Se compra un árbol joven, viene con su caña atada al tronco, y ahí se queda tres o cuatro años, hasta que la brida se ha incrustado en la corteza. O se planta un rosal trepador y no se le pone nada, con lo cual la primera racha de viento de marzo lo tumba con toda la floración encima. En los dos casos el tutor se ha decidido por costumbre, no por criterio.
La pregunta correcta no es tanto cómo poner un tutor como cuándo hace falta y cuándo estorba. Porque un tutor mal puesto, o puesto donde no tocaba, no es neutro: debilita la planta, la deforma o la estrangula.
Para qué sirve realmente un tutor
Un tutor cumple una de estas tres funciones, y conviene tener claro cuál busca antes de clavar nada:
Sujetar el cepellón, no el tronco. En un árbol o arbusto recién plantado, el problema no es que el tronco se doble, sino que la raíz se mueva dentro del hoyo antes de anclarse. Ese movimiento rompe las raicillas nuevas cada vez que sopla el viento y retrasa el arraigo meses.
Guiar el crecimiento. Es el caso de las trepadoras y de cualquier planta que se quiera conducir en una dirección concreta: un rosal en abanico sobre un muro, un jazmín hacia una pérgola, un frutal en espaldera.
Soportar peso. Tomateras cargadas de fruta, dalias, gladiolos, delphiniums, girasoles, peonías: tallos herbáceos que crecen más rápido de lo que engordan y que se parten por su propio peso o con la primera tormenta.
Si lo que tiene delante no encaja en ninguna de las tres, probablemente no necesite tutor.
¿Qué plantas necesitan un soporte o guía?
Trepadoras, todas y siempre. Una trepadora no tiene tallo autoportante: o se agarra a algo o se arrastra por el suelo. Aquí el matiz importante es qué tipo de soporte, porque no todas trepan igual. Las volubles, que enrollan el tallo —glicina (Wisteria sinensis), madreselva (Lonicera), jazmín (Jasminum)—, necesitan algo delgado alrededor de lo cual girar: alambres, cañas, mallas. Las de zarcillos, como la parra o la pasionaria (Passiflora), igual. Las autoadherentes, como la hiedra (Hedera helix) o la parra virgen (Parthenocissus), se agarran solas con raíces adventicias o ventosas y solo necesitan ayuda el primer año, mientras alcanzan el muro. Y las apoyantes, como la buganvilla (Bougainvillea) o los rosales trepadores, no trepan de verdad: se recuestan, y hay que atarlas activamente, porque solas no suben.
Hortalizas de porte alto. Tomate de crecimiento indeterminado, judía de enrame, pepino, guisante de mata alta y pimiento en variedades muy productivas. Aquí el tutor no es estético: mantener la planta erguida y aireada reduce drásticamente los hongos foliares —mildiu, alternaria— porque la hoja se seca antes y no toca la tierra, que es de donde llega la mayor parte de la infección.
Vivaces de flor con tallo largo. Dalias, gladiolos, Delphinium, lirios altos, peonías de flor doble, cosmos. Un dato práctico: en estas plantas el tutor hay que ponerlo en primavera, cuando el brote apenas asoma, no cuando ya está caído. Además de que después es tarde, al clavar la caña junto a una mata desarrollada se atraviesan tubérculos y bulbos que no se ven.
Árboles y arbustos recién plantados, pero solo en ciertos casos. Y este es el punto donde más se abusa. Lo desarrollo aparte.
Plantas de interior de porte columnar. Potos, filodendros y monsteras adultas sobre tutor de musgo o de fibra de coco, que además de sujetar les da un punto de humedad donde las raíces aéreas se agarran; y ejemplares de Ficus o Dracaena muy espigados por falta de luz, aunque aquí el tutor es un parche: el problema real es la iluminación.
Cuándo NO poner tutor a un árbol
Existe la idea de que todo árbol joven debe ir entutorado, y no es cierto. Es más: un árbol atado de forma rígida durante años sale peor parado que uno que nunca se ató.
La razón es fisiológica y está bien documentada. El tronco engorda y forma madera de reacción en respuesta al movimiento. Un árbol que se balancea con el viento reparte más crecimiento hacia la base, desarrolla ese perfil cónico característico —lo que se llama conicidad— y genera un sistema radicular más extendido. Un árbol inmovilizado, en cambio, crece alto y delgado, con la base poco engrosada, y desarrolla menos raíz de anclaje. El día que se retira el tutor, se dobla o se parte. Es un fallo habitual en plantaciones urbanas.
De modo que no ponga tutor si el árbol es pequeño (por debajo de metro y medio), si el emplazamiento está resguardado, si el suelo tiene consistencia suficiente y si el ejemplar tiene un tronco proporcionado. En esos casos, plantar bien y regar bien basta.
Sí ponga tutor cuando concurra alguna de estas circunstancias: viento fuerte y dominante en la zona, árbol de talla grande recién trasplantado con cepellón pequeño en relación con la copa, suelo arenoso o muy suelto que ancla mal, ejemplar con copa injertada sobre un pie fino, o plantación en talud donde la gravedad juega en contra.
¿Cómo colocar un tutor?
Antes que nada: colóquelo en el momento de plantar. Clavar una estaca en un hoyo ya cerrado significa atravesar raíces a ciegas. Si el tutor va con la planta, entra primero en el fondo del hoyo, con la raíz colocada después alrededor.
Elija la altura por lo bajo. Para un árbol, la regla útil es que el punto de atado quede a un tercio de la altura del tronco, aproximadamente a 50-60 cm del suelo. Esto sujeta el cepellón, que es lo que hay que sujetar, y deja que la copa se mueva libremente, que es lo que hace fuerte al tronco. Atar arriba, junto a la cruz, es exactamente lo contrario de lo que conviene.
Clave lo suficiente. Una estaca debe entrar en el suelo firme al menos un tercio de su longitud: para un tutor de dos metros, medio metro enterrado como mínimo. En una tomatera con caña de 1,8-2 m, cuente con 30-40 cm bajo tierra. Si el tutor baila, no sirve de nada.
Sitúelo en el lado por el que llega el viento. Así la planta tiende a separarse de la estaca en lugar de rozar contra ella. En zonas de cierzo, tramontana o poniente marcado esto se nota.
Para árboles, mejor dos o tres estacas que una. Dos estacas clavadas fuera del cepellón, en lados opuestos y perpendiculares al viento dominante, con el atado entre ambas, sujetan mucho mejor y no perforan las raíces. En ejemplares grandes se recurre a tres tensores anclados al suelo, siempre señalizados para que nadie tropiece.
Las ataduras: donde se cometen los errores caros
La mayoría de los daños atribuidos a los tutores son, en realidad, daños de la atadura.
Nunca alambre, cuerda fina ni bridas de plástico directamente sobre el tronco. Ni alambre forrado con un trozo de manguera, que es el apaño clásico y sigue siendo rígido. Use cinta ancha de caucho o de tela, cincha textil o los tensores flexibles con hebilla que se venden para arbolado. La superficie de contacto debe ser ancha para repartir la presión.
Ate en forma de ocho. Cruzando la cinta entre el tronco y la estaca, de modo que quede un separador y ambos no se rocen. El atado debe permitir un par de centímetros de holgura: la planta tiene que poder moverse un poco, no quedar amordazada.
Revise cada primavera. El tronco engorda en una sola temporada más de lo que la gente supone. Una atadura que en marzo estaba floja en septiembre puede estar apretando, y si llega a interrumpir el floema el árbol se estrangula por encima del punto de atado. Esa cicatriz anular hundida que se ve en tantos árboles de calle es exactamente eso, y ya no tiene arreglo.
En herbáceas, ate con rafia, cordel de yute o cinta de tomatera, siempre por debajo de una hoja o de un ramillete, para que el nudo tenga tope y no resbale hacia abajo con el peso.
Qué material usar
Caña de bambú. Barata, ligera y suficiente para hortalizas y flores. Dura dos o tres temporadas y luego se pudre por la base. Conviene desinfectarla entre campañas, o descartarla, porque es un buen refugio de hongos y de huevos de plaga.
Madera tratada en autoclave. Lo estándar para árboles y arbustos. Elija sección redonda de 5-8 cm de diámetro; las estacas finas se pudren justo a nivel del suelo y se parten al segundo invierno.
Varilla metálica o de fibra de vidrio. Duradera y discreta, apropiada para vivaces. El metal se calienta mucho al sol de verano, así que evite el contacto directo con tallos tiernos.
Espirales y jaulas. Las espirales metálicas funcionan bien con tomateras de un solo tallo. Las jaulas cilíndricas son cómodas para pimientos, berenjenas y peonías, porque la mata crece dentro y no hay que ir atando.
Cuerda vertical (entutorado holandés). Es el sistema de invernadero y funciona muy bien en huerto familiar: un alambre horizontal a dos metros, una cuerda por planta bajando hasta la base, y el tallo se va enrollando alrededor conforme crece, sin nudos. Rápido, barato y sin rozaduras.
Mallas y alambres para trepadoras. Separe siempre el soporte del muro unos 5 cm con tacos separadores. Si la planta queda pegada al paramento no circula el aire, aparecen hongos y la humedad daña la pared.
Cuánto tiempo dejarlo puesto
Esta es la parte que se olvida sistemáticamente. En árboles y arbustos, el tutor debe retirarse cuando la planta esté anclada, y eso ocurre normalmente tras una o dos temporadas de crecimiento, es decir, al segundo otoño como mucho. Si a los tres años sigue haciendo falta, el problema no es la falta de tutor: es que el árbol se plantó mal, está en un sitio inadecuado o tiene la raíz enrollada del contenedor.
Una comprobación sencilla: afloje la atadura, empuje suavemente el tronco y mire la base. Si el suelo alrededor no se levanta ni se abre grieta, está anclado y puede retirar el tutor sin miedo.
En trepadoras el soporte es permanente, y en hortícolas se desmonta al final del ciclo. En vivaces se retira con la limpieza de otoño.
En resumen
Ponga tutor cuando la planta no pueda sostenerse por sí misma —trepadoras y apoyantes—, cuando el peso de la producción o de la flor vaya a partir el tallo, o cuando un ejemplar recién plantado esté expuesto a viento o a un suelo suelto que no lo ancle. Fuera de esos supuestos, un árbol joven crece más fuerte sin tutor que con él, porque el movimiento es precisamente lo que engrosa el tronco y desarrolla la raíz.
Y cuando lo ponga: en el momento de plantar, clavado firme, atado bajo, con cinta ancha en forma de ocho, con holgura, revisado cada primavera y retirado en cuanto deje de ser necesario. La estaca olvidada durante años con una brida clavada en la corteza hace más daño que el viento del que pretendía proteger.