Conviene empezar aclarando algo que condiciona todo lo demás: el kiwi no es un árbol. Es una liana leñosa trepadora, del género Actinidia, capaz de alcanzar ocho o diez metros de longitud y de retorcerse alrededor de cualquier soporte. Quien lo planta esperando un frutal de copa acaba con una maraña que no da fruto. Cultivarlo bien significa tratarlo como lo que es: una parra vigorosa que necesita estructura, poda y agua.

La especie habitual en España es Actinidia deliciosa, el kiwi de piel marrón y peluda, con la variedad 'Hayward' como referencia comercial. También se cultiva Actinidia chinensis, de pulpa amarilla, y Actinidia arguta, el kiwiño o baby kiwi, de fruto pequeño y piel lisa comestible, mucho más rústico y resistente al frío.

Lo primero: hacen falta dos plantas

El kiwi es una especie dioica: hay pies macho y pies hembra, y solo los femeninos dan fruto. Sin un macho cerca no hay polinización y no hay cosecha. Esta es, con diferencia, la causa más frecuente de fracaso entre quienes plantan un kiwi en casa y esperan años sin ver un solo fruto.

La proporción recomendada es un macho por cada cinco o seis hembras, plantado a menos de 10-15 metros y, si es posible, a favor del viento dominante. Los machos deben florecer a la vez que las hembras: 'Tomuri' es el polinizador clásico de 'Hayward', y 'Matua' florece algo antes y sirve para variedades tempranas.

La polinización la hacen sobre todo las abejas, pero la flor del kiwi no produce néctar y resulta poco atractiva para ellas, así que ayuda tener otras plantas melíferas cerca. Un kiwi mal polinizado da frutos pequeños y deformes: el tamaño depende directamente del número de semillas fecundadas.

Flor de kiwi

Clima y ubicación

El kiwi necesita entre 600 y 800 horas de frío por debajo de 7 °C para brotar bien, así que no sirve cualquier zona. Prospera en la cornisa cantábrica —Galicia, Asturias y Cantabria concentran casi toda la producción española—, en el norte de Portugal y en zonas de interior con inviernos marcados y verano no extremo.

Sus dos puntos débiles son el frío tardío y el calor seco. En invierno pleno soporta hasta -12 o -15 °C en reposo, pero una helada de -1 o -2 °C en abril, con la brotación ya iniciada, arrasa la cosecha del año. Y en verano, con más de 35 °C y aire seco, las hojas se queman por los bordes y el fruto se detiene. En el interior peninsular y en el sur el cultivo es difícil sin sombreo y riego abundante.

Es además muy sensible al viento: sus hojas son grandes y los brotes tiernos y quebradizos, así que una racha fuerte los parte. Un seto cortavientos o un muro que abrigue es casi obligatorio.

Quiere sol pleno en el norte y algo de sombra en las horas centrales en zonas cálidas.

Suelo y plantación

El kiwi es exigente y poco tolerante: quiere suelos profundos, sueltos, ricos en materia orgánica y ligeramente ácidos, con pH entre 5,5 y 6,5. En suelos calizos entra en clorosis férrica con facilidad, y en suelos pesados o con drenaje deficiente muere por asfixia radicular y podredumbre de cuello (Phytophthora). Sus raíces son carnosas y superficiales, y no perdonan el encharcamiento.

Si tu terreno es arcilloso, planta sobre caballón elevado 30-40 cm. Si es calizo, corrige con materia orgánica ácida —turba, corteza de pino compostada— y prepárate para aplicar quelato de hierro EDDHA cada primavera.

La plantación se hace en reposo vegetativo, de noviembre a febrero, en hoyo amplio de 60 × 60 cm con compost bien maduro. El marco habitual es de 4-5 m entre plantas y 4-5 m entre líneas. Si plantas en maceta, cuenta con un contenedor de 60-80 litros como mínimo y riego frecuente; es viable, pero la producción será modesta.

Estructura de soporte

Sin estructura no hay kiwi manejable. Las dos opciones son la espaldera en T —postes de 1,8-2 m con un travesaño de 1,5 m en la parte alta y tres o cinco alambres— y la pérgola o parral, más cara pero de mayor producción y mejor protección del fruto frente al sol.

La estructura tiene que ser robusta de verdad. Una planta adulta con fruto puede pesar más de 200 kg. Postes finos o alambres de poca sección acaban en el suelo en la quinta o sexta temporada.

Riego y abonado

El kiwi es de las especies frutales que más agua consumen: sus hojas grandes transpiran mucho. En verano, una planta adulta puede necesitar de 40 a 60 litros diarios en clima seco. El riego por goteo con varios emisores por planta es lo más eficaz. La falta de agua en julio y agosto —justo cuando el fruto engorda— reduce el calibre de forma irreversible.

Ahora bien, exceso de agua y encharcamiento matan. La regla es riego frecuente y suelo siempre húmedo, nunca saturado. Un acolchado de paja o astilla de 10 cm alrededor del tronco, sin tocarlo, reduce mucho la evaporación y protege las raíces superficiales.

En abonado, es exigente en nitrógeno y potasio. La pauta habitual es una aportación de estiércol o compost bien hecho en otoño-invierno, y fertilización nitrogenada fraccionada de marzo a julio. Detén el nitrógeno a partir de agosto: retrasa la maduración y deja la madera tierna ante las primeras heladas. Es muy sensible al cloro, así que evita el cloruro potásico y usa sulfato.

Poda

Es la operación clave y la que más gente descuida. El kiwi fructifica en brotes del año que nacen sobre madera del año anterior. Es decir, la madera de dos o más años deja de producir, y si no se renueva, la planta se vuelve una maraña improductiva.

La poda de invierno se hace en pleno reposo, en enero o febrero. Nunca en otoño ni en marzo avanzado: el kiwi «llora» savia por los cortes con enorme intensidad y se debilita. Consiste en eliminar la madera que ya ha fructificado, dejar sarmientos del año bien situados con seis a diez yemas y aclarar todo lo que se cruce o se enmarañe.

La poda en verde, en junio y julio, es igual de importante: se despuntan los brotes fructíferos dejando cuatro o cinco hojas por encima del último fruto, se eliminan los chupones y se cortan las guías que se enrollan sobre sí mismas. Sin este trabajo, la sombra interior impide que la madera del año madure y al año siguiente no habrá flor.

Los machos se podan justo después de florecer, en junio, dejándolos compactos.

Cosecha

El kiwi es un fruto climatérico: no madura en la planta. Se recolecta duro, entre finales de octubre y noviembre en el norte peninsular, antes de las primeras heladas fuertes. El criterio profesional es que los grados Brix superen 6,2-6,5, pero en casa sirve otra referencia: las semillas del interior deben estar negras, no blancas.

Una vez recolectado, se guarda en frío. En la parte baja de la nevera, en caja ventilada y lejos de manzanas y plátanos, aguanta tres o cuatro meses. Para comerlo, se sacan unos días antes a temperatura ambiente junto a una manzana, cuyo etileno acelera el ablandamiento.

Ten paciencia con la entrada en producción: un kiwi de vivero empieza a dar a los tres o cuatro años y alcanza plena producción hacia el séptimo u octavo.

En resumen

El kiwi es una liana, no un árbol, y hay que darle estructura resistente, poda anual de renovación y mucha agua en verano sin encharcar nunca. Necesita suelo suelto y ligeramente ácido, protección frente al viento y frente a las heladas de abril, y clima con suficientes horas de frío, lo que en España lo sitúa sobre todo en la franja atlántica. Y sobre todo: planta un macho junto a las hembras, porque sin él no habrá fruto por muy bien que hagas todo lo demás.


Contenidos relacionados