El bote de alcaparras del supermercado no contiene frutos: contiene botones florales cortados antes de que la flor llegue a abrirse. Esa confusión, tan extendida, explica de paso por qué mucha gente que planta una alcaparrera se desespera al ver que "no cuaja nada". No tiene que cuajar nada. Lo que se recolecta es la yema floral, y el trabajo del hortelano consiste precisamente en llegar antes que la flor.

La alcaparrera (Capparis spinosa, familia Capparaceae) es un arbusto rastrero perenne del Mediterráneo, con una parte aérea que se seca en invierno y una raíz que puede bajar varios metros buscando agua. Crece espontánea en muros de piedra, taludes, ruinas y roquedos calizos de casi todo el litoral y el interior seco peninsular, y en Baleares. Ese origen dice ya casi todo sobre cómo hay que cultivarla: mal, en el sentido convencional del término.

Alcaparrera creciendo en su hábitat natural sobre un muro de piedra

Qué es exactamente cada cosa

Conviene fijar el vocabulario porque en el mercado se mezcla todo:

Alcaparra es el botón floral cerrado, recolectado cuando todavía está apretado y verde. Alcaparrón es el fruto, una baya alargada con pedúnculo largo que se forma después de que la flor se abra y sea polinizada. No es una alcaparra grande: es la fase siguiente, y su textura y sabor son distintos. Y los tallitos o brotes tiernos, que en Sicilia y en algunas zonas de Murcia también se encurten, son otra cosa más.

La flor, por cierto, merece verse aunque cueste botones: cuatro pétalos blancos y un penacho de estambres largos de color violáceo. Abre de madrugada y está marchita al final del mismo día. Esa vida de menos de veinticuatro horas es la razón de que la recolección en pleno verano haya que hacerla cada tres o cuatro días.

Rasgos que condicionan el cultivo

Porte rastrero o colgante, de uno a dos metros de diámetro en planta adulta, con ramas que parten cada primavera desde una cepa leñosa. Hojas redondeadas, gruesas, de un verde algo glauco y cutícula cerosa; son hojas de planta que espera sequía. En el tipo espinoso (C. spinosa var. spinosa) las estípulas están transformadas en dos espinas curvadas en la base de cada hoja, que hacen la recolección incómoda. Existen formas y cultivares inermes o casi, como la alcaparra mallorquina, que se han seleccionado precisamente por eso y por dar botones compactos.

Un dato decisivo: la alcaparrera florece sobre el crecimiento del año. Cada rama nueva va produciendo yemas florales en las axilas de las hojas conforme se alarga. De ahí que la poda no sea un detalle estético sino la operación que determina la cosecha.

Ubicación y suelo

Sol directo todo el día, sin excepciones ni matices. En media sombra vegeta, se alarga y da cuatro botones testimoniales. Agradece la reverberación: al pie de un muro orientado al sur, en un talud pedregoso o en la coronación de un bancal es donde mejor se comporta.

El suelo debe ser pobre, muy drenante y preferiblemente calizo, con pH entre 7 y 8,5. Tolera pedregales, suelos esqueléticos y cierta salinidad. Lo único que no perdona es el encharcamiento: en terreno pesado y húmedo la raíz se pudre, casi siempre en invierno y casi siempre sin síntomas previos claros. Si el terreno es arcilloso, la solución no es enmendarlo con materia orgánica sino plantar en caballón o en talud, con grava gruesa incorporada.

En maceta es posible, pero exige contenedor hondo (40 cm mínimo) porque la raíz es pivotante, sustrato muy mineral y aceptar que la planta rendirá menos que en suelo.

Riego

Regar de más deja la alcaparrera espléndida de hoja y sin cosecha. Una alcaparrera establecida, con tres o cuatro años y su raíz hecha, se cultiva en secano en buena parte de Murcia, Alicante y Castilla-La Mancha. Regarla como se riega un tomate produce un arbusto exuberante, de entrenudos largos, hojas grandes y pocas yemas florales, además de botones blandos que se abren antes.

El planteamiento razonable: riegos regulares el primer año y parte del segundo, mientras enraíza; a partir de ahí, riegos de apoyo muy espaciados en los picos de calor (uno cada dos o tres semanas, generosos), o directamente ninguno si el suelo es profundo. Riego localizado, nunca aspersión.

Abonado

Poco y desequilibrado hacia abajo en nitrógeno. Un aporte moderado de estiércol muy hecho o compost en el invierno del segundo año, y a partir de ahí un abonado ligero al arrancar la vegetación, en marzo, con predominio de potasio. El nitrógeno abundante hace lo mismo que el exceso de agua: hoja en lugar de botón. En suelos calizos puede aparecer clorosis férrica en las hojas jóvenes; se corrige con quelato de hierro, no con más abono general.

Poda

La poda de la alcaparrera es severa y se hace en invierno, con la planta parada, entre diciembre y febrero según zona. Se eliminan todas las ramas del año anterior cortando cerca de la cepa, dejando muñones de unos pocos centímetros con dos o tres yemas. Queda una mata aparentemente arrasada, del tamaño de un puño grande, y en abril o mayo rebrota con fuerza.

Suena brutal y es lo correcto: sin esa poda, la mata se llena de madera vieja improductiva, los brotes nuevos salen cortos y la recolección se convierte en un rompecabezas entre ramas espinosas. Aprovechando la operación se retiran las hojas secas acumuladas bajo la planta, donde invernan larvas y esporas.

Rusticidad y ciclo anual

La cepa adulta aguanta heladas del orden de −8 a −10 °C sin problema, siempre que llegue al invierno con el suelo seco y la vegetación agostada. La parte aérea se pierde con las primeras heladas fuertes y eso es normal, no un síntoma. Los ejemplares del primer año, en cambio, son sensibles: conviene acolcharlos con piedra o paja en la base.

El arranque vegetativo es tardío: necesita que el suelo pase de 12-14 °C, de modo que en el interior peninsular no se mueve hasta bien entrado abril. La producción de botones va de finales de mayo o junio hasta septiembre, con el pico en julio y agosto.

Plagas y enfermedades

La más específica es la mosca de la alcaparra (Capparimyia savastanoi), cuya larva se desarrolla en el interior del botón y del alcaparrón; el daño se aprecia al abrir la pieza. La recolección frecuente es en sí misma la mejor medida de control, porque retira el sustrato antes de que la larva complete su ciclo, junto con la eliminación de frutos caídos.

También aparecen pulgones (Aphis gossypii entre otros) en los brotes tiernos de primavera, agallas provocadas por cecidómidos del género Asphondylia que deforman botones y ramillas, y orugas de lepidópteros que defolian. En una planta vigorosa, ninguno de ellos suele justificar tratamiento.

Enfermedades: prácticamente todas las que se ven en cultivo doméstico son consecuencia del exceso de humedad, con podredumbres de cuello y raíz por hongos del suelo. El oídio puede presentarse en primaveras húmedas y remite solo cuando aprieta el calor.

Multiplicación por semilla

Es el camino barato y el frustrante. La semilla de Capparis spinosa tiene una cubierta dura y latencia marcada, y sembrada tal cual germina en porcentajes ridículos, a veces por debajo del 5 %, y de forma escalonada durante meses.

Lo que mejora las cifras: extraer la semilla del alcaparrón bien maduro, limpiarla de pulpa y secarla; escarificarla ligeramente con papel de lija o mediante remojo en agua caliente (no hirviendo) dejándola enfriar 12-24 horas; y aplicarle un periodo de frío húmedo de dos o tres meses en nevera antes de sembrar en primavera. Con giberelinas se obtienen germinaciones mucho más altas, pero es material que rara vez tiene un aficionado a mano.

Siembra superficial en sustrato muy arenoso, a 20-25 °C, con paciencia. Las plántulas son lentísimas el primer año y no dan cosecha apreciable hasta el tercero o cuarto. A cambio, se obtiene variabilidad: hay pies más espinosos, más productivos o de botón más apretado, y merece la pena seleccionar.

Multiplicación por esquejes

El enraizamiento de la alcaparrera es notoriamente difícil, y conviene saberlo antes para no interpretar el fracaso como torpeza propia. Los mejores resultados se consiguen con estaquillas semileñosas tomadas de brotes del año que empiezan a lignificar, hacia junio o julio, de unos 15-20 cm y con dos o tres yemas.

Se recortan las hojas basales, se trata la base con hormona de enraizamiento (auxinas tipo AIB, en concentraciones altas), se planta en perlita o mezcla de perlita y arena y se mantiene con humedad ambiental alta —nebulización o campana— y calor de fondo en la base del sustrato, entre 22 y 25 °C. También se practica la estaquilla leñosa en invierno, con trozos de rama de dos años enterrados casi por completo.

Incluso haciéndolo bien, los porcentajes de éxito son modestos. La regla práctica es plantar el triple de estaquillas de las plantas que se quieren obtener. La ventaja compensa: se clona un pie conocido y se adelanta la entrada en producción.

Recolección y usos

Se recolecta a primera hora de la mañana, antes de que el calor y la luz disparen la apertura floral. En plena temporada, cada tres o cuatro días; al principio y al final del ciclo, cada semana o diez días. Cuanto más pequeño el botón, más apreciado y más caro: las categorías comerciales van desde las no pareil, por debajo de 7 mm, hasta las capotes de más de 13 mm, que son las que suelen venderse a granel.

Un detalle que sorprende a quien la prueba en la mata: la alcaparra fresca es incomible, amarga y áspera. El sabor característico aparece con el procesado, cuando la hidrólisis de la glucocaparina libera compuestos azufrados. El método tradicional es la salazón en seco, alternando capas de alcaparras y sal marina y removiendo a diario durante una semana o dos, con cambios de sal; el resultado se conserva meses y se desala antes de usar. La alternativa es la fermentación en salmuera (en torno al 10 % de sal), seguida de conservación en vinagre.

En cocina van con lo salado y lo graso: pescado azul, salsa tártara, vitello tonnato, pasta a la puttanesca, ensaladilla, mantequilla negra. Los alcaparrones, más carnosos, se comen enteros con su rabito como aperitivo. Los brotes tiernos, encurtidos igual que los botones, sustituyen bien a estos en salsas.

Alcaparras recolectadas listas para su procesado

Propiedades y advertencia

El botón floral de la alcaparrera destaca por su contenido en flavonoides, sobre todo rutina y quercetina, en cantidades altas para un alimento vegetal, junto con kaempferol y compuestos fenólicos de actividad antioxidante contrastada en laboratorio. La medicina tradicional mediterránea ha usado la corteza de raíz como diurético y tónico, y la planta aparece en preparados populares para molestias reumáticas.

Dicho lo cual, conviene la sobriedad. Las alcaparras se consumen en cantidades minúsculas —unos pocos gramos por plato— y llegan a la mesa después de un procesado que las carga de sal. Su aportación nutricional real es despreciable y su contenido en sodio, alto: quien tenga hipertensión o siga una dieta baja en sal debe contarlas, y desalarlas o enjuagarlas siempre antes de usar. Son un condimento excelente, no un complemento de salud.

En resumen

La alcaparrera es un arbusto mediterráneo que da lo mejor de sí cuando se le exige poco: sol pleno, suelo pobre, calizo y drenante, riego escaso una vez establecida y nada de nitrógeno abundante. Lo que se cosecha son botones florales, y hay que cortarlos antes de que abran, cada tres o cuatro días en julio y agosto; si se dejan, dan flor y después alcaparrón, que es otro producto igual de válido. La poda invernal a ras de cepa no es opcional, porque la producción sale del brote del año. Multiplicarla es lo complicado: la semilla exige escarificación y frío para germinar de forma decente y los esquejes semileñosos enraízan con dificultad, así que conviene multiplicar por exceso. Y en la cocina, recordar que fresca no vale para nada: el sabor lo pone la sal o la salmuera.


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