La Monalisa es, con casi total seguridad, la patata que hay ahora mismo en su cocina. Es la variedad más vendida en España desde hace décadas, la que se encuentra por defecto en cualquier frutería y la que muchos hortelanos plantan sin plantearse siquiera si hay alternativas. Esa omnipresencia tiene motivos técnicos que merece la pena entender, y también algunas limitaciones que conviene conocer antes de dedicarle medio huerto.

Patatas de la variedad Monalisa sobre fondo blanco

Qué es la patata Monalisa

Monalisa es una variedad de Solanum tuberosum de obtención holandesa, registrada en los años ochenta y difundida rápidamente por el sur de Europa. En España encontró un encaje casi perfecto, porque combina un ciclo relativamente corto con una buena adaptación a suelos y climas muy distintos, desde el litoral andaluz hasta la meseta.

Es una variedad semitemprana o de media estación temprana. Su ciclo va aproximadamente de 90 a 110 días desde la plantación, con variaciones según zona y fecha. Eso la sitúa entre las patatas extratempranas, que se cosechan en tres meses escasos pero conservan mal, y las tardías de ciclo largo, más productivas y de mejor conservación pero más lentas.

La planta es de porte medio, con follaje abundante y flores generalmente blancas. Produce un número moderado de tubérculos por mata, entre 8 y 12 habitualmente, de calibre homogéneo, que es una de las razones de su éxito comercial: pocas patatas diminutas y pocas descomunales.

Características del tubérculo

El tubérculo de Monalisa es oval alargado, regular, con la piel amarilla, muy fina y lisa y los ojos superficiales. La carne es de un amarillo pálido uniforme.

Esos rasgos, que parecen puramente estéticos, tienen consecuencias prácticas muy concretas.

La piel fina permite pelarla con facilidad, e incluso consumirla sin pelar cuando es fresca. Pero también la hace frágil: se descama con facilidad al recolectarla si la piel no está bien formada, y se daña en la manipulación. Es una patata que hay que tratar con cuidado, y volveremos a ello al hablar de la cosecha.

Los ojos superficiales reducen mucho el desperdicio al pelar.

El contenido en materia seca y almidón es medio-bajo. Este es el dato que define su comportamiento en la cocina. Una patata con poco almidón es una patata firme, que no se deshace al cocer, que mantiene la forma, que no se desmorona en la ensalada y que, al freírse, queda dorada y crujiente por fuera sin absorber demasiada grasa.

Por eso Monalisa se clasifica como patata de uso múltiple, aunque con una preferencia clara: es excelente cocida, al vapor, en ensalada, en guisos donde deba sostener la forma y frita. Y es mediocre para puré, precisamente por lo contrario: un buen puré necesita una patata harinosa, de mucho almidón, que se deshaga. Si su puré con Monalisa le sale correoso o pastoso, no está haciendo nada mal: es la variedad.

Otra virtud práctica: no ennegrece tras la cocción ni se oxida con excesiva rapidez al pelarla, un defecto común en otras variedades que se debe a la reacción de compuestos fenólicos con el hierro.

En cuanto a conservación, aguanta bien, aunque no tanto como las variedades tardías: de 4 a 6 meses en condiciones adecuadas, con tendencia a brotar antes que una Kennebec o una Agria si la temperatura sube.

Patatas de piel fina y lisa características de la variedad

Un poco de historia: de los Andes a su plato

La patata procede de la zona andina, en el altiplano que hoy comparten Perú y Bolivia, alrededor del lago Titicaca. Allí fue domesticada hace unos 8.000 años a partir de especies silvestres del género Solanum, y allí sigue existiendo una diversidad de variedades tradicionales que no tiene comparación en ninguna otra parte del mundo: miles de tipos, de todos los colores, formas y sabores.

Llegó a Europa a través de España, hacia 1570, traída por los expedicionarios que volvían del Perú. Su recibimiento fue frío. Durante casi dos siglos se cultivó como curiosidad botánica, como planta ornamental o como alimento para el ganado y para los pobres. Había varias razones: pertenece a la familia de las solanáceas, igual que la mandrágora o el beleño, lo que despertaba desconfianza; no aparecía en la Biblia; y sobre todo, las primeras patatas que llegaron estaban adaptadas al fotoperiodo andino, de días cortos y constantes, y en las latitudes europeas tuberizaban tarde y mal. Hicieron falta generaciones de selección para obtener tipos que rindieran aquí.

Su expansión como alimento básico llegó en el siglo XVIII, empujada por hambrunas, guerras y por divulgadores como Parmentier en Francia. En España, la patata se consolidó primero en Galicia y en la cornisa cantábrica, donde el clima húmedo le venía de perlas, y desde allí se extendió.

El episodio más dramático de su historia europea es la Gran Hambruna irlandesa de 1845-1849, causada por el hongo Phytophthora infestans, el mildiu de la patata. Irlanda dependía casi por completo de una base genética estrechísima —prácticamente una sola variedad— y cuando el patógeno llegó, arrasó las cosechas de forma sucesiva. Murió alrededor de un millón de personas y emigró otro tanto. Es la mejor lección que existe sobre por qué la diversidad varietal importa.

Monalisa es hija de esa historia de mejora genética. Fue obtenida en los Países Bajos, que desde el siglo XX son el gran centro mundial de selección de variedades de patata y el principal exportador de patata de siembra certificada. Llegó a España en un momento en que el mercado buscaba justo lo que ella ofrecía: piel fina, aspecto limpio, calibre homogéneo y comportamiento culinario polivalente. Se impuso en el sur y el levante peninsular y en Canarias, y sigue siendo la referencia.

Cuándo plantarla

En España se cultiva patata prácticamente todo el año, porque las distintas zonas escalonan la producción. Para Monalisa, que es semitemprana, los calendarios orientativos son:

Canarias y litoral andaluz: plantación de noviembre a enero, cosecha de marzo a mayo. Es la patata extratemprana.

Andalucía interior, Murcia y levante: plantación de enero a marzo, cosecha de mayo a julio.

Meseta, Ebro y zonas de interior: plantación de marzo a abril, cosecha de julio a agosto.

Norte peninsular y zonas de montaña: plantación de abril a mayo, cosecha de agosto a septiembre.

La regla que gobierna todo esto es sencilla: la patata brota cuando el suelo alcanza 7-10 °C y vegeta bien entre 15 y 20 °C. Por encima de 25-27 °C la planta deja de tuberizar, porque el calor bloquea el transporte de azúcares hacia los tubérculos. Ese es el motivo real por el que en el sur se planta en invierno: no para adelantar la cosecha, sino para que la tuberización caiga antes del calor de junio.

Las heladas, por su parte, queman la parte aérea. Una helada sobre la mata joven no suele matar la planta, que rebrota desde el tubérculo, pero retrasa el ciclo y reduce la cosecha.

La patata de siembra y la pregerminación

Aquí se decide buena parte del resultado.

Use patata de siembra certificada. Es más cara que la de consumo, y merece la pena por una razón concreta: la patata se multiplica vegetativamente, así que arrastra de una generación a otra los virus que haya acumulado, sobre todo el virus Y y el del enrollado de la hoja, transmitidos por pulgón. La patata certificada procede de campos con control sanitario y está libre de esas virosis. Guardar patata propia para sembrar año tras año funciona una o dos campañas y luego se nota: matas raquíticas, hojas rizadas, cosecha en caída.

Además, la patata de consumo suele tratarse con antibrotantes para que no germine en la tienda, lo que la hace inservible para plantar.

La pregerminación o encamado es una práctica que muy poca gente hace en huerto familiar y que adelanta la cosecha entre dos y tres semanas. Consiste en colocar las patatas de siembra, 3 o 4 semanas antes de plantar, en cajas de una sola capa, con la zona de más ojos hacia arriba, en un lugar fresco (10-15 °C), aireado y con luz difusa.

El detalle clave es la luz: en oscuridad la patata emite brotes largos, blancos y quebradizos que se rompen al plantar. Con luz emite brotes cortos, gruesos y verde-violáceos, de 1 a 2 cm, que resisten la manipulación y arrancan de inmediato al plantarlos. La diferencia en nascencia es notable.

Sobre el troceado: los tubérculos de menos de 50-60 g se plantan enteros. Los mayores se pueden cortar en porciones de unos 40-50 g, cada una con 2 o 3 ojos. Corte con un cuchillo limpio, desinféctelo entre patata y patata si sospecha enfermedad, y deje las porciones cicatrizar de 2 a 4 días en lugar aireado antes de plantar. Plantar un trozo recién cortado en suelo húmedo es sembrar podredumbre. Espolvorear las heridas con ceniza de madera o azufre ayuda.

Suelo, plantación y aporcado

La patata quiere un suelo suelto, profundo, mullido y bien drenado. Los tubérculos engordan empujando la tierra, así que en un suelo compacto salen pequeños y deformes. El pH ideal está entre 5,5 y 6,5: es de las pocas hortalizas que prefiere suelo ligeramente ácido, y en suelos calizos y alcalinos aparece con mucha más frecuencia la sarna común.

Prepare el terreno con una labor profunda y aporte materia orgánica bien descompuesta. Y aquí una advertencia importante: no use estiércol fresco. Además de quemar, favorece de forma directa la sarna común (Streptomyces scabies), esas costras corchosas que afean el tubérculo. Compost o estiércol de al menos un año.

Marco de plantación: surcos separados 60-75 cm y tubérculos cada 30-35 cm dentro del surco. Plantar más apretado no da más cosecha: da más patatas pequeñas.

Profundidad: 8-12 cm, con los brotes hacia arriba. En suelos ligeros y secos, algo más hondo; en suelos pesados y húmedos, más superficial.

El aporcado es la labor más importante del cultivo y la que más se descuida. Consiste en arrimar tierra al pie de la planta formando un caballón, y se hace cuando la mata tiene 20-25 cm de altura, con un segundo aporcado dos o tres semanas después.

Sirve para tres cosas. Primera, aumentar la cosecha: los tubérculos se forman en estolones que nacen del tallo enterrado, así que más tallo cubierto significa más zona de tuberización. Segunda, sujetar la mata y evitar que vuelque. Y tercera, la más importante: impedir que los tubérculos vean la luz.

Porque una patata expuesta a la luz se vuelve verde, y ese verde es clorofila, que no es tóxica, pero que aparece junto a un aumento de solanina, un glicoalcaloide que sí lo es. La solanina causa trastornos digestivos y neurológicos, no se destruye con la cocción y se concentra en la piel y bajo ella. Una patata claramente verde debe descartarse; no basta con pelar la zona verde, porque el verde es solo el indicador visible de un proceso que afecta a más tejido del que se ve. Lo mismo vale para los brotes: son la parte con más solanina de la planta y hay que retirarlos siempre.

Riego y abonado

La patata necesita humedad constante y moderada. El periodo crítico va desde el inicio de la tuberización —que coincide aproximadamente con la floración— hasta que el follaje empieza a amarillear. Ahí es donde se juega el calibre.

El error que más deforma las cosechas es el riego irregular. Un periodo de sequía seguido de un riego abundante provoca que el tubérculo reanude bruscamente el crecimiento, y el resultado son patatas agrietadas, con estrangulamientos, con formas de mancuerna o con corazón hueco. No es una enfermedad: es agua mal repartida.

Riegue preferiblemente por goteo o por surco. La aspersión moja el follaje y multiplica el riesgo de mildiu, que en patata es el problema sanitario número uno.

Y suspenda el riego 2 o 3 semanas antes de la cosecha, cuando el follaje empiece a secarse. Esto permite que la piel se endurezca —la llamada suberización— y es imprescindible en una variedad de piel fina como Monalisa. Una patata cosechada con el suelo húmedo y la piel tierna se descama, se hiere y se pudre en el almacén.

En cuanto al abonado, la patata es exigente pero hay que respetar el equilibrio. Necesita nitrógeno en la primera fase, para construir la mata, pero un exceso de nitrógeno alarga el ciclo, produce follaje exuberante y retrasa o reduce la tuberización: mucha planta y pocas patatas. Es el error clásico del hortelano generoso.

El elemento decisivo es el potasio, que gobierna el llenado del tubérculo, la calidad culinaria y la conservación. Un matiz técnico que merece la pena: es preferible el sulfato potásico al cloruro potásico, porque el cloro reduce el contenido en materia seca y empeora el comportamiento en fritura. También necesita fósforo y es sensible a carencias de magnesio.

La rotación es obligada: no repita patata en la misma parcela antes de 4 años, y no la plante detrás de tomate, pimiento o berenjena, que comparten con ella familia y plagas.

Plagas y enfermedades

Escarabajo de la patata (Leptinotarsa decemlineata). El adulto, con sus diez rayas negras sobre fondo amarillo, y sobre todo sus larvas rojizas, pueden defoliar una mata en días. En huerto pequeño, la recogida manual de adultos, puestas de huevos naranjas en el envés y larvas es perfectamente eficaz si se hace con constancia. En superficies mayores, Bacillus thuringiensis var. tenebrionis sobre larvas jóvenes. Revise a partir de que la mata tenga 15-20 cm.

Mildiu (Phytophthora infestans). El gran enemigo. Manchas pardas de aspecto aceitoso en hojas, con un fieltro blanquecino en el envés en condiciones húmedas, que avanzan hasta secar la mata y pueden pudrir los tubérculos. Necesita humedad alta y temperaturas suaves de 15-20 °C: primaveras lluviosas y noches húmedas. Prevención: no mojar el follaje, plantar con marco holgado para que ventile, aporcar bien para que el inóculo no llegue a los tubérculos, y tratamientos preventivos con cobre en zonas de riesgo. Una vez declarado, no hay marcha atrás.

Alternariosis (Alternaria solani). Manchas pardas con anillos concéntricos en hojas viejas, típicas de clima cálido y seco con rocíos. Menos grave que el mildiu.

Sarna común (Streptomyces scabies). Costras corchosas superficiales. Es un problema estético que no impide el consumo. Se favorece con suelo alcalino, seco durante la tuberización y con estiércol fresco. Se reduce manteniendo humedad constante en las primeras semanas de tuberización y evitando encalar antes de plantar patata.

Rizoctonia (Rhizoctonia solani). Costras negras adheridas al tubérculo y falta de nascencia por muerte de brotes en suelo frío.

Virosis. Enrollado de hoja, mosaicos, enanismo. Transmitidas por pulgón. No se curan: se previenen con patata certificada y control del pulgón.

Polilla de la patata (Phthorimaea operculella). Muy relevante en Canarias y en el sur peninsular. Sus larvas galerían los tubérculos, tanto en campo como en almacén. Aporcado bien hecho —para que la polilla no alcance los tubérculos—, cosecha sin dejar patatas al descubierto y almacenamiento en oscuridad y con malla.

Gusano de alambre (larvas de Agriotes spp.). Perfora los tubérculos con galerías estrechas. Frecuente en parcelas que antes fueron pradera o herbazal.

Nematodos del quiste (Globodera rostochiensis y G. pallida). Son organismos de cuarentena, muy persistentes en el suelo. Es la razón de fondo de la rotación larga y de no usar patata de origen desconocido.

Saco de patatas recién cosechadas sobre una mesa

Cosecha y conservación

Hay dos momentos posibles.

La patata nueva se recoge en plena floración o poco después, cuando la mata sigue verde. Los tubérculos son pequeños, de piel finísima que se desprende al frotarla, y tienen un sabor excelente. No se conservan: hay que consumirlos en días. Es una de las ventajas de cultivar patata uno mismo, porque la patata nueva de verdad casi no llega al mercado.

La cosecha principal se hace cuando el follaje ha amarilleado y se ha secado por completo, y a ser posible dos o tres semanas después de ese momento, con el riego ya suspendido. La prueba definitiva: frote un tubérculo con el pulgar; si la piel no se desprende, está madura y lista para almacenar.

Arranque con horca, no con pala, y hágalo en día seco, con la tierra suelta. Deje las patatas unas horas en superficie para que se oreen, pero no más: unas pocas horas de sol directo bastan para empezar a verdearlas.

Después viene un paso que casi nadie da y que multiplica la duración del almacenamiento: el curado. Consiste en mantener las patatas de 10 a 15 días en oscuridad total, a 13-16 °C y con humedad alta. En esas condiciones, la piel termina de suberizarse y las heridas de la recolección cicatrizan. Una patata curada aguanta meses; una patata metida directamente en el saco se pudre por las heridas.

Para el almacenamiento definitivo: lugar oscuro, fresco (4-8 °C), seco y ventilado. En cajas o sacos de malla que respiren, nunca en bolsa de plástico cerrada. Y sin lavar: la tierra seca protege, y el lavado deja humedad que provoca podredumbre. Revise cada pocas semanas y retire cualquier tubérculo que empiece a estropearse.

Una recomendación específica: no guarde las patatas en el frigorífico. Por debajo de 4 °C se produce el llamado endulzamiento por frío, un proceso por el que el almidón se convierte en azúcares reductores. La patata se vuelve dulzona y, al freírla, esos azúcares reaccionan con los aminoácidos y provocan un pardeamiento excesivo y una mayor formación de acrilamida, un compuesto indeseable. Si por lo que sea ha refrigerado patatas, dejarlas dos semanas a temperatura ambiente revierte parcialmente el proceso.

Tampoco las guarde junto a cebollas: la humedad y el etileno que desprenden aceleran el brotado y la podredumbre de ambas. En cambio, una manzana entre las patatas sí retrasa el brotado, porque su etileno inhibe el desarrollo de las yemas; es un truco doméstico que funciona.

Valor nutricional

La patata cocida aporta en torno a 75-85 kcal por 100 g, cifra bastante menor de lo que su fama sugiere. El grueso son hidratos de carbono complejos en forma de almidón, con muy poca grasa. Lo que dispara las calorías no es la patata sino el aceite: fritas pueden triplicar ese valor.

Aporta cantidades interesantes de potasio —es una de las mejores fuentes de la dieta habitual—, vitamina C, vitamina B6, magnesio y fibra, sobre todo si se consume con piel. Buena parte de la vitamina C se pierde con la cocción prolongada en mucha agua, así que el vapor o el horno conservan más.

Un apunte práctico: si se cuece y se enfría, parte de su almidón se transforma en almidón resistente, que se comporta más como fibra que como azúcar y tiene menor impacto glucémico. La ensaladilla y la patata cocida del día anterior son, en ese sentido, mejores que la patata recién hecha.

Y lo dicho sobre la solanina: descarte las patatas verdes y retire siempre los brotes.

Entonces, ¿es la mejor patata?

Es la más versátil y la más segura, y por eso domina el mercado. Pero conviene decir que su hegemonía tiene tanto que ver con la logística —piel limpia, calibre uniforme, buena presencia en el lineal— como con la cocina.

Para freír en serio, Agria y Kennebec dan resultados superiores por su mayor contenido en materia seca. Para puré, cualquier variedad harinosa la supera. Para cocer, guisar y ensaladilla, Monalisa es una elección difícil de mejorar. Y para el hortelano que quiere una sola variedad que sirva razonablemente para todo, con buen rendimiento y ciclo corto, sigue siendo la respuesta correcta.

Lo que sí recomiendo es no plantar solo Monalisa. Diversificar con una variedad tardía de buena conservación y con alguna variedad de carne coloreada amplía mucho las posibilidades y reparte el riesgo sanitario. La historia de Irlanda está ahí para recordarlo.

En resumen

Monalisa es una patata de origen holandés, semitemprana, de 90-110 días, con tubérculo oval, piel amarilla muy fina, ojos superficiales y contenido medio-bajo en almidón. Eso la hace firme al cocer, buena en guiso, ensalada y fritura, y floja para puré.

Plántela de noviembre a enero en Canarias y el litoral sur, de enero a marzo en el levante, de marzo a abril en el interior y de abril a mayo en el norte, siempre con la idea de que la tuberización no coincida con temperaturas superiores a 25 °C. Use patata certificada y pregerminada con luz, a 8-12 cm de profundidad, con 30-35 cm entre plantas y 60-75 cm entre surcos.

Aporque cuando la mata tenga 20-25 cm y repita a las tres semanas: aumenta la cosecha y evita el verdeado por solanina. Riegue de forma constante desde la floración —la irregularidad deforma y agrieta los tubérculos— y corte el riego dos o tres semanas antes de arrancar, imprescindible en una variedad de piel tan fina.

Coseche con el follaje seco y la piel firme al frotar, cure las patatas 10-15 días en oscuridad a 13-16 °C y guárdelas después en un lugar oscuro, fresco y ventilado, sin lavar, lejos de las cebollas y fuera del frigorífico.


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