Entre los 1.500 y los 3.000 metros de altitud, en los bosques nublados de la vertiente oriental de los Andes, crece una fucsia que no cabe en una jardinera colgante. Fuchsia boliviana llega a comportarse como arbolito de tres o cuatro metros, con hojas del tamaño de una mano y ramilletes colgantes de flores rojas de tubo larguísimo. Quien la ve por primera vez rara vez la asocia con las fucsias de balcón que se venden cada primavera, y esa confusión de partida explica buena parte de los fracasos al cultivarla.

Este artículo va de eso: de qué planta es realmente, dónde tiene sentido plantarla en España y qué cuidados pide para llegar a florecer como debe.

Ejemplar de Fuchsia boliviana con sus ramilletes colgantes de flores rojas

Qué es exactamente la Fuchsia boliviana

Se trata de una especie botánica, no de un híbrido de jardinería. Pertenece a la familia de las onagráceas y a la sección Fuchsia del género, la misma que agrupa a las fucsias andinas de porte arbustivo. Su área natural cubre Bolivia, el sur de Perú y el noroeste de Argentina, siempre en ambientes de montaña húmeda: niebla frecuente, temperaturas suaves todo el año y muy pocas heladas fuertes.

Morfológicamente es fácil de reconocer. Forma un arbusto leñoso de tallos erectos que con los años se convierte en un pequeño árbol de tronco fisurado, normalmente entre 2 y 4 metros. Las hojas son grandes, ovadas, de hasta 15 cm de largo, algo aterciopeladas al tacto y con nervadura y peciolo teñidos de rojizo. Las flores nacen en panículas colgantes en el extremo de las ramas, a veces con veinte o treinta flores a la vez, y ese detalle es lo que la hace espectacular: no es una flor suelta aquí y allá, es un racimo entero cayendo.

Cada flor tiene un tubo floral estrecho y muy largo, de 5 a 7 cm, que se abre en cuatro sépalos rojos y cuatro pétalos también rojos, más cortos. Esa longitud no es un capricho ornamental: es la medida del pico de los colibríes que la polinizan en su tierra. Existe además una forma de jardín, la conocida como Fuchsia boliviana var. alba (también etiquetada como luxurians 'Alba' en algunos viveros), con el tubo blanco y los sépalos y pétalos rojos, de contraste más llamativo todavía.

Tras la floración vienen bayas alargadas de color púrpura oscuro. Conviene decirlo claro porque circula lo contrario: los frutos de las fucsias no son tóxicos. Todos son comestibles y los de Fuchsia boliviana están entre los mejores del género, dulces y algo aromáticos, aptos para mermelada. Otra cosa es que la planta produzca lo suficiente como para que merezca la pena cosecharla.

Rusticidad: dónde puede vivir en España

Aquí está el filtro que decide todo lo demás. Fuchsia boliviana es una planta de clima fresco y húmedo sin heladas apreciables. Aguanta rozar los 0 °C y algún golpe puntual de -2 °C perdiendo hoja, pero por debajo de -3 o -4 °C la parte aérea muere y con heladas mantenidas se pierde la planta entera. No es una fucsia rústica al estilo de Fuchsia magellanica, que rebrota de cepa año tras año en medio país.

Traducido al mapa peninsular:

Cornisa cantábrica y Galicia. Es su sitio. Veranos templados, humedad ambiental alta, inviernos suaves y suelos que suelen tender a ácidos. En la franja costera de Asturias, Cantabria, País Vasco y buena parte de Galicia vive al aire libre sin más protección que un buen acolchado en la base.

Litoral mediterráneo y sur. El invierno no es problema; el verano sí. El calor seco por encima de 30 °C con aire salino o viento de poniente le quema los bordes de la hoja y le corta la floración en seco. Sólo prospera en patios sombreados, orientaciones norte y jardines con riego generoso y algo de humedad ambiental. En zonas de agua muy caliza hay que contar con riego con agua de lluvia.

Interior peninsular y meseta. Cultivo en maceta grande, fuera en primavera y otoño y a resguardo en invierno. Es perfectamente viable y de hecho es como se cultiva en el resto de Europa continental, pero exige un invernadero frío, una galería o cualquier local luminoso que se mantenga entre 5 y 10 °C sin helar.

Canarias y zonas de medianías. Excelente comportamiento en cotas medias del norte de las islas, que reproducen bastante bien su ambiente de origen.

Ubicación y suelo

Media sombra luminosa. Esta es la segunda idea que hay que ajustar: se repite que las fucsias son plantas de sombra y no es exacto. Lo que no toleran es el sol directo de las horas centrales en verano; la luz, en cambio, la necesitan, y una Fuchsia boliviana plantada en sombra cerrada crece larguirucha, con entrenudos largos y racimos escasos. El sitio ideal es donde reciba sol de primera hora de la mañana o de última de la tarde y sombra filtrada el resto del día: bajo la copa alta de un árbol caducifolio, junto a un muro orientado al este o al norte, en el lado protegido de un seto.

Añade a eso abrigo del viento. Con esas hojas tan grandes y esos ramilletes colgantes, una racha fuerte destroza la floración y desgarra el follaje. Un rincón resguardado vale más que un metro cúbico de abono.

El suelo debe ser fértil, rico en materia orgánica, fresco y bien drenado, con un pH entre 5,5 y 6,5. Los suelos calizos y compactos le sientan mal: la primera señal es la clorosis férrica, hojas amarillas con los nervios verdes. Si el terreno es margoso o pesado, es mejor plantarla en un macizo elevado o directamente en maceta con sustrato preparado.

Una mezcla que funciona bien para contenedor: 60 % de sustrato de plantas acidófilas o turba rubia, 20 % de compost o mantillo bien hecho y 20 % de perlita o fibra de coco. El objetivo es que retenga agua sin encharcar, porque la planta odia por igual la sequía y la asfixia radicular. La maceta definitiva no baja de 40-50 litros para un ejemplar adulto.

Riego, abonado y humedad

Riego regular y abundante en primavera y verano, manteniendo el sustrato siempre ligeramente húmedo. En maceta y con calor puede pedir agua a diario; en suelo, dos o tres riegos semanales según lo que apriete. En invierno se reduce mucho, sobre todo si la planta ha perdido hoja: el sustrato encharcado y frío pudre las raíces en pocas semanas.

Si el agua del grifo es dura —y en buena parte de España lo es—, conviene recoger agua de lluvia o, en su defecto, corregir el riego con quelato de hierro un par de veces por temporada. Es la diferencia entre una planta verde oscura y una planta amarillenta que nunca acaba de arrancar.

El abonado va de marzo a septiembre. Un fertilizante equilibrado cada quince días durante el crecimiento y, en cuanto empiezan a formarse los botones, pasar a uno más rico en potasio, del tipo de los de tomate o los de plantas de flor. Alternativa cómoda: abono de liberación lenta al inicio de la temporada más algún aporte líquido en pleno verano. El exceso de nitrógeno da hoja grande y poca flor, error muy habitual.

La humedad ambiental le beneficia. Pulverizar el follaje a primera hora en días secos ayuda, aunque nunca en pleno sol ni sobre las flores abiertas, que se manchan.

Detalle de las flores de tubo largo de la Fuchsia boliviana

Poda y formación

Florece sobre madera del año, así que la poda no compromete la floración si se hace en el momento correcto: final del invierno, entre febrero y principios de marzo, antes de que arranque el brote. Podar en otoño es un error frecuente, porque deja heridas abiertas y estimula brotes tiernos que la primera helada se lleva por delante.

Hay dos formas de conducirla:

Como arbusto multitronco. Se dejan cuatro o cinco tallos principales, se aclara el centro para que ventile y se acortan las ramas del año anterior a un tercio o la mitad. Da una mata densa y ancha.

Como arbolito. Se selecciona un único eje, se le va quitando la brotación baja durante dos o tres temporadas y se deja formar copa a partir de metro y medio. Es la presentación que más luce, porque coloca los racimos colgantes por encima de la línea de la vista y se ven desde abajo, que es como están diseñados para verse.

Durante la temporada, pinzar los brotes jóvenes por encima del segundo o tercer par de hojas ramifica la planta y multiplica los puntos de floración. Cada pinzamiento retrasa la floración de esa rama unas cuatro a seis semanas, así que conviene dejar de pinzar a mediados de mayo si se quiere flor en pleno verano. Retirar los frutos cuajados prolonga la floración, ya que la planta deja de invertir en semilla.

Multiplicación

Por esqueje es sencilla y es la vía normal. Se toman esquejes de madera semimadura de 8 a 12 cm en verano, o de brote tierno a finales de primavera, se les quitan las hojas inferiores y se dejan dos o tres arriba, reducidas a la mitad si son muy grandes. Se plantan en mezcla de turba y perlita a partes iguales, con humedad alta y temperatura de 18 a 22 °C. Enraízan en tres o cuatro semanas. La hormona de enraizamiento acelera pero no es imprescindible.

Por semilla también funciona: se extraen de las bayas maduras, se limpian de pulpa y se siembran en superficie con luz, a unos 20 °C. Tarda más y las plantas salen algo variables, pero es la forma de obtener ejemplares nuevos si se quiere seleccionar.

Plagas y problemas habituales

Mosca blanca. La plaga clásica de las fucsias. Prolifera en ambientes cálidos y poco ventilados, sobre todo bajo cubierta. Trampas cromáticas amarillas para detectarla pronto y jabón potásico o aceite de neem en aplicaciones repetidas cada cinco o siete días.

Araña roja. Aparece justo con lo contrario: calor seco y aire quieto. Punteado amarillento en el haz y telilla fina en el envés. Aumentar la humedad ambiental es la mitad del tratamiento.

Pulgón. En los brotes tiernos de primavera. Poco grave si se ataja pronto.

Ácaro de las agallas de la fucsia (Aculops fuchsiae). El problema más serio del cultivo de fucsias en Europa occidental, ya presente en Francia y en la fachada atlántica. Deforma los brotes y las flores en masas engrosadas y retorcidas que recuerdan a una coliflor. No hay solución fácil: se cortan y se destruyen —sin compostar— todas las partes afectadas, y en focos persistentes suele ser mejor eliminar la planta que arrastrar el problema. Es motivo suficiente para revisar bien cualquier fucsia nueva antes de meterla en el jardín.

Roya de la fucsia (Pucciniastrum epilobii). Pústulas anaranjadas en el envés y amarilleo en el haz. Se favorece con follaje mojado y mala ventilación. Aclarar la planta, retirar hoja afectada y regar al pie en lugar de por aspersión.

Botritis. Podredumbre gris en flores y brotes en invernaderos húmedos y fríos. Ventilación y menos densidad de plantas.

Invernada

En zonas donde hiela, la estrategia depende de si está en suelo o en maceta. Plantada en el jardín en zona de heladas ligeras, se acolcha la base con 10-15 cm de corteza, hoja seca o paja para proteger el cuello y las raíces; si la parte aérea se quema, se poda en marzo a madera viva y rebrota, aunque tardará en recuperar altura.

En maceta, se entra a un local luminoso y fresco antes de las primeras heladas, se mantiene entre 5 y 10 °C y se riega apenas lo justo para que el cepellón no se seque del todo. La planta perderá parte de la hoja: es normal. Se saca fuera cuando haya pasado el riesgo de helada, aclimatándola progresivamente a la luz durante una semana para que no se queme el follaje nuevo.

Cómo usarla en el jardín

Funciona muy bien como planta focal de un rincón sombreado, sola y con espacio suficiente para que se la vea entera. Formada en arbolito junto a una zona de estar, los racimos quedan a la altura idónea. Acompaña bien a plantas del mismo perfil de suelo ácido y sombra fresca: hortensias, camelias, rododendros, helechos, hostas y acantos como tapizante bajo.

En contenedor grande da mucho juego en patios y terrazas orientadas al norte, donde otras plantas de flor no cuajan por falta de sol directo. Y como argumento adicional, atrae insectos polinizadores durante meses: en España no hay colibríes, pero los abejorros y las esfinges crepusculares —la Macroglossum stellatarum, esa polilla que parece un colibrí en miniatura— la visitan sin descanso.

Un aviso responsable: en varios territorios de clima oceánico templado, como Nueva Zelanda, Hawái o La Reunión, esta especie se ha naturalizado y se considera invasora, porque las aves dispersan la semilla desde los jardines. En la Península no se dan las condiciones para que eso ocurra a esa escala, pero en zonas de monte húmedo del norte conviene retirar los frutos maduros antes de que caigan y no abandonar restos de poda en el entorno natural.

En resumen

Fuchsia boliviana no es una fucsia de temporada, es un arbusto o arbolito de montaña andina que pide media sombra luminosa, resguardo del viento, suelo ácido y fresco, riego constante con agua blanda e inviernos sin heladas fuertes. Con eso cumplido regala meses de racimos colgantes que ninguna otra planta de sombra iguala.

Donde mejor va sin ayuda es en la cornisa cantábrica, Galicia y las medianías canarias. En el resto del país es cultivo de maceta grande con invernada a resguardo, perfectamente factible si se le busca un local fresco y luminoso entre noviembre y marzo. Poda a final de invierno, abonado potásico en floración, vigilancia de mosca blanca y araña roja, y mucho ojo con el ácaro de las agallas al comprar planta nueva. Y sus frutos, contra lo que muchos creen, se pueden comer.


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