El ajo (Allium sativum) es un cultivo cómodo: se planta en otoño, pasa el invierno solo y apenas da trabajo. Todo el margen de error se concentra en un momento muy corto, el de la recolección, y en las dos o tres semanas siguientes. Arrancarlo diez días tarde, lavarlo o guardarlo mal es lo que convierte una cosecha que debería durar hasta la primavera siguiente en un cesto de cabezas mohosas en septiembre.
Cuándo se cosecha el ajo
La referencia tradicional en España es San Juan, el 24 de junio, y no anda desencaminada, aunque la horquilla real es más amplia. En términos generales:
Ajos morados y variedades tempranas: de finales de mayo a mediados de junio en Andalucía y Levante; de junio a principios de julio en el centro peninsular.
Ajos blancos y variedades tardías: de mediados de junio a julio, y hasta finales de julio en el norte y en zonas de montaña.
Sobre la plantación de otoño, que es la habitual (octubre a diciembre), el ciclo total ronda los siete u ocho meses. Si plantaste en enero o febrero, la cosecha se retrasa unas semanas y las cabezas suelen salir más pequeñas.
Ahora bien, el calendario es orientativo. La fecha exacta depende de tu variedad, de tu comarca y de cómo haya venido la primavera. Lo que manda es la planta, y la planta avisa.
Cómo saber que el ajo ya está: la regla de las hojas
Esta es la clave del artículo, y conviene entenderla bien porque explica todo lo demás.
Cada hoja del ajo se corresponde con una túnica que envuelve la cabeza. La vaina de cada hoja baja por el tallo y rodea el bulbo formando una de esas capas de papel que protegen los dientes. Cuando una hoja se seca en la parte aérea, la túnica correspondiente se degrada bajo tierra. Es decir: cuanto más tiempo dejes el ajo en el suelo después de su punto, menos capas protectoras le quedan.
De ahí se deriva la señal práctica: hay que arrancar cuando las tres o cuatro hojas inferiores estén amarillas o secas y queden todavía cinco o seis hojas verdes arriba. Ese es el momento en que el bulbo ha alcanzado casi todo su tamaño y conserva suficientes túnicas intactas para guardarse bien.
Otras señales que confirman:
El cuello se ablanda y el tallo pierde rigidez cerca del suelo.
El bulbo se nota segmentado al tacto. Aparta un poco la tierra con los dedos y palpa: si los dientes se marcan claramente bajo las túnicas, está hecho.
La prueba definitiva es arrancar una cabeza y abrirla. Sacrificar un ajo para acertar con los cien restantes es una buena inversión. Si los dientes están bien formados, llenan su hueco y las túnicas son firmes, adelante con toda la parcela.
El error más común, con diferencia, es esperar a que se seque toda la planta. Mucha gente asume que el ajo está listo cuando ya no queda nada verde. Para entonces se ha pasado: las túnicas se han descompuesto, los dientes se separan y quedan expuestos, la cabeza se "abre" y esos ajos, sencillamente, no se conservan. Duran unas semanas y empiezan a secarse o a enmohecer.
El error contrario, arrancar demasiado pronto, tiene consecuencias menos graves pero también las tiene: cabezas pequeñas, con dientes poco definidos y con un cuello que no cierra bien.
Dos preparativos previos a la recolección
Corta el riego dos o tres semanas antes. En cuanto veas que las hojas bajas empiezan a amarillear, deja de regar. El ajo necesita terminar su ciclo en seco: las túnicas se endurecen, la piel cierra bien y el bulbo pierde el exceso de agua que luego se traduce en podredumbres. Regar hasta el último día es una de las causas habituales de ajos que no aguantan el verano.
Quita los escapos florales. Las variedades de cuello duro (los llamados ajos de escapo) emiten en primavera un tallo floral curvado y rígido desde el centro de la planta. Si lo dejas, la planta invierte energía en él y la cabeza sale claramente más pequeña. Córtalo en cuanto haga la primera curva, y aprovéchalo en cocina: los escapos tiernos, salteados, están muy buenos. Ten en cuenta que los ajos de cuello duro, que son los que producen escapo, se conservan menos tiempo que los de cuello blando aunque los manejes igual de bien.
Cómo arrancarlos sin estropearlos
Elige un día seco y soleado, y hazlo por la mañana. Arrancar con la tierra húmeda o después de una lluvia complica muchísimo el curado y ensucia las túnicas.
Afloja la tierra antes de tirar. Este es el punto donde más cabezas se pierden. Clava una horca o una laya a unos 10-15 cm del ajo, haz palanca hacia arriba para levantar el terrón, y solo entonces saca la planta tomándola por la base. Si tiras directamente del tallo, sobre todo en suelo compacto, el cuello se rompe y el bulbo se queda enterrado. Y un ajo con el cuello roto es un ajo que no se puede curar bien ni colgar en ristra: por esa herida entran los hongos.
No golpees las cabezas. Sacude la tierra suavemente con la mano, sin darles golpes contra el suelo ni contra la bota. Cada magulladura es un punto de entrada para Penicillium y compañía. Y no frotes con fuerza para dejarlas limpias, porque arrancarás las túnicas exteriores.
Y sobre todo: no las laves. Nunca. Ni con manguera, ni en un barreño, ni "un poco para quitar el barro". El agua deshace la barrera protectora y garantiza podredumbres. La tierra seca sobrante se cae sola durante el curado y lo que quede se retira con un cepillo suave o con la mano al final del proceso.
El curado: el paso que casi todos se saltan
Un ajo recién arrancado no es un ajo listo para guardar. Le queda un proceso de curado o secado que dura entre dos y cuatro semanas, y del que depende por completo su conservación posterior. Durante ese tiempo, el cuello se cierra, las túnicas se vuelven papel seco y crujiente, y el bulbo pierde la humedad superficial.
Condiciones del curado: lugar a la sombra, seco y muy ventilado. Un porche, un cobertizo abierto, un desván aireado, un garaje con la puerta entreabierta. La ventilación es más importante que la temperatura.
Nada de sol directo. Aquí hay otra creencia extendida que conviene desmontar: dejar los ajos tendidos al sol de julio no los cura, los cuece. El sol directo intenso quema las túnicas y, si llega al diente, altera su textura y su sabor. Como mucho, se pueden dejar unas horas en el propio surco tapados con sus hojas para que pierdan la humedad superficial, y de ahí a la sombra.
Deja el tallo y las hojas puestos. No cortes nada todavía. La planta sigue traslocando reservas de las hojas al bulbo durante los primeros días de curado, y además el follaje protege la cabeza.
Formas de colocarlos: lo mejor es colgarlos en manojos de 8-12 plantas atados por los tallos, boca abajo, separados entre sí. Si no tienes dónde colgar, extiéndelos en una sola capa sobre rejilla, malla o listones, nunca amontonados ni sobre superficie cerrada, y dales la vuelta cada pocos días.
Cómo saber que el curado terminó: el cuello está completamente seco y duro, las túnicas crujen, el tallo se ha vuelto quebradizo y las raíces están secas como cerdas. En ese punto la cabeza pesa notablemente menos que al arrancarla.
Limpieza final y almacenamiento
Terminado el curado, se limpian: retira con la mano una única túnica exterior, la más sucia, y frota suavemente con un cepillo blando. No pelar más de una capa, que cada una cuenta.
Recorta las raíces a ras con tijera y corta el tallo dejando 2-3 cm por encima del cuello, nunca al ras: un corte pegado al bulbo abre una vía de entrada directa. Si vas a hacer ristras, no cortes nada y trenza los tallos secos, que es el método tradicional y funciona perfectamente.
Condiciones de guarda. Aquí hay un dato poco conocido y muy útil. El ajo se conserva bien en dos rangos de temperatura opuestos:
Entre 0 y 4 °C, que es la conservación frigorífica industrial.
Entre 18 y 25 °C, ambiente seco y ventilado, que es lo que tenemos en casa.
Lo que hay que evitar es justamente el rango intermedio, de 4 a 10 °C, porque es el que rompe la latencia del diente y dispara la brotación. Por eso guardar los ajos en el frigorífico doméstico, que suele estar entre 4 y 8 °C, es una mala idea: en pocas semanas los verás llenos de brotes verdes. La despensa de casa, a temperatura ambiente, los conserva mucho mejor.
La humedad relativa debe estar entre el 55 y el 70 %. Con más humedad enmohecen y echan raíces; con muchísima menos se deshidratan y los dientes se acartonan.
Formatos: ristras colgadas, mallas de rafia, redes de cebolla, cestas de mimbre o cajas de madera abiertas. Nunca en bolsa de plástico, ni en tarro cerrado, ni en el cajón de las verduras. Y siempre en oscuridad o penumbra, porque la luz también favorece la brotación.
Con un curado correcto, los ajos blancos aguantan de 7 a 9 meses. Los morados, más aromáticos pero de túnicas más finas, se quedan en 4 a 6 meses. Y los de cuello duro, entre 3 y 5. Planifica el consumo empezando por los que menos duran.
Revisa el almacén cada pocas semanas y retira cualquier cabeza blanda, manchada o con moho. Una sola cabeza podrida contamina a las de alrededor.
Guarda tu propia semilla
El ajo cultivado no produce semilla viable en la práctica: se multiplica por dientes, así que cada cosecha es también tu material de plantación del año siguiente. Aparta un 10-15 % de las mejores cabezas, las más grandes, sanas y con los dientes más gruesos, y guárdalas etiquetadas para plantar en otoño. Los dientes grandes dan cabezas grandes; seleccionar en esa dirección año tras año mejora notablemente tu ajo.
No desgranes las cabezas hasta el mismo día de la plantación. Un diente suelto se deshidrata mucho más rápido que uno protegido dentro del bulbo.
En resumen
Los ajos se cosechan entre finales de mayo y julio según variedad y zona, pero la fecha real la marca la planta: hay que arrancarlos cuando las tres o cuatro hojas inferiores están secas y quedan cinco o seis verdes arriba, porque cada hoja equivale a una túnica protectora y esperar de más significa perderlas. Corta el riego dos o tres semanas antes, arranca en día seco aflojando la tierra con horca en lugar de tirar del tallo, y no los laves bajo ningún concepto. Después, cúralos de dos a cuatro semanas a la sombra, secos y bien ventilados, con el follaje puesto, y solo entonces recorta raíces y tallo dejando 2-3 cm. Guárdalos entre 18 y 25 °C con humedad del 55-70 %, evitando el frigorífico doméstico porque el rango de 4 a 10 °C es precisamente el que los hace brotar.