El nombre inglés de estas plantas, hot water plant, ha causado más bajas que cualquier plaga: no hay que regarlas con agua caliente. La costumbre victoriana de meter los tiestos sobre bancadas calientes de invernadero para despertar los rizomas se transformó, al pasar de boca en boca, en la idea de escaldarlas con la regadera. Aclarado esto, las Achimenes son plantas de temporada agradecidas, capaces de tapizar de flor una cesta colgante desde junio hasta que el otoño las manda a dormir.
Se escriben a menudo mal —achmienes, achimenis, achimeles— y eso complica encontrar información fiable sobre ellas. El género correcto es Achimenes, de la familia Gesneriaceae, la misma de las violetas africanas y las gloxinias.
Origen y características
El género Achimenes reúne alrededor de una veintena de especies repartidas por México, Centroamérica y algunas islas del Caribe, donde viven en claros de bosque húmedo, laderas sombreadas y grietas rocosas con materia orgánica. Ese origen explica casi todo su comportamiento: quieren calor, humedad ambiental y luz filtrada por la copa de los árboles, nunca el sol de plomo de un mediodía de agosto castellano.
Son plantas herbáceas y perennes por sus rizomas escamosos, que es la clave de su cultivo. Bajo tierra forman unos órganos alargados, cubiertos de escamas imbricadas, con aspecto de piñas diminutas o de amentos de sauce. Esos rizomas almacenan reservas, permiten a la planta desaparecer por completo en invierno y rebrotar en primavera, y son también el sistema natural de multiplicación: de uno plantado en marzo se recogen a menudo entre cinco y quince en octubre.
La parte aérea es delicada: tallos finos, a veces erectos y a veces colgantes según la variedad, con hojas opuestas o en verticilos de tres, dentadas, algo pubescentes y con frecuencia teñidas de rojizo por el envés. Las flores nacen de las axilas foliares, tienen un tubo estrecho que se abre en una corola plana de cinco lóbulos y aparecen de forma escalonada durante meses, no todas a la vez.
Entre las especies que se ven con más frecuencia:
- Achimenes grandiflora: la de flor más grande, de color púrpura a magenta con garganta clara, porte más erguido y hojas amplias. Es la que suele estar detrás de los híbridos de flor grande.
- Achimenes erecta (durante mucho tiempo llamada A. coccinea): flores pequeñas de un rojo escarlata muy vivo, tallos largos y flexibles que caen. Excelente para cesta.
- Achimenes longiflora: tubo floral largo y corola azul violácea muy abierta; una de las más cultivadas y de las más resistentes.
- Achimenes misera: la miniatura del género, con florecitas blancas o lilas de menos de un centímetro. Poco vistosa de lejos, interesante para quien colecciona.
A partir de estas se han obtenido cientos de híbridos con nombres comerciales propios y flores blancas, rosas, coral, amarillas o bicolores. Para el cultivo da igual cuál sea: todos siguen el mismo calendario.
El ciclo anual: entenderlo antes de comprar
Quien trata una Achimenes como si fuera un geranio termina tirándola en noviembre convencido de que se le ha muerto. No se ha muerto: se ha ido a dormir, y eso es lo normal. El ciclo es este:
- Marzo-abril: se plantan los rizomas. Brotan en dos o tres semanas si hay calor de sustrato.
- Mayo-junio: crecimiento rápido de tallos y hojas.
- Finales de junio a septiembre: floración continua.
- Octubre: las hojas amarillean y los tallos se secan. La planta traslada las reservas a los rizomas nuevos.
- Noviembre a febrero: latencia total. Ni riego ni luz.
Ese amarilleo otoñal no se combate con abono ni con más agua. Al contrario: intentar mantenerla verde a la fuerza impide que engorde los rizomas y compromete la temporada siguiente.
¿Cuáles son sus cuidados?
Plantación. Entre marzo y abril, cuando el sustrato pueda mantenerse a 20-22 °C —en un piso, casi siempre; en un invernadero frío, no antes de abril—. Se colocan los rizomas tumbados a 2-3 cm de profundidad, unos seis u ocho en una maceta de 14-16 cm. Plantados demasiado juntos florecen igual, pero se ventilan mal; plantados demasiado hondos tardan semanas en asomar.
Sustrato. Ligero, esponjoso y ligeramente ácido, en torno a pH 5,5-6,5. Sirve muy bien la mezcla comercial para violeta africana, o una casera de turba rubia con un 30 % de perlita y un puñado de fibra de coco. Lo que no sirve es tierra de jardín compactada: los rizomas se pudren.
Luz. Mucha claridad, cero sol directo en las horas centrales. Junto a una ventana orientada al este, o al oeste con visillo, van perfectas. Al aire libre, bajo pérgola, toldo o la sombra de un árbol de hoja caduca. Con poca luz se estiran, se despeinan y florecen mal; con sol directo se les queman las hojas en un par de tardes.
Temperatura. El intervalo cómodo está entre 18 y 26 °C. Por debajo de 13-15 °C sostenidos, la planta interpreta que llega el otoño y puede entrar en latencia en pleno julio. Por encima de 32-35 °C con aire seco, se para igualmente. En la mitad sur peninsular y en el interior, las olas de calor de julio y agosto son el momento crítico: mejor dentro de casa, en una habitación fresca y luminosa, que en una terraza a 40 °C.
Riego. Este es el punto donde se ganan o se pierden. Durante todo el crecimiento el sustrato debe estar uniformemente húmedo, nunca encharcado y nunca seco del todo. Un cepellón que se seca por completo en junio suele provocar una latencia prematura e irreversible: la planta se retira, pierde las hojas y ya no vuelve hasta la primavera siguiente, por mucho que se riegue después. Conviene regar por el platillo o por el borde, con agua a temperatura ambiente, y vaciar el sobrante a los diez minutos.
Sobre el agua fría hay algo real detrás del mito: mojar con agua muy fría las hojas pubescentes de las gesneriáceas produce manchas necróticas amarillentas por choque térmico en las células. No es que necesiten agua caliente; es que no toleran el agua helada del grifo en invierno ni la del pozo en verano. Si el agua de tu zona es dura —buena parte de España lo es—, usa agua de lluvia o de baja mineralización: la cal les va acidificando el problema hasta que las hojas nuevas salen cloróticas.
Humedad ambiental. Agradecen un 50-60 %. La forma correcta de dárselo es una bandeja con grava y agua bajo la maceta, sin que la base toque el agua, o agrupar varias plantas. Pulverizar las hojas no: son vellosas, retienen las gotas y aparecen manchas y hongos.
Abonado. Desde que los brotes miden unos centímetros hasta finales de agosto, un fertilizante líquido para plantas de flor, rico en potasio y a media dosis, cada 10-15 días. En septiembre se suspende por completo: seguir abonando en otoño retrasa la latencia y produce rizomas pequeños y blandos que aguantan mal el invierno.
Pinzado. Cuando los tallos tienen tres o cuatro pares de hojas, se despunta el ápice. Se retrasa la floración una o dos semanas y a cambio se obtiene una mata ramificada y densa en lugar de cuatro varas desgarbadas. En las variedades colgantes es prácticamente obligatorio.
Cómo guardar los rizomas en invierno
Es la operación que decide si el año que viene tendrás el doble de plantas o ninguna. Cuando en octubre las hojas empiecen a amarillear, reduce el riego progresivamente hasta suspenderlo. Deja que la parte aérea se seque del todo sobre la maceta: en esas dos o tres semanas la planta está vaciando los tallos hacia los rizomas.
Después tienes dos opciones. La más cómoda es dejar los rizomas dentro de su propia maceta, cortar los tallos secos y guardar el tiesto seco, sin regar nada, en un lugar oscuro y fresco. La más segura es volcar la maceta, separar los rizomas del sustrato viejo, dejarlos orear un día y meterlos en una bolsa con vermiculita o turba apenas humedecida.
En ambos casos, la temperatura de conservación debe estar entre 10 y 15 °C. Por debajo de 8 °C se dañan; en un salón con calefacción a 22 °C se deshidratan o brotan a destiempo en enero, sin luz suficiente. Un trastero, un garaje o una habitación no calefactada suelen ser el sitio ideal en el clima peninsular. Revísalos en enero: si alguno está blando o mohoso, fuera.
Multiplicación
La división de rizomas en primavera es el método natural y no tiene ninguna dificultad: se separan y se plantan, sin más. También se puede partir un rizoma largo en trozos de dos o tres centímetros, siempre que cada uno conserve escamas sanas.
Los esquejes de tallo funcionan muy bien en junio y julio. Se toman trozos de 6-8 cm con dos o tres pares de hojas, se quitan las inferiores y se plantan en turba con perlita, tapados con una bolsa transparente y a 22-24 °C. Enraízan en dos o tres semanas y, lo interesante, forman sus propios rizomas antes de que acabe la temporada.
Algunas especies producen además rizomas aéreos en las axilas de las hojas, pequeños y verdosos. Se recogen al final del verano y se guardan igual que los subterráneos.
La semilla es viable pero lenta y de resultado impredecible en los híbridos; solo interesa a quien quiera obtener variedades nuevas.
Problemas frecuentes
- La planta se para en pleno verano y pierde hojas. Casi siempre es sequía puntual del cepellón o golpe de calor. Si ya ha entrado en latencia, no insistas: deja secar, guarda los rizomas y vuelve a empezar en primavera.
- Manchas amarillentas o pardas en las hojas. Agua fría, salpicaduras o sol directo. Revisa cuál de las tres.
- Hojas moteadas y finísimas telarañas. Araña roja, favorecida por el aire seco y caliente. Sube la humedad ambiental y trata con jabón potásico o un acaricida específico.
- Brotes deformados y pegajosos. Pulgón, típico de mayo. Se quita con jabón potásico en dos aplicaciones separadas una semana.
- Flores con rayas descoloridas y pétalos deformes. Trips. Trampas azules y tratamiento; conviene actuar pronto porque arruinan toda la floración.
- Podredumbre en la base de los tallos. Exceso de riego con poca ventilación. Reduce el riego, airea y retira las partes afectadas.
- No brotan en primavera. O el sustrato está por debajo de 18 °C, o los rizomas se deshidrataron durante el invierno. Ten paciencia hasta seis semanas antes de darlos por perdidos.
En resumen
Las Achimenes son gesneriáceas rizomatosas de México y Centroamérica que florecen sin descanso desde finales de junio hasta septiembre y luego desaparecen bajo tierra hasta la primavera siguiente. Piden luz abundante sin sol directo, 18-26 °C, sustrato ácido y ligero, humedad constante con agua templada y baja en cal, y abonado potásico quincenal hasta agosto. En otoño se deja secar la parte aérea y se guardan los rizomas a 10-15 °C, en seco y a oscuras.
Los dos errores que más las castigan son dejar que el cepellón se seque en pleno crecimiento —lo que dispara una latencia de la que ya no se sale ese año— y guardar los rizomas en un lugar demasiado cálido o demasiado frío. Y no, no se riegan con agua caliente: basta con que no esté helada.