Lo que se compra cuando se compra un anturio no es una flor. Esa lámina roja, brillante y acorazonada que ocupa toda la atención es una bráctea modificada, una hoja transformada que los botánicos llaman espata. Las flores de verdad son los cientos de puntos diminutos que recubren el cilindro central, el espádice. Entender esa diferencia no es una curiosidad de manual: explica por qué una espata dura seis u ocho semanas sin marchitarse, por qué se puede manchar si se pulveriza encima y por qué un anturio bien llevado parece estar florido casi todo el año.

Anturio rojo con la espata acorazonada y el espádice central

Qué es un anturio y de dónde viene

El género Anthurium pertenece a la familia Araceae, la misma de los potos, los filodendros, la monstera y el aro. Es un género enorme, con más de mil especies descritas, todas americanas: bosques húmedos de Colombia, Ecuador, Costa Rica, Panamá y la cuenca amazónica. Ninguna es asiática ni africana, por mucho que a veces se lea lo contrario.

El dato que más consecuencias prácticas tiene es otro: la mayor parte de los anturios cultivados no son plantas de suelo, sino epífitas o hemiepífitas. En su hábitat crecen agarrados a la corteza de los árboles o trepando por sus troncos, con las raíces al aire, sujetas a un colchón de musgo y hojarasca que se empapa con cada lluvia y se escurre en minutos. Un anturio plantado en tierra de jardín compacta está viviendo con las raíces en un sitio donde nunca habría llegado a germinar.

La espata y el espádice: la anatomía de la falsa flor

La estructura reproductiva del anturio es una inflorescencia, no una flor. Consta de dos piezas:

La espata es la parte vistosa. Tiene textura de cera o de charol, nervadura marcada y forma de corazón en las variedades comerciales. Al ser tejido foliar y no pétalos, no se deshidrata ni se cae como una corola: aguanta erguida entre seis y ocho semanas, y en algunos casos más. Con el tiempo va perdiendo brillo y adquiere tonos verdosos por los bordes; eso indica envejecimiento normal, no falta de cuidado.

El espádice es el cilindro central, amarillo, blanco o crema, cubierto de flores minúsculas y hermafroditas. Su fertilidad es escalonada: primero maduran los estigmas y días después el polen, un mecanismo llamado protoginia que evita la autofecundación. Por eso un anturio solo en casa casi nunca cuaja fruto. Cuando lo hace, aparecen unas bayas naranjas o rojas incrustadas en el espádice, perfectamente normales aunque sorprendan.

Las especies que se encuentran en España

Anthurium andraeanum es el anturio de floristería por excelencia. Espata plana, grande, muy brillante, espádice recto. De él salen las variedades rojas clásicas y toda la gama moderna: blancas, rosas, coral, verdes, chocolate y bicolores.

Anthurium scherzerianum, la flor flamenco, es más compacta, con la espata algo curvada hacia atrás y, sobre todo, con el espádice retorcido en espiral, que es su marca de identidad. Tolera mejor el aire seco de un piso que la especie anterior, así que si el problema de la casa es la calefacción, es la elección más sensata.

Hay además un grupo entero de anturios que no se cultivan por la espata sino por el follaje. Anthurium crystallinum y Anthurium clarinervium tienen hojas aterciopeladas, oscuras, con nervadura plateada muy marcada; Anthurium veitchii, el llamado anturio rey, desarrolla hojas alargadas y plisadas de más de un metro. Sus inflorescencias son verdosas e insignificantes. Estos son más exigentes en humedad que los de flor y no perdonan un salón seco.

Un aviso sobre el anturio azul: no existe de forma natural. Los ejemplares azules, morados intensos o turquesa que se ven en algunos puntos de venta están teñidos, normalmente inyectando colorante en el tallo o regando con él. Las hojas y las espatas nuevas saldrán del color original de la variedad.

Luz: el factor que decide si florece

El anturio necesita mucha luz, pero nunca sol directo. En su origen vive bajo el dosel del bosque, recibiendo luz filtrada abundante. Traducido a una casa española: junto a una ventana orientada al norte sin obstáculos, o a uno o dos metros de una ventana al este o al oeste, o detrás de un visillo en una al sur.

El error más repetido es el contrario al que se supone. Se coloca el anturio en un rincón oscuro porque "es planta de interior y aguanta poco de luz", y la planta sobrevive años sin sacar una sola espata. Un anturio que no florece y va soltando hojas cada vez más pequeñas y de peciolo largo casi siempre está pidiendo luz, no abono.

El sol directo del mediodía, en cambio, quema. En el interior peninsular, dos horas de sol de julio a través del cristal bastan para dejar manchas pardas irreversibles en la espata y en las hojas.

Temperatura y humedad en clima peninsular

El rango cómodo está entre 18 y 25 ºC. Por debajo de 15 ºC la planta se para; por debajo de 10 ºC empieza el daño en tejidos, con manchas acuosas que después se ennegrecen. Esto convierte al anturio en planta estrictamente de interior en casi toda España. Solo en la franja costera más templada, en el sur y en Canarias puede vivir fuera todo el año, y aun así a la sombra y protegido del viento.

La humedad ambiental es el punto débil real. El anturio quiere entre 60 y 80 % de humedad relativa. Un piso español con calefacción encendida en enero está entre el 30 y el 40 %. El resultado son las puntas y bordes marrones y secos de las hojas, el síntoma más consultado y el que más veces se atribuye por error a falta de riego.

Aquí conviene ser honesto: pulverizar las hojas no resuelve nada. La subida de humedad dura pocos minutos, y el agua depositada sobre la espata cerosa deja cercos de cal al evaporarse. Lo que sí funciona es colocar la maceta sobre una bandeja ancha con arcilla expandida o grava y agua que no toque la base del tiesto, agrupar varias plantas para que compartan su propia transpiración, alejar el anturio de radiadores y salidas de aire acondicionado y, si se quiere resolver de verdad, poner un humidificador cerca durante los meses de calefacción.

Riego y calidad del agua

La regla es dejar que se sequen los dos o tres centímetros superiores del sustrato y entonces regar en abundancia, hasta que salga agua por los agujeros, y vaciar el plato a los diez minutos. Un anturio con el cepellón permanentemente encharcado desarrolla podredumbre radicular en pocas semanas: las hojas amarillean desde la base, el tallo se ablanda a ras de sustrato y para cuando se nota ya suele ser tarde.

Suele bastar con regar una vez por semana en verano y cada diez o doce días en invierno, pero conviene comprobar con el dedo antes que fiarse del calendario. En un piso con calefacción intensa el sustrato se seca más rápido en enero que en un mayo fresco.

Sobre el agua: el anturio es sensible a la cal y al flúor. En buena parte de la Península el agua del grifo es dura, y su uso continuado produce depósitos de sales en el sustrato y esas mismas puntas quemadas que se achacan al aire seco. Lo ideal es agua de lluvia, agua filtrada o agua embotellada de mineralización débil. Si solo hay agua del grifo, dejarla reposar veinticuatro horas ayuda con el cloro pero no elimina la cal, que es lo que realmente daña. En zonas de agua muy dura merece la pena lavar el cepellón dos o tres veces al año con un riego abundante de agua blanda para arrastrar sales acumuladas.

Sustrato y trasplante

Por su origen epífito, el anturio necesita un sustrato aireado, grueso y que drene rápido. Una mezcla que funciona bien: dos partes de corteza de pino de calibre pequeño o mediano, una de fibra de coco o turba, una de perlita y, si se consigue, un puñado de musgo esfagno. La turba universal de saco, sola, se apelmaza y ahoga las raíces.

El trasplante toca cada dos años, en primavera, y con una maceta apenas dos o tres centímetros más ancha. Una maceta demasiado grande retiene humedad en zonas donde no hay raíz y es una de las causas más frecuentes de pudrición.

Las raíces aéreas que salen del tallo por encima del sustrato no se cortan. Son la parte epífita de la planta funcionando con normalidad. Se pueden envolver con un poco de musgo húmedo o cubrir añadiendo sustrato al trasplantar, pero cortarlas es quitarle capacidad de absorción.

Abonado

De marzo a septiembre, un abono líquido para plantas de flor cada dos o tres semanas, diluido a la mitad de la dosis que indique el envase. El anturio es de raíces finas y se quema con facilidad; siempre es mejor quedarse corto. En otoño e invierno se suspende o se espacia mucho, porque la planta crece muy poco.

Un exceso de nitrógeno da hojas grandes y verdes y ninguna espata. Si la planta viene creciendo bien de follaje pero no florece y la luz es correcta, conviene un abono con más fósforo y potasio que nitrógeno.

Detalle de las hojas y la espata de un anturio de interior

Multiplicación

Los anturios no se multiplican por esqueje de hoja. Una hoja suelta en agua puede aguantar meses verde y no enraizará nunca, porque carece de yema.

El método fiable es la división de mata, aprovechando el trasplante de primavera. Se saca la planta, se separan con las manos los hijuelos que ya tengan raíces propias y al menos dos o tres hojas, y se plantan por separado en el mismo tipo de sustrato. También funciona el acodo aéreo en tallos que se han alargado y han perdido las hojas bajas: se envuelve una zona con raíces aéreas en musgo húmedo, se mantiene húmeda unas semanas y se corta por debajo cuando haya raíz nueva. Con semilla es posible, pero tarda tres o cuatro años en florecer y hay que sembrarla fresca.

Problemas frecuentes y cómo interpretarlos

Puntas marrones y secas: aire seco o cal en el agua. Casi nunca es sed.

Hojas amarillas desde abajo, blandas: exceso de riego. Si además el tallo cede al apretarlo a ras de tierra, hay que sacar el cepellón, cortar raíz podrida y replantar en sustrato nuevo y seco.

Manchas pardas secas en el centro de la hoja o en la espata: quemadura de sol directo.

Espatas nuevas verdes en lugar de rojas: falta de luz, y también ocurre cuando la espata aún no ha terminado de madurar. Espera unas semanas antes de dar por hecho lo primero.

Gotas de agua colgando de la punta de las hojas por la mañana: es gutación, un fenómeno normal por el que la planta expulsa el exceso de agua radicular. No es enfermedad ni plaga; como mucho indica que se ha regado con generosidad.

En cuanto a plagas, las tres habituales son la cochinilla algodonosa en las axilas de los peciolos, que se retira con un bastoncillo mojado en alcohol y se trata con jabón potásico; la araña roja, que aparece justo cuando el ambiente está más seco y deja un punteado amarillento con telarañas finas en el envés; y los trips, que deforman y cicatrizan las espatas nuevas y son los responsables de esas flores arrugadas o con rayas plateadas.

Toxicidad: un dato que conviene conocer

Como todas las aráceas, el anturio contiene cristales de oxalato de calcio en toda la planta. Al masticar cualquier parte se libera un irritante potente que provoca ardor inmediato en boca y garganta, salivación e hinchazón; la savia también irrita la piel sensible y, sobre todo, los ojos. Rara vez es grave, pero es muy desagradable. Con niños pequeños, gatos o perros que muerdan plantas, conviene colocarlo fuera de alcance y usar guantes al podar o dividir.

En resumen

El anturio es una arácea epífita americana cuya vistosidad no procede de pétalos sino de una espata cerosa que puede durar dos meses. Todo lo que necesita se deduce de ahí: luz abundante e indirecta para que florezca, sustrato grueso y drenante en lugar de tierra compacta, agua blanda sin cal y sin encharcar, y humedad ambiental alta, que es el punto donde más falla en un piso español con calefacción. Las puntas marrones se corrigen con humedad y calidad del agua, no regando más; las hojas amarillas y blandas, regando menos; y la ausencia de flores, moviéndolo hacia la luz antes de comprar ningún abono. Con esas cuatro cosas resueltas, se convierte en una planta de interior duradera y muy poco exigente.


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