Nueve meses tarda el capullo en engordar bajo la corteza de una liana; cinco o seis días dura después la flor abierta. Ese desequilibrio brutal entre lo que cuesta y lo que dura resume bien a la Rafflesia, una planta que ha renunciado a las hojas, al tallo, a las raíces y hasta a la fotosíntesis para quedarse solo con la flor más grande que existe.

Flor de Rafflesia abierta en el suelo del bosque tropical

Una planta que es solo una flor

El género Rafflesia pertenece a la familia Rafflesiaceae, dentro del orden Malpighiales, y agrupa más de treinta especies descritas, todas del sureste asiático: Sumatra, Borneo, la península malaya, Java, Tailandia y Filipinas. No crece de forma silvestre en ningún otro punto del planeta.

Lo que la separa de casi cualquier otra planta conocida es que no tiene cuerpo vegetativo visible. No hay hojas, ni tallo, ni raíces, ni clorofila. Lo que existe entre floración y floración es un endófito: una red de filamentos de células, comparable a un micelio de hongo, que vive infiltrada dentro de los tejidos de la planta que parasita. Durante años esa red permanece invisible desde fuera. Solo cuando llega el momento de reproducirse emerge un bulto por la corteza de la liana huésped, y ese bulto acaba siendo la flor entera.

Es una holoparásita obligada, es decir, depende por completo de su huésped para obtener agua, minerales y azúcares. No puede fabricar nada por sí misma. El huésped es siempre una liana del género Tetrastigma, de la familia Vitaceae, la misma de la vid común. Fuera de una Tetrastigma viva, la Rafflesia no puede existir.

El tamaño real, y el mito de los dos metros

Conviene poner las cifras en su sitio, porque este es el punto donde más se exagera. Rafflesia arnoldii, la especie mayor del género, alcanza en torno a un metro de diámetro y unos diez kilos de peso. Los ejemplares mejor documentados rondan los 100 a 110 centímetros de anchura, con algún registro puntual algo por encima. Los pétalos, o más exactamente los lóbulos del perigonio, pueden tener casi dos centímetros de grosor y una textura correosa, parecida a la del cuero.

Lo que no hace es medir dos o tres metros de altura. La flor de Rafflesia se abre a ras de suelo o pegada a un tronco, prácticamente plana, con apenas un palmo de alzada. Es ancha, no alta. La confusión viene casi siempre de mezclarla con otra planta.

Esa otra planta es Amorphophallus titanum, el aro titán, una arácea de Sumatra que sí levanta una estructura de hasta tres metros. Pero el aro titán no produce una flor gigante: produce una inflorescencia, un conjunto de miles de flores diminutas agrupadas en un espádice y envueltas por una espata. Por eso las dos afirmaciones conviven sin contradicción: Rafflesia arnoldii tiene la flor individual más grande del mundo, y Amorphophallus titanum la inflorescencia no ramificada más alta. Ambas se llaman popularmente flor cadáver, y de ahí procede el enredo.

Este detalle tiene consecuencias prácticas para el lector español. Cuando un jardín botánico peninsular anuncia la floración de una flor cadáver y se forman colas para verla, lo que hay dentro del invernadero es siempre un Amorphophallus, nunca una Rafflesia.

Cómo está construida

La flor abierta muestra cinco lóbulos gruesos de color rojo ladrillo o teja, salpicados de verrugas y manchas blanquecinas o crema, un patrón que recuerda a la carne en descomposición y que no es casual.

Hacia el centro, los lóbulos se estrechan en una estructura llamada diafragma, una especie de tapa con una abertura circular. Bajo ella se abre una cámara amplia, y en el fondo se levanta la columna, rematada por un disco con procesos espinosos. Es en el reborde inferior de ese disco donde se sitúan las anteras o los estigmas, según el sexo del ejemplar.

Porque la Rafflesia es dioica: cada flor es macho o hembra, nunca las dos cosas. Eso obliga a una coincidencia improbable para que haya semilla: una flor masculina y una femenina abiertas a la vez, lo bastante cerca, y con un insecto que viaje de una a otra en el plazo de esos pocos días. La consecuencia es que buena parte de las flores nunca llega a fructificar, y es una de las razones de fondo de la fragilidad del género.

El olor y para qué sirve

El hedor de la Rafflesia abierta se compara con el de un animal muerto, y la comparación es química además de literaria: entre los volátiles que emite predominan compuestos azufrados como el disulfuro de dimetilo, los mismos que produce la carne en descomposición. Algunas especies acompañan la emisión con un ligero aumento de temperatura del tejido floral, que ayuda a dispersar el olor por el sotobosque húmedo y sin viento.

El destinatario no son las abejas ni las mariposas, sino las moscas carroñeras de las familias Calliphoridae y Sarcophagidae, esas moscas azules y verdes metálicas que localizan cadáveres a distancia. Atraídas por el olor, el color y la textura, entran en la cámara floral buscando dónde poner sus huevos y salen impregnadas de polen.

Es un engaño puro, lo que en botánica se llama sapromiofilia: la mosca no obtiene néctar, ni alimento, ni un lugar viable para su descendencia. Las larvas que llegan a eclosionar allí no sobreviven. La planta invierte todo en el reclamo y nada en la recompensa.

Detalle de los lóbulos moteados y la cámara central de la Rafflesia

El ciclo: ni diez años, ni nada parecido

Otra idea muy repetida es que la Rafflesia florece una vez cada diez años. No es así, y merece la pena explicar de dónde sale el equívoco.

El proceso real empieza cuando el endófito, tras años dentro de la liana, forma una protuberancia que rompe la corteza. Ese bulto crece lentamente durante seis a nueve meses, en algunos casos más, pasando del tamaño de una nuez al de una col. Cuando el capullo por fin se abre, la flor permanece en buen estado cinco o seis días, rara vez más de una semana, y a continuación se ennegrece y se deshace en una masa viscosa.

Ahora bien, una misma liana infectada puede tener varios capullos en distintos estados de desarrollo a la vez, y una población puede producir flores varias veces al año. Lo que ocurre es que buena parte de esos capullos aborta antes de abrir: se estima que solo una fracción pequeña llega a floración completa, por daños, sequía, herbívoros o recolección humana. Esa combinación de flor efímera, alta mortalidad de capullos y hábitat remoto es lo que hace tan difícil verla, y lo que con el tiempo se ha condensado en la frase falsa de que florece cada diez años.

Fruto, semilla y una infección improbable

Cuando la polinización prospera, la flor femenina desarrolla un fruto leñoso y redondeado que puede contener decenas de miles de semillas minúsculas embebidas en una pulpa aceitosa. Tardan meses en madurar.

Cómo se dispersan sigue sin estar del todo resuelto. Se apunta a pequeños mamíferos del suelo, tupayas, ardillas terrestres, roedores y quizá elefantes o jabalíes que pisan el fruto y arrastran las semillas pegadas a las pezuñas, y también a las hormigas. La semilla debe llegar por azar a una raíz o un tallo de Tetrastigma con la corteza dañada, germinar allí y penetrar en los tejidos antes de agotarse. Es un cuello de botella extraordinario, y explica por qué las poblaciones son tan localizadas y tan sensibles.

Una parásita que ha robado genes

Al renunciar a la fotosíntesis, la Rafflesia ha perdido el genoma del cloroplasto, algo excepcional entre las plantas con flor. Su ADN es además uno de los casos mejor documentados de transferencia horizontal de genes en plantas: partes significativas de su material genético proceden directamente del huésped Tetrastigma, incorporadas a lo largo de millones de años de contacto íntimo entre ambos tejidos. En términos evolutivos, la parásita se ha llevado piezas del parasitado.

Ese mismo desmantelamiento del cuerpo vegetativo hizo que durante mucho tiempo no se supiera dónde encajarla. Hoy se sabe, por análisis moleculares, que las Rafflesiaceae están emparentadas con las Euphorbiaceae, la familia de las lechetreznas y la flor de Pascua, cuyas flores son diminutas. El aumento de tamaño desde ancestros de flores milimétricas hasta un metro de diámetro es uno de los cambios de escala más llamativos que se conocen en botánica.

Descubrimiento y conservación

La ciencia europea la encontró en 1818 en el suroeste de Sumatra, durante una expedición en la que participaban Thomas Stamford Raffles y el naturalista Joseph Arnold. De ambos nombres salió el binomio Rafflesia arnoldii, publicado poco después por Robert Brown.

Dos siglos más tarde, el género está en una situación delicada. La inmensa mayoría de las especies se consideran amenazadas, y varias están en peligro crítico o se conocen de una sola localidad. Las causas son la deforestación del bosque primario del sureste asiático, en buena parte por plantaciones de palma aceitera, la fragmentación del hábitat, que deja poblaciones demasiado pequeñas para que coincidan flores de ambos sexos, y la recolección de capullos para venta y medicina tradicional. Solo una parte de las especies figura evaluada en las listas rojas internacionales, y una fracción menor de las poblaciones conocidas cae dentro de espacios protegidos.

El cultivo fuera de su hábitat es, a día de hoy, prácticamente inviable. Los pocos éxitos parciales se han logrado trasplantando lianas de Tetrastigma ya infectadas a jardines botánicos del propio sureste asiático, con resultados irregulares. No existe forma de cultivar Rafflesia en España, ni en un invernadero, ni en un botánico, ni por supuesto en una casa: no hay semillas comerciales legítimas, y una semilla sin liana huésped viva no vale de nada.

Lo más parecido que puede verse en España

Aunque la Rafflesia quede fuera de alcance, la Península tiene sus propias plantas holoparásitas sin clorofila, y algunas siguen un guion sorprendentemente similar.

El caso más vistoso es Cytinus hypocistis, que vive dentro de las raíces de jaras y jaguarzos (Cistus, Halimium) y solo asoma en primavera un ramillete de escamas amarillas y anaranjadas a ras de suelo, sin una sola hoja verde. Se encuentra en jarales de buena parte del centro, el oeste y el sur peninsular. También merece mención Cynomorium coccineum, una columna carnosa de color granate oscuro que brota en saladares y suelos salinos del sureste, y las Orobanche, los jopos, que parasitan raíces de leguminosas y compuestas y se ven con facilidad en cunetas y campos de cultivo.

Ninguna alcanza el metro de diámetro ni huele a carroña, pero todas ilustran el mismo camino evolutivo: renunciar a fabricar el propio alimento y quedarse únicamente con lo imprescindible para reproducirse.

En resumen

La Rafflesia es una holoparásita del sureste asiático sin hojas, tallo, raíces ni clorofila, que vive infiltrada dentro de lianas del género Tetrastigma y solo se manifiesta al florecer. Rafflesia arnoldii produce la flor individual más grande del mundo, de alrededor de un metro de diámetro y unos diez kilos, abierta a ras de suelo, no de dos metros de altura: esa cifra corresponde al aro titán, Amorphophallus titanum, que además no es una flor sino una inflorescencia. Su olor a carne podrida es un engaño químico dirigido a moscas carroñeras, y tampoco florece cada diez años: el capullo tarda unos nueve meses en madurar, la flor dura menos de una semana y la mayoría de los capullos ni siquiera llega a abrirse. Es esa suma de exigencias, y no un calendario decenal, lo que la vuelve tan rara de ver y tan vulnerable a la desaparición de su bosque.


Contenidos relacionados