Plantar un agave junto a un camino es una decisión que se paga años después. Lo que se colocó como una roseta discreta de treinta centímetros acaba midiendo dos metros de diámetro, con hojas rígidas rematadas en una espina dura como un clavo justo a la altura de la cara de un niño. El agave no es una planta difícil: es una planta que hay que ubicar pensando en el tamaño que tendrá dentro de diez años, no en el que tiene el día que sale del vivero.

Dicho eso, pocas plantas dan tanto a cambio de tan poco. En un jardín mediterráneo sin riego, un agave bien plantado aguanta veranos de 40 °C, suelos pobres, viento salino y años sin que nadie se acuerde de él.

Ejemplar de Agave americana con su roseta de hojas glaucas

Qué es un agave y en qué se diferencia de un áloe

El género Agave reúne alrededor de doscientas especies originarias de México, el sur de Estados Unidos, Centroamérica y el Caribe. Botánicamente se encuadra hoy en la familia Asparagaceae, subfamilia Agavoideae, aunque en libros antiguos aparece como Agavaceae.

Son suculentas de hoja que forman una roseta basal, con hojas gruesas, fibrosas, casi siempre con dientes en el margen y una espina terminal muy punzante. Funcionan con metabolismo CAM: abren los estomas de noche para fijar el CO₂ y los mantienen cerrados de día, lo que reduce drásticamente la pérdida de agua. Esa es la razón física de su resistencia a la sequía, y también de que crezcan despacio.

Con el áloe se confunden a diario, y basta tocarlos para distinguirlos: la hoja del Aloe es blanda, jugosa y se corta con la uña dejando un gel; la del Agave es fibrosa, dura y no da gel. Además el áloe es africano y el agave americano.

El rasgo que más condiciona su cultivo es que la mayoría son monocárpicas: florecen una sola vez y después la roseta madre muere. No es un fallo del jardinero ni una enfermedad, es su ciclo. Y aquí conviene enterrar el apodo de "planta del siglo": Agave americana no tarda cien años en florecer, sino que suele hacerlo entre los diez y los treinta, antes en climas cálidos. Cuando llega, emite un escapo floral espectacular que en esa especie puede superar los ocho metros. Antes de morir, la planta deja hijuelos alrededor, así que la mata continúa aunque la roseta original desaparezca.

Especies que funcionan en España

Agave americana

La pita de toda la vida, naturalizada en el litoral mediterráneo desde hace siglos. Rosetas de dos a tres metros, hojas glaucas arqueadas, muy rústica. Sus cultivares variegados —'Variegata', 'Marginata', 'Mediopicta Alba'— son más contenidos y decorativos.

Hay que decirlo con claridad: en España Agave americana se comporta como invasora en zonas costeras y de matorral, donde desplaza a la vegetación autóctona, y su plantación y comercio están restringidos por la normativa de especies exóticas invasoras. Antes de comprarla conviene consultar la regulación de la comunidad autónoma. Existen agaves ornamentales igual de vistosos y sin ese problema.

Agave attenuata

La excepción amable del género: no tiene espinas ni dientes marginales, con hojas de un verde grisáceo suave y un tallo que se va alzando con la edad. Su inflorescencia, arqueada como una cola de zorro, es de las más bonitas del grupo.

Es la más adecuada para zonas de paso y jardines con niños, pero también la más delicada: se hiela por debajo de -2 o -3 °C y en el interior peninsular sufre quemaduras con el sol directo de julio. Va perfecta en la costa mediterránea y en Canarias, y en semisombra en climas más duros.

Agave macroacantha

Especie pequeña, de 40 a 50 cm, con hojas estrechas de un gris azulado muy limpio y una espina terminal negra y gruesa que le da el nombre. Forma grupos densos con el tiempo. Poco rústica al frío, es una candidata excelente para maceta.

Agave victoriae-reginae

La joya del género. Roseta compacta y casi esférica, de 40-50 cm, con hojas triangulares muy apretadas marcadas por líneas blancas de textura calcárea. Crece muy despacio, aguanta hasta -8 o -10 °C si el suelo está seco y no perdona el encharcamiento. Es la especie que justifica preparar un buen drenaje.

Otras que merecen la pena

Agave parryi resiste hasta -18 o -20 °C y sirve para jardines de Castilla o Aragón. Agave ovatifolia es una roseta ancha, azulada y notablemente rústica. Agave striata y Agave filifera aportan texturas finas. Agave angustifolia 'Marginata' es un clásico ornamental de la costa. Y Agave tequilana, el agave azul del tequila, se ve como curiosidad, aunque su interés en un jardín español es más simbólico que otra cosa.

Cuidados

Ubicación

Sol directo, cuanto más mejor, con la salvedad de A. attenuata y algunas especies de hoja blanda en el interior peninsular. Toleran el viento y la brisa marina sin despeinarse, lo que los convierte en plantas de primera línea de costa. En sombra se ahílan, pierden compacidad y la roseta se abre desordenada.

Suelo

Lo único innegociable: drenaje. Suelos arenosos, pedregosos, calizos, pobres; les da igual el pH. Lo que los mata es la arcilla que retiene agua en invierno. En terrenos pesados la solución no es cambiar la tierra de un hoyo —eso crea una bañera— sino plantar sobre un montículo o bancal elevado de 30-40 cm, mezclando la tierra con grava, arena gruesa o zahorra. Una capa de gravilla en superficie mantiene el cuello seco y evita salpicaduras.

Riego

Durante el primer año, riegos espaciados para que enraíce: cada quince o veinte días en verano es suficiente. Una vez establecido, un agave en tierra en clima mediterráneo no necesita riego; como mucho, un par de aportes en agosto en zonas muy secas, y siempre abundantes y muy espaciados en lugar de frecuentes y cortos.

En invierno, riego cero. La combinación de suelo húmedo y frío es la primera causa de muerte de agaves en España, muy por delante de las heladas.

Abonado

Casi innecesario. En maceta, un abono para cactus y suculentas bajo en nitrógeno, una o dos veces entre abril y julio. En tierra, nada. El exceso de nitrógeno produce tejidos blandos y acuosos que se pudren con facilidad y que además atraen a las plagas: un agave "cebado" es un agave frágil.

Época de plantación

Primavera, de abril a mayo, cuando el suelo ya se ha templado y las raíces arrancan enseguida. También funciona principios de otoño en la costa mediterránea y en el sur. Lo que hay que evitar es plantar en pleno invierno: la planta no enraíza, se queda parada sobre suelo húmedo y se pudre.

Al plantar, no se entierra el cuello de la roseta. Debe quedar al mismo nivel o ligeramente por encima del terreno.

Multiplicación

Hijuelos. Es la vía normal. Muchas especies emiten renuevos desde la base o mediante estolones subterráneos. Se separan en primavera con un cuchillo limpio, procurando llevarse algo de raíz, se dejan secar el corte tres a siete días a la sombra hasta que cicatrice y se plantan en sustrato mineral apenas humedecido. No se riega hasta pasada una semana.

Bulbilos. Algunas especies producen pequeñas plantitas sobre el escapo floral cuando la madre está muriendo. Se recogen cuando ya tienen raicillas y se tratan como esquejes.

Semillas. En primavera, en semillero con sustrato muy poroso, a 20-25 °C. Germinan en dos a cuatro semanas. Es la vía más lenta y solo tiene sentido con especies raras o cuando se quiere mucha planta.

Rusticidad

Varía tantísimo entre especies que hablar de "el agave" en general no sirve de nada. Como orientación: A. attenuata hasta -2 °C, A. macroacantha en torno a -4 °C, A. americana hasta -8/-10 °C, A. victoriae-reginae similar, A. parryi por debajo de -18 °C. En todos los casos esas cifras valen con el sustrato seco: el mismo ejemplar que aguanta -8 °C en suelo drenado se convierte en papilla a -3 °C si tiene los pies mojados.

Plagas y problemas

El problema serio del género en España tiene nombre: el picudo del agave (Scyphophorus acupunctatus), un curculiónido introducido que se ha extendido por el litoral mediterráneo, Baleares y Canarias. La hembra pone en la base de las hojas y las larvas devoran el cogollo desde dentro.

Los síntomas llegan tarde: las hojas centrales se doblan y se vuelven blandas, la roseta pierde firmeza y al presionar sale un líquido oscuro con un olor pútrido inconfundible. Cuando eso se ve, la planta suele estar perdida. La prevención pasa por no hacer heridas innecesarias, revisar el material vegetal nuevo antes de plantarlo, retirar y destruir —no compostar— los ejemplares afectados y, en zonas con presión alta, usar trampas de feromona.

De menor importancia, la cochinilla algodonosa se instala en las axilas de las hojas, donde el agua no llega; se limpia con un pincel y alcohol o con jabón potásico. Y las manchas negras o pardas en las hojas suelen ser hongos por exceso de humedad, casi siempre consecuencia de riego por aspersión: el agua nunca debe mojar la roseta.

La savia del agave, por cierto, es irritante. Contiene rafidios de oxalato y saponinas y puede provocar dermatitis con escozor y ampollas al podar hojas viejas. Guantes y manga larga. Y para las espinas terminales en zonas de paso, un truco sencillo: un tapón de corcho clavado en la punta.

El agave en maceta

Se puede, y en climas fríos es la única forma sensata de tener las especies delicadas, porque permite meterlas bajo cubierto en invierno.

Agave cultivado en maceta de barro

Las raíces del agave son más extensas que profundas, así que interesa una maceta ancha antes que honda, preferiblemente de barro sin esmaltar, que transpira y ayuda a que el sustrato se seque. Con orificios generosos y sin plato debajo, o vaciándolo siempre después de regar.

El sustrato debe ser mayoritariamente mineral: una mezcla del 50-60% de material poroso —picón, puzolana, arena de río gruesa, grava fina— con un 40-50% de sustrato para cactus. Nada de turba sola.

El riego en maceta sí existe, a diferencia del jardín: cada diez o quince días en verano, dejando secar el sustrato por completo entre riegos, y prácticamente nada de noviembre a marzo. El trasplante, cada dos o tres años en primavera, subiendo un solo número de maceta. Elegir especies de porte contenido —A. macroacantha, A. victoriae-reginae, A. potatorum, A. parrasana o híbridos como 'Blue Glow'— ahorra disgustos frente a meter en un tiesto una planta que quiere tres metros.

Para qué se usa

Uso ornamental

Es la pieza estructural por excelencia de la xerojardinería. Su forma geométrica y su color glauco funcionan como punto focal entre gramíneas, romeros, lavandas o Euphorbia, y resuelven taludes secos y rocallas donde no prospera casi nada. También se han usado tradicionalmente como seto defensivo impenetrable, y en Canarias y el sureste forman parte del paisaje agrícola desde hace siglos.

Usos culinarios e industriales

En México, el corazón de varias especies se cuece y fermenta para obtener mezcal; con Agave tequilana Weber azul y bajo denominación de origen se elabora el tequila. La savia fresca, el aguamiel, fermentada da pulque. De Agave sisalana se extrae la fibra de sisal para cordelería.

Merece un aviso el sirope de agave, vendido a menudo como alternativa saludable al azúcar. Su índice glucémico es bajo, cierto, pero eso se debe a que está compuesto en un 70-90% por fructosa, bastante más que el azúcar común o que la miel. Aporta las mismas calorías y un metabolismo hepático menos favorable. Como endulzante es una opción más, no un alimento saludable.

En resumen

El agave pide tres cosas: sol, drenaje y que lo dejen en paz. El riego escaso o nulo una vez establecido y un suelo que no retenga agua en invierno pesan mucho más que la resistencia al frío del catálogo, porque lo que mata a estas plantas es la humedad fría, no la helada seca. Elige la especie por el tamaño adulto y por la rusticidad que tu zona exige, plántala en primavera sobre un montículo si tu terreno es arcilloso, multiplícala por hijuelos y vigila el picudo si vives cerca del Mediterráneo. Y ubícala lejos de caminos y de la altura de los niños: las espinas no se negocian.


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