Un carro cargado de hierba recién arrancada pesa mucho más de lo que aparenta, y ese peso es agua, nitrógeno, potasio y calcio que salieron de tu propio suelo. Tirarlo al contenedor equivale a comprar después, en saco, lo mismo que acabas de sacar del bancal. La alternativa es devolverlo, y hacerlo bien tiene bastante más miga que amontonar hierbajos en una esquina.

Conviene aclarar de entrada que "abono de malas hierbas" no es una sola cosa. Bajo ese nombre caben tres técnicas distintas, con tiempos y resultados muy diferentes: el acolchado (dejar la hierba segada en superficie), el compostaje (integrarla en un montón junto a materia seca) y el purín fermentado (macerarla en agua para obtener un líquido de riego). Las tres son válidas y ninguna sustituye a las otras.

Hierbas silvestres creciendo entre el cultivo antes de ser arrancadas

Cómo quitar las hierbas si vas a aprovecharlas

El momento manda por encima de la técnica. La regla práctica es segar o arrancar antes de que la planta grane. Una hierba en plena floración está en su punto más alto de nitrógeno y todavía no ha soltado semilla; una hierba agostada ya ha bajado su valor fertilizante y, encima, te siembra el huerto entero. En la Península eso significa actuar de marzo a mayo en la mayoría de las anuales de invierno, y en junio-julio con las de ciclo estival.

Para el arrancado a mano, el suelo húmedo pero no encharcado facilita que salga la raíz completa. La azada de mango largo pasada a ras, a un par de centímetros bajo la superficie, corta el cuello de las anuales sin remover el perfil del suelo: cada vez que volteas la tierra sacas a la luz semillas enterradas que estaban dormidas y les das justo lo que esperaban. Menos laboreo profundo equivale, a medio plazo, a menos hierba.

El desbrozado con hilo es cómodo pero deja el material muy troceado y disperso; sirve para acolchar in situ y poco más. Si quieres recoger biomasa para compost o purín, la hoz o la desbrozadora de cuchilla te dan un material más manejable.

Acolchado: la vía más rápida y la más infravalorada

Dejar la hierba cortada tumbada sobre el suelo, alrededor de los cultivos, es la forma más simple de devolver nutrientes y la que menos trabajo cuesta. La capa debe quedar de 4 a 8 cm una vez asentada: menos no sombrea lo suficiente para frenar germinaciones, y más, si el material es muy verde y jugoso, apelmaza y fermenta anaeróbicamente contra el cuello de las plantas.

Dos matices que marcan la diferencia. Primero, oréala unas horas al sol antes de extenderla: pierde agua, pesa menos y no forma una plasta impermeable. Segundo, no la arrimes al tallo de hortalizas ni al tronco de arbustos jóvenes; deja un anillo libre de tres o cuatro dedos para evitar podredumbres de cuello.

Como el material se descompone en superficie, la liberación de nutrientes es progresiva y la fauna del suelo hace el trabajo de incorporación. En verano, además, el ahorro de agua de riego es notable: un acolchado bien puesto reduce la evaporación directa del suelo de forma muy visible en los meses secos.

Compostaje: la hierba es el "verde" del montón

En el lenguaje del compostaje, las malas hierbas frescas son material verde: mucha agua y mucho nitrógeno, con una relación carbono/nitrógeno baja. Por sí solas se apelmazan, se pudren y huelen a amoníaco. Necesitan compañía seca —paja, hojarasca, cartón sin tintas, restos de poda triturados— en una proporción de aproximadamente dos partes de material seco por una de hierba verde en volumen.

Alternar capas de unos 10-15 cm, humedecer hasta que el conjunto quede como una esponja escurrida y voltear cada dos o tres semanas es todo el protocolo. Si el montón tiene volumen suficiente (a partir de un metro cúbico) y la mezcla es correcta, en pocos días el centro alcanza los 55-65 °C. Esa fase termófila es la que higieniza el material.

Y aquí está el punto que se pasa por alto: solo un compost que se calienta de verdad destruye las semillas de hierba. La compostera doméstica pequeña, de plástico, sin voltear y alimentada a cucharadas, casi nunca pasa de temperatura ambiente más unos pocos grados. Ese compost es excelente como enmienda, pero devuelve al huerto todas las semillas que le echaste. Si trabajas en frío, no metas hierbas granadas: acólchalas o hazlas purín.

Las hierbas que no deben ir directas al montón

Un grupo concreto de plantas rebrota desde fragmentos, y trocearlas en el compost es multiplicarlas. Las principales en huertos y jardines españoles:

Grama (Cynodon dactylon), con estolones y rizomas que enraízan en cada nudo. Correhuela (Convolvulus arvensis), cuyas raíces profundas rebrotan de cualquier trozo. Juncia o chufa borde (Cyperus rotundus), que forma tubérculos encadenados casi imposibles de extraer enteros. Cañota (Sorghum halepense) y castañuela (Cyperus esculentus) van en la misma lista.

Con estas hay dos tratamientos previos que funcionan. Uno es el secado extremo: extenderlas sobre una superficie dura —hormigón, malla, una chapa— y dejarlas al sol hasta que queden como paja quebradiza, semanas en pleno verano peninsular. El otro es el ahogado: sumergirlas en un cubo con agua durante tres o cuatro semanas hasta que se deshagan en una masa fétida. El líquido resultante se aprovecha como purín y los restos ya van al compost sin riesgo.

Aparte quedan las plantas visiblemente enfermas. Material con royas, oídio avanzado, mildiu o cualquier sospecha de virosis no entra en un compost frío; ahí sí conviene retirarlo del ciclo.

Purín fermentado, paso a paso

El purín es una maceración en agua que extrae, en pocos días, buena parte de lo soluble de la planta. El de ortiga (Urtica dioica) es el clásico y funciona bien con cualquier mezcla de hierbas de temporada.

Las proporciones de referencia son 1 kg de hierba fresca por cada 10 litros de agua (unos 200 g si la hierba está seca). Usa recipiente de plástico, madera o barro, nunca metálico: la mezcla es ácida al principio y reacciona. Llena solo hasta tres cuartos, porque sube espuma.

El agua ideal es la de lluvia. Si usas agua de red, déjala reposar un día al aire para que se vaya el cloro, que castiga a los microorganismos responsables de la fermentación. Tapa con una tela o una tapa apoyada sin cerrar: el proceso necesita oxígeno, y un cierre hermético lo convierte en una putrefacción anaerobia mucho más maloliente y menos útil.

Remueve a fondo una vez al día. Los primeros días verás espuma abundante; cuando dejes de removerlo y ya no suba espuma, y el líquido pase a un color oscuro casi negro, está listo. Con temperaturas de 18-20 °C eso ocurre en torno a los 10-14 días; en pleno julio puede bastar con una semana; en marzo, a 12 °C, pueden ser tres semanas. Cuela con un saco de arpillera o una malla fina y guarda el líquido en garrafas opacas, en sitio fresco, sin llenar del todo y con el tapón flojo.

Para usarlo, diluye siempre. En riego al suelo, 1 parte de purín por 10 de agua. En pulverización foliar, 1 por 20, y mejor a primera hora de la mañana o al atardecer, nunca con sol directo sobre la hoja. Aplicado sin diluir quema raíces y hoja por concentración salina y por amoníaco.

Una precisión sobre el purín de ortiga: se le atribuye acción insecticida contra el pulgón y no es exactamente así. Lo que se ha observado es un efecto repelente débil y, sobre todo, un efecto indirecto —plantas mejor nutridas y con tejidos más firmes resisten mejor—. Si tienes una colonia de pulgón instalada, el purín no te la va a quitar.

Otras hierbas con oficio propio

Consuelda (Symphytum officinale): raíz pivotante muy profunda que extrae potasio de capas donde otras plantas no llegan. Su purín es el complemento natural del de ortiga, con un perfil más rico en potasio, adecuado para tomateras, calabacines y plantas de flor en cuanto empieza el cuajado.

Cola de caballo (Equisetum arvense): muy rica en sílice. No se prepara como purín fermentado sino como decocción: 100 g de planta fresca por litro, a remojo 24 horas, hervido suave 20 minutos, enfriado y colado. Diluida 1:5 se usa en preventivo contra hongos, aprovechando que el silicio refuerza la pared celular. Es preventiva, no curativa.

Diente de león (Taraxacum officinale), helecho común (Pteridium aquilinum) y milenrama (Achillea millefolium) se usan igualmente en purín. En la práctica, una maceración de la mezcla de hierbas que salen de tu propio terreno funciona perfectamente y te ahorra clasificar.

Qué aporta realmente este abono

Aquí toca bajar expectativas con honestidad. Un purín vegetal diluido es un abono líquido flojo, con concentraciones de nitrógeno, fósforo y potasio muy por debajo de cualquier fertilizante comercial. Nadie sostiene una plantación de tomates a base de purín de ortiga y nada más.

Su valor está en otra parte. Aporta nitrógeno rápidamente asimilable en forma amoniacal y nítrica, útil como empujón puntual en primavera; potasio, sobre todo si entra consuelda en la mezcla; calcio y magnesio; y una gama amplia de micronutrientes —hierro, manganeso, zinc, boro— que las hierbas han ido concentrando desde distintas profundidades del perfil. A eso se suma una carga notable de bacterias y de compuestos orgánicos que actúan como bioestimulante, activando la vida microbiana del suelo.

El acolchado y el compost, en cambio, trabajan en la estructura: aportan materia orgánica, mejoran la retención de agua en suelos arenosos, esponjan los arcillosos y alimentan la fauna edáfica. Es un efecto más lento y más duradero.

Merece la pena decirlo claro: la hierba que crece espontáneamente en tu parcela no crea fertilidad de la nada, la recicla. Si el suelo es pobre, el purín que salga de él también lo será. Para construir fertilidad de verdad hace falta que entre materia orgánica de fuera —estiércol compostado, restos de poda, hojarasca— además de cerrar este ciclo interno.

Planta en maceta abonada con preparados vegetales caseros

Errores frecuentes

Aplicar el purín puro. Es el fallo número uno y el más caro: hoja quemada y raíces dañadas en cuestión de horas.

Cerrar el bidón a cal y canto. Sin aire, la fermentación se tuerce hacia la putrefacción, aparecen compuestos sulfurados y el olor pasa de desagradable a insoportable.

Recoger hierbas de cunetas y márgenes de camino. Suelen llevar residuos de herbicida de mantenimiento de vías, más el polvo y los metales del tráfico. Recolecta dentro de tu terreno o en zonas que conozcas.

Abonar en pleno agosto con purín rico en nitrógeno. Un exceso de nitrógeno en verano provoca brotes tiernos, blandos y muy apetecibles para el pulgón, además de retrasar la floración. En frutales y arbustos, nada de nitrógeno a partir de finales de verano: la madera no endurece a tiempo para los primeros fríos.

Usarlo en macetas sin cuidado. En volumen limitado, las sales se acumulan y no hay lavado. Baja la dilución a 1:20 y riega abundantemente con agua sola de vez en cuando.

Guardarlo indefinidamente. Un purín colado y bien conservado aguanta unos meses; con el tiempo pierde nitrógeno por volatilización. Prepara cantidades razonables para la temporada.

En resumen

La hierba que arrancas es materia prima, no basura. Córtala antes de que grane, acolcha con ella lo que puedas directamente, composta el resto con material seco en proporción dos a uno, y reserva para el purín las tandas más verdes. Aparta grama, correhuela y juncia para secarlas al sol o ahogarlas en agua antes de que entren en el montón.

El purín se prepara con 1 kg de hierba por 10 litros de agua, en recipiente no metálico, destapado, removido a diario, y está listo cuando deja de espumar, entre una y tres semanas según la temperatura. Se aplica siempre diluido: 1:10 al suelo, 1:20 en hoja.

Espera de él lo que puede dar: un aporte moderado de nutrientes, una buena dosis de micronutrientes y un empujón a la vida del suelo. No es un fertilizante concentrado ni un insecticida. Como pieza dentro de un sistema que incluye compost, acolchado y aportes externos de materia orgánica, es una de las herramientas más rentables del huerto, y sale gratis.


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