Un alficoz de medio metro colgando de un emparrado parece un pepino que se ha estirado demasiado. No lo es: botánicamente es un melón. Cucumis melo var. flexuosus, la misma especie que el piel de sapo o el cantalupo, seleccionada durante siglos para comerse verde y sin madurar. La confusión viene del uso en cocina, donde ocupa exactamente el sitio del pepino, y de que el mercado lo vende con nombres que apuntan en esa dirección: pepino serpiente, pepino armenio, acur, alpicoz o alficós según la comarca.
Es cultivo tradicional del levante peninsular —Valencia, Murcia, Alicante, sur de Cataluña— y hasta hace pocas décadas era más frecuente en las huertas que el propio pepino. Su vuelta a las semilleras de aficionado tiene motivos sólidos, y no todos son nostálgicos.
Cómo es la planta y cómo es el fruto
Planta anual, rastrera o trepadora, con tallos que alcanzan sin dificultad los dos o tres metros y zarcillos con los que se agarra a cualquier soporte. Hojas grandes y algo ásperas, típicas de melonera. Es andromonoica: produce flores masculinas y flores hermafroditas en la misma planta, un detalle que la distingue del pepino (monoico) y que implica que necesita insectos polinizadores para cuajar.
El fruto es un pepónide alargado, estrecho, con costillas longitudinales marcadas y superficie cubierta de una pubescencia fina que se limpia frotando. Recolectado en su punto mide entre 25 y 40 cm, aunque si se deja puede pasar del metro. La piel es tan fina que no se pela, la carne es blanquecina, muy crujiente y muy acuosa, y las semillas apenas se notan porque el fruto se corta mucho antes de que estén formadas.
La forma depende de cómo se cultive: tendido en el suelo, el fruto se curva y se enrosca sobre sí mismo hasta describir una ese o una espiral completa; conducido en emparrado o espaldera, cuelga y crece prácticamente recto por su propio peso. Ninguna de las dos formas afecta al sabor, pero la segunda facilita el corte y evita que la cara que toca la tierra amarillee y se ensucie.
¿Fruta u hortaliza?
La respuesta depende de quién pregunte. Para la botánica es un fruto, y además un fruto de melón. Para la cocina y para la normativa comercial es una hortaliza, porque se consume inmadura, en salado y como verdura fresca, igual que ocurre con el calabacín o el tomate.
Lo interesante del caso es que el alficoz demuestra que la frontera es cultural y no biológica: la misma especie, dejada madurar, da un melón dulce que nadie dudaría en llamar fruta. Lo que cambia es el momento del corte y la selección varietal, que en este caso ha ido durante generaciones hacia frutos alargados, poco azucarados y de pulpa firme.
Por qué "no repite"
Es la fama que arrastra el alficoz y, en su mayor parte, está justificada. El pepino común (Cucumis sativus) contiene cucurbitacinas, compuestos amargos que se concentran sobre todo en la piel y en el extremo del pedúnculo, y a los que se atribuye buena parte de la mala digestión que provoca en algunas personas. El alficoz, al ser un melón, tiene niveles de cucurbitacinas muy bajos en la pulpa y una piel finísima que no hace falta retirar.
Conviene matizar dos cosas. Primero, que "más digestivo" no es lo mismo que "digestivo para todos": sigue siendo una cucurbitácea cruda y muy acuosa, y quien tenga el estómago delicado lo notará igual, aunque menos. Segundo, que la amargura no está del todo descartada: en condiciones de estrés hídrico severo o golpes de calor, cualquier cucurbitácea puede sintetizar cucurbitacinas de más. Si un fruto sabe francamente amargo, se tira, no se come; y si varios de la misma planta lo hacen, hay que revisar el riego.
Composición y aporte nutricional
El alficoz es, por encima de todo, agua: en torno al 95 % de su peso fresco. De ahí se deriva todo lo demás. Su valor energético es muy bajo, del orden de 12 a 16 kcal por cada 100 gramos, con hidratos de carbono escasos, grasa prácticamente nula y una cantidad modesta de proteína.
Aporta potasio, algo de vitamina C, folatos y fibra concentrada sobre todo en la piel, que aquí sí se come. No es una fuente destacada de ningún nutriente en particular, y no tiene sentido presentarlo como tal: su interés dietético está en lo que no aporta. Sacia por volumen, hidrata, refresca y no suma calorías apenas, lo que lo convierte en un buen recurso en dietas de control de peso y en verano, cuando cuesta beber lo suficiente.
En cocina se usa crudo casi siempre: en rodajas con sal y aceite, en ensalada, en gazpacho y salmorejo sustituyendo al pepino —donde aporta frescor sin el punto amargo—, en encurtido rápido con vinagre, o troceado en sopas frías. Cocinado pierde el crujiente, que es su principal virtud.
Siembra y calendario
Cultivo de calor sin ambigüedades: no tolera la helada y ni siquiera arranca bien por debajo de 15 °C. La semilla necesita el suelo a 18-20 °C para germinar con soltura, y en menos de 15 °C se pudre antes de nacer.
En el litoral mediterráneo se siembra directamente en el terreno desde mediados de abril; en el interior y en el norte, a partir de mayo, o bien en semillero protegido a finales de marzo para trasplantar tres o cuatro semanas después con dos hojas verdaderas. La siembra directa da plantas más robustas porque no interrumpe la raíz, que en las cucurbitáceas es sensible al trasplante; si se hace en semillero, mejor en maceta de turba o alveolo grande, y sin descalzar el cepellón.
Se ponen dos o tres semillas por golpe, a 2-3 cm de profundidad, y se aclara dejando la más vigorosa. El marco cómodo es de 1,5 m entre líneas y 0,7-1 m entre plantas si va tendida; con espaldera se puede apretar a 0,5 m entre plantas. Desde la siembra al primer corte pasan entre 60 y 80 días según temperatura.
Suelo, riego y conducción
Quiere suelo profundo, mullido, con buen contenido en materia orgánica y drenaje franco; el pH ideal está entre 6 y 7,5, aunque tolera algo de caliza. Un aporte de estiércol bien compostado en la preparación del terreno, unos 3-4 kg/m², cubre buena parte de sus necesidades; después agradece un abonado equilibrado con refuerzo de potasio desde la floración.
El riego debe ser regular y sin altibajos. Las oscilaciones fuertes entre sequía y encharcamiento son las que provocan frutos deformes, agrietamientos y ese amargor ocasional del que hablábamos. Lo adecuado es goteo, dos o tres veces por semana en junio y prácticamente a diario en julio y agosto en zonas cálidas, mojando el suelo pero no la planta: el follaje húmedo por la tarde es una invitación directa al mildiu. Un acolchado de paja mantiene la humedad, ahorra agua y evita el contacto directo del fruto con la tierra.
Sobre la conducción, la recomendación es clara: emparrado o malla vertical siempre que se pueda. Ahorra espacio, airea el follaje —lo que reduce a la mitad los problemas de oídio—, mantiene los frutos limpios y rectos y hace que la recolección se vea de un vistazo, algo nada trivial cuando el fruto es verde entre hojas verdes. Como es una planta pesada y de crecimiento largo, el soporte tiene que estar bien anclado.
El despunte no es imprescindible. Pinzar el tallo principal tras cinco o seis hojas favorece la emisión de brotes secundarios, que es donde se concentran las flores hermafroditas, y adelanta ligeramente la producción.
Plagas, enfermedades y rotación
Las mismas de melón y pepino, con una tolerancia algo mejor de lo habitual pero sin milagros.
Oídio (Podosphaera xanthii): polvillo blanco en el haz, aparece con calor seco y noches húmedas, y es el problema número uno. Aireación, no mojar la hoja y azufre en polvo o mojable, siempre por debajo de 30 °C para no quemar. Mildiu (Pseudoperonospora cubensis): manchas angulares amarillas limitadas por los nervios; requiere humedad prolongada y se previene con marcos amplios y riego matinal.
Pulgón (Aphis gossypii) y mosca blanca (Bemisia tabaci) hacen daño directo escaso, pero transmiten virosis que sí arruinan la planta; conviene vigilar los brotes tiernos desde el principio. La araña roja (Tetranychus urticae) explota en ambiente seco y caluroso, con punteado amarillo en el haz y telaraña fina en el envés.
En el suelo, la fusariosis (Fusarium oxysporum f. sp. melonis) provoca marchitez irreversible de una rama primero y de la planta después. No tiene tratamiento: se previene con rotación. Y aquí una advertencia que se ignora a menudo: no repetir cucurbitáceas en la misma parcela antes de tres o cuatro años, y no plantar alficoz donde el año pasado hubo melón, sandía, calabacín o pepino.
Recolección y guardado de semilla
Se corta joven, cuando el fruto está firme, brillante y de color verde claro uniforme, con unos 25-35 cm. La prueba fiable es apretar suavemente: si cede, ya se ha pasado. Un alficoz dejado de más se vuelve esponjoso, fibroso y lleno de semillas duras, la piel se endurece y amarillea y la carne pierde por completo el crujiente. No mejora esperando; solo se hace grande.
La recolección frecuente es además lo que mantiene la planta produciendo. Un fruto que llega a madurar frena el cuaje de los siguientes, porque la planta interpreta que ya ha cumplido su función. En plena temporada conviene pasar cada dos o tres días. Con temperaturas altas, la producción se prolonga de julio hasta las primeras frías de octubre.
Para guardar semilla hay que saber una cosa que se deduce de todo lo anterior: al ser Cucumis melo, el alficoz se cruza sin problema con cualquier melón del entorno. Si en la huerta o en la del vecino hay melón, la semilla recogida dará al año siguiente una lotería de híbridos, con frecuencia frutos alargados y sosos o melones deformes. Para obtener simiente fiel hay que aislar por distancia (varios centenares de metros) o polinizar a mano flores hermafroditas embolsadas. En cambio, no se cruza con el pepino: son especies distintas.
La semilla se extrae de un fruto dejado madurar por completo, hasta que amarillea y se ablanda; se lava, se seca a la sombra y se conserva en seco y oscuro. Mantiene el poder germinativo cinco o seis años sin problema.
En resumen
El alficoz es un melón cultivado como si fuera pepino, y esa doble condición explica sus ventajas: piel fina que no se pela, carne crujiente y muy poco amarga, y una digestibilidad mejor que la del pepino común. Se siembra con el suelo por encima de 18 °C, entre abril y mayo según zona, en terreno mullido y con materia orgánica, y se conduce preferiblemente en emparrado para que los frutos salgan rectos y limpios y el follaje airee. El riego constante es lo que decide la calidad: los cortes de agua producen frutos deformes y amargos. Se corta joven, hacia los 25-35 cm y cada dos o tres días, porque pasado de punto se vuelve esponjoso y semillero. Se vigila el oídio, se rota cuatro años sin cucurbitáceas y, si se quiere guardar semilla, se aísla del melón, con el que cruza sin remedio.