Quien pasea por un robledal en otoño acaba encontrándolas: bolas leñosas, del tamaño de una canica o de una nuez, pegadas a las ramas o a las hojas de los robles, a veces lisas y pardas, a veces erizadas de pinchos o cubiertas de pelos rojizos. Parecen frutos, pero no lo son. Son agallas, y su historia es una de las más curiosas de la botánica: un insecto diminuto consigue que el árbol construya para él una casa a medida.

Qué es una agalla

Una agalla, o cecidia, es un crecimiento anómalo de tejido vegetal inducido por un organismo externo. Es tejido del propio roble: no lo fabrica el insecto, lo fabrica el árbol, pero siguiendo instrucciones ajenas.

Lo notable es que cada agalla tiene una forma específica y reconocible, tan constante que a menudo se puede identificar la especie de insecto responsable solo mirando la agalla, sin verlo. Una misma especie de roble puede albergar decenas de tipos de agalla distintos, cada uno con su arquitectura característica: esféricas y leñosas, discoidales, en forma de piña, con pelos sedosos, con espinas, con cámaras múltiples.

Esa especificidad es lo que la hace tan interesante desde el punto de vista biológico. Significa que el insecto no provoca un tumor genérico, sino que controla el desarrollo del tejido vegetal con una precisión notable, dirigiendo la formación de capas concretas: una corteza externa protectora, un tejido intermedio esponjoso y, en el centro, una cámara larval rodeada de tejido nutritivo especialmente rico en almidón y proteínas. Es, literalmente, una despensa con paredes.

Las agallas no son exclusivas del roble. Las producen también sauces, rosales, encinas, olivos, higueras, terebintos y muchas otras plantas, y las inducen ácaros, pulgones, moscas, avispas, bacterias y hongos. Pero el roble es el campeón indiscutible: se conocen cientos de tipos distintos, más que en ningún otro género vegetal.

Agalla esférica sobre una rama de roble

Quién las provoca y cómo se forman

Los responsables de la inmensa mayoría de las agallas de roble son pequeñas avispas de la familia Cynipidae, los cinípidos, de apenas unos milímetros y sin capacidad de picar. El género más conocido es Andricus, pero hay muchos otros: Cynips, Neuroterus, Biorhiza, Plagiotrochus en encinas.

El proceso es siempre parecido. La hembra deposita el huevo en un tejido joven en crecimiento activo: una yema, una hoja recién brotada, una flor, a veces una raíz. Al hacerlo inyecta, junto al huevo o a través de las secreciones de la larva al eclosionar, sustancias que alteran la regulación hormonal del tejido vegetal. Se sabe que intervienen reguladores del crecimiento del tipo de las auxinas y las citoquininas, y que las secreciones larvarias mantienen el estímulo durante todo el desarrollo. El resultado es que las células del roble se dividen y se diferencian formando una estructura que la planta nunca habría producido por su cuenta.

Un detalle importante: la agalla solo puede formarse sobre tejido en crecimiento. Por eso la puesta se concentra en primavera, cuando el roble brota, y por eso las agallas aparecen asociadas a yemas y hojas nuevas.

La larva se desarrolla dentro, alimentándose del tejido nutritivo, y cuando completa su ciclo perfora la pared y sale, dejando el orificio circular tan característico que se ve en las agallas viejas. Si encuentras una agalla con agujero, el inquilino ya se marchó; si está intacta, probablemente sigue dentro.

La alternancia de generaciones

Aquí está lo más desconcertante del asunto, y explica por qué el estudio de las agallas fue durante décadas un caos taxonómico.

Muchos cinípidos tienen ciclos con alternancia de generaciones: una generación sexual, con machos y hembras, y otra asexual o partenogenética, formada solo por hembras que producen huevos sin fecundar. Cada generación de la misma especie induce agallas completamente distintas, con frecuencia en órganos distintos del árbol e incluso en especies distintas de roble.

El resultado es que durante mucho tiempo se describieron como especies separadas lo que eran dos fases del mismo insecto. El caso clásico es Andricus kollari, cuya generación asexual produce las agallas esféricas y leñosas conocidas como "agallas de bola" en robles del grupo del Quercus robur, mientras que su generación sexual induce unas agallas muy diferentes, mucho más pequeñas, en las yemas de la coscoja, Quercus coccifera. La avispa necesita ambas especies de roble para completar su ciclo, lo que la ata a paisajes donde ambas conviven.

Y las agallas no albergan solo a su inductor. Son microecosistemas: dentro y alrededor viven parasitoides que atacan a la larva original, inquilinos (los llamados cecidófagos o comensales) que se instalan sin inducir la agalla pero comen de su tejido, hiperparasitoides que atacan a los parasitoides, y depredadores como los páridos, que abren las agallas en invierno para comerse las larvas. De una sola agalla puede emerger una comunidad de una decena de especies de insectos distintos, y muchas veces el que sale no es el que la construyó.

Agallas frecuentes en España

En la península hay una diversidad muy alta de cinípidos, favorecida por la variedad de Quercus: roble carballo (Quercus robur), rebollo o melojo (Quercus pyrenaica), quejigo (Quercus faginea), encina (Quercus ilex), alcornoque (Quercus suber) y coscoja (Quercus coccifera).

Entre las más fáciles de reconocer:

Agalla de bola, de Andricus kollari. Esférica, de 1 a 2,5 cm, dura y leñosa, verde al principio y parda al madurar, adherida a la rama. Es la que se usó tradicionalmente para hacer tinta.

Agallas en forma de piña o de alcachofa, de varias especies de Andricus, que deforman la yema terminal en una estructura de escamas superpuestas.

Agalla de la manzana de roble, de Biorhiza pallida. Grande, esponjosa, de superficie irregular y color entre verde y rosado, con múltiples cámaras larvarias dentro. Aparece en primavera sobre las yemas.

Agallas lenticulares, de Neuroterus. Diminutos discos aplanados en el envés de las hojas, a menudo por decenas en una sola hoja, que en otoño se desprenden y caen al suelo, donde la larva completa su desarrollo.

Agallas de rosal, aunque no sean de roble, merecen mención por su belleza: el bedegar o "barba de San Pedro", inducido por Diplolepis rosae, una masa de filamentos rojizos y musgosos sobre tallos de rosales silvestres.

Agalla sobre rama de Quercus con el orificio de salida del insecto

Para qué se han usado

Las agallas de roble tienen una particularidad química que las hizo enormemente valiosas durante siglos: son extraordinariamente ricas en taninos. Algunas variedades, en especial las agallas de Alepo procedentes de Quercus infectoria, alcanzan proporciones de ácido tánico y ácido gálico que superan con mucho a cualquier corteza o madera.

Tinta ferrogálica. Es el uso histórico más importante. Mezclando el extracto de agallas con sulfato ferroso se produce una reacción entre el ácido gálico y el hierro que da un complejo intensamente negro y muy estable. Con goma arábiga como aglutinante se obtenía la tinta con la que se escribió prácticamente toda la documentación europea desde la Edad Media hasta el siglo XIX: manuscritos, partituras, registros notariales, correspondencia. Es una tinta que penetra en la fibra del papel y del pergamino en lugar de quedarse en superficie, lo que la hace muy difícil de borrar, virtud que se apreciaba especialmente en documentos legales.

Tiene también un defecto que hoy da trabajo a los restauradores: su acidez y el exceso de hierro degradan lentamente la celulosa, provocando la llamada corrosión de tinta que agujerea el papel de muchos documentos históricos.

Curtido de pieles. Los taninos precipitan las proteínas del colágeno y transforman la piel en cuero. Las agallas se usaron como fuente concentrada, aunque en volumen se emplearon más la corteza de roble, de encina y de otras especies tánicas.

Tintorería. Como mordiente y como fuente de negros y grises en el teñido de lana y seda.

Uso medicinal tradicional. Por su altísimo contenido en taninos, las agallas tienen un fuerte efecto astringente y se han empleado tradicionalmente en gargarismos, enjuagues y aplicaciones tópicas. Conviene ser prudente: el contenido en taninos es tan elevado que resulta irritante, y no hay razón para experimentar con ellas por vía interna existiendo alternativas mejor caracterizadas.

Usos actuales. Hoy siguen empleándose en la elaboración artesanal de tinta ferrogálica por calígrafos y restauradores, en tintes naturales textiles, y como material didáctico. El ácido tánico industrial se obtiene todavía en parte de agallas, sobre todo de las de importación de Oriente Próximo, para aplicaciones en la industria química y farmacéutica.

¿Hay que hacer algo si aparecen en el jardín?

Respuesta corta: no. Y merece la pena insistir porque es la duda que lleva a mucha gente a buscar información sobre agallas.

Las agallas de cinípidos no matan al árbol ni comprometen su salud en condiciones normales. Un roble puede llevar centenares de agallas y seguir creciendo con normalidad durante décadas. El coste energético para el árbol es real pero marginal, comparable al de la herbivoría de hoja que sufre todos los años sin consecuencias.

Por tanto, no hay ninguna razón para aplicar insecticidas. Además de innecesario, sería ineficaz: la larva está protegida dentro de una estructura leñosa que ningún producto de contacto atraviesa, y el momento de vulnerabilidad, la puesta, es imposible de acertar. Lo que sí conseguiría un tratamiento es eliminar los parasitoides y depredadores que mantienen a raya a los cinípidos, con lo que a medio plazo el problema empeoraría.

Solo tiene sentido intervenir en dos casos concretos. Si un ejemplar joven, recién plantado o ya debilitado por otras causas, presenta una infestación masiva en las yemas terminales que impide su desarrollo, se pueden retirar manualmente las agallas antes de la emergencia de los adultos, a finales de invierno. Y si hay agallas en yemas de una planta ornamental cuyo valor es estético, se podan las ramillas afectadas y punto.

Lo verdaderamente útil para un roble es lo de siempre: riego suficiente durante los primeros años, evitar compactación del suelo bajo la copa, no herir el tronco con desbrozadoras y no podar en exceso. Un árbol vigoroso convive con sus agallas sin enterarse.

Hay además una razón para dejarlas: son un indicador de biodiversidad. Un robledal con abundancia y variedad de agallas es un robledal con una comunidad de insectos rica, con sus parasitoides, sus inquilinos y las aves que se alimentan de todos ellos. Es señal de un ecosistema funcionando, no de una plaga.

Cómo observarlas y recolectarlas

Si te interesa observarlas, el otoño y el invierno son la mejor época: las agallas están maduras, endurecidas y bien visibles con el árbol sin hojas. Fíjate en la presencia o ausencia del orificio de salida, que indica si el insecto ya emergió.

Un experimento sencillo y muy revelador: recoge agallas cerradas en otoño, guárdalas en un tarro con tapa de malla o gasa, a temperatura ambiente y sin humedad excesiva, y espera. A lo largo del invierno y la primavera irán emergiendo los adultos, y casi siempre saldrán varias especies distintas: el inductor, sus parasitoides y sus inquilinos. Es una manera muy directa de comprobar que una agalla no es una casa, sino un edificio de vecinos.

Si quieres probar la tinta ferrogálica, la receta tradicional es accesible: se machacan agallas secas, se dejan macerar en agua durante unos días o se hierven brevemente, se filtra el extracto, se añade sulfato ferroso disuelto (el color vira a negro de inmediato) y se estabiliza con goma arábiga. Las proporciones históricas variaban mucho, y merece la pena hacer pruebas en pequeño antes de preparar cantidad, porque un exceso de hierro produce una tinta que ataca el papel con el tiempo.

Al recolectar, la regla de siempre: coge pocas, de zonas abundantes, y nunca en espacios protegidos sin autorización.

En resumen

Las agallas de roble son crecimientos anómalos de tejido del propio árbol, inducidos casi siempre por pequeñas avispas de la familia Cynipidae que manipulan la regulación hormonal de una yema u hoja joven para construir un refugio con despensa incorporada. Cada especie de insecto genera una forma característica, y muchas alternan generaciones que producen agallas totalmente distintas, a veces en robles diferentes.

Su riqueza en taninos las convirtió en materia prima de la tinta ferrogálica con la que se escribió media historia de Europa, además de usarse en curtido y tintorería. Hoy conservan uso artesanal y como fuente de ácido tánico.

En el jardín no requieren ninguna actuación: no dañan al árbol de forma significativa, los insecticidas son inútiles contra ellas y contraproducentes para su comunidad de parasitoides, y su presencia indica un ecosistema sano. Basta con mantener el roble vigoroso y, si acaso, retirar manualmente las agallas de yema en ejemplares jóvenes muy afectados.


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