En los riscos del norte de La Palma y de La Gomera hay ejemplares de Aeonium viviendo con la raíz metida en una grieta y sin más tierra que la que cabe en un puño. Esa imagen explica casi todo lo que hay que saber sobre el género y sobre por qué encaja tan bien en una rocalla: son plantas de roca, de suelo escaso, de agua concentrada en unos meses del año y ausente el resto. Reproducir eso en un jardín peninsular es más fácil que reproducir las condiciones de casi cualquier otra suculenta ornamental.

El género Aeonium pertenece a las crasuláceas y reúne alrededor de una treintena de especies. La inmensa mayoría son endemismos canarios, con alguna presencia en Madeira, Cabo Verde, el norte de África y las montañas de Etiopía. Forman rosetas planas de hojas carnosas, casi siempre en el extremo de tallos leñosos que van ramificando con los años, hasta dar arbolitos de metro y medio en las especies más grandes.

Aeonium arboreum atropurpureum con rosetas de color púrpura oscuro

El calendario está invertido

Este es el dato que más ejemplares salva y el que más se pasa por alto al comprarlos. El clima de origen de los Aeonium es de lluvias en invierno y sequía absoluta en verano, así que crecen de otoño a primavera y descansan en verano. Justo al revés que las plantas de jardín habituales.

La consecuencia práctica es que, en julio y agosto, un Aeonium sano cierra las rosetas hasta dejarlas convertidas en un cogollo apretado, seca y suelta las hojas de abajo y deja los tallos con aspecto pelado. Parece que se está muriendo y no lo está: está en reposo estival. El error clásico es interpretarlo como sed y regar más. Con la raíz inactiva y el sustrato húmedo a 30 grados, lo que se consigue es la podredumbre del cuello, y ahí sí se pierde la planta.

Lo que hay que hacer en verano es lo contrario: riegos muy espaciados o ninguno, y sombra ligera en las zonas de interior donde se pasa de 35 °C. En septiembre, con las primeras lluvias y el descenso de las noches, las rosetas se abren solas y la planta arranca a crecer.

Especies que aguantan bien en una rocalla

Aeonium arboreum. El más común y el más resistente. Tallos leñosos ramificados de hasta metro y medio, rosetas verdes de 15 a 20 cm. Su cultivar Atropurpureum, y sobre todo el clon 'Zwartkop', tiene las hojas de un púrpura casi negro. Un detalle importante: ese color oscuro solo se mantiene a pleno sol; a media sombra las rosetas viran a verde y la planta pierde toda la gracia. Si compras un 'Zwartkop' y se te vuelve verde, no está enfermo, le falta luz.

Aeonium haworthii. Probablemente la mejor elección para rocalla si el objetivo es cobertura. Ramifica muchísimo desde abajo, forma matas redondeadas de 50 a 60 cm con decenas de rosetas pequeñas de bordes rojizos y no se descabeza como las especies de tallo alto. Además tolera algo más de frío que el resto.

Aeonium tabuliforme. La roseta plana, apoyada sobre la piedra como un plato de hasta 40 cm de diámetro, con las hojas perfectamente dispuestas y el borde ciliado. Es la especie más espectacular y la más delicada: quiere sombra o sol filtrado, y no admite ni una gota de agua acumulada en el centro de la roseta, que es donde se pudre. Plantada en talud, inclinada, evacúa el agua sola.

Aeonium nobile. Roseta única y enorme, de hasta 50 cm, con hojas gruesas y ondulantes que se tiñen de rojo cobrizo con el sol y la sequía. Es planta de ejemplar aislado, para colocar en el punto donde quieres que se vaya la mirada.

Otras que merecen sitio: Aeonium canariense, con rosetas grandes y aterciopeladas al tacto; Aeonium undulatum, de tronco recto y poco ramificado; Aeonium castello-paivae, pequeño y de porte colgante, ideal para el borde de un muro de piedra seca; y Aeonium sedifolium, diminuto, con hojitas pegajosas y jaspeadas de rojo, para las grietas más estrechas.

Aeonium haworthii formando mata ramificada con rosetas de borde rojizo

Hasta dónde aguantan el frío

Aquí está el límite real de estas plantas en España. Los Aeonium resisten sin daños hasta los 2 o 3 °C. Una helada breve de -1 o -2 °C la superan las especies más duras, como A. arboreum o A. haworthii, con quemaduras en las hojas exteriores. Por debajo de eso, o con heladas de varias horas, los tejidos se rompen y el tallo acaba deshaciéndose en una masa blanda.

Traducido al mapa: en toda la costa mediterránea, en el litoral atlántico andaluz, en Canarias y en las zonas resguardadas del sur de Portugal se cultivan a la intemperie todo el año sin ninguna atención especial. En Madrid, Valladolid, Zaragoza o Burgos hay que plantarlos en maceta y guardarlos en un porche o galería fresca entre noviembre y marzo, o asumir que son plantas de temporada. En la cornisa cantábrica el frío no suele ser el problema, pero sí el exceso de lluvia invernal: allí lo que hay que garantizar es drenaje agresivo y protección de la lluvia continuada.

Cómo plantarlos en la rocalla

El sistema radicular de un Aeonium es superficial y modesto incluso en las especies grandes. Eso permite colocarlos en bolsillos de tierra de 15 o 20 cm de profundidad entre piedras, y explica por qué prosperan en macetas anchas y bajas mucho mejor que en tiestos profundos, donde el sustrato del fondo se queda húmedo sin que ninguna raíz lo aproveche.

Para el sustrato, una mezcla que funciona bien es aproximadamente mitad de tierra de jardín o sustrato universal y mitad de material mineral grueso: picón o grava volcánica, pómice, arena de río gruesa o arlita machacada. Nada de arena fina de playa, que compacta y hace justo lo contrario de lo que se busca. El pH ideal es neutro o ligeramente ácido; toleran suelos calizos, aunque en ellos suelen mostrar clorosis en las hojas nuevas.

Dos reglas de colocación que evitan la mayor parte de los problemas. Primera: planta siempre en talud o sobre piedra, nunca en depresión, para que el agua de lluvia se vaya y no se quede en el cuello. Segunda: coloca una capa de grava de un par de centímetros alrededor del tallo, de manera que la base leñosa no esté nunca en contacto directo con tierra húmeda.

Las piedras grandes de la rocalla, además de sostener el conjunto, hacen dos favores: acumulan calor durante el día y lo devuelven de noche, lo que ayuda en las noches frías de otoño, y mantienen fresca y sombreada la porción de suelo que hay debajo, que es donde las raíces se instalan.

Como acompañantes en la misma zona funcionan bien las que comparten calendario y necesidad de drenaje: Sedum, Sempervivum (estos sí resistentes a heladas fuertes), Crassula, Senecio, Euphorbia arbustivas de la macaronesia y aromáticas de secano como el tomillo o la santolina.

Riego, luz y abonado

Riego. De octubre a mayo, riego cuando el sustrato esté seco a tres o cuatro centímetros de profundidad: aproximadamente cada 7 a 12 días en maceta, y prácticamente nada en pleno suelo si el invierno es lluvioso. De junio a septiembre, un riego ligero cada tres o cuatro semanas en maceta, y ninguno en suelo. Riega siempre en la base, sin mojar el interior de las rosetas.

Luz. Sol directo en la costa y en climas suaves. En el interior peninsular, sol de mañana y sombra en las horas centrales del verano. Con poca luz, la planta se ahíla: los tallos se alargan, las entrenudos se separan y las rosetas se vuelven laxas y decoloradas. Ese estiramiento no se corrige moviendo la planta al sol, hay que cortar y reenraizar.

Abonado. Muy poco. Un abono para cactáceas y crasas, bajo en nitrógeno, a dosis media, una vez al mes durante el otoño y la primavera. En verano, ninguno. Con exceso de nitrógeno se obtienen rosetas grandes pero blandas, más vulnerables al frío y al pulgón.

La roseta que florece se muere

Los Aeonium tienen rosetas monocárpicas: cada roseta florece una sola vez en su vida y, después de hacerlo, muere. La inflorescencia es una panícula piramidal, a veces de 40 o 50 cm, con centenares de florecillas estrelladas, generalmente amarillas, que aparece en primavera.

En las especies ramificadas, como A. arboreum o A. haworthii, esto es un incidente menor: se pierde el tallo que ha florecido y la planta sigue con el resto. En las especies de roseta única, como A. tabuliforme o A. nobile, la floración es el final del ejemplar. Cortar la vara floral en cuanto asoma rara vez salva la roseta, porque el proceso es hormonal e irreversible una vez iniciado; lo sensato es dejar que florezca, recoger semilla si interesa, y haber sacado esquejes con antelación en las especies ramificadas.

Multiplicación por esquejes

Es de lo más agradecido que hay en jardinería. Se corta con navaja limpia una roseta con unos 10 cm de tallo, se deja secar el corte a la sombra entre tres y siete días hasta que cicatrice, y se planta en sustrato mineral apenas húmedo. En tres o cuatro semanas ha enraizado.

El detalle que marca la diferencia es la época: septiembre y octubre, o marzo y abril. Un esqueje tomado en julio se queda parado durante semanas, con el corte expuesto y sin capacidad de emitir raíces, y con frecuencia se seca o se pudre. No es que el esqueje sea malo, es que la planta está dormida.

Este mismo procedimiento es la solución para los ejemplares ahilados o desgarbados: se decapitan las rosetas, se reenraízan, y el tocón que queda suele rebrotar por los lados dando varias ramas nuevas.

Plagas y problemas

Pulgón. En primavera se instala en el centro de las rosetas, que es exactamente donde no se ve hasta que hay una colonia. Se elimina con un chorro de agua a presión o con jabón potásico, repitiendo a los diez días.

Cochinilla algodonosa. Aparece entre las hojas basales y en las raíces. La de raíz es la peligrosa y se detecta al desenmacetar, como polvillo blanco pegado al cepellón. Se trata sustituyendo todo el sustrato y lavando las raíces.

Caracoles y babosas. Muerden los bordes de las hojas dejando muescas irregulares, sobre todo en otoño y en noches húmedas. En una rocalla, con tantos refugios entre piedras, conviene revisar de noche con linterna.

Podredumbre basal. El tallo se ablanda y se oscurece desde la base. Siempre es agua en exceso, casi siempre en verano. Si se detecta a tiempo, se corta muy por encima de la zona afectada y se reenraíza la parte sana; el resto no tiene arreglo.

En resumen

Los Aeonium dan mucho a cambio de poco en cualquier rocalla de clima suave, siempre que se respeten dos cosas. La primera, su calendario invertido: crecen en otoño, invierno y primavera, y descansan en verano cerrando las rosetas y soltando hojas, momento en el que hay que dejar de regar y no interpretar el aspecto de la planta como una llamada de auxilio. La segunda, el drenaje: plantados en talud, sobre sustrato mineral, con el cuello rodeado de grava y nunca en una depresión donde se acumule agua. Por debajo de -2 °C no aguantan, así que fuera de la franja litoral toca cultivarlos en maceta y resguardarlos en invierno. A pleno sol conservan el color y la compacidad; a media sombra se estiran y se vuelven verdes. Y como cada roseta florece una vez y muere, conviene tener siempre un par de esquejes hechos en septiembre esperando su sitio.


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