En un huerto sinérgico el suelo no se voltea nunca. Tampoco el primer año, que es cuando más tienta hacerlo. Ni azada, ni motocultor, ni siquiera esa pasada "ligera" para desterronar antes de sembrar. Quien no está dispuesto a aceptar esa restricción está haciendo otra cosa, que puede estar muy bien, pero no es agricultura sinérgica.

De dónde sale y qué propone

El sistema lo formuló Emilia Hazelip (1937-2003), agricultora catalana afincada durante años en el sur de Francia, a partir de los años ochenta. Su punto de partida fue el trabajo del japonés Masanobu Fukuoka y su "agricultura natural", expuesta en La revolución de una brizna de paja. Hazelip vio que las técnicas de Fukuoka, pensadas para el clima húmedo y monzónico de Shikoku, no se podían trasplantar tal cual al Mediterráneo, e hizo el trabajo de adaptación: bancales elevados permanentes, acolchado continuo y una organización del cultivo pensada para veranos secos y suelos pobres.

La idea de fondo es que un suelo fértil se autofertiliza si se le deja funcionar. En un bosque nadie labra, nadie abona y nadie riega, y sin embargo la biomasa producida cada año es enorme. Eso ocurre porque hay una comunidad de raíces, hongos, bacterias y fauna trabajando de forma continua, con la materia orgánica reciclándose en superficie. La agricultura sinérgica intenta recrear ese funcionamiento dentro de un huerto de hortalizas.

El adjetivo "sinérgica" viene precisamente de ahí: de la sinergia entre plantas, suelo y microorganismos. Lo que aporta cada elemento al conjunto es mayor que lo que aportaría por separado. Una leguminosa no solo da judías: fija nitrógeno que aprovecharán sus vecinas. Un ajo no solo da ajo: su exudado radicular incomoda a algunos hongos del suelo.

Los cuatro principios

Hazelip los enunció de forma muy escueta y conviene entenderlos con su razonamiento detrás, porque de otro modo parecen arbitrarios.

1. No alterar la estructura del suelo. El suelo no es tierra suelta: es un edificio con planta baja y pisos, con hongos micorrícicos tendidos como cables, con galerías de lombriz que llegan a un metro de profundidad, con agregados pegados por sustancias que producen las bacterias. Cuando se pasa un motocultor, ese edificio se derrumba. Los hongos aerobios de la superficie se entierran y mueren, las bacterias anaerobias del fondo salen y mueren, se rompen las galerías y el suelo pierde su capacidad de infiltrar agua. El efecto visible del laboreo —tierra esponjosa, bonita, oscura— es la mineralización acelerada de la materia orgánica, o sea, quemarla. De ahí que un huerto labrado cada año pida cada año más abono.

2. No compactar el suelo. Si no se labra, hay que asegurarse de no pisar. De ahí que el sistema se organice en bancales permanentes con pasillos fijos: se pisa siempre en el mismo sitio y en el bancal no entra ni un pie, ni una rueda de carretilla. Esta es la razón real de los bancales elevados, y no la estética.

3. No dejar el suelo desnudo. El suelo se cubre con acolchado vegetal permanente, con cultivos, o con ambos. Un suelo desnudo se compacta con la lluvia, se costra, se erosiona, pierde agua por evaporación y alcanza en verano temperaturas superficiales que matan la vida microbiana. Bajo diez centímetros de paja, el mismo suelo en agosto puede estar quince grados más fresco y húmedo al tacto.

4. No aportar fertilizantes ni compost externo. La fertilidad la genera el propio sistema: raíces que quedan en el suelo al cosechar, restos de cultivo cortados y dejados encima, leguminosas asociadas, acolchado que se descompone. Este es el principio más radical y el más discutido, y merece que hablemos de él con honestidad más adelante.

Bancal de huerto sinérgico con hortalizas asociadas

El bancal: medidas y construcción

El bancal sinérgico es un lomo de tierra elevado, de sección trapezoidal o abombada, que se construye una vez y ya no se deshace. Las medidas de referencia son:

Anchura de la coronación: 100-120 cm. El criterio no es agronómico sino de brazos: hay que llegar al centro desde cualquiera de los dos lados sin apoyar la rodilla. Si el huerto lo lleva alguien de estatura baja, 90 cm es mejor medida que 120.

Altura: 40-50 cm sobre el nivel del pasillo. Esa elevación cumple varias funciones a la vez: aumenta el volumen explorable por las raíces sin labrar, drena, calienta antes en primavera, evita el encharcamiento del cuello y ahorra espalda al trabajar. En suelos muy sueltos y secos puede bajarse a 30 cm, porque un bancal alto en suelo arenoso se seca demasiado.

Anchura del pasillo: 50-60 cm, suficiente para pasar con comodidad. El pasillo también se acolcha, con material más basto: paja vieja, restos de poda triturados, cartón, astilla.

Longitud: la que se quiera, aunque por encima de diez o doce metros se acaba cruzando por encima del bancal por pereza, así que conviene partirlo.

Para construirlo se traza el bancal, se descompacta si hace falta con horca de doble mango —clavar y hacer palanca, sin voltear— y se sube la tierra del pasillo al bancal. Esta es la única vez en la vida del bancal en la que se mueve tierra. Después se instala el riego, se acolcha y se siembra.

El momento ideal para levantarlos en clima peninsular es el otoño: se construyen en octubre, se siembra un abono verde de leguminosas (habas, veza, guisante forrajero) que enraíza durante el invierno y estructura el suelo, en febrero-marzo se siega a ras dejando las raíces dentro y los restos encima, y sobre eso se acolcha y se planta la campaña de primavera. Ese medio año de espera es la diferencia entre un bancal que funciona desde el primer año y uno que decepciona.

El riego va debajo del acolchado

Con el bancal cubierto de paja, regar por encima es tirar el agua: la paja se empapa, retiene y evapora, y al suelo llega una fracción. La solución estándar es una o dos líneas de goteo o de tubería exudante tendidas sobre la tierra, bajo el acolchado, colocadas antes de acolchar.

Con dos líneas separadas unos 40 cm en un bancal de 120 cm, el bulbo húmedo se solapa y moja prácticamente toda la anchura útil. La exudante da un humedecimiento más uniforme y va bien en bancal estrecho; el goteo se atasca menos con aguas duras y permite regular caudal por sectores. En cualquiera de los dos casos, el consumo de agua respecto a un huerto convencional descubierto baja mucho, del orden de la mitad en verano mediterráneo.

El acolchado, con sus letras pequeñas

La cobertura habitual es paja de cereal, en capa de 10-15 cm una vez asentada, repuesta cada temporada porque se descompone. También sirven la hierba segada del propio terreno (en capas finas, porque en capa gruesa fermenta y se pudre en masa), la hoja seca, la paja de leguminosa, los restos de trilla o el helecho.

Ahora las advertencias, que no siempre se cuentan:

Paja con herbicidas persistentes. Es un problema real y creciente. Los herbicidas del grupo de las piridinas carboxílicas —aminopiralid, clopiralid— usados en cereal y en pradera atraviesan intactos el compostaje y la digestión del ganado, y permanecen activos en la paja y el estiércol durante meses o años. Sobre un bancal acolchado con esa paja, las tomateras, las leguminosas y las umbelíferas salen con hojas retorcidas en cuchara y crecimiento detenido, y no hay arreglo posible salvo retirar todo y esperar. Antes de acolchar un huerto entero con paja de origen desconocido, conviene hacer la prueba: sembrar unas judías o unos guisantes en un tiesto con esa paja mezclada y ver qué pasa en tres semanas.

Babosas y caracoles. Bajo el acolchado húmedo tienen refugio, sombra y comida. En la cornisa cantábrica, en Galicia o en cualquier primavera lluviosa, el acolchado puede multiplicar el daño en plántula. No invalida el sistema, pero obliga a plantar con planta más desarrollada en vez de sembrar directamente, a revisar bajo la paja por la mañana temprano y a dejar un cerco despejado alrededor de los trasplantes recientes.

Retraso del calentamiento en primavera. El acolchado aísla, y eso en marzo juega en contra: el suelo tarda más en alcanzar los 12-15 °C que piden las solanáceas y las cucurbitáceas. La práctica correcta es apartar el acolchado de la zona de plantación dos o tres semanas antes, dejar que el sol caliente la tierra y volver a cerrarlo alrededor de la planta una vez establecida.

Roedores. El acolchado permanente es un hotel para topillos y ratones de campo en zonas donde los hay. Si aparecen galerías, hay que actuar, porque se comen raíces y bulbos con eficacia notable.

Asociaciones: qué se planta con qué

El bancal sinérgico no se cultiva en monocultivo por tablas, sino con mezclas de familias en el mismo espacio y al mismo tiempo. La lógica de las asociaciones es sencilla si se piensa en cuatro papeles:

Las que aportan nitrógeno. Leguminosas, siempre presentes en el bancal en alguna forma: habas y guisantes en invierno, judías en verano, trébol o veza como cubierta. Fijan nitrógeno atmosférico mediante Rhizobium y lo dejan en el suelo cuando se cortan y se abandonan las raíces. Este es el motor de fertilidad del sistema y no es opcional.

Las que ocupan estratos distintos. Una planta alta y de raíz profunda con una baja y de raíz superficial no compiten: se reparten. Maíz o girasol con calabaza y judía de enrame es la asociación clásica y funciona. Lechuga bajo tomate, rabanito entre zanahoria, espinaca a la sombra de las habas.

Las de efecto sanitario. Las liliáceas —ajo, cebolla, puerro, cebollino— intercaladas entre fresas, zanahorias o rosales reducen problemas fúngicos y confunden a algunos insectos por olor. Las aromáticas de borde (tomillo, romero, salvia, hisopo, ajedrea) tienen el mismo papel y además duran años.

Las que atraen fauna útil. Umbelíferas y compuestas en flor —eneldo, cilantro, hinojo, caléndula, tagetes, aciano— alimentan a sírfidos, crisopas y avispas parasitoides, que son quienes controlan el pulgón de verdad. Dejar florecer una zanahoria o un puerro del año anterior en una esquina del bancal es de las cosas más rentables que se pueden hacer.

Y sobre esa mezcla se aplica una rotación por familias: en el mismo punto del bancal no debe repetirse la misma familia botánica antes de tres o cuatro años. La ausencia de laboreo no exime de rotar; al contrario, en suelo no removido los patógenos específicos de raíz persisten igual y la rotación es la única herramienta seria contra ellos.

Hortalizas y verduras recolectadas en el huerto

Cómo se cosecha sin descolocar el sistema

Es un detalle operativo pequeño con consecuencias grandes. Cuando termina un cultivo, no se arranca: se corta a ras de suelo con una hoz o una tijera, y la parte aérea se deja como acolchado sobre el propio bancal.

La razón es doble. Primero, la raíz que se queda en el suelo se descompone in situ y deja un canal por el que circulan aire, agua y raíces del cultivo siguiente. Segundo, esa raíz es materia orgánica ya repartida en profundidad, que ningún compost superficial puede imitar. En hortalizas de raíz —zanahoria, remolacha, patata— la cosecha obliga a extraerlas, evidentemente, pero se hace de forma puntual, sin voltear el bancal.

El sustituto entra en el hueco que deja el anterior: se planta antes de retirar del todo el que se va, de modo que el bancal nunca queda vacío. Esta continuidad es la que mantiene raíces vivas en el suelo todo el año, que es lo que alimenta a la microbiología.

Dónde el sistema se pone difícil

Un artículo útil tiene que decir también lo que no funciona, y en agricultura sinérgica hay dos puntos que conviene mirar de frente.

El principio de no aportar nada choca con el balance de nutrientes. Cada vez que se saca del huerto un cesto de tomates o de patatas, salen con él fósforo, potasio, calcio y magnesio que no vuelven. La fijación de nitrógeno por leguminosas repone nitrógeno, pero no repone potasio ni fósforo: esos solo pueden venir del propio suelo, de la meteorización lenta de la roca madre o de fuera. En un suelo profundo y bien dotado, la extracción de un huerto familiar es pequeña y el sistema aguanta décadas. En un suelo somero, arenoso y pobre, la descapitalización se nota en cuatro o cinco campañas: calibres cada vez menores, plantas raquíticas, fructificaciones que no cuajan.

Lo que hacen en la práctica quienes llevan años con estos bancales es flexibilizar ese cuarto principio, y con buen criterio. El propio acolchado de paja traído de fuera ya es un aporte considerable de carbono y de potasio; la ceniza de leña en dosis pequeñas repone potasio y calcio; el estiércol muy hecho extendido en superficie, sin enterrar, no altera la estructura del suelo y no contradice los tres primeros principios. Hay quien lo llamará impureza doctrinal. Agronómicamente, es lo sensato: exportar cosecha sin devolver nada es una cuenta que no cuadra a largo plazo.

El sistema es exigente en biomasa y en los primeros años. Mantener 10-15 cm de acolchado sobre todos los bancales exige un volumen de material que no siempre se tiene, y comprarlo cuesta dinero. Y el primer año, mientras la vida del suelo se recupera del laboreo previo, los rendimientos suelen ser menores que en un huerto convencional bien abonado. La curva sube a partir del segundo o tercer año y ahí es donde se ven las ventajas: menos agua, menos horas de trabajo, menos hierbas, suelo cada vez mejor. Quien juzgue el sistema por la primera campaña lo juzgará mal.

Lo que no es agricultura sinérgica

Se confunde a menudo con conceptos vecinos y no son lo mismo.

No es permacultura: la permacultura es un marco de diseño mucho más amplio, que abarca agua, energía, vivienda, animales y organización social. La agricultura sinérgica es una técnica de cultivo concreta que encaja bien dentro de un diseño permacultural, pero es solo una pieza.

No es el bancal profundo de John Jeavons ni el doble cavado biointensivo: ese método sí remueve el suelo, a dos profundidades de pala, y contradice frontalmente el primer principio.

Y no es simplemente agricultura ecológica: se puede tener una certificación ecológica labrando cada año y aplicando insumos permitidos en cantidad. La sinérgica va por otro lado: no prohíbe una lista de productos, prohíbe una forma de intervenir.

En resumen

La agricultura sinérgica que formuló Emilia Hazelip a partir de Fukuoka se sostiene sobre cuatro reglas: no voltear el suelo, no pisarlo, no dejarlo desnudo y confiar la fertilidad al propio sistema. En la práctica se traduce en bancales elevados permanentes de 100-120 cm de ancho y 40-50 cm de alto con pasillos fijos, riego por goteo o exudante tendido bajo un acolchado vegetal continuo, asociaciones de cultivos con leguminosas siempre presentes, rotación por familias y cosecha cortando a ras para dejar las raíces dentro del suelo.

Funciona, y funciona especialmente bien en clima mediterráneo por el ahorro de agua y por la protección térmica del acolchado, pero pide paciencia los dos primeros años, material de cobertura en cantidad y vigilancia con las babosas y con la procedencia de la paja. Y conviene aplicar el cuarto principio con criterio agronómico y no como dogma: si del huerto sale cosecha, en algún momento tendrá que entrar algo, aunque sea en superficie y sin tocar la tierra.


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