Conviene aclarar algo antes de comprar la primera maceta: una planta en una jardinera de balcón no produce medicina en cantidad apreciable. Produce infusiones, gel para una quemadura pequeña, un aceite macerado para la piel seca. Eso es todo, y eso ya es bastante. Lo que sigue son cinco especies que de verdad se dan bien en una casa española, con lo que hay que hacer para que salgan aromáticas en vez de lánguidas, y con las advertencias que se suelen omitir.

El criterio de selección ha sido práctico: plantas que aguantan el clima peninsular, que se consiguen en cualquier vivero, que se recolectan sin destruir la mata y cuyo uso doméstico está razonablemente documentado. Quedan fuera especies muy citadas en internet pero problemáticas en casa, como la consuelda (hepatotóxica por vía interna) o la hierba de San Juan, que interfiere con un buen número de medicamentos.

Plantas medicinales cultivadas en macetas en casa

Aloe vera, y la parte de la hoja que hay que tirar

El Aloe vera (sinónimo Aloe barbadensis Miller) es una suculenta de hojas gruesas y dientes marginales blandos. Se cultiva en maceta con un sustrato muy drenante: dos partes de sustrato universal por una de arena gruesa o de puzolana, en tiesto de barro si es posible. Pleno sol o sol de mañana. Riega cada 15 o 20 días en verano, dejando secar el sustrato por completo entre riegos, y espacia a una vez al mes o menos de noviembre a febrero. Se pudre por exceso de agua mucho antes de morir de sed.

Aguanta al aire libre en toda la costa mediterránea y en el sur, pero por debajo de 3 o 4 ºC empieza a sufrir y una helada de verdad lo deshace. En el interior peninsular hay que entrarlo a un porche o a una habitación luminosa antes de que llegue el frío. Se multiplica solo: produce hijuelos en la base que se separan con un poco de raíz y enraízan sin dificultad.

El error que casi nadie evita: cortar la hoja y aplicar directamente lo que sale. Entre la corteza verde y el gel transparente hay una capa de látex amarillo, el acíbar, cargada de aloína, que es un laxante irritante y puede provocar dermatitis. Lo correcto es cortar la hoja por la base, ponerla de pie en un vaso durante 15 o 20 minutos para que escurra ese líquido amarillo, enjuagarla, retirar la piel y quedarse solo con el gel incoloro. Ese gel es el que sirve para quemaduras leves, rozaduras y piel irritada, y se conserva pocos días en frío. La ingestión de aloe entero, con acíbar incluido, no es una buena idea.

Manzanilla común, una anual que se siembra y se olvida

La manzanilla de las infusiones es Matricaria chamomilla (también citada como Matricaria recutita), una anual de tallos ramificados y hojas muy divididas que llega a los 40 o 50 cm. No confundir con la manzanilla romana, Chamaemelum nobile, que es perenne, tapizante y de sabor bastante más amargo; ambas sirven, pero se cultivan distinto.

Se siembra directamente donde va a vivir, en jardinera ancha o en un cuadro del huerto. En la mitad sur y en el litoral, siembra de octubre; en zonas frías, a finales de invierno, en febrero o marzo. La semilla es diminuta y necesita luz para germinar: se esparce a voleo sobre el sustrato apelmazado y se presiona con la palma, sin cubrir con tierra. Ese es el fallo habitual de quien no consigue que nazca. Mantén la superficie húmeda con pulverizador hasta que aparezcan las plántulas, en una o dos semanas, y aclara después dejando unos 15 cm entre plantas.

Sol directo, riego moderado y ningún abono nitrogenado: en tierra rica crece frondosa y florece poco. La recolección es lo que marca la calidad. Se cogen los capítulos florales cuando las lígulas blancas empiezan a doblarse hacia atrás y el centro amarillo está abombado; antes tienen menos aceite esencial y después se deshacen al secar. Corta a media mañana, con el rocío ya evaporado, y seca en capa fina a la sombra, en un lugar aireado y a menos de 35 ºC. Al sol pierde el color y buena parte del aroma. Guarda en tarro opaco y hermético; el aroma dura bien un año. Si dejas florecer las últimas plantas, se resiembran solas y al año siguiente te ahorras el trabajo.

Melisa o toronjil, la aromática que quiere sombra

Melissa officinalis es una labiada perenne, de hoja algo rugosa y con un olor cítrico inconfundible al frotarla. Su interés está en la infusión de hojas frescas, tradicionalmente empleada para la digestión pesada y el nerviosismo leve.

Rompe la regla que se aplica a las aromáticas mediterráneas. El romero, la lavanda o el tomillo quieren sol duro y sequía; la melisa quiere semisombra y suelo fresco. En Andalucía o en el valle del Ebro, a pleno sol de julio, se achicharra y las hojas se vuelven ásperas y amargas. Colócala donde reciba sol de mañana y sombra a partir del mediodía, en maceta de al menos 25 cm de diámetro con buen sustrato, y riega para que no llegue a secarse del todo.

Es rústica: la parte aérea desaparece con las heladas y rebrota de la cepa en marzo sin problema en casi toda la Península. También es invasora por rizoma y por semilla, así que en el suelo de un jardín pequeño acaba donde no la quieres. En maceta se controla sin esfuerzo.

Corta las ramas a un tercio de su altura justo antes de que abran las flores, en junio; ese es el momento de máximo aceite esencial, y el corte provoca un rebrote tierno que da una segunda recolección en septiembre. La melisa seca pierde aroma muy deprisa, mucho más que la manzanilla o el tomillo, de modo que lo lógico es usarla fresca durante la temporada y no acumular tarros que al cabo de unos meses ya no huelen a nada.

Caléndula, flores para macerar en aceite

Calendula officinalis es una anual de flor naranja o amarilla que en clima suave florece prácticamente todo el año. Se siembra en septiembre u octubre en el sur y en el litoral, o en febrero y marzo tierra adentro, y germina en una semana a temperaturas de 15 a 20 ºC. Quiere sol y no es exigente con el suelo. Una vez la tienes, se resiembra sola indefinidamente.

Su uso doméstico más razonable es el aceite macerado para pieles secas o irritadas. Se recogen las flores completamente abiertas a media mañana, se secan a la sombra hasta que los pétalos crujen y se cubren con aceite de oliva suave o de girasol en un tarro de cristal, al sol o en sitio templado, entre tres y cuatro semanas. Después se filtra y se guarda en frasco oscuro. Las flores tienen que estar completamente secas: cualquier resto de humedad enrancia el aceite o lo fermenta, y ese es el motivo por el que tantos macerados caseros se estropean en un mes.

Un detalle útil de huerto: la caléndula atrae pulgón con avidez. Plantada en el borde funciona como cultivo trampa que concentra la plaga y, de paso, alimenta a mariquitas y sírfidos que después pasan a las hortalizas. Si vas a usar las flores, evidentemente no le apliques ningún insecticida.

Flores y hojas de plantas medicinales listas para recolectar

Tomillo, aroma a base de maltratarlo

Thymus vulgaris es un subarbusto de la garriga mediterránea, y ahí está la clave de su cultivo: cuanto peor lo trates, mejor huele. Su aceite esencial, rico en timol, es lo que sostiene su uso tradicional como antiséptico de garganta y como carminativo en infusión.

Necesita pleno sol, suelo pobre, más bien calcáreo, y drenaje absoluto. En maceta, mezcla sustrato con un tercio de arena gruesa o grava fina y usa tiesto de barro. Riega poco: en verano, cada 8 o 10 días en maceta pequeña; en invierno, casi nada. Sustrato rico y riego frecuente producen una planta grande, verde, blanda y prácticamente sin aroma, además de exponerla a la podredumbre del cuello, que es la causa más común de que un tomillo aparentemente sano amanezca muerto. Tampoco lo abones; el estrés hídrico moderado concentra los aceites esenciales.

Recoge las ramas justo al empezar la floración, en mayo o junio, cortando como mucho un tercio de la mata y sin llegar nunca a la madera vieja y desnuda de la base, que no rebrota. Cuelga los manojos boca abajo a la sombra y desmenuza cuando estén crujientes. Con los años, la mata se lignifica y se abre por el centro; a partir del tercer o cuarto año conviene renovarla con esquejes semileñosos de unos 8 cm tomados en primavera o a finales de verano, que enraízan bien en arena húmeda y a la sombra.

Cómo organizarlas y qué esperar de ellas

Estas cinco especies no comparten cuidados, así que agrúpalas por exigencias y no por utilidad. Aloe y tomillo van juntos en la zona más soleada y seca, con sustrato arenoso y riego escaso. Manzanilla y caléndula ocupan la parte de sol con riego normal. La melisa se queda aparte, en semisombra y con el sustrato siempre fresco. Meter las cinco en la misma jardinera con el mismo riego condena a dos o tres de ellas.

Sobre las cantidades, mejor ser realista. Una jardinera de un metro de manzanilla da al año un tarro pequeño de flores secas, quizá 40 o 50 gramos. Para tener infusión de manzanilla propia a diario haría falta un bancal entero. Lo sensato es cultivar para consumo ocasional y por el placer de recolectar, no para sustituir la compra.

Y una advertencia que no sobra: que una planta sea casera no la hace inocua. Interacciona con medicamentos, el embarazo y la lactancia son situaciones en las que conviene abstenerse de casi todo, y las alergias a compuestas (manzanilla, caléndula) existen y no son raras en personas sensibles a la artemisa o al polen de gramíneas. Nada de esto sustituye a un tratamiento médico ni sirve para tratar nada serio.

En resumen

Aloe vera, manzanilla común, melisa, caléndula y tomillo cubren bien lo que una casa española puede cultivar y usar de verdad: gel para quemaduras leves, dos infusiones honestas y un aceite macerado para la piel. El aloe pide sequedad y hay que escurrirle el acíbar antes de usar el gel. La manzanilla se siembra sin enterrar la semilla y se recolecta cuando las lígulas se doblan hacia atrás. La melisa quiere semisombra y se usa fresca. La caléndula se seca por completo antes de macerarla en aceite. El tomillo huele en proporción inversa a lo bien que lo cuides. Con esas cinco reglas y macetas agrupadas por necesidades de riego, el conjunto se sostiene sin dedicarle más de diez minutos a la semana.


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