Un vaso de yogur con tres agujeros en el fondo germina un tomate exactamente igual que un alvéolo de plástico comprado para ello. Conviene tenerlo presente antes de gastar dinero, porque en la siembra doméstica la lista de cosas imprescindibles es corta y la de cosas que se venden como imprescindibles es larguísima.
El huerto de casa (macetas, mesa de cultivo, jardineras en la terraza, un par de metros de bancal elevado) plantea problemas distintos a los del huerto en suelo. No hace falta mover tierra, no hay que abrir surcos ni desterronar, y en cambio hay que hilar mucho más fino con el riego, con el volumen de sustrato y con el manejo de plantas jóvenes en un espacio en el que cualquier error de humedad se paga en dos días. Las herramientas van en esa dirección: pequeñas, precisas y pocas.
Lo mínimo para sembrar
Para pasar de semilla a planta trasplantable solo hacen falta cuatro cosas: un recipiente con drenaje, un sustrato adecuado para germinar, una forma de mojar sin arrastrar y una etiqueta. Todo lo demás es comodidad o mejora del porcentaje de nascencia, y algunas de esas mejoras merecen mucho la pena, pero conviene saber dónde está la línea.
La etiqueta parece lo más prescindible de la lista y es justo lo contrario. En febrero, un alvéolo de pimiento y uno de tomate son indistinguibles durante semanas, y las variedades de una misma especie lo son durante meses. Un lápiz de grafito sobre una tira de persiana vieja o sobre plástico blanco aguanta la intemperie mejor que los rotuladores llamados permanentes, que se borran con el sol y el riego en un par de meses.
Semilleros: material, volumen y profundidad
El factor que más pesa no es el material, sino el volumen de cada celda y su profundidad. Las bandejas de 104 o 150 alvéolos que se usan en producción profesional están pensadas para trasplantar a los 25-30 días con un calendario ajustado; en casa, donde el trasplante se retrasa porque no llega el buen tiempo o porque no hay hueco, esos alvéolos de 15-20 cm³ se quedan cortos y la planta se ahíla y se descompensa. Para el huerto doméstico van mejor las bandejas de 40 a 60 alvéolos, con celdas de unos 4 × 4 × 6 cm, o directamente macetas individuales de 7 × 7 cm para especies de crecimiento rápido como calabacín, pepino o melón.
Las celdas cónicas y con nervaduras verticales interiores dirigen la raíz hacia abajo y facilitan sacar el cepellón entero de un empujón desde el fondo. Las macetas cuadradas aprovechan mejor el espacio de una mesa de cultivo que las redondas, que dejan huecos entre sí.
Sobre el reciclaje: los envases de yogur, los briks cortados, las hueveras de plástico y los rollos de cartón funcionan, con dos condiciones. La primera, agujeros de drenaje generosos, varios y en el fondo, no en el lateral. La segunda, lavarlos bien; los restos de lácteo o de zumo enmohecen el sustrato en cuanto hay calor y humedad. El cartón de los rollos de papel higiénico tiene un problema añadido: se degrada rápido y se enmohece, y si se trasplanta entero sin romperlo puede tardar en descomponerse y frenar la raíz. Si se usa, hay que rasgarlo al plantar.
Las pastillas de turba prensada son cómodas y caras, y arrastran un fallo típico: si la malla exterior no se retira o no se rasga en el trasplante, estrangula el cepellón. Los alvéolos de fibra o de papel prensado sí se plantan enteros, pero exigen que el bancal esté húmedo de verdad para que se deshagan.
El sustrato de siembra no es el de las macetas
Aquí es donde se pierden más siembras. Un sustrato universal de saco, con su abonado de arranque y su turba gruesa, es demasiado basto y demasiado salino para una semilla pequeña. Lo que necesita un semillero es una mezcla fina, esponjosa, pobre en nutrientes y que retenga humedad sin encharcarse. Las semillas llevan sus propias reservas: no necesitan comida hasta que sacan las primeras hojas verdaderas.
Una mezcla que funciona bien y sale barata: dos partes de turba rubia o de fibra de coco, una parte de humus de lombriz tamizado y una parte de perlita o vermiculita. La vermiculita tiene además un uso específico muy útil: cubrir la siembra con una capa de 3-5 mm en lugar de tierra. Deja pasar la luz, no forma costra al secarse y mantiene el cuello de la plántula aireado, lo que reduce mucho el riesgo de damping-off.
Un tamiz o criba de malla fina (vale un colador de cocina viejo) sirve para dos cosas: retirar los terrones y fibras gruesas del sustrato de la superficie, y espolvorear el recubrimiento de las semillas con espesor uniforme.
Y una advertencia sobre la profundidad, porque es el error más repetido: la regla es enterrar la semilla entre una y tres veces su propio grosor. Lechuga, apio, zanahoria o albahaca prácticamente se siembran en superficie, apenas cubiertas; la lechuga y el apio incluso necesitan luz para germinar bien. Un centímetro de sustrato encima de una semilla de lechuga es suficiente para que no salga ninguna.
Riego: fino arriba o desde abajo
Un chorro de regadera descoloca las semillas, las entierra a distinta profundidad y compacta la superficie. Para semilleros hacen falta dos utensilios:
Un pulverizador de mano de 0,5 a 1 litro para los primeros días, antes y justo después de la nascencia. Regla de higiene: que sea nuevo o esté dedicado solo a agua. Un pulverizador que se ha usado con herbicida no se limpia lo suficiente ni con diez aclarados, y trazas ridículas de glifosato deforman una bandeja entera de plántulas.
Una regadera con roseta fina (de 3 a 5 litros; más grande pesa demasiado lleno para regar con pulso) para el resto del ciclo. Mejor si la roseta es desmontable y se puede orientar hacia arriba: así el agua cae en lluvia y no en chorro dirigido.
La opción más segura, sin embargo, es el riego por subirrigación: una bandeja ciega bajo el semillero, dos dedos de agua, y se deja que el sustrato la absorba por capilaridad durante diez o quince minutos. Después se retira el sobrante. Con esto la superficie queda algo más seca (menos hongos, menos musgo, menos mosquitas del sustrato) y la humedad se reparte de forma uniforme en toda la celda. Cualquier bandeja de horno vieja sirve.
Calor por abajo, luz por arriba
Las solanáceas y las cucurbitáceas necesitan 20-28 °C de sustrato para germinar en un plazo razonable. Un pimiento a 15 °C puede tardar tres semanas o no salir; a 25 °C germina en siete u ocho días. En febrero, en una casa peninsular sin calefacción constante, esa diferencia decide la campaña de tomates.
Un propagador con tapa transparente mantiene la humedad y sube unos grados la temperatura, pero solo funciona bien si se ventila a diario y se retira en cuanto asoman las plántulas: dentro de una campana cerrada y con luz escasa, la planta se estira hasta caerse. Una manta o cable calefactor de semillero, con termostato, es la inversión que más resultado da si se siembra pronto en interior; sin termostato hay riesgo de secar el sustrato desde abajo.
Y el complemento obligatorio del calor es la luz. El error clásico de la siembra de interior es germinar bien en un radiador y criar plántulas larguiruchas y pálidas junto a una ventana que da tres horas de sol al día. Si se siembra en casa en enero o febrero, o se dispone de una galería muy luminosa, o hace falta una pantalla LED de cultivo a 20-30 cm de las plantas durante 14-16 horas diarias. Sin eso, es más sensato retrasar la siembra tres semanas y hacerla en el exterior protegido.
Herramientas de mano para el trasplante
Cuando la planta tiene dos o tres hojas verdaderas llega el repicado, y ahí entran las herramientas pequeñas:
Repicador o plantador de punta. Un palo de madera de un centímetro de grueso y punta roma, o incluso un lápiz. Sirve para abrir el hueco en el nuevo recipiente y para levantar la plántula por debajo del cepellón. La plántula se sujeta siempre por una hoja, nunca por el tallo: una hoja rota se repone, un tallo aplastado mata la planta.
Trasplantadora estrecha. La pala de mano de hoja larga y angosta, mejor que la ancha, porque en maceta y mesa de cultivo se trabaja entre plantas ya establecidas. Que sea de una pieza (hoja y espiga forjadas juntas); las de hoja remachada al mango se aflojan en una temporada.
Escardillo o azadilla de mano de tres dientes para mullir la costra superficial de las macetas y meter el abono de cobertera. En sustrato de mesa de cultivo se usa muy poco, pero en jardineras grandes con riego duro sí hace falta.
Tijeras de precisión, tipo bonsái o de floristería, de hoja fina y recta. Aclarar siembras, desbrotar tomates, cortar hojas viejas y cosechar lechugas de hoja de corte. Desinfectarlas con alcohol al pasar de una planta a otra si hay algún foco de virosis, que en tomate y pimiento se transmiten sobre todo por manipulación.
Sujeción, protección y medida
Después de la siembra hay una segunda tanda de accesorios que se usa el resto del ciclo:
Tutores. Cañas de bambú de 1,2-1,8 m para tomate, o cuerda vertical anclada arriba si hay estructura. Para atar, rafia natural o cinta de goma, y siempre en ocho: una vuelta a la caña y otra al tallo cruzadas, de modo que el tallo no roce ni se estrangule al engordar. La brida de plástico apretada corta el tallo cuando el tomate crece.
Malla antiinsectos de 10 × 20 hilos por centímetro cuadrado. Es el accesorio que más problemas evita en la terraza: sobre un arco de varilla, tapa coles, acelgas y judías y deja fuera a la mariposa de la col, la mosca blanca y el minador. No sirve, en cambio, contra el pulgón alado más pequeño ni contra la araña roja.
Velo o manta térmica de 17-19 g/m² para adelantar siembras al aire libre en marzo y proteger de heladas ligeras; da unos 2-3 °C de margen y deja pasar el agua y buena parte de la luz.
Termómetro de máxima y mínima. Barato y más informativo que cualquier aplicación del móvil, porque mide lo que pasa en la terraza concreta, no en la estación meteorológica de la ciudad. Si se siembra en interior, un termómetro con sonda de sustrato ayuda a calibrar la manta calefactora.
Sobre los medidores baratos de humedad, pH y luz "3 en 1": los de aguja metálica sin electrónica ni pila no miden el pH de forma fiable, responden a la conductividad del suelo húmedo. La función de humedad orienta un poco; la de pH conviene ignorarla. Para saber el pH de verdad hacen falta tiras o kits reactivos, y en sustrato comercial rara vez es un problema.
Higiene del material entre temporadas
Las bandejas y macetas reutilizadas guardan esporas de Pythium, Rhizoctonia y Fusarium de la temporada anterior, que son los responsables del damping-off: la plántula sale, se estrangula por el cuello y cae de lado a los pocos días. Lavarlas con agua y un cepillo para quitar los restos de sustrato, y sumergirlas después diez minutos en una solución de lejía al 1 % (unos 100 ml de lejía doméstica en 10 litros de agua), aclarando bien, corta de raíz esos brotes.
El sustrato usado de las macetas del año pasado, en cambio, no se reutiliza para semilleros. Está agotado, compactado y a menudo contaminado; sirve para rellenar el fondo de jardineras grandes mezclado con compost, no para germinar.
Lo que puedes ahorrarte
Las mini-palas decorativas de acero fino y mango de madera barnizada se doblan a la tercera maceta. Los kits de "huerto urbano completo" suelen traer un sustrato pobre y unas semillas de vigor discutible. Los geles y polvos "estimuladores de germinación" no compensan un sustrato frío. Y las lámparas LED de espectro morado de bajo precio dan menos luz útil de la que anuncian: un panel de LED blanco de espectro completo, con vatiaje real declarado, rinde mejor y deja ver el color verdadero de las hojas, que es como se detecta a tiempo una carencia.
El dinero, si va a alguna parte, que vaya a tres sitios: sustrato de siembra de calidad, semillas frescas de origen fiable y luz suficiente. Con eso y un juego de recipientes reciclados sale una campaña entera de plantel.
En resumen
Sembrar en casa exige poco material y mucho criterio. Bandejas de alvéolo mediano o macetas de 7 cm en vez de celdas minúsculas; sustrato fino y pobre, no el universal del saco; vermiculita para cubrir; riego por pulverización o por bandeja, nunca a chorro; calor de fondo para solanáceas y luz abundante en cuanto asoman los cotiledones. Después, un repicador, una trasplantadora estrecha, unas tijeras finas, tutores atados en ocho y una malla antiinsectos cubren el resto del ciclo. Y dos hábitos que no cuestan nada: etiquetar con lápiz todo lo que se siembra y desinfectar los recipientes antes de volver a usarlos.