Abonar es reponer al suelo lo que las plantas extraen de él. En un ecosistema natural ese ciclo se cierra solo: las hojas caen, se descomponen y los nutrientes vuelven a estar disponibles. En un jardín o un huerto lo rompemos continuamente, porque nos llevamos las cosechas, retiramos el césped segado y barremos la hojarasca. Por eso hay que aportar algo desde fuera.

Lo que sigue es una guía para entender qué contiene un abono, en qué se diferencian los distintos tipos, cómo se leen las etiquetas y cuándo aplicarlos en el clima peninsular. Con una idea de fondo que conviene adelantar: el problema habitual en jardinería doméstica no es la falta de abono, sino el exceso y el desajuste.

Qué necesitan realmente las plantas

Una planta obtiene del aire y del agua el carbono, el hidrógeno y el oxígeno, que suponen alrededor del 95% de su peso seco. Todo lo demás lo toma del suelo, en cantidades muy desiguales.

Los macronutrientes principales son tres. El nitrógeno (N) forma parte de las proteínas y de la clorofila, e impulsa el crecimiento de hojas y tallos. Su carencia se ve como amarilleo generalizado que empieza por las hojas viejas, porque la planta lo moviliza hacia las nuevas. El fósforo (P) interviene en la transferencia de energía, el desarrollo de raíces, la floración y el cuajado. Su carencia da crecimiento lento y a veces tonos violáceos en las hojas. El potasio (K) regula la apertura de estomas, la resistencia a sequía y enfermedades, y el llenado y calidad de los frutos. Su carencia se manifiesta como necrosis en los bordes de las hojas viejas.

Los macronutrientes secundarios son calcio, magnesio y azufre. El calcio forma las paredes celulares y su déficit provoca la podredumbre apical del tomate y del pimiento, ese fondo negro y hundido que casi todo el mundo achaca a falta de calcio en el suelo cuando en realidad suele deberse a un riego irregular que impide transportarlo. El magnesio es el átomo central de la clorofila y su falta produce amarilleo entre los nervios de las hojas viejas.

Los micronutrientes (hierro, manganeso, zinc, cobre, boro, molibdeno, cloro, níquel) se necesitan en cantidades ínfimas, pero su ausencia bloquea procesos enteros. En España el caso más frecuente con diferencia es la clorosis férrica: hojas jóvenes amarillas con los nervios verdes, en suelos calizos de pH alto donde el hierro está presente pero no es asimilable. Aportar hierro en forma no quelatada a un suelo calizo no sirve de nada; hay que usar quelatos estables a pH alto, del tipo EDDHA.

Esto lleva a un punto capital que se pasa por alto constantemente: el pH del suelo determina qué nutrientes puede absorber la planta. La mayoría de los elementos están disponibles en un rango de pH entre 6 y 7. Por encima de 7,5 se bloquean hierro, manganeso y zinc; por debajo de 5,5 se bloquean fósforo, calcio y magnesio. Antes de añadir abono a una planta que amarillea, merece la pena medir el pH con un kit barato de jardinería. Muchas carencias aparentes son bloqueos, no ausencias, y ningún abono los resuelve.

Cómo se lee una etiqueta

Las tres cifras que aparecen en todo envase, del tipo 15-15-15 o 7-3-9, son los porcentajes en peso de nitrógeno (N), de fósforo expresado como P2O5 y de potasio expresado como K2O. Un abono 15-15-15 tiene un 15% de cada, es decir, 150 gramos de cada elemento por cada saco de un kilo, y el resto son sales acompañantes y material de soporte.

De ahí se deducen dos cosas prácticas. La primera es que lo que importa es la proporción tanto como la cifra: un 20-5-10 y un 8-2-4 tienen el mismo equilibrio, solo cambia la concentración y por tanto la dosis a aplicar. La segunda es que un abono concentrado no es mejor ni peor, solo hay que dosificarlo distinto.

La orientación general: N alto para follaje, césped y hortalizas de hoja; P relativamente alto en el momento del trasplante y para enraizamiento; K alto para floración, fructificación y resistencia al estrés. Los abonos "de floración" con fósforo disparado están sobrevalorados: en la mayoría de suelos españoles, ya con reservas de fósforo suficientes, lo que de verdad falta para florecer y fructificar es potasio.

Merece la pena revisar también dos datos más de la etiqueta. Los micronutrientes, y si van quelatados. Y la forma del nitrógeno: el nítrico es de absorción inmediata y se lava con facilidad; el amoniacal es más estable; el ureico necesita transformarse en el suelo y actúa más despacio. Un abono con nitrógeno mayoritariamente nítrico da respuesta rápida y dura poco.

Abono orgánico aplicado sobre el suelo del huerto

Abonos orgánicos

Proceden de materia viva descompuesta. Su característica común es que liberan los nutrientes lentamente, a medida que los microorganismos del suelo mineralizan la materia orgánica, y que además mejoran la estructura física del suelo: aumentan la retención de agua en suelos arenosos, esponjan los arcillosos y alimentan a la fauna edáfica.

Compost. El más versátil. Resultado de la descomposición controlada de restos vegetales. Su riqueza en NPK es baja, típicamente en torno a 1-0,5-1, así que como fuente de nutrientes es modesto, pero como enmienda del suelo no tiene rival. Se aplica en superficie o se incorpora ligeramente, entre 3 y 5 litros por metro cuadrado al año.

Estiércol. El de vaca es el más equilibrado y suave, el de caballo aporta más estructura por su contenido en paja, el de oveja es más concentrado y el de gallina (gallinaza) es muy rico en nitrógeno. La regla imprescindible: debe estar bien compostado, con al menos seis meses de descomposición. El estiércol fresco quema las raíces por su amoniaco, inmoviliza nitrógeno mientras se descompone y puede introducir semillas de malas hierbas y patógenos. Aplicación otoñal, de 3 a 5 kg por metro cuadrado.

Humus de lombriz. Estiércol o restos vegetales procesados por lombrices. Es el orgánico más fino y seguro: no quema, tiene una carga microbiana muy alta y se puede aplicar directamente en maceta. Su NPK sigue siendo bajo, en torno a 1,5-1-1, así que en cultivos exigentes hace falta complementarlo.

Guano. Excrementos de aves marinas o de murciélago. Es el orgánico más concentrado, con valores que pueden llegar a 12-11-2 en el de ave. Es potente y sí puede quemar si se sobredosifica. Se usa en pequeñas cantidades y como aporte puntual.

Harinas y subproductos. La harina de huesos aporta fósforo y calcio de liberación lenta, la de sangre nitrógeno de acción relativamente rápida, la de cuerno un nitrógeno muy gradual, y las tortas de oleaginosas un aporte equilibrado.

Abono verde. Consiste en sembrar una cubierta vegetal (veza, habas, altramuz, trébol, centeno, mostaza) y enterrarla antes de que florezca. Si son leguminosas, fijan nitrógeno atmosférico y lo incorporan al suelo. Es la técnica más barata y una de las más eficaces para recuperar un huerto agotado, y en España encaja bien sembrando en octubre e incorporando en febrero o marzo.

La confusión más frecuente: la turba y la fibra de coco no son abonos. Son sustratos, es decir, soporte físico. Aportan estructura y retención de agua, pero prácticamente ningún nutriente. Comprar un saco de turba pensando que se está abonando es un error común.

Abonos minerales

Llamarlos "químicos" y contraponerlos a los orgánicos es un uso extendido pero poco preciso: todos los nutrientes son químicos y la planta absorbe exactamente los mismos iones venga el nitrógeno de una bolsa de nitrato o de un estiércol descompuesto. La diferencia real está en la concentración, la velocidad y la ausencia de materia orgánica.

Simples. Aportan un solo elemento: urea o nitrato amónico para nitrógeno, superfosfato para fósforo, sulfato o cloruro potásico para potasio. Útiles para corregir una carencia concreta identificada.

Complejos. Llevan varios elementos en cada gránulo, con lo que la distribución es homogénea. Son los típicos 15-15-15 o los específicos por cultivo.

De liberación controlada. Gránulos recubiertos de una resina que dosifica la salida de nutrientes durante 3, 6 o 12 meses según la temperatura. Son la mejor opción para macetas y jardineras, porque eliminan los picos de salinidad y el riesgo de olvidos. Más caros por kilo, pero con mucho menos desperdicio.

Solubles y líquidos. Se disuelven en el agua de riego. Efecto rápido y control fino de la dosis, pero duración corta y necesidad de repetir.

Foliares. Se pulverizan sobre las hojas, que absorben los nutrientes directamente por la cutícula. Su virtud es la velocidad: corrigen una clorosis férrica o una carencia de magnesio en días, no en semanas. Su límite es la cantidad: por vía foliar no se puede cubrir la demanda total de una planta, solo corregir puntualmente. Se aplican a primera hora de la mañana o al atardecer, nunca con sol fuerte, porque las gotas actúan como lupas y el producto se concentra al evaporarse, quemando la hoja.

¿Cuál es mejor?

La pregunta está mal planteada, porque orgánicos y minerales resuelven problemas distintos.

Los orgánicos construyen suelo. Mejoran la estructura, la capacidad de retención de agua y de nutrientes, y sostienen la vida microbiana que hace disponible lo que hay. Su efecto es acumulativo y se nota más al tercer año que al primero. Su inconveniente es que la liberación depende de la temperatura y la humedad, y no permite corregir una carencia con rapidez.

Los minerales alimentan plantas. Actúan rápido, permiten ajustar exactamente qué elemento y cuánto, y son la única forma razonable de corregir una carencia diagnosticada en plena temporada. Su inconveniente es que no aportan nada a la estructura del suelo, se lavan con facilidad y, mal usados, salinizan.

La combinación sensata en un jardín doméstico es base orgánica en otoño o invierno, ajuste mineral durante la temporada de crecimiento. Es lo que hace la agricultura razonada y es lo que mejor funciona en la práctica.

Vale la pena desmontar dos ideas muy extendidas. La primera, que lo orgánico no puede hacer daño: la gallinaza fresca quema, el guano sobredosificado también, y un exceso de estiércol en suelo mal drenado provoca condiciones anaerobias y podredumbres. La segunda, que los abonos minerales "matan la vida del suelo": lo que la deteriora es la ausencia continuada de aportes orgánicos y el laboreo excesivo, no el uso puntual y ajustado de fertilizante mineral. El problema de la fertilización mineral es de dosis y de lixiviación de nitratos a los acuíferos, y ese problema es de exceso.

Abono granulado mineral listo para su aplicación

Cuándo abonar

El principio general es sencillo: se abona cuando la planta crece. Fuera de su período de crecimiento activo, la planta no absorbe y todo lo aportado se pierde por lavado o se acumula como sal.

Otoño (octubre-noviembre). Momento de la enmienda orgánica de fondo: compost o estiércol compostado incorporado o extendido en superficie en huerto, arriates y pie de árboles y arbustos. El invierno lo mineraliza y en primavera está disponible. También es el momento de sembrar abonos verdes.

Final de invierno (febrero-marzo). Abonado de arranque antes de la brotación. Frutales, rosales, arbustos de flor y césped. Es cuando tiene sentido un complejo equilibrado o un liberación lenta que cubra la temporada.

Primavera y verano (abril-septiembre). Abonado de mantenimiento durante el crecimiento activo. En huerto y macetas, aportes líquidos cada 15 días o cada 3-4 riegos. En plantas de flor y frutales, subir el potasio a partir del cuajado.

Invierno (noviembre-febrero). Prácticamente nada en plantas de exterior en reposo y nada en plantas de interior, que tienen su crecimiento parado por falta de luz. Abonar una planta de interior en diciembre es una de las causas más frecuentes de puntas quemadas y sustrato salinizado.

Hay dos matices climáticos importantes en España. En el sur y el levante, muchas plantas detienen su crecimiento en el pico del verano por estrés térmico, no en invierno: abonar en agosto una planta que está en parada por calor no aporta nada y sí puede quemarla. Y en zonas de lluvias intensas, sobre todo la cornisa cantábrica, el nitrógeno soluble se lava con rapidez, de modo que conviene fraccionar más los aportes o usar formas de liberación lenta.

Cómo abonar sin estropear nada

Nunca sobre suelo seco. Riega antes y aplica después. La sal en contacto con una raíz deshidratada la quema.

Menos es más. Si dudas, aplica la mitad de la dosis de la etiqueta. El déficit se corrige en una semana; el exceso puede tardar meses en lavarse y, mientras tanto, la planta muestra síntomas que se parecen a los de la sequía: puntas secas, bordes quemados, marchitez con el sustrato húmedo.

No amontones el granulado contra el tronco. Distribúyelo en la proyección de la copa, que es donde están las raíces absorbentes, y rástrillalo ligeramente o riega después para incorporarlo.

Lava las macetas dos o tres veces al año. Un riego abundante que atraviese todo el cepellón y salga por el fondo arrastra las sales acumuladas. Es la medida preventiva más eficaz en cultivo en contenedor y casi nadie la practica.

Ajusta a la especie. Las aromáticas mediterráneas, los cactus y las suculentas quieren muy poco abono, y el exceso de nitrógeno les produce tejidos blandos, propensos a plagas, y menos aceite esencial en el caso de las aromáticas. Las acidófilas (azaleas, camelias, hortensias, rododendros, arándanos) necesitan abonos específicos que no suban el pH. Las leguminosas fijan su propio nitrógeno y solo necesitan fósforo y potasio.

No abones una planta enferma o recién trasplantada. Si las raíces están dañadas no pueden absorber, y el abono solo aumenta la concentración salina alrededor de un sistema radicular ya en apuros. Espera de cuatro a ocho semanas tras el trasplante, entre otras cosas porque los sustratos comerciales ya vienen fertilizados.

Diagnosticar antes de abonar

Buena parte del abono que se aplica en jardinería doméstica se aplica a ciegas, para tratar un síntoma cuya causa es otra. Antes de comprar nada, conviene descartar tres cosas.

Luz. Una planta con luz insuficiente crece débil, se alarga y pierde color por mucho que se abone. Es el caso más habitual en interior.

Riego y drenaje. El exceso de agua produce amarilleo, caída de hojas y marchitez, exactamente los mismos síntomas que se atribuyen a la falta de abono. Y una raíz asfixiada no absorbe nutrientes aunque los tenga alrededor.

pH y estado del sustrato. Suelo calizo, agua dura o sustrato agotado y compactado tras años sin trasplantar bloquean la absorción. En una maceta con cuatro años de antigüedad, el trasplante hace mucho más que cualquier fertilizante.

Solo cuando estos tres factores están bien tiene sentido preguntarse qué nutriente falta. Y ahí, un análisis de suelo de laboratorio, que en España cuesta bastante poco, ahorra años de conjeturas en un huerto de cierto tamaño.

En resumen

Los abonos aportan nitrógeno para el follaje, fósforo para raíz y floración y potasio para fruto y resistencia, además de calcio, magnesio, azufre y micronutrientes. Las tres cifras de la etiqueta son sus porcentajes, y lo que importa es tanto la proporción como la concentración.

Los orgánicos (compost, estiércol compostado, humus de lombriz, guano, abono verde) construyen suelo y liberan despacio; los minerales alimentan rápido y permiten corregir carencias concretas. No se excluyen: la práctica más sensata es enmienda orgánica en otoño e invierno y ajuste mineral durante el crecimiento.

Abona cuando la planta crece, de febrero a septiembre según especie y zona, y suspende en invierno y en las paradas estivales del sur. Riega antes de abonar, quédate corto en la dosis, lava las macetas dos o tres veces al año y no abones plantas enfermas o recién trasplantadas.

Y antes de comprar fertilizante, comprueba luz, riego y pH. Muchas carencias aparentes son bloqueos de absorción, y ningún abono los arregla.


Contenidos relacionados