La escala del pH es logarítmica, y eso cambia por completo la lectura de los números: entre un agua de pH 6 y otra de pH 8 no hay «dos puntitos» de diferencia, hay cien veces más acidez en la primera. Ese detalle explica por qué un dato que parece menor —el 7,9 que marca el análisis del agua municipal— acaba decidiendo si una camelia vive verde o amarillea año tras año sin que nadie entienda el motivo.

El pH no es un nutriente ni un fertilizante. Es una condición de contorno: el valor que determina en qué forma química están los elementos y, por tanto, si la raíz puede absorberlos o si están ahí, presentes en el análisis, pero inaccesibles. Se puede abonar una hortensia clorótica todos los meses y no ver mejoría alguna, porque el problema no era la falta de hierro sino un pH que lo mantenía precipitado.

Escala del pH con los rangos ácido, neutro y alcalino

Qué mide realmente el pH

El pH mide la concentración de iones hidrógeno libres en una disolución, en una escala de 0 a 14 donde 7 es el punto neutro. Por debajo, medio ácido; por encima, alcalino o básico. Cada unidad multiplica o divide por diez esa concentración.

Lo importante para quien cultiva no es el número en sí, sino su efecto sobre la solubilidad de los nutrientes. En un sustrato alcalino, el hierro, el manganeso, el zinc y el cobre pasan a formas oxidadas e hidróxidos insolubles: la raíz no los puede tomar. El fósforo se combina con el calcio y precipita como fosfatos cálcicos. Por el contrario, en un medio muy ácido, por debajo de 5, el fósforo se bloquea de nuevo (esta vez con hierro y aluminio), el molibdeno desaparece de la disolución, el calcio y el magnesio se lavan con facilidad y el aluminio puede alcanzar niveles tóxicos que queman los ápices radiculares.

De ahí la banda de compromiso que se repite en toda la literatura hortícola: 6,0 a 7,0 en suelo mineral y 5,5 a 6,5 en sustrato de maceta. La diferencia no es un capricho. Un sustrato orgánico tiene mucha menos capacidad de intercambio catiónico por unidad de volumen y absorbe los nutrientes de otra forma, así que se maneja medio punto por debajo.

El agua del grifo en España: el problema no es el pH, es la alcalinidad

Aquí está la creencia que conviene corregir primero. Buena parte de la península se asienta sobre materiales calizos, y el agua de red en Madrid periférico, Levante, Valle del Ebro, Andalucía interior o las dos Castillas suele salir entre 7,5 y 8,3 de pH. Ese número asusta, pero por sí solo no dice casi nada.

Lo que de verdad acidifica o alcaliniza el sustrato a medio plazo es la alcalinidad: el contenido en bicarbonatos y carbonatos, que se expresa en miligramos por litro de carbonato cálcico equivalente o en grados franceses de dureza. Dos aguas pueden marcar ambas 8,0 en el medidor y comportarse de manera opuesta: una con 30 mg/L de bicarbonatos apenas altera nada, y otra con 300 mg/L va subiendo el pH del sustrato riego tras riego hasta dejarlo en 7,5 al cabo de una temporada. El bicarbonato es una reserva alcalina; el pH solo es la foto instantánea.

Como referencia práctica: por debajo de 50 mg/L de bicarbonatos el agua se puede usar sin más; entre 50 y 150 conviene vigilar el sustrato en cultivos sensibles; por encima de 200 hay que acidificar o buscar otra fuente si se cultivan acidófilas. Esa cifra aparece en cualquier análisis municipal, que se publica en la web del ayuntamiento o de la empresa suministradora, y vale más que veinte mediciones caseras.

Un apunte sobre el segundo dato del análisis: la conductividad eléctrica (CE), que mide sales totales. En zonas del sureste es fácil encontrar agua de red por encima de 1.000 µS/cm. Un agua salina daña por otra vía —presión osmótica y toxicidad de sodio y cloruros— y no se arregla bajando el pH. Son dos problemas distintos y se confunden a menudo.

Qué plantas notan la diferencia y cuáles no

No todo el jardín reacciona igual. Hay especies indiferentes que crecen sin protestar entre 5,5 y 7,5, y otras que son intransigentes.

Las acidófilas estrictas quieren entre 4,5 y 5,5: arándano (Vaccinium corymbosum), rododendros y azaleas (Rhododendron spp.), brezos (Erica, Calluna). Regadas con agua caliza se vuelven amarillas en un par de años y no hay abono que lo compense.

En la franja de 5,0 a 6,0 entran camelia (Camellia japonica), gardenia (Gardenia jasminoides), hortensia (Hydrangea macrophylla), pieris y buena parte de las coníferas enanas de jardinería. La hortensia además hace visible el pH: en medio ácido con aluminio disponible da flores azules, y en medio alcalino, donde el aluminio queda bloqueado, se vuelve rosa. No es el pH el que colorea la flor, es el aluminio que el pH permite o impide absorber.

Los cítricos merecen párrafo aparte porque son el caso más habitual de clorosis en España. Toleran bien pH 6 a 7, pero sobre suelos con caliza activa amarillean sin remedio salvo que el patrón sea tolerante. Ahí la elección de portainjerto pesa más que cualquier corrección posterior.

En el otro extremo, lavanda (Lavandula), romero (Salvia rosmarinus), tomillo, adelfa, olivo, higuera, granado o el grueso de las aromáticas mediterráneas viven perfectamente en suelo básico. Intentar acidificarles el terreno es trabajo perdido y, en el caso de la lavanda, contraproducente.

Cómo se lee un desajuste en la planta

El síntoma clásico del pH alto es la clorosis férrica: hoja amarilla con los nervios marcados en verde, y —dato que discrimina— en las hojas jóvenes primero. El hierro es poco móvil dentro de la planta, así que la carencia se manifiesta en el crecimiento nuevo. Si el amarilleo empieza por las hojas viejas y avanza hacia arriba, la sospecha es nitrógeno o magnesio, no pH.

Otras pistas: brotes cortos con entrenudos apretados y hojas pequeñas, floración escasa pese a abonar, o un cultivo que arranca bien en primavera y se estanca en verano cuando la evaporación concentra las sales del riego. En sustrato muy ácido, por debajo de 5, aparecen puntas necróticas, raíces pardas y poco pelo absorbente.

Medir sin engañarse

Hay tres niveles de herramienta y conviene saber qué da cada uno.

Las tiras reactivas valen para saber si se está en 5 o en 8, nada más. Su resolución práctica es de media unidad y en agua poco tamponada dan lecturas erráticas. Sirven de cribado.

Los kits colorimétricos de gotas, los de acuariofilia entre ellos, son bastante mejores de lo que su precio sugiere: leen con una precisión de 0,2 a 0,3 unidades y no necesitan calibración. Para controlar el agua de riego en casa suelen ser suficientes.

El medidor electrónico es la opción seria, pero exige disciplina o miente con mucha convicción. Tres reglas que se incumplen constantemente: hay que calibrarlo con soluciones patrón de 4,01 y 7,01 al menos una vez al mes; el electrodo se guarda en solución de almacenamiento o KCl 3M, nunca en agua destilada (el agua destilada lava los iones del bulbo y arruina la sonda en semanas); y hay que esperar a que la lectura se estabilice, que en agua de baja conductividad puede tardar un minuto largo. Los medidores de varilla que se clavan en la tierra, sin pilas ni calibración, con dos electrodos metálicos, no miden pH de forma fiable: responden a la humedad y a la salinidad del suelo.

Y falta lo más importante: el pH del sustrato no se mide clavando nada. Hay dos métodos caseros que funcionan. El de dilución 1:2 consiste en mezclar un volumen de sustrato con dos de agua destilada, agitar, dejar reposar treinta minutos y medir el líquido. El de drenaje o pour-through es más fino para maceta: se riega la planta hasta capacidad de contenedor, se espera una hora, se vierten unos 100 ml de agua destilada por la superficie y se mide lo que sale por abajo. Este segundo refleja la disolución que están viendo realmente las raíces.

Para el suelo de jardín, lo razonable es una analítica de laboratorio agrícola: cuesta poco, y además del pH informa de caliza activa, materia orgánica, CE y textura, que es la información que de verdad permite decidir.

Medición del pH del agua de riego

Corregir el agua de riego

La forma más limpia de resolver el problema es no crearlo: agua de lluvia. Cae con un pH natural de 5,6 a 6,5 y prácticamente sin bicarbonatos, que es exactamente lo que quiere una acidófila. Un depósito de 500 litros conectado a una bajante cubre la temporada de camelias y arándanos de un jardín pequeño.

Si hay que acidificar el agua de red, las opciones habituales son:

Ácido cítrico. Cómodo, barato y sin riesgo de manipulación. Su inconveniente es que es un ácido orgánico: se degrada rápido por acción microbiana, así que el agua tratada se usa el mismo día y no vale para depósitos de reserva. Además aporta carbono que alimenta biopelículas en el goteo.

Vinagre. Funciona en la misma lógica y con los mismos límites que el cítrico, con la desventaja añadida de que su concentración real es baja y variable, así que hacen falta dosis grandes y el control es malo.

Ácido nítrico o fosfórico diluidos. Es lo que se usa en cultivo profesional. Son estables, muy eficaces y además aportan nitrógeno o fósforo, que hay que descontar del abonado. Exigen precauciones reales: guantes, gafas, y siempre el ácido sobre el agua, nunca al revés.

En todos los casos la regla es la misma: añadir poco, remover, medir y repetir. Las dosis de tabla no sirven porque dependen de la alcalinidad de cada agua, y una vez que se pasa uno de 4,5 el remedio es peor que la enfermedad. Un objetivo prudente para riego general es 6,0 a 6,5; para acidófilas, 5,5.

Sobre el agua de ósmosis: elimina sales y bicarbonatos, pero también deja el agua sin ninguna capacidad tampón, y entonces el pH salta con nada. Regar solo con ósmosis provoca carencias de calcio y magnesio. Lo sensato es mezclarla con agua de red en proporción 1:1 o 2:1, o remineralizarla.

Corregir el sustrato y el suelo

En maceta el control es fácil porque el volumen es pequeño y se puede sustituir. La turba rubia sale de fábrica con pH 3,5 a 4,5 y se corrige con caliza a 5,5-6,0; para acidófilas se busca un sustrato específico sin encalar o con encalado mínimo. La fibra de coco ronda 5,5 a 6,5, pero viene cargada de potasio y sodio y conviene lavarla y tamponarla con calcio antes de usarla en cultivos exigentes.

En suelo de jardín la cosa cambia. Si el análisis da caliza activa —carbonato cálcico libre—, bajar el pH de forma duradera es imposible a escala doméstica: el carbonato actúa como un tampón inagotable y neutraliza cuanto azufre o ácido se aporte. Se pueden echar sacos de azufre elemental durante años y volver al punto de partida cada invierno. En ese escenario la solución no es química sino de diseño: elegir especies calcícolas, o cultivar las acidófilas en maceta grande o en bancal elevado con sustrato propio y riego con agua de lluvia.

Cuando el suelo es alcalino sin caliza libre, el azufre elemental sí funciona, con paciencia: lo oxidan bacterias del género Thiobacillus, un proceso que necesita suelo húmedo y templado y tarda meses. Se aplica en otoño o a principios de primavera, en dosis moderadas y repartidas, y se vuelve a analizar al año siguiente.

Para el caso contrario, un suelo demasiado ácido —situación normal en Galicia, cornisa cantábrica y suelos graníticos del oeste peninsular—, la corrección es sencilla y de toda la vida: caliza molida o dolomita en otoño. La dolomita se prefiere cuando además falta magnesio. Las dosis dependen de la textura: un suelo arenoso necesita bastante menos que uno arcilloso para subir la misma unidad.

Como parche mientras se corrige el fondo, el quelato de hierro resuelve la clorosis. Importa mucho cuál: el Fe-EDTA solo es estable por debajo de pH 6,5 y en suelo calizo se descompone en días; el Fe-DTPA aguanta hasta cerca de 7; el Fe-EDDHA es el único fiable por encima de 7,5, que es justo el terreno donde se necesita. Se aplica al suelo en riego —no a la hoja— a final de invierno o al inicio del brote, y la respuesta se ve en dos o tres semanas. No es una cura: es una muleta que hay que repetir cada temporada.

Cuatro remedios populares que no hacen lo que se cree

Los posos de café no acidifican el suelo. El café usado tiene un pH próximo a la neutralidad, entre 6,2 y 6,8, porque la acidez se va en la infusión. Son un aporte de materia orgánica correcto para el compost, pero como acidificante no sirven, y en capa gruesa sobre la maceta apelmazan y crean costra.

Las cáscaras de huevo no suben el pH a corto plazo. Son carbonato cálcico, sí, pero en trozos y con la membrana pegada tardan años en disolverse. Solo tendrían algún efecto molidas a polvo fino, y aun así en cantidades que nadie acumula en una cocina.

El sulfato de hierro no baja el pH de forma apreciable ni es la primera opción contra la clorosis en suelo calizo. Acidifica muy localmente y el hierro que aporta se precipita enseguida. Su uso legítimo es otro: como antimusgo en césped y como aporte rápido de hierro en suelos ya ácidos.

La «tierra de brezo» del centro de jardinería no siempre es ácida. La denominación no está regulada de forma estricta y bajo ese nombre se venden mezclas muy distintas. Si se cultiva una azalea o un arándano, la etiqueta que importa es la que da el rango de pH del producto, no el nombre comercial.

Una rutina realista

No hace falta convertir el jardín en un laboratorio. Con esto basta para el 90 % de las situaciones domésticas:

Buscar una vez el análisis del agua del municipio y quedarse con dos números: pH y bicarbonatos. Si la alcalinidad es baja, olvidarse del asunto. Si es alta, decidir qué plantas se van a regar con agua de lluvia o acidificada y cuáles no lo necesitan.

Medir el sustrato de las macetas de especies sensibles dos veces al año, al arrancar la primavera y a la salida del verano, con el método del drenaje. Es cuando más se ha desplazado.

Y trasplantar con criterio: en maceta, el sustrato se agota y se alcaliniza, y renovarlo cada dos o tres años corrige más pH que cualquier producto embotellado.

En resumen

El pH no alimenta, pero decide qué puede comer la planta. En sustrato se busca 5,5-6,5 y en suelo 6,0-7,0, salvo acidófilas, que bajan a 4,5-5,5. Del agua de riego importa más la alcalinidad —los bicarbonatos— que el número de pH, porque es la reserva que va empujando el sustrato hacia arriba con cada riego. Se mide con kit colorimétrico o con medidor calibrado, y el sustrato se analiza por dilución 1:2 o por drenaje, nunca clavando una varilla. Se corrige con agua de lluvia, con ácido bien dosificado o con azufre y caliza según el sentido, aceptando que en suelo con caliza activa la batalla está perdida y lo inteligente es elegir otras especies o cultivar en contenedor. Y los remedios de cocina —posos, cáscaras, vinagre— no mueven la aguja lo suficiente como para confiarles la salud de una camelia.


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