Corta una romana por la mitad a lo largo y verás en qué se diferencia del resto de lechugas: un nervio central ancho, blanco y firme que recorre cada hoja de abajo arriba y sostiene la mata en vertical. Esa nervadura es la que da el crujido, la que aguanta el aliño de una césar sin ablandarse y la que hace que la planta forme un cogollo alargado en lugar de una bola. También es la parte que peor sale cuando el cultivo va mal: con calor, sequía o riegos irregulares, la romana se estira, amarga y se va a flor antes de llenar el corazón.

Hablamos de Lactuca sativa var. longifolia, de la familia de las asteráceas, una planta anual de ciclo corto que en España se cultiva prácticamente todo el año siempre que se acierte con la época de siembra. En este artículo va lo que de verdad decide el resultado: cuándo sembrar sin que la semilla se bloquee, a qué profundidad se planta, por qué se quema el borde de las hojas y qué sentido tiene (y cuál no) atar la planta antes de cortarla.

Bancal de lechuga romana en un huerto

Qué planta es y de dónde viene

La lechuga cultivada desciende de Lactuca serriola, una especie silvestre del Mediterráneo oriental y Asia occidental que todavía crece como mala hierba en cunetas y ribazos de media España. Los egipcios ya la cultivaban, y el tipo alargado —el que hoy llamamos romana— es el más antiguo de los que se comen en hoja: los tipos acogollados redondos, como la iceberg, son mucho más recientes.

La planta forma una roseta de hojas erguidas, largas y de borde entero o ligeramente ondulado, con la nervadura central muy marcada. Según la variedad alcanza de 25 a 40 cm de altura. Cuando la temperatura sube y el día se alarga, el tallo se alarga (se dice que la planta espiga o sube a flor), aparece una inflorescencia ramificada con capítulos amarillos pequeños y la hoja se vuelve incomible. Al cortar cualquier parte de la planta sale un látex blanco: es donde se concentran las lactonas sesquiterpénicas, lactucina y lactucopicrina, responsables del amargor. En una romana joven apenas se notan; en una espigada, dominan el sabor.

Dentro del tipo romano hay variedades muy distintas de manejo. Las clásicas de mata grande —Romana Larga Rubia, Parris Island, Inverna— piden 30-35 cm por planta y un ciclo largo. Los cogollos tipo Little Gem o los de Tudela son romanas enanas: se plantan más juntos, a 20-25 cm, y se cortan en la mitad de tiempo. Elegir una de mata grande para una jardinera de balcón es empezar mal.

Siembra: la temperatura del suelo manda

Aquí está el punto que más siembras arruina en verano. La semilla de lechuga germina bien entre 4 y 22 °C, con el óptimo alrededor de 15-18 °C, pero por encima de 25-28 °C entra en termoinhibición: no es que se muera, es que se bloquea y se niega a germinar. Un semillero puesto a pleno sol en julio, con el sustrato a 30 °C a media tarde, puede darte una nascencia del 10 % y ninguna plaga a la que culpar.

La solución no es regar más, es bajar la temperatura. Siembra al atardecer, coloca el semillero a la sombra o bajo malla de sombreo del 40-50 %, riega con agua fresca y no lo saques al sol hasta que las plántulas hayan emergido. Con esa maniobra se siembra romana en pleno agosto sin problema.

El segundo detalle: la semilla de lechuga necesita luz para germinar. No la entierres. Medio centímetro de sustrato fino, o incluso solo un espolvoreo de vermiculita, es todo lo que admite. Sembrada a 2 cm de profundidad, como se hace con una judía, no sale.

Sobre el calendario peninsular, en líneas generales:

  • Interior y norte (Castilla, Aragón, cornisa cantábrica): siembras de febrero-marzo a agosto, con protección al principio y al final. En invierno se para.
  • Litoral mediterráneo y sur: el ciclo bueno es el de otoño-invierno, de septiembre a febrero. El verano exige sombreo y variedades resistentes a la subida a flor.

Sembrando cada tres semanas un puñado de plantas tienes romana escalonada en lugar de veinte lechugas listas el mismo día, que es como se acaba regalando la mitad al vecino.

Trasplante: el cuello por encima de la tierra

La romana se puede sembrar directa y aclarar después, pero el trasplante da plantas más uniformes. El momento es cuando la plántula tiene 4-5 hojas verdaderas, unas tres o cuatro semanas después de la siembra. Pasado ese punto la raíz se enrosca en el alvéolo y la planta arranca mal.

Al plantar, el cuello —el punto donde las hojas salen del tallo— tiene que quedar por encima del nivel del suelo, con el cepellón apenas enrasado. Enterrado un par de centímetros, ese cuello se mantiene húmedo permanentemente y se pudre: la planta va tirando unos días, luego se pone lacia a mediodía y una mañana la levantas del bancal sin resistencia, con la base marrón y blanda. Es un fallo de trasplante, no una enfermedad que haya llegado de fuera.

Marcos orientativos: 30 x 30 cm para romanas grandes, 25 x 25 cm para cogollos. Apretarlas más no multiplica la cosecha; lo que hace es cerrar el bancal, impedir que las hojas se sequen tras el riego y abrir la puerta al mildiu.

Suelo, riego y el borde quemado de las hojas

La romana quiere un suelo suelto, mullido, con materia orgánica bien descompuesta y drenaje real. El pH cómodo va de 6,5 a 7,2. Es un cultivo moderadamente sensible a la salinidad, así que en zonas de agua dura y suelos salinos conviene lavar bien el bancal antes de plantar. Un aporte de 3-4 kg/m² de compost maduro incorporado a los 15 cm superficiales antes del trasplante cubre buena parte de las necesidades del ciclo.

El sistema radicular es superficial: la mayoría de las raíces está en los primeros 20-25 cm. Eso obliga a riegos frecuentes y ligeros, no a empapadas espaciadas. En primavera, cada dos o tres días; en verano, a diario en suelo ligero. El objetivo es que el sustrato nunca llegue a secarse del todo, porque la lechuga no perdona el estrés hídrico ni siquiera puntual.

Y de ahí sale el problema más característico del cultivo: el tipburn o quemado del borde de la hoja, esa necrosis marrón y seca en el margen de las hojas interiores. Se atribuye siempre a falta de calcio, y se responde echando calcio al suelo, que casi nunca sirve de nada. El calcio viaja por el xilema arrastrado por la transpiración, y las hojas del interior del cogollo transpiran poco; cuando la planta crece muy rápido —exceso de nitrógeno, calor, humedad ambiental alta— esas hojas jóvenes no reciben calcio suficiente aunque el suelo esté lleno. Lo que corrige el tipburn es un crecimiento regular: riego constante, nitrógeno moderado y evitar el golpe de calor, no un saco de enmienda cálcica.

Riega por goteo o al pie siempre que puedas. Mojar la hoja por aspersión al atardecer deja la roseta húmeda toda la noche, y eso es exactamente lo que necesitan el mildiu y la botritis.

Abonado sin pasarse de nitrógeno

La lechuga responde al nitrógeno con hoja grande y verde intenso, y por eso es tentador seguir echando. Tiene dos costes. El primero, agronómico: hoja blanda, planta acuosa, imán para el pulgón y mucha más botritis. El segundo, alimentario: las hortalizas de hoja acumulan nitratos, y la lechuga es de las que más. La Unión Europea fija límites máximos de nitratos precisamente para lechuga y espinaca. Abonar fuerte en las dos últimas semanas antes del corte es la forma más directa de subirlos.

Con el compost de fondo suele bastar. Si el suelo es pobre, un aporte líquido rico en potasio a mitad de ciclo ayuda a que la mata coja consistencia. El estiércol fresco, fuera: aporta nitrógeno de golpe, quema raíz y arrastra semillas de malas hierbas.

Plagas: caracoles, pulgón, minador y trips

La lista es corta pero eficaz.

Caracoles y babosas son la primera amenaza real, sobre todo en las dos semanas siguientes al trasplante y en otoño. Una plántula puede desaparecer entera en una noche. Revisar al anochecer con linterna y retirarlos a mano es tedioso pero funciona; las trampas de cerveza y las barreras de ceniza o cáscara ayudan, aunque la ceniza deja de servir en cuanto se moja.

Pulgones: el de la raíz y el foliar. Nasonovia ribisnigri se instala en el corazón del cogollo, donde ningún tratamiento por contacto lo alcanza; existen variedades con resistencia genética a este pulgón, y en huertos con historial de la plaga merecen la pena. Myzus persicae y Macrosiphum euphorbiae colonizan las hojas exteriores y transmiten virus. Jabón potásico a primera hora, repetido cada cinco o seis días, y mantener bandas de flor cerca para que trabajen sírfidos, mariquitas y crisopas.

Minador de hoja (Liriomyza spp.): galerías blancas y serpenteantes en el limbo. Estéticamente molesto, rara vez grave. Se quitan las hojas afectadas y punto.

Trips (Frankliniella occidentalis): pequeños, plateados sobre la hoja, y lo importante no es el daño directo sino que transmiten el virus del bronceado del tomate (TSWV), que también afecta a la lechuga y no tiene tratamiento. Mallas y limpieza de malas hierbas alrededor del bancal.

Y las orugas, sobre todo Autographa gamma y noctuidas, que en primavera avanzada agujerean las hojas exteriores. Bacillus thuringiensis var. kurstaki las controla bien si se aplica con las larvas todavía pequeñas.

Enfermedades: mildiu, botritis y esclerotinia

El mildiu de la lechuga lo causa Bremia lactucae, un oomiceto específico de este cultivo. Aparecen manchas amarillentas de contorno anguloso, limitadas por los nervios, y en el envés un fieltro blanco grisáceo. Se dispara con humedad alta y temperaturas suaves, de 10 a 18 °C: otoño y primavera. Conviene aclarar aquí una confusión frecuente, porque el mildiu del girasol (Plasmopara halstedii) es otro hongo distinto que no ataca a la lechuga. Contra Bremia: marcos amplios, riego al pie, retirar hojas basales y elegir variedades con resistencias (Bl:16-36 y siguientes).

Botritis (Botrytis cinerea): moho gris en el cuello y las hojas en contacto con el suelo, típico tras heridas o en plantas atadas en húmedo.

Esclerotinia (Sclerotinia sclerotiorum y S. minor): podredumbre acuosa de la base con micelio algodonoso y unos cuerpos negros duros del tamaño de un grano de pimienta, los esclerocios. Sobreviven años en el suelo, así que una vez que aparece, ese bancal queda marcado. Rotación de tres o cuatro años sin lechuga ni otras hospedantes, retirada y destrucción de las plantas afectadas —nunca al compost—, y acolchado para evitar salpicaduras.

Los virus (LMV, virus del mosaico de la lechuga) dan mosaicos, deformaciones y enanismo. Se transmiten por pulgón y también por semilla, razón por la que no conviene guardar simiente de una planta con síntomas.

Blanqueo: cuándo tiene sentido atar la romana

La práctica tradicional consiste en recoger las hojas exteriores y atarlas con rafia o una goma unos 10-15 días antes del corte, para que el interior quede a oscuras. Sin luz no se forma clorofila, las hojas del corazón salen pálidas, más tiernas y bastante menos amargas.

Dos avisos. El primero, técnico: átala solo con la planta completamente seca y con tiempo estable. Una romana atada con las hojas húmedas es una cámara de humedad cerrada, y lo que encuentras al abrirla es un corazón podrido de botritis. El segundo, nutricional: las hojas verdes exteriores concentran mucho más folato, vitamina K y carotenoides que el corazón blanqueado. Blanquear mejora la textura y suaviza el sabor a costa de valor nutricional, así que no es un paso obligatorio sino una elección. Buena parte de las variedades modernas de romana son autoblanqueantes: cierran solas el cogollo y no necesitan atado ninguno.

Recolección y qué hacer después

Desde el trasplante pasan entre 45 y 60 días en primavera-verano y hasta 80-90 días en ciclo de invierno. La señal de corte es táctil: aprieta el cogollo con la mano y, si está firme y compacto, está listo. Esperar más no engorda la planta, la acerca a espigar.

Corta a primera hora de la mañana, con la planta turgente y fresca, seccionando el tallo a ras de suelo con un cuchillo limpio. Cortada a mediodía en julio se marchita antes de llegar a la cocina. En variedades de hoja suelta y en cogollos pequeños funciona bien la recolección hoja a hoja: se van quitando las exteriores y la planta sigue produciendo desde el centro durante semanas.

La romana aguanta el frío mejor que las lechugas de cogollo redondo: soporta heladas ligeras de -3 a -5 °C, aunque las hojas exteriores queden dañadas. Lo que no tolera es el calor sostenido por encima de 25-27 °C, que dispara la subida a flor. Si ves que el centro de la planta empieza a alargarse y a levantar un tallo, córtala ese mismo día: en 48 horas el amargor ya no se va.

En la cocina y en la etiqueta de "medicinal"

La romana es la lechuga de la ensalada césar por una razón mecánica: su nervio central resiste una salsa densa sin desmoronarse. También es la única que aguanta bien la plancha —partida a lo largo, un par de minutos por el lado del corte, con aceite y sal— porque el nervio se carameliza y la hoja no se convierte en un trapo. Aporta agua, fibra, folato, vitamina K y carotenoides, con muy pocas calorías; no es un alimento denso en nutrientes, es un vehículo.

Sobre sus supuestas propiedades sedantes conviene precisar. La fama viene del lactucario, el látex desecado que históricamente se obtenía de Lactuca virosa, una especie silvestre distinta y con un contenido de lactonas sesquiterpénicas muy superior. La lechuga de ensalada contiene esos mismos compuestos en cantidades ínfimas, y comerse una romana antes de dormir no tiene efecto farmacológico alguno. Las preparaciones concentradas de lactucario no son inocuas ni están estandarizadas, y su uso casero no tiene ningún respaldo que lo justifique. Como hortaliza, la romana se come y ya está; lo único que conviene vigilar en ella es el contenido de nitratos, que se controla en el huerto midiendo el nitrógeno, no en el plato.

En resumen

La romana da bien en el huerto español si se respetan cuatro cosas. Sembrar con el semillero fresco y la semilla apenas cubierta, porque por encima de 25-28 °C simplemente no germina. Trasplantar con el cuello por encima del suelo y a 25-30 cm, para que no se pudra la base ni se cierre el bancal. Regar poco y a menudo, al pie y no sobre la hoja, porque la raíz es superficial y las oscilaciones de humedad son las que queman el borde de las hojas. Y cortar en cuanto el cogollo esté firme, sin esperar a que la planta levante el tallo floral, momento a partir del cual el amargor ya no tiene marcha atrás. El atado para blanquear es opcional, solo en seco, y con las variedades autoblanqueantes de hoy sobra.


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