Un tomate híbrido F1 no es un transgénico, y confundir ambas cosas es el malentendido que más veces empuja a alguien a guardar semilla sin entender qué está guardando. El problema real del sobre comercial de híbrido no es genético en el sentido que suele creerse: es que su descendencia se rompe. La generación F2 segrega, y de veinte plantas hijas salen veinte tomates distintos, casi ninguno tan bueno como el padre. Por eso un banco de semillas propio empieza mucho antes que el frasco: empieza eligiendo de qué plantas se puede recoger.
Guardar semilla bien hecha da tres cosas que no se compran: variedades adaptadas a tu suelo y a tu clima después de unos años de selección, independencia de lo que decida catalogar la industria cada campaña, y semilla fresca de especies que pierden poder germinativo en un suspiro, como la cebolla o la chirivía. Mal hecha, en cambio, llena el cajón de sobres que no nacen y de calabazas que saben a nada.
De qué plantas sí y de qué plantas no
La primera criba es el tipo de variedad. Solo tiene sentido guardar de variedades de polinización abierta, las que la industria etiqueta como "variedad" a secas y el mundo aficionado llama tradicionales o locales: su descendencia se parece a la madre. De un sobre marcado F1 puedes recoger si te apetece experimentar, pero cuenta con varios años de selección para volver a fijar algo estable, y no es trabajo para empezar.
La segunda criba es cómo se poliniza la especie, porque determina el riesgo de cruce y el número de plantas madre que necesitas.
Las autógamas se fecundan a sí mismas antes casi de abrir la flor: tomate, judía, guisante, lechuga, berenjena y, con matices, pimiento. Son las que hay que empezar guardando. Basta separar unos metros entre variedades (con el pimiento conviene más, unos 20 o 30 metros, o una malla mosquitera sobre una planta, porque los abejorros lo cruzan con más facilidad de lo que dice la teoría) y recoger de seis a doce plantas distintas, nunca de una sola por espectacular que sea.
Las alógamas dependen del viento o de los insectos y se cruzan con todo lo de su especie que haya alrededor: calabazas, calabacines, pepino, melón, maíz, coles, zanahoria, cebolla, puerro, acelga y remolacha. Aquí el aislamiento por distancia es inviable en un huerto normal —se habla de cientos de metros, y el calabacín del vecino cuenta—, así que el camino práctico es la polinización manual en cucurbitáceas o cultivar una sola variedad de cada especie por temporada. Además necesitas más plantas madre, veinte o treinta como mínimo, y en maíz muchas más: con pocas plantas la variedad se empobrece por consanguinidad en tres o cuatro generaciones y lo notas en vigor y tamaño.
Un detalle que descoloca a mucha gente: Cucurbita pepo, Cucurbita maxima y Cucurbita moschata son especies diferentes y no se cruzan entre sí. Un calabacín y una calabaza cacahuete pueden convivir sin problema; un calabacín y una calabaza de Halloween, ambos C. pepo, no. Y la calabaza cruzada del año pasado sabe igual que siempre: el cruce no afecta a la pulpa que te comes, solo a la semilla que hay dentro. Lo que sale raro es la cosecha del año siguiente.
Caso aparte: las bienales. Zanahoria, cebolla, puerro, col, remolacha, acelga y apio florecen el segundo año. En buena parte de la Península se pueden dejar en el bancal todo el invierno y esperar a que suban en primavera; en zonas de heladas fuertes hay que arrancar las mejores raíces en otoño, guardarlas en arena ligeramente húmeda entre 2 y 5 ºC y replantarlas en febrero. Ese paso, la vernalización, no es opcional: sin frío no florecen.
El punto de recolección: mucho más tarde de lo que crees
La madurez de consumo y la madurez de semilla no coinciden casi nunca. Salvo en el tomate, donde sí van juntas, hay que dejar el fruto en la planta bastante más allá de lo comestible:
Pepino: hasta que se pone amarillo o pardo y la piel se endurece, semanas después de lo que sería un pepino de ensalada. Calabacín: hasta que alcanza el tamaño de una calabaza, la piel no se raya con la uña y suena a hueco. Berenjena: hasta que vira a amarillo parduzco y la carne se vuelve esponjosa. Pimiento: pasado el rojo o amarillo pleno, ya un poco arrugado. Judía y guisante: vaina seca, apergaminada, que cruje al apretarla; el grano no debe dejar marca con la uña. Lechuga: cuando aproximadamente la mitad de los penachos blancos han aparecido; se corta la planta entera y se acaba de secar boca abajo dentro de una bolsa de papel, porque si esperas a que estén todos maduros el viento ya se ha llevado los primeros. Zanahoria: umbelas pardas, y se cogen antes las centrales, que son las mejores.
Deja siempre marcada la planta madre con una cinta desde el principio, antes de recolectar el resto. Si eliges al final la que "sobró", estás seleccionando justo la peor: la que nadie quiso comer, la más tardía o la que se saltó la cosecha porque estaba escondida. Seleccionar es un acto activo. Marca la que germinó pronto, la que aguantó sin regar, la que dio el fruto que quieres repetir.
Extracción: seca y húmeda
La extracción seca vale para legumbres, lechuga, cebolla, coles, zanahoria, acelga y todo lo que produce vainas o umbelas. Se deja secar la planta o el fruto en un sitio ventilado y a la sombra, se desgrana frotando entre las manos o metiendo el material en una bolsa y golpeándola, y se limpia con tamices de distinta luz y con aire. Aventar en el balcón un día de brisa, dejando caer el contenido de un recipiente a otro, separa la paja de la semilla mejor que cualquier truco: la semilla pesa y cae recta, la broza se va.
La extracción húmeda es para tomate, pepino y melón, y en el tomate implica una fermentación que no es un capricho. La semilla del tomate va envuelta en un gel que contiene inhibidores de la germinación; fermentarla lo elimina y, de paso, reduce la carga de algunos patógenos que viajan en la superficie de la semilla, como el chancro bacteriano. El procedimiento: se exprime la pulpa con las semillas en un vaso, se añade un poco de agua, se tapa con un papel y se deja entre 20 y 22 ºC durante dos o tres días, removiendo a diario. Cuando aparece una capa blanquecina de moho en la superficie, se para. Pasarse de tiempo hace que las semillas empiecen a germinar dentro del vaso y se estropeen. Entonces se llena el vaso de agua: las semillas buenas se van al fondo y la pulpa y las vanas flotan. Se escurre y se repite hasta que salga agua limpia.
En pepino y melón no hace falta fermentar tanto; con un lavado enérgico y un frotado sobre un tamiz suele bastar, aunque un día de fermentación facilita quitar el mucílago del pepino.
Secado: la fase donde se pierde el trabajo
Aquí se arruinan más lotes que en ningún otro punto. Tres reglas.
Nunca por encima de 35 ºC. Ni horno, ni radiador, ni sol directo, ni el coche cerrado. El calor mata el embrión sin que se note nada por fuera. Sombra, corriente de aire y paciencia.
Nada de papel de cocina. Las semillas mucilaginosas se pegan y luego se rompen al despegarlas. Usa un plato de cerámica o de cristal, una malla fina o un tamiz, y remuévelas cada día para que no se aglomeren.
Secar más de lo que parece necesario. El objetivo está en torno a un 6-8 % de humedad, y a ojo hay pruebas fiables: una judía o un guisante bien secos se parten en dos al doblarlos o al golpearlos, no se doblan ni se aplastan; una semilla de tomate o lechuga bien seca se rompe al doblarla en lugar de plegarse. Si vas a guardar en frasco hermético, este paso es obligatorio: humedad + cierre estanco = moho. Para afinar, mete la semilla en un tarro con gel de sílice a partes iguales en peso durante una semana, y luego retíralo.
Con judías, guisantes y habas hay un enemigo añadido: los gorgojos (Acanthoscelides obtectus, Bruchus pisorum) ponen huevos en el campo y las larvas se desarrollan dentro del grano ya almacenado. Cuando la semilla está bien seca, 72 horas en el congelador a -18 ºC en frasco hermético acaban con ellas. Deja que el frasco vuelva a temperatura ambiente antes de abrirlo, para que no condense agua encima.
Guardado: frío, seco y oscuro
La longevidad depende sobre todo de dos variables, humedad y temperatura, y hay una regla de bolsillo muy útil: la suma de la humedad relativa en porcentaje y la temperatura en grados centígrados debería quedar por debajo de 50. Un armario a 20 ºC con un 45 % de humedad relativa está fuera; un frasco hermético con gel de sílice dentro de la nevera, holgadamente dentro. Cada reducción de 5 ºC en la temperatura de almacenamiento aproximadamente duplica la vida útil.
En la práctica: sobres de papel dentro de un frasco de cristal hermético, con una bolsita de gel de sílice, en la parte baja de la nevera o en un cuarto fresco y estable. Lo que hay que evitar a toda costa no es el frío, sino el vaivén: un trastero que pasa de 4 ºC en enero a 35 ºC en agosto destroza la semilla más rápido que una temperatura alta constante.
Etiqueta antes de guardar, no después. En el sobre deben ir especie, variedad, año de cosecha y número de plantas madre. Sin el año no sabes si sembrar o tirar, y sin el número de plantas no sabes cuánta diversidad llevas dentro.
Duraciones orientativas en buenas condiciones: chirivía y cebolla, un año; puerro, perejil y maíz dulce, dos; lechuga, zanahoria y pimiento, tres; guisante, judía y haba, tres o cuatro; col, rábano, remolacha y acelga, cuatro o cinco; tomate, berenjena, pepino, calabaza y melón, de cinco a ocho, y el tomate bien guardado puede pasar de diez.
La prueba de germinación
Antes de dedicar un bancal a semilla vieja, gasta veinte semillas en comprobarla. Se colocan sobre papel de cocina húmedo (no encharcado), se enrolla, se mete en una bolsa de plástico entreabierta y se deja a la temperatura que pida la especie, en general entre 18 y 22 ºC. Se cuenta a los días de referencia de esa hortaliza: entre 5 y 8 para lechuga o coles, 7 a 12 para tomate, 12 a 20 para pimiento o zanahoria.
Si germina más del 80 %, siembra con normalidad. Entre el 60 y el 80 %, siembra más densa. Por debajo del 50 %, ese lote está de salida: úsalo ya y renueva. Y si el resultado es cero pero la semilla parece sana, comprueba antes de tirarla que no le falte un requisito de germinación —el apio y la lechuga necesitan luz, muchas aromáticas necesitan frío previo— porque a veces no está muerta, está esperando.
Errores que se repiten
Recoger de una sola planta. Es la forma más rápida de estrechar una variedad hasta hacerla inservible en pocos años.
Guardar de la planta que enfermó y sobrevivió. Suena a selección por resistencia, pero muchos virus y bacterias se transmiten por semilla. Recoge de plantas sanas y vigorosas.
Meter en frasco hermético semilla no del todo seca. Es el error número uno. Si dudas, guarda en sobre de papel: respira, y aunque la semilla dure menos, no se pudre.
Confiar en la memoria. A los dos años, el frasco de semilla negra y redonda puede ser col, rábano o nabo, y no hay manera de saberlo hasta que florece.
Empezar por lo difícil. Si es tu primer año, guarda tomate, judía y lechuga. Son autógamas, no necesitan aislamiento y perdonan casi todo. Deja el maíz, la zanahoria y las coles para cuando el sistema ya funcione.
En resumen
Un banco de semillas casero se sostiene sobre cuatro decisiones: elegir variedades de polinización abierta y no híbridos F1; recoger de suficientes plantas madre, marcadas antes de la cosecha y por sus buenas cualidades, no por descarte; dejar el fruto o la vaina bastante más allá del punto de comer y extraer la semilla en seco o por fermentación según la especie; y secar a la sombra por debajo de 35 ºC hasta que el grano se parta, para guardarlo luego frío, seco, oscuro y etiquetado con año y variedad. Empieza por tomate, judía y lechuga, prueba cada lote con veinte semillas sobre papel húmedo antes de confiarle un bancal, y renueva sin drama lo que baje del 50 % de germinación. En tres o cuatro campañas tendrás algo que no vende ningún catálogo: una variedad que ya conoce tu huerto.