El jengibre que compras en la frutería no es una raíz. Es un rizoma: un tallo subterráneo engrosado que crece en horizontal, con nudos, yemas y escamas, y del que salen tanto las raíces verdaderas como los brotes aéreos. La diferencia importa en la cocina poco y en el huerto muchísimo, porque explica cómo se planta, a qué profundidad y por qué se pudre con tanta facilidad.

La especie es Zingiber officinale, de la familia de las zingiberáceas, la misma que la cúrcuma y el cardamomo. Es una herbácea perenne que levanta pseudotallos de hasta un metro formados por vainas foliares superpuestas, con hojas lanceoladas de color verde vivo. Florece rara vez en cultivo, y cuando lo hace produce una espiga cónica de brácteas verdosas con flores amarillentas de labelo morado.

Una planta sin población silvestre

Aquí está lo llamativo de su origen: no se conoce ninguna población silvestre de Zingiber officinale. Todas las plantas que existen proceden de rizomas divididos, no de semilla. El jengibre cultivado es prácticamente estéril: apenas cuaja fruto y no produce semilla viable, de modo que lleva milenios propagándose por vía vegetativa. Es, en términos botánicos, un cultígeno: una planta que solo existe porque el ser humano la reproduce.

Eso convierte su origen en un problema de deducción. Los parientes más próximos del género Zingiber se concentran en el sudeste asiático insular y en el sur de China, y ahí se sitúa el foco de domesticación más probable: el archipiélago malayo y las tierras del sur de China e Indochina. Desde ahí lo movieron dos redes muy distintas. Por un lado, los navegantes austronesios, que llevaron cultivos de propagación vegetativa por todo el Índico y el Pacífico. Por otro, las rutas comerciales terrestres y marítimas hacia la India, donde el jengibre se integró tan pronto y tan a fondo en la cocina y en la medicina que durante mucho tiempo se le dio origen indio.

Rizoma de jengibre fresco

El rastro que dejó en las lenguas

El camino del jengibre hacia Occidente se puede seguir por su nombre. Del sánscrito śṛṅgavera pasó al pali y a las lenguas dravídicas, de ahí al griego zingíberis, de este al latín zingiber y, ya en romance, a nuestro jengibre. El inglés ginger, el francés gingembre y el italiano zenzero vienen del mismo tronco.

Los romanos lo importaban por el mar Rojo y lo usaban tanto en cocina como en farmacopea; aparece en el recetario atribuido a Apicio y en la Materia médica de Dioscórides. En la Europa medieval fue una especia cara pero no inalcanzable —solía costar menos que la pimienta—, y de esa época vienen los dulces de jengibre que todavía se hacen en el norte de Europa por Navidad.

El salto atlántico lo dieron españoles y portugueses en el siglo XVI. Se plantó en La Española y en Jamaica con tanto éxito que, a mediados de siglo, Sevilla ya recibía cargamentos de jengibre americano, y el Caribe se convirtió en proveedor de Europa. Hoy la producción mundial la encabezan India, Nigeria y China.

Para qué se usa de verdad

En la cocina se emplea de formas que no son intercambiables, y conviene saber por qué. El picor del rizoma fresco lo dan los gingeroles. Al secarlo, esos compuestos se deshidratan y se transforman en shogaoles, bastante más picantes; al cocinarlo con calor húmedo derivan hacia la zingerona, mucho más suave y de aroma casi dulce. Por eso el jengibre en polvo no sabe como el fresco rallado, y sustituir uno por otro cucharada a cucharada da resultados raros: el seco es más punzante y menos aromático, el fresco más cítrico y fresco en nariz.

Los usos habituales cubren mucho terreno: rallado en salteados y currys, en infusión con limón, encurtido en vinagre dulce como acompañamiento del sushi, confitado, y molido en repostería especiada junto a canela y clavo. También aromatiza refrescos y cervezas de jengibre, y en Andalucía y Levante se ha ido colando en aliños y adobos de pescado.

Galletas de jengibre

En el terreno medicinal hay que separar lo estudiado de lo publicitado. El uso con respaldo más sólido es el tratamiento de las náuseas: mareo del viajero, náuseas postoperatorias y náuseas del embarazo, con ensayos clínicos razonables detrás y reconocimiento en monografías europeas de plantas medicinales. También se ha investigado su efecto sobre molestias digestivas leves.

Lo que no está demostrado es todo lo demás que se le atribuye: no adelgaza, no «depura» nada, no es un antibiótico ni sustituye a ningún tratamiento. Y tiene precauciones reales. Puede aumentar el riesgo de sangrado en personas que toman anticoagulantes o antiagregantes, conviene evitarlo en cantidades altas antes de una cirugía, y las personas con cálculos biliares deben consultar antes, porque estimula la secreción biliar. En el embarazo se usa, pero con dosis limitadas y bajo criterio médico. En cantidades culinarias no plantea problemas a una persona sana; el riesgo aparece con los suplementos concentrados, donde es fácil perder la cuenta de la dosis acumulada.

Cultivarlo en España

El jengibre es tropical y se comporta como tal: quiere entre 22 y 30 °C, humedad ambiental alta y suelo que nunca se seque del todo ni se encharque. Por debajo de 10 °C se para, y una helada mata la parte aérea y estropea el rizoma. Al aire libre solo prospera con garantías en Canarias y en algunos rincones muy resguardados del litoral sur y levantino. En el resto de la península, en maceta.

Se planta a partir de un rizoma de tienda con yemas visibles, esos brotes redondeados de punta clara que salen en los nudos. Elige piezas turgentes, nunca fibrosas ni arrugadas. Buena parte del jengibre de importación se trata con inhibidores de brotación, así que déjalo doce horas a remojo en agua templada antes de plantarlo y descarta las piezas que no reaccionen en tres semanas.

Trocea el rizoma en piezas de unos cinco centímetros, cada una con al menos una yema, y deja que las heridas cicatricen un par de días al aire antes de enterrarlas. Se plantan con la yema hacia arriba, a tres o cuatro centímetros de profundidad, en una maceta ancha y poco profunda, porque el rizoma se expande en horizontal. El sustrato, suelto y rico: mantillo con perlita o fibra de coco, con drenaje sobrado.

El calendario peninsular funciona así: brotación en interior a partir de febrero o marzo, con el sustrato por encima de 20 °C —un cable calefactor ayuda mucho—; salida al exterior o al invernadero cuando pasen las heladas; crecimiento durante todo el verano con riegos frecuentes y sin charco; amarilleo de las hojas a partir de octubre; cosecha entre noviembre y diciembre, antes de que llegue el frío de verdad. Son ocho o diez meses de ciclo, y quien lo corta en agosto porque «ya está grande» saca un rizoma tierno y aguado, sabroso pero sin picor ni capacidad de conservación.

El fallo que arruina la cosecha es el exceso de agua estancada. Un sustrato encharcado durante días pudre el rizoma desde dentro, y cuando el brote se dobla y sale mal olor no hay recuperación posible: se tira todo. Riega abundante y deja que la capa superficial se seque entre riegos.

No todo lo que se llama jengibre lo es

En los viveros circulan varias zingiberáceas con nombres parecidos. La galanga (Alpinia galanga) tiene un rizoma más duro, pálido y de sabor resinoso, y no funciona como sustituto. La cúrcuma (Curcuma longa) se cultiva igual pero tiñe de naranja todo lo que toca. Y bajo etiquetas comerciales como «jengibre ornamental» se venden plantas de flor de los géneros Hedychium, Alpinia o Zingiber spectabile, que son vistosas pero no se comen.

Con una de ellas hay que tener cuidado especial: Hedychium gardnerianum, el mal llamado «jengibre de Kahili», figura en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras. Es una invasora agresiva en Canarias, donde desplaza a la flora de la laurisilva, y su comercio, tenencia y plantación están prohibidos. Si te la ofrecen, no la compres, aunque la etiqueta la venda como planta de jardín inofensiva.

En resumen

Zingiber officinale es un cultígeno sin población silvestre conocida, domesticado con toda probabilidad en el sudeste asiático insular y difundido después por navegantes austronesios y por el comercio hacia India, China y el Mediterráneo, hasta llegar al Caribe con los barcos españoles y portugueses del siglo XVI. Su nombre conserva el rastro sánscrito de ese viaje. Se usa fresco, seco, encurtido y confitado, con perfiles de picor distintos según el tratamiento, y su aplicación medicinal mejor sostenida es contra las náuseas, con precauciones claras en personas anticoaguladas o con cálculos biliares. En el huerto español es cultivo de maceta salvo en Canarias: ocho a diez meses de ciclo, calor constante, sustrato suelto y ni un solo día de encharcamiento.


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