El tomate (Solanum lycopersicum) es, junto al calabacín y el pimiento, uno de los cultivos más exigentes del huerto familiar. Una mata indeterminada bien conducida puede pasar cinco meses en el suelo, alcanzar dos metros y producir entre cuatro y seis kilos de fruta. Eso no sale de la nada: sale del suelo, y hay que reponerlo.

Pero abonar tomates no consiste en echar más. Consiste en echar lo que toca en cada momento del ciclo. La mayoría de los fracasos que se atribuyen a "falta de abono" son en realidad lo contrario: matas enormes, verdísimas y sin apenas fruto, resultado de un exceso de nitrógeno que se lo llevó todo a la hoja.

Tomates madurando en la planta

Qué extrae de verdad una tomatera

El dato que ordena todo lo demás: el tomate consume aproximadamente el doble de potasio que de nitrógeno, y bastante menos fósforo que cualquiera de los dos. Por cada 100 kg de fruta recolectada, el cultivo retira del orden de 200 a 300 gramos de nitrógeno, unos 50 a 100 de fósforo (expresado como P2O5) y entre 400 y 500 de potasio (como K2O).

De ahí que los abonos específicos para tomate tengan siempre la tercera cifra más alta que la primera: 4-6-8, 3-5-8, 5-5-12 y similares. Si compras un abono para tomate cuya cifra de nitrógeno domina, o estás comprando un abono universal mal etiquetado o te van a salir hojas.

Además del NPK, hay dos elementos que en el tomate dan más problemas que ningún otro:

  • Calcio, implicado en la podredumbre apical, esa mancha negra y hundida en el culo del tomate.
  • Magnesio, corazón de la molécula de clorofila, cuya carencia amarillea las hojas bajas justo cuando la planta está cargada de fruto.

El abonado de fondo: la parte que se hace antes de plantar

Es la más importante y la que más se descuida. El abonado de fondo aporta materia orgánica, que no solo nutre: mejora la estructura del suelo, aumenta su capacidad de retener agua y sostiene la vida microbiana que hace disponibles los minerales.

En un huerto de suelo, la referencia práctica es de 3 a 5 kg por metro cuadrado de estiércol bien compostado o compost maduro, incorporado en los primeros 20 o 25 centímetros. El momento ideal en la Península es el invierno anterior, entre diciembre y febrero, para que tenga tiempo de integrarse antes del trasplante de abril o mayo. Si vas con el tiempo justo, hazlo al menos tres o cuatro semanas antes de plantar.

Aquí está el error clásico del huerto: el estiércol fresco no se usa nunca en tomate. Sin compostar libera amoniaco que quema las raíces, arrastra semillas de hierbas y patógenos, y su descomposición inicial inmoviliza nitrógeno mientras los microorganismos digieren la paja. Un estiércol listo huele a tierra, no a establo, y ya no se distinguen en él ni las briznas de paja ni su origen.

No todos los estiércoles son iguales:

  • Vacuno: el más equilibrado y suave, con mucha materia orgánica y poca concentración. El más recomendable como base.
  • Ovino y caprino: más concentrado y más rico en potasio. Se usa en menor cantidad, unos 2 o 3 kg por metro cuadrado.
  • Equino: ligero y aireante, muy bueno para suelos arcillosos y compactos, pero suele venir con mucha paja y necesita compostaje largo.
  • Gallinaza: muy rico en nitrógeno y fósforo, y muy fácil de pasarse. Solo peletizada o bien compostada, y a dosis pequeñas.
  • Humus de lombriz: no es tanto un abono como un mejorador biológico. Aporta poco NPK, pero mucha vida microbiana y nutrientes muy asimilables. Un par de puñados en el hoyo de plantación es una buena costumbre.

Si tu suelo es pobre en fósforo, este es el momento de corregirlo: el fósforo se mueve muy poco en el suelo y de nada sirve echarlo por encima en julio. La harina de huesos, a unos 100 gramos por metro cuadrado, o un complejo con fósforo alto, van en el fondo, no en cobertera.

El tomate cambia de dieta a mitad de camino

Este es el concepto que separa una cosecha decente de una buena. La tomatera tiene dos fases con necesidades opuestas y hay que abonarlas distinto.

Del trasplante al primer ramillete

Desde que plantas hasta que cuaja el primer racimo, que en la Península suele ser un mes o mes y medio, la planta construye raíz, tallo y hoja. Necesita nitrógeno, pero moderado, y fósforo para el enraizamiento. Con un buen abonado de fondo normalmente no hace falta añadir nada en estas primeras semanas.

Si la planta va lenta, un aporte suave de nitrógeno la arranca: un abono equilibrado tipo 7-7-7 a razón de 20 o 30 gramos por planta, o un riego con purín de ortiga diluido al 10 %. Y aquí conviene un matiz: una tomatera algo justa de nitrógeno al principio cuaja mejor que una sobrealimentada. El exceso de nitrógeno en esta fase produce tallos gruesos y huecos, entrenudos largos, hojas enormes y rizadas hacia abajo, y aborto de las primeras flores. Además, la planta se vuelve blanda y se convierte en un imán para el pulgón y para la mosca blanca.

Del primer fruto al final de la cosecha

En cuanto el primer ramillete tiene tomates del tamaño de una nuez, cambia el chip: ahora manda el potasio. Es el elemento que llena el fruto, mejora el calibre, sube el contenido en azúcares y ácidos (es decir, el sabor) y da color uniforme. Un tomate con potasio corto madura con hombros amarillos o verdes que no llegan a rojear, y sabe a poco.

A partir de ese momento se abona cada 10 o 15 días hasta un par de semanas antes del final del cultivo, con un producto de potasio alto. En la práctica:

  • Abono líquido específico de tomate (tipo 4-6-8 o 3-5-8) diluido según envase, normalmente 2 o 3 ml por litro, en el agua de riego.
  • Complejo granulado de baja proporción de nitrógeno, unos 30 o 40 gramos por metro cuadrado, esparcido alrededor de la planta sin tocar el tallo, ligeramente enterrado con la azadilla y regado a continuación.
  • Purín de consuelda (Symphytum officinale) diluido al 10 %, que es probablemente el mejor abono orgánico casero de potasio que existe para tomate.
  • Ceniza de madera, con cabeza. Aporta en torno a un 5 % de potasio y bastante calcio, pero sube el pH y sala el suelo si te pasas. Un máximo de 100 gramos por metro cuadrado al año, y nunca en suelos ya calizos, que son la mayoría de los del centro y este peninsular.

Podredumbre apical: lo que casi nadie explica bien

La mancha negra, seca y hundida en la base del tomate es la necrosis apical, y es el problema por el que más gente sale corriendo a comprar calcio. En la inmensa mayoría de los huertos españoles, sobre suelos calizos con calcio de sobra, echar más calcio no la soluciona.

El motivo es que no se trata de un problema de cantidad, sino de transporte. El calcio viaja por el xilema arrastrado por la corriente de transpiración, y llega mal a los órganos que transpiran poco, como un fruto en engorde. Cuando el riego es irregular (sequía seguida de un empacho de agua), cuando hace mucho calor y la planta cierra estomas, o cuando un exceso de nitrógeno amoniacal, potasio o magnesio compite con el calcio en la absorción radicular, el fruto se queda sin él aunque el suelo esté lleno.

La solución real, por orden de eficacia:

  • Regar de forma regular y constante. Riego por goteo, poco y a menudo, en vez de encharcar cada cuatro días. Esto solo resuelve la mayoría de los casos.
  • Acolchar el suelo con paja o restos vegetales para amortiguar los cambios de humedad, imprescindible en verano castellano o andaluz.
  • No abusar del nitrógeno ni del potasio durante el engorde.
  • Solo si lo anterior está bien y el problema persiste, un aporte de cloruro o nitrato cálcico foliar o en riego.

Y una advertencia sobre el remedio más repetido de internet: las cáscaras de huevo trituradas no previenen la podredumbre apical. Son carbonato cálcico y necesitan meses o años de meteorización en suelo ácido para liberar algo de calcio. Puestas en el hoyo el día del trasplante no llegan a tiempo de nada.

Magnesio: las hojas bajas amarillas de agosto

Es una escena típica: la planta va cargada de fruta y las hojas de abajo empiezan a amarillear entre los nervios, que se mantienen verdes, dibujando una especie de espina de pescado. No es vejez ni hongo: es carencia de magnesio, provocada porque la fruta en engorde tira de él y porque un potasio alto compite con su absorción.

Se corrige rápido con sulfato de magnesio (sal de Epsom) pulverizado sobre la hoja a razón de 5 a 10 gramos por litro de agua, al atardecer, repitiendo a los diez días. La vía foliar funciona porque salta el bloqueo radicular. Lo que no hay que hacer es echar sal de Epsom por sistema, sin síntomas: el magnesio en exceso compite a su vez con el calcio y agrava la podredumbre apical.

Tomates en maceta: otro juego

En balcón o terraza, todo lo anterior se acelera. El sustrato no tiene reservas, el riego diario lava los nutrientes por el drenaje y la planta depende por completo de ti.

  • Volumen mínimo: 25 o 30 litros por planta. En macetas de 15 litros no hay tomatera indeterminada que aguante el verano sin estrés hídrico continuo, y con estrés hídrico llega la podredumbre apical y el agrietado.
  • El sustrato comercial trae abono para unas cuatro o seis semanas. Pasado ese plazo hay que empezar a abonar sí o sí.
  • Lo que mejor funciona es fertirrigar: abono líquido de tomate diluido a la mitad de la dosis del envase, en uno de cada dos o tres riegos, en vez de una dosis fuerte cada quince días.
  • Mezclar en el sustrato inicial un puñado de abono de liberación lenta y otro de humus de lombriz reduce mucho el margen de error.

Errores frecuentes

Abonar con nitrógeno en plena producción. Un aporte fuerte de nitrógeno en julio rejuvenece la planta, que reactiva el crecimiento vegetativo, retrasa la maduración y produce frutos huecos y sosos.

Echar el abono granulado pegado al tallo. Las raíces absorbentes están en la periferia, bajo la proyección de la copa. En el cuello solo consigues quemar.

Abonar sobre suelo seco. Igual que en maceta, el fertilizante concentrado sobre raíces deshidratadas quema. Se riega antes o se aplica ya disuelto.

Confundir carencia con otra cosa. Hojas viejas amarillas de forma uniforme y planta parada apuntan a nitrógeno; amarilleo internervial abajo, a magnesio; bordes de hoja secos y quemados con frutos pequeños, a potasio; tonos morados en el envés y planta raquítica con frío, a fósforo poco disponible, algo habitual en trasplantes tempranos con suelo aún frío y que suele corregirse solo al subir la temperatura.

Ignorar el pH. El tomate se mueve cómodo entre pH 6 y 6,8. Por encima de 7,5, frecuente en suelos calizos, se bloquean el hierro, el manganeso y el fósforo por mucho abono que eches. Ahí la respuesta es materia orgánica, quelatos y abonos de reacción ácida, no más dosis.

Creer que la cáscara de plátano abona. Es rica en potasio, sí, pero solo lo libera al descomponerse, un proceso lento; enterrar cáscaras junto a la planta aporta una cantidad insignificante en el momento en que la planta la necesita, y de paso atrae mosca del vinagre. Si quieres aprovecharlas, échalas al compost o macéralas en agua unos días y riega con ese líquido; el sitio de la cáscara es la compostera, no el pie del tomate.

Calendario orientativo para la Península

  • Diciembre a febrero: abonado de fondo con estiércol compostado o compost, más fósforo si el suelo es pobre.
  • Febrero-marzo: semillero protegido.
  • Abril-mayo: trasplante, pasado el riesgo de heladas. En el litoral mediterráneo y el sur, desde marzo; en el interior norte y zonas de montaña, hasta bien entrado mayo. Humus de lombriz en el hoyo; nada más.
  • Cuatro a seis semanas después del trasplante, con el primer ramillete cuajado: comienza el abonado de cobertera con potasio alto, cada 10 o 15 días.
  • Junio a septiembre: se mantiene el ritmo, se vigila el magnesio en las hojas bajas y se cuida sobre todo la regularidad del riego.
  • Dos semanas antes de arrancar la planta: se suspende el abonado.

En resumen

El tomate quiere materia orgánica bien compostada en el fondo, antes de plantar, y a partir del primer fruto cuajado un abonado de cobertera con más potasio que nitrógeno, cada 10 o 15 días, sobre suelo húmedo y lejos del cuello de la planta. El error que más cosecha cuesta es el exceso de nitrógeno, que da matas espectaculares y cestas vacías. La podredumbre apical se combate regando de forma regular y acolchando, no comprando calcio, y el amarilleo internervial de las hojas bajas se resuelve con sulfato de magnesio foliar solo cuando aparece. En maceta, volumen grande y abono diluido en casi cada riego. Con eso, y con un suelo que no se seque a rachas, la planta hace el resto.


Contenidos relacionados