De los tres macronutrientes, el nitrógeno es el que la planta consume en mayor cantidad y también el que antes desaparece del suelo. Se lava con la lluvia, se volatiliza en forma de amoníaco cuando hace calor y lo consumen los microorganismos que descomponen la materia orgánica. Por eso la carencia de nitrógeno es la más común en cualquier jardín, huerto o terraza, y por eso conviene saber qué productos lo aportan de verdad y en qué cantidad.

Para qué sirve el nitrógeno y cómo se nota su falta

El nitrógeno forma parte de los aminoácidos, de las proteínas y de la molécula de clorofila. Traducido a lo que se ve en la planta: es el nutriente del crecimiento vegetativo, del verde intenso y del volumen de hoja.

Su carencia tiene una firma inconfundible. Como es un elemento móvil dentro de la planta, cuando escasea se retira de las hojas viejas para alimentar a las nuevas, así que el amarilleo empieza siempre por abajo y es uniforme, sin dibujo de nervios verdes. La planta se queda pequeña, con entrenudos cortos, tallos finos y hojas más pálidas de lo normal. Si el amarilleo aparece en los brotes nuevos y respeta los nervios, no es nitrógeno: es hierro, y añadir abono nitrogenado no arreglará nada.

El exceso también deja marca: crecimiento exuberante, hojas grandes de un verde oscuro casi azulado, tallos blandos y aguados, floración escasa o retrasada, y una atracción irresistible para el pulgón y el oídio, porque los tejidos tiernos con mucha savia rica en aminoácidos libres son exactamente lo que buscan. En el huerto se ve claro en el tomate: mata enorme y ninguna cuajada.

Abonos minerales: los que más nitrógeno concentran

Si lo que se busca es corregir una carencia rápido, ninguna alternativa orgánica compite con estos:

La urea (46 % de N) es el fertilizante nitrogenado más concentrado del mercado. En el suelo se hidroliza a amonio y después a nitrato. Su problema es que, aplicada en superficie sobre suelo seco y caliente, puede perderse hasta un tercio del nitrógeno por volatilización en pocos días; hay que enterrarla ligeramente o regar inmediatamente después.

El nitrato amónico (33-34 % de N) aporta la mitad del nitrógeno en forma nítrica, de absorción inmediata, y la otra mitad en forma amoniacal, algo más lenta. Su venta al particular está restringida en la Unión Europea por razones de seguridad.

El sulfato amónico (21 % de N y 24 % de azufre) acidifica el suelo al nitrificarse, lo que lo hace interesante en los suelos calizos que abundan en el centro, el este y el sur peninsular, y desaconsejable en suelos ya ácidos del norte.

El nitrato cálcico (15,5 % de N y 19 % de CaO) aporta calcio junto al nitrógeno y no acidifica. Es el nitrogenado de referencia en fertirrigación de hortícolas y ayuda a prevenir la podredumbre apical del tomate y del pimiento.

Con todos ellos las dosis son bajas y no negociables: del orden de 20 a 40 gramos por metro cuadrado de un abono al 20-30 % de nitrógeno, repartidos en varias aplicaciones a lo largo de la temporada de crecimiento, nunca de golpe. Sobrepasarlas quema las raíces por efecto salino y manda a los acuíferos el nitrato que la planta no absorbe.

Estiércol de gallina: el orgánico más potente

La gallinaza es el estiércol más rico en nitrógeno de los que se manejan habitualmente. Fresca ronda el 1,5-2 % de N sobre materia fresca, y deshidratada y peletizada llega al 4-5 %, con aportes notables de fósforo y calcio. Frente a ella, el estiércol de vacuno se queda en torno al 0,5 % y el de caballo algo por encima.

Estiércol de gallina o gallinaza empleado como abono nitrogenado

Su gran inconveniente es que en fresco quema. Buena parte de su nitrógeno está como ácido úrico y amonio, y al descomponerse libera amoníaco en cantidad suficiente para abrasar raíces y hojas. Necesita al menos tres o cuatro meses de compostaje antes de tocar una planta viva, o comprarse ya deshidratada y granulada, que es la forma segura para el jardinero doméstico.

Como orientación, unos 150-200 gramos por metro cuadrado de gallinaza peletizada al inicio de la temporada, incorporada a los primeros centímetros de suelo, cubren las necesidades de un bancal de hortalizas de hoja. En maceta hay que bajar mucho la mano: una cucharada por cada cinco litros de sustrato, y no más de dos veces al año.

Otros orgánicos con nitrógeno de verdad

La harina de sangre (12-13 % de N) es el abono orgánico nitrogenado más concentrado que se puede comprar. Actúa en dos o tres semanas y es la solución cuando hay una carencia clara y se quiere evitar el mineral de síntesis. Se aplica muy diluida o en espolvoreo ligero, y conviene enterrarla porque su olor atrae animales.

La harina de plumas (12 % de N) libera mucho más despacio, a lo largo de varios meses, por lo que sirve como abono de fondo antes de plantar.

El purín de ortiga es el remedio casero que sí funciona, aunque su contenido es modesto. Se maceran un kilo de Urtica dioica fresca en diez litros de agua durante una o dos semanas, removiendo a diario, y se aplica diluido al 10 % en riego o al 5 % en pulverización foliar. No sustituye a un abonado de fondo, pero es un buen sostén durante el crecimiento y aporta hierro y oligoelementos.

Los abonos verdes de leguminosas son la vía más elegante. Veza, habas, trébol o altramuz sembrados en otoño y segados e incorporados al suelo en febrero o marzo, antes de que florezcan, pueden fijar del orden de 100 kilos de nitrógeno por hectárea gracias a la simbiosis de sus raíces con bacterias del género Rhizobium. En un huerto familiar es la manera más barata de mantener el nivel de nitrógeno sin comprar nada.

El compost maduro ronda el 1-1,5 % de N, pero lo libera lentamente y mejora la estructura del suelo, así que funciona como base sobre la que se apoyan aportes puntuales más concentrados.

Posos de café: lo que se cuenta y lo que hacen

Los posos contienen alrededor de un 2 % de nitrógeno en seco, una cifra respetable sobre el papel. El problema es que ese nitrógeno está atrapado en compuestos orgánicos complejos con una relación carbono/nitrógeno cercana a 20:1, y mineraliza muy despacio. A corto plazo, los microorganismos que atacan los posos inmovilizan nitrógeno del suelo para su propio metabolismo, de modo que el efecto inmediato puede ser el contrario del buscado.

Posos de café usados como aporte de materia orgánica en el jardín

Conviene además desmontar dos ideas muy repetidas. La primera es que acidifican el suelo: el café tiene pH ácido, pero los posos ya usados quedan prácticamente neutros, entre 6,5 y 6,8, porque la acidez se marchó en la taza. No sirven para hortensias ni para arándanos. La segunda es que se pueden echar en capa sobre la tierra o la maceta: las partículas son finísimas y forman una costra que repele el agua y asfixia la superficie del sustrato.

El uso correcto es incorporarlos al compost, donde no deberían pasar del 10-20 % del volumen total, mezclados con material rico en carbono. Ahí sí aportan nitrógeno aprovechable, con el tiempo y en compañía.

Comida para perros y gatos: mejor no

Circula por internet la recomendación de enterrar pienso de perro o de gato en el jardín como abono nitrogenado. Es cierto que un pienso lleva entre un 20 y un 30 % de proteína y que esa proteína contiene nitrógeno, así que técnicamente aporta algo. Sigue siendo mala idea.

El pienso incluye grasas y cereales que se enrancian y fermentan en anaerobiosis, generando malos olores y podredumbre. Atrae roedores, avispas, hormigas y a los gatos del vecindario, que escarbarán buscando lo que huelen. Y con el pienso húmedo aparecen hongos y mohos que no se quieren cerca de las plántulas. Existiendo harina de sangre, gallinaza peletizada o un simple purín de ortiga, no hay ninguna razón para recurrir a esto.

Cuándo y a quién aplicarlo

El nitrógeno se aporta cuando la planta está creciendo, es decir, de marzo a junio y, con menos intensidad, en septiembre. Aplicarlo en pleno invierno es tirarlo: la planta está parada y las lluvias lo lixivian antes de que sirva de nada.

Hay que ser especialmente cauto con el nitrógeno tardío. Un aporte en octubre provoca brotación tierna que no llega a lignificar antes de las primeras heladas y se hiela; en frutales y rosales, además, retrasa el agostamiento de la madera. A partir de septiembre lo razonable es girar hacia el potasio.

No todas las plantas lo agradecen igual. Lo piden con fuerza las hortalizas de hoja (lechuga, acelga, espinaca, col), el césped, el maíz y todo lo que se cultive por su follaje. Lo piden poco o nada las leguminosas, que se lo fabrican ellas mismas y que con exceso de nitrógeno dan mata y no vaina; las aromáticas mediterráneas como el romero, el tomillo o la lavanda, que pierden aroma y se vuelven blandas; los cactus y suculentas, que se ahílan; y los frutales en fase de cuajado, donde un exceso provoca caída de flor y crecimiento vegetativo a costa del fruto.

En resumen

El nitrógeno es el nutriente que antes se agota y el que la planta gasta en mayor cantidad, y su carencia se reconoce por un amarilleo uniforme que empieza siempre por las hojas de abajo. Entre los minerales, la urea, el sulfato amónico y el nitrato cálcico lo aportan de forma concentrada y rápida, con dosis pequeñas y bien repartidas. Entre los orgánicos, la gallinaza compostada o peletizada y la harina de sangre son los más potentes, el purín de ortiga sirve de refuerzo y los abonos verdes de leguminosas lo generan gratis. Los posos de café aportan materia orgánica pero no son un abono nitrogenado inmediato ni acidifican nada, y el pienso de mascota es un mal sustituto que sólo trae plagas. Aplicar en primavera, frenar en otoño y recordar que un exceso hace más daño que un defecto: la planta crece, sí, pero blanda, sin flor y llena de pulgón.


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