En mayo el aire del planeta contiene entre seis y siete partes por millón más de dióxido de carbono que a finales de septiembre. Luego vuelve a bajar, y al año siguiente repite el mismo vaivén con una regularidad de reloj. Ese sube y baja anual no lo provocan las fábricas ni el tráfico: lo provocan las hojas.
La curva que puso números a la idea
En 1958 el geoquímico Charles David Keeling instaló un analizador de CO2 en el observatorio de Mauna Loa, en Hawái, a más de 3.000 metros de altitud y lejos de cualquier ciudad. Buscaba medir la concentración de fondo de la atmósfera, sin contaminación local. Encontró dos cosas.
La primera, que la concentración subía año tras año: partió de unas 315 partes por millón y hoy la curva se mueve holgadamente por encima de las 420 ppm. La segunda, la que aquí nos interesa, es que sobre esa subida se montaba una oscilación estacional perfectamente limpia, con un máximo en mayo y un mínimo a finales de septiembre o principios de octubre. Año tras año. La gráfica se conoce como curva de Keeling y es probablemente el registro ambiental continuo más importante que existe.
Esa oscilación es el balance neto de la vegetación terrestre del planeta. Durante la primavera y el verano del hemisferio norte, la fotosíntesis de bosques, praderas y cultivos retira más carbono del aire del que devuelven la respiración de las plantas y la descomposición del suelo. Cuando llega el otoño y las hojas caen, se invierte: los microorganismos del suelo siguen trabajando, la fotosíntesis se apaga y el CO2 vuelve a subir.
Por qué el ritmo lo marca el norte
Podría parecer que las dos mitades del planeta se compensan, porque cuando aquí es verano allí es invierno. No ocurre, y la razón es geográfica: alrededor de dos tercios de la superficie continental del mundo están en el hemisferio norte. Ahí se concentran la taiga siberiana y canadiense, los bosques templados de Europa, China y Norteamérica y las grandes llanuras agrícolas. El hemisferio sur, a esas latitudes, es casi todo océano.
Por eso el pulmón que se oye es el del norte. Y por eso la amplitud de la oscilación depende de dónde midas: en Utqiagvik, Alaska, a 71° de latitud norte, la diferencia entre el máximo y el mínimo anual supera las 15 ppm; en Mauna Loa ronda las 6 o 7; en el Polo Sur es de apenas una. Cuanto más al norte, más marcado el latido.
Hay un dato adicional que dice mucho: la amplitud de esa oscilación ha ido creciendo desde los años sesenta en las latitudes altas del norte, de forma notable. Se atribuye a una combinación de estaciones de crecimiento más largas por el calentamiento, mayor superficie agrícola muy productiva y el propio efecto fertilizante del CO2 sobre la vegetación. El planeta no sólo respira: respira más hondo que hace sesenta años.
Y el mar también
Las animaciones de satélite que muestran «la respiración de la Tierra» suelen incluir los océanos, y no es un adorno. El fitoplancton marino, organismos microscópicos que viven en los primeros metros de agua, es responsable de una fracción enorme de la fotosíntesis global, comparable a la de toda la vegetación terrestre junta.
Su ritmo también es estacional: florece en primavera cuando coinciden luz y nutrientes traídos por la mezcla invernal del agua, y se apaga en verano cuando la capa superficial se estratifica y se agota. Lo que pasa es que el océano no cambia de color de forma tan visible como un bosque caducifolio, y su señal en la curva de Keeling queda amortiguada porque el mar intercambia carbono con la atmósfera con mucha más inercia.
Qué hace exactamente una planta cuando respira
Aquí hay una confusión que arrastramos del colegio y conviene deshacerla, porque explica bastantes cosas del jardín.
Las plantas hacen dos procesos a la vez, no uno u otro. La fotosíntesis toma CO2 y agua y, con energía luminosa, fabrica azúcares y libera oxígeno; sólo funciona con luz. La respiración celular hace lo contrario, quema esos azúcares con oxígeno para obtener energía, y funciona las veinticuatro horas del día, en las hojas, en el tallo y en las raíces, igual que en cualquier animal.
Lo que llamamos «la planta produce oxígeno» es en realidad el saldo: de día la fotosíntesis supera con mucho a la respiración y el balance es positivo; de noche sólo queda la respiración y el balance es negativo. El punto en el que ambos procesos se igualan se llama punto de compensación lumínica, y es un concepto muy práctico: una planta colocada en un rincón por debajo de ese umbral de luz no muere de golpe, sino que va consumiendo sus reservas hasta agotarse. Es la muerte lenta típica de los ficus del salón, y por eso no se arregla regando más.
La temperatura entra en la misma ecuación. La respiración se acelera con el calor mucho más que la fotosíntesis. Una noche tropical de 25 °C hace que la planta queme buena parte de lo que ganó durante el día; una noche fresca de 12 °C le permite conservarlo. En esa diferencia está el motivo de que las hortalizas de primavera engorden tanto en mayo, con días largos y noches frescas, y se paren en julio.
El suelo respira más de lo que parece
El flujo de CO2 que sale del suelo hacia la atmósfera, lo que los edafólogos llaman respiración edáfica, es uno de los mayores del planeta, muy superior a todas las emisiones industriales juntas. Procede de las raíces vivas y, sobre todo, de bacterias y hongos que descomponen la materia orgánica muerta.
Ese flujo depende de dos variables que cualquiera puede notar en su huerto: temperatura y humedad. Un suelo frío y seco apenas respira; un suelo cálido y húmedo respira a toda velocidad. De ahí viene una regla de campo bien conocida: la materia orgánica se consume mucho más rápido en un huerto regado del sur peninsular en agosto que en un suelo gallego en enero.
De ahí salen también un par de consecuencias prácticas. Cada vez que volteas un suelo con la azada o pasas el motocultor estás inyectando oxígeno y rompiendo agregados, lo que acelera la mineralización y libera de golpe carbono que estaba estabilizado; es un empujón de nutrientes a corto plazo y una pérdida de fertilidad a largo. Y cada vez que dejas el suelo desnudo bajo el sol de verano estás calentándolo y perdiendo materia orgánica por la misma vía. El acolchado, la cubierta vegetal y la reducción del laboreo no son modas: son formas de bajar el ritmo respiratorio del suelo.
Nuestro calendario no es el del hemisferio norte
La curva global la dibujan los bosques caducifolios y boreales, que se paran en invierno por frío y crecen a tope en verano. En buena parte de España el patrón es otro y merece la pena tenerlo claro.
El clima mediterráneo impone dos frenos al año, no uno: el frío del invierno y, sobre todo, la sequía del verano. La vegetación autóctona responde con una estrategia distinta. La encina (Quercus ilex), el lentisco (Pistacia lentiscus) o el romero (Salvia rosmarinus) cierran estomas en julio y agosto y entran en una parada estival, la estivación, que es funcionalmente parecida al reposo invernal del norte. Muchas geófitas y anuales van más lejos y desaparecen del todo bajo tierra hasta las lluvias.
El resultado es que aquí hay dos picos de crecimiento, no uno: uno en primavera, de marzo a junio, y otro en otoño, de septiembre a noviembre, cuando vuelve el agua y todavía queda temperatura. Ese segundo pulso es probablemente el más desaprovechado del calendario de jardinería español. Es el momento óptimo para plantar árboles y arbustos, para sembrar césped, para dividir vivaces y para instalar acolchados, porque la planta tiene por delante meses de humedad y suelo templado para hacer raíz antes de que llegue el calor. Plantar en primavera obliga al ejemplar a enfrentarse al verano con un sistema radicular sin terminar.
Tres creencias que conviene revisar
«Las plantas en el dormitorio consumen el oxígeno por la noche.» Es cierto que respiran de noche, y falso que eso suponga un problema. Una persona dormida consume del orden de veinte litros de oxígeno por hora; una maceta de interior, unos pocos mililitros. La diferencia es de varios órdenes de magnitud, y el intercambio de aire de una habitación normal la borra por completo. Puedes tener plantas en el dormitorio sin ninguna consecuencia. Como curiosidad, además, las suculentas y cactáceas con metabolismo CAM (aloes, Kalanchoe, Sansevieria, buena parte de las crasas) abren sus estomas precisamente de noche, para perder menos agua, y fijan CO2 mientras duermes.
«Un bosque maduro está en equilibrio y ya no absorbe carbono.» Fue la doctrina durante décadas y las mediciones directas de flujos la han desmentido. Bosques templados y tropicales de edad avanzada siguen acumulando carbono, buena parte de él en el suelo y en la madera muerta, no sólo en los troncos vivos. Un bosque viejo no es un depósito neutro: es un depósito lleno, y talarlo libera lo acumulado durante siglos en cuestión de años.
«Plantando árboles compensamos las emisiones.» Plantar árboles es bueno por muchísimas razones —sombra, biodiversidad, suelo, agua, ciudad habitable—, pero como contabilidad de carbono es un instrumento débil. El almacenamiento es lento, tarda décadas en ser significativo y es reversible: un incendio, una plaga o una motosierra devuelven el carbono a la atmósfera. Un árbol urbano de porte medio fija del orden de unas pocas decenas de kilos de CO2 al año una vez adulto, cifra muy modesta frente a la huella anual de una persona en un país europeo. Planta árboles; no los uses como coartada.
Qué puede hacer un jardín en todo esto
Poco a escala planetaria y bastante a escala de parcela. Lo que de verdad mueve la aguja en un jardín no es la biomasa aérea, sino el carbono del suelo, que es donde reside la mayor reserva terrestre y donde se juega también la fertilidad.
No dejes suelo desnudo. Acolchado orgánico, cubiertas vivas o plantas tapizantes. Un suelo cubierto está más fresco, pierde menos agua y mineraliza más despacio.
Compost en lugar de retirada. Las hojas, el césped segado y los restos de poda que se van en la bolsa gris son carbono y nutrientes que salen de tu parcela. Devolverlos como compost o como acolchado cierra el ciclo.
Menos laboreo. Voltear el suelo cada temporada es la forma más eficaz de quemar la materia orgánica que tanto cuesta acumular.
Deja la turba. Este es el punto con más impacto real y el menos conocido. La turba de los sustratos comerciales se extrae de turberas que llevaban milenios acumulando carbono en condiciones de anoxia; al secarlas y removerlas, ese carbono se oxida y se pierde, y el ecosistema no se recupera en escalas humanas. Existen alternativas razonables: fibra de coco, compost maduro, fibra de madera, corteza compostada. No siempre se comportan igual y hay que ajustar el riego y el abonado, pero funcionan.
Planta leñosas de larga vida y bien adaptadas. Un árbol que aguanta cincuenta años vale mucho más que tres que mueren en cinco. Y en clima mediterráneo, especies que toleren el verano sin riego constante.
En resumen
El planeta tiene un ciclo respiratorio anual medible: el CO2 atmosférico sube durante el invierno boreal y baja durante su verano, con una amplitud de unas 6 o 7 ppm en la medida de referencia de Mauna Loa y más de 15 en las latitudes árticas. Lo marca el hemisferio norte porque ahí está la mayor parte de la tierra firme, y desde 1958 la curva de Keeling lo registra sin interrupción.
Detrás de ese latido hay dos procesos simultáneos, fotosíntesis y respiración, cuyo saldo cambia con la luz y con la temperatura. El suelo aporta una parte enorme de la respiración total y responde al calor y a la humedad, algo que se toca con las manos en cualquier huerto.
En España el ritmo tiene dos frenos, invierno y sequía estival, y por tanto dos pulsos de crecimiento: primavera y otoño. Ajustar el calendario a esa realidad —plantar en otoño, acolchar antes del verano, no dejar el suelo desnudo, prescindir de la turba— es lo que convierte una curiosidad científica en decisiones concretas de jardín.