a la planta. Si tu orquídea es pequeña, tiene pocas hojas o pocas raíces sanas, es preferible cortar la vara desde la base y dejar que dedique toda su energía a fabricar hojas y raíces. Una planta fuerte da una floración magnífica al año siguiente; una planta exprimida se apaga poco a poco.

En simpodiales (Cattleya, Oncidium, Dendrobium, Cymbidium) las varas gastadas se cortan siempre desde la base, porque no rebrotan. Y los pseudobulbos viejos no se cortan mientras sigan verdes y firmes: son la despensa de la planta.

Multiplicación

Por keikis. Es la vía doméstica. Un keiki —"bebé" en hawaiano— es una plantita que brota en un nudo de la vara floral o en la base, sobre todo en Phalaenopsis y Dendrobium. Se separa cuando tenga dos o tres raíces propias de al menos 4-5 cm, cortando con tijera esterilizada un trocito de vara a cada lado. Se planta en una maceta pequeña con corteza fina y se mantiene con humedad alta las primeras semanas. Separarlo antes de tiempo, sin raíces desarrolladas, lo condena.

Por división. Solo en simpodiales y solo cuando la mata es grande. Se separa el rizoma dejando un mínimo de tres o cuatro pseudobulbos por división; con menos, la planta no tiene reservas suficientes y tarda años en recuperarse. Se hace al trasplantar, con herramienta esterilizada.

Por semilla, en la práctica, no. Las semillas de orquídea son polvo microscópico sin reservas, y en la naturaleza solo germinan si se asocian con un hongo micorrícico específico que las alimenta. En cultivo se hace en laboratorio, en medio estéril, y tarda entre cinco y siete años en dar una planta florecida. Es la razón de que las orquídeas fueran históricamente carísimas y de que hoy se propaguen industrialmente por cultivo de tejidos.

Plagas y enfermedades

Cochinilla algodonosa y cochinilla parda. Las más frecuentes en interior. Se esconden en las axilas de las hojas, en el envés y bajo las brácteas de la vara. En ataques leves, bastoncillo con alcohol de 70°. En ataques serios, jabón potásico con unas gotas de aceite, insistiendo varias veces cada semana.

Araña roja. Ácaro que aparece con aire seco y calefacción. Deja el envés moteado y de aspecto plateado. Sube la humedad ambiental y limpia las hojas.

Pulgón y trips. Atacan sobre todo capullos y flores, deformándolos. Los trips dejan las flores con manchas plateadas y bordes pardos.

Caracoles y babosas. Si tienes la planta en terraza, devoran raíces y puntas nuevas por la noche.

Mosquitos del sustrato (esciáridos). Esos mosquitos negros diminutos que revolotean. Son inofensivos en sí mismos pero son un diagnóstico: indican que el sustrato está permanentemente húmedo y en descomposición. La solución no es fumigar, es dejar secar y trasplantar.

Podredumbre de la corona. Agua estancada en el cogollo. El centro se vuelve marrón y blando y desprende mal olor. Si se detecta muy pronto, se puede secar, retirar el tejido afectado y aplicar canela en polvo o un fungicida; una vez destruido el meristemo apical, la planta está perdida.

Podredumbre de raíces (Pythium, Phytophthora). Consecuencia del exceso de riego o del sustrato degradado. Se trasplanta de urgencia eliminando todo lo podrido.

Virus. El mosaico del cymbidium y el virus de la mancha anular del odontoglossum producen manchas y estrías cloróticas o necróticas en las hojas. No tienen cura. La planta debe aislarse y descartarse, y hay que esterilizar siempre las tijeras entre planta y planta —a la llama es lo más seguro—, porque el contagio se produce por la savia en las herramientas.

Diagnóstico rápido de síntomas

Hojas arrugadas y flácidas: deshidratación. Puede ser por falta de riego, pero mucho más a menudo es porque las raíces están podridas y ya no absorben. Saca la planta y mira las raíces antes de regar más.

Hojas amarillas de abajo, de una en una: normal, es el recambio natural.

Varias hojas amarillas a la vez: exceso de riego o problema radicular.

Manchas negras secas y hundidas en la hoja: quemadura solar.

Capullos que se secan y caen sin abrir (aborto floral): cambio brusco de sitio, corriente de aire frío, aire demasiado seco, o proximidad de fruta madura —el etileno que desprende una frutera hace abortar los capullos, algo que casi nadie sabe.

Puntas de las hojas secas y marrones: exceso de sales por abono o agua dura. Haz riegos de lavado.

Planta sana, verde oscuro y sin flores: falta luz y falta salto térmico nocturno.

En resumen

Las orquídeas de interior son epífitas, no parásitas: viven sobre las ramas de los árboles con las raíces al aire, y todo su cultivo consiste en reproducir eso. De ahí salen las cinco reglas que importan.

Luz abundante e indirecta, junto a una ventana al este o al norte, con hojas de color verde oliva claro. Si están verde oscuro, sobra sombra.

Riego por inmersión o bajo el grifo, escurriendo del todo, solo cuando las raíces estén grises. Nunca agua en el macetero, nunca agua en el cogollo, nunca cubitos de hielo, y a poder ser agua de lluvia o de ósmosis.

Sustrato de corteza, nunca tierra, y trasplante obligatorio cada dos o tres años en cuanto se descomponga.

Abono específico a media dosis, poco y a menudo, con un riego de lavado mensual solo con agua.

Salto térmico en otoño: cuatro a seis semanas con noches de 15-18 °C y una diferencia de 8-10 °C respecto al día. Es lo que dispara la floración y lo que falta en el 90 % de las orquídeas que "no vuelven a florecer".

Con eso, una Phalaenopsis comprada en el supermercado puede acompañarte una década y florecer todos los años.


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