A media mañana de un día de agosto, con cuarenta grados y el suelo agotado, una encina cierra los estomas y deja de fotosintetizar hasta que cae la tarde. No está enferma ni sufriendo: está haciendo exactamente lo que su linaje lleva perfeccionando desde hace millones de años. Entender el bosque mediterráneo consiste en gran medida en entender esa renuncia, la de crecer poco a cambio de no morir en verano.

Un bosque definido por la sequía de verano

El clima mediterráneo tiene una rareza que lo separa de cualquier otro clima templado del planeta: el periodo más caluroso coincide con el más seco. En un clima atlántico o continental húmedo, la planta dispone de agua justo cuando la temperatura y la luz le permiten crecer. Aquí no. Aquí llueve en otoño y en primavera, entre 350 y 800 mm al año según la comarca, y de junio a septiembre puede no caer nada.

Esa disociación entre agua y calor lo condiciona todo. La vegetación tiene dos ventanas de crecimiento cortas, primavera y otoño, y un parón estival tan estricto como el parón invernal de un bosque nórdico. De ahí vienen la lentitud de la encina, los anillos de crecimiento estrechos y la baja productividad de estas masas.

El clima mediterráneo se da en cinco regiones del mundo (cuenca mediterránea, California, Chile central, El Cabo y suroeste de Australia) que suman apenas un 2 % de la superficie terrestre y concentran cerca del 20 % de la flora vascular conocida. La península ibérica, con unas 6.000 especies de plantas vasculares y más de un 15 % de endemismos, está entre los puntos más ricos.

De dónde viene esta flora

Aquí conviene deshacer una confusión frecuente: la flora esclerófila es mucho más antigua que el clima que hoy la explica. Los ancestros de encinas, lentiscos, madroños y olivos ya vivían en las orillas del antiguo mar de Tetis durante el Terciario, en ambientes cálidos con estación seca. Lo que aparece tarde, hacia el Plioceno, hace unos 3,2 millones de años, es el régimen de lluvias que hoy conocemos, con inviernos húmedos y veranos áridos.

Cuando ese clima se instaló, las especies que ya tenían hoja dura y estrategias de ahorro de agua se encontraron favorecidas y desplazaron a la flora laurifolia subtropical previa, que quedó arrinconada en refugios húmedos: la laurisilva macaronésica de Canarias y Madeira es el descendiente vivo de aquel bosque anterior.

Después llegaron las glaciaciones del Cuaternario, con la península funcionando como refugio de la flora templada europea, y por último el ser humano. Aquí el matiz importa: el bosque mediterráneo europeo lleva unos 7.500 años siendo intervenido. Casi nada de lo que vemos es "virgen". El encinar aclarado que asociamos al paisaje ibérico, la dehesa, es un ecosistema agrosilvopastoral de creación humana, resultado de siglos de desbroce, poda, pastoreo y carboneo. Que sea artificial no lo hace pobre: la dehesa bien gestionada figura entre los sistemas de alto valor natural mejor conservados de Europa.

Cómo es la hoja de la durisilva

La formación se llama durisilva o bosque esclerófilo, del griego skleros, duro. Sus árboles y arbustos comparten una serie de rasgos que son variaciones sobre el mismo problema:

Hoja perenne, pequeña y coriácea, con cutícula gruesa y cerosa. Perenne porque fabricar hoja nueva cada año es caro en un suelo pobre; pequeña porque reduce la superficie de transpiración y facilita disipar calor.

Estomas hundidos en criptas y a menudo protegidos por pelos. El envés blanquecino y afieltrado de la encina, ese tacto de fieltro que se nota con el dedo, es una capa de tricomas que crea un microclima húmedo sobre el estoma y frena la pérdida de vapor.

Control estomático estricto. Cierran a mediodía en verano aunque eso signifique dejar de producir. Encina y coscoja resisten potenciales hídricos muy negativos sin que su sistema conductor se rompa por cavitación.

Raíz profunda y doble. Un sistema superficial que aprovecha las lluvias breves y una raíz pivotante que puede bajar varios metros buscando agua freática. Por eso la encina joven aguanta mal el trasplante: se juega la vida en esa raíz principal, y si se estropea en el vivero no lo compensa después.

Aceites esenciales. El romero, el tomillo, la jara o el lentisco están cargados de terpenos, que reducen la herbivoría y probablemente ayudan a estabilizar las membranas frente al estrés térmico. También los hacen extremadamente inflamables, lo cual tiene consecuencias.

El suelo: pobre, delgado y decisivo

Los suelos mediterráneos suelen ser someros, con poca materia orgánica, buena mineralización estival y una fuerte tendencia a la erosión en cuanto se pierde la cubierta vegetal. Pero lo que más determina qué especie vive dónde no es la profundidad, sino la naturaleza química de la roca madre. Es el gran filtro del paisaje ibérico y casi nunca se explica.

Sobre calizas y margas (Levante, buena parte de Andalucía oriental, prelitoral catalán, Baleares) aparecen suelos rojos tipo terra rossa y rendzinas, y con ellos la coscoja (Quercus coccifera), la sabina negral (Juniperus phoenicea), la jara blanca (Cistus albidus), el romero y el quejigo (Quercus faginea).

Sobre sustratos silíceos (pizarras y granitos del oeste peninsular, Sierra Morena, Extremadura, Sistema Central) manda el alcornoque (Quercus suber), que es estrictamente acidófilo y no prospera en caliza, acompañado de jara pringosa (Cistus ladanifer), brezos, jaguarzos y madroño.

La encina (Quercus ilex, con la subespecie ballota en el interior y la subespecie ilex en el litoral más húmedo) es de las pocas que va bien en ambos, y por eso domina de Gerona a Huelva.

Esto tiene aplicación directa en el jardín: plantar alcornoque en un suelo calizo condena al árbol a una clorosis férrica crónica que ningún quelato resuelve de forma duradera. Antes de elegir especie, mira la roca de tu zona.

Quién vive en el bosque mediterráneo

Pino carrasco, Pinus halepensis, en un monte mediterráneo

El bosque maduro es un encinar o alcornocal denso, de dosel cerrado, sotobosque umbrío y escasa hierba. Junto a las quercíneas aparecen el acebuche (Olea europaea var. sylvestris), el algarrobo (Ceratonia siliqua) en el litoral cálido, el madroño (Arbutus unedo), el durillo (Viburnum tinus), el labiérnago (Phillyrea angustifolia), el mirto (Myrtus communis), el aladierno (Rhamnus alaternus) y el palmito (Chamaerops humilis), la única palmera silvestre de la Europa continental.

Un rasgo poco conocido de estos bosques es la abundancia de lianas, algo que uno asocia al trópico: zarzaparrilla (Smilax aspera), hiedra (Hedera helix), rubia (Rubia peregrina), esparraguera silvestre (Asparagus acutifolius) y clemátide (Clematis flammula) trepan por las ramas y hacen el matorral impenetrable.

Los pinos merecen una aclaración. El pino carrasco (Pinus halepensis), el rodeno (Pinus pinaster) y el piñonero (Pinus pinea) son autóctonos y llevan aquí desde mucho antes que nosotros; ocupan de forma natural crestas, suelos yesosos, arenales y zonas muy degradadas donde la encina no puede. Lo que sí es artificial es su extensión actual: las repoblaciones del siglo XX plantaron millones de pies a marco estrecho, en monocultivos coetáneos y densísimos que hoy son masas estancadas, sin diámetro, sin sotobosque y con una carga de combustible peligrosa. El problema no es el pino, es la plantación.

Cuando el bosque se degrada, la sucesión regresiva es reconocible: encinar → maquia alta de coscoja y lentisco → garriga de romero, tomillo y jara → espartal o pastizal → suelo desnudo. Cada escalón hacia abajo se baja rápido y cada escalón hacia arriba cuesta décadas.

El fuego: adaptación no significa inmunidad

Incendio forestal en la sierra de Tramuntana

El fuego forma parte de la historia evolutiva de este bosque, y las plantas lo demuestran con dos estrategias:

Rebrotadoras. Encina, alcornoque, coscoja, madroño, lentisco o brezo blanco guardan yemas latentes protegidas en la base del tronco o en un lignotúber subterráneo. Arden por arriba y a las pocas semanas emiten un vigoroso rebrote de cepa desde una raíz intacta. El alcornoque suma el corcho, una corteza aislante que le permite sobrevivir al paso de la llama con la copa entera.

Germinadoras. Las jaras acumulan un banco de semillas duras en el suelo cuya germinación se dispara con el choque térmico: el calor rompe la cubierta impermeable y activa una cohorte entera de plántulas tras el incendio. El pino carrasco tiene piñas serótinas que permanecen cerradas en el árbol durante años y liberan la semilla cuando el fuego funde la resina que las sella.

De ahí sale la creencia extendida de que "el monte mediterráneo está hecho para arder y se recupera solo". Es una media verdad peligrosa. Esas adaptaciones se calibraron con fuegos separados por varias décadas. El régimen actual es otro: incendios más frecuentes, más grandes y más intensos.

Y ahí las adaptaciones fallan. Un pinar de carrasco que arde dos veces en quince años desaparece, porque los pinos jóvenes aún no han producido piña suficiente para reponer el banco de semillas. Un encinar rebrota bien la primera vez, peor la segunda y acaba dando paso a matorral. Los fuegos de alta intensidad calcinan el suelo, destruyen la materia orgánica, generan capas hidrófobas y, con la primera tromba de otoño, se llevan por erosión un suelo que tardó siglos en formarse. Después de eso, la regeneración ya no depende de la semilla, sino de si queda algo donde arraigar.

La causa de fondo del incremento no es climática solamente. Es el abandono rural: sin ganado, sin leña, sin carboneo y sin cultivos de secano intercalados, el monte ha acumulado combustible de forma continua en horizontal y en vertical, del suelo a la copa. Y un paisaje sin discontinuidades es un paisaje donde un incendio no se puede parar.

Cambio climático y decaimiento

El escenario para la cuenca mediterránea es de aumento térmico por encima de la media global y de descenso de precipitación, con sequías más largas y olas de calor más intensas. La respuesta del bosque ya se está viendo:

La seca de encinas y alcornoques. Es un decaimiento complejo en el que interviene el oomiceto Phytophthora cinnamomi, que pudre la raíz fina, combinado con sequía prolongada, suelos compactados por el ganado y arbolado envejecido sin regenerado. Afecta a extensas superficies de dehesa en el suroeste peninsular y no tiene tratamiento curativo práctico a escala de monte.

Desplazamiento en altitud. La procesionaria del pino (Thaumetopoea pityocampa) coloniza cotas y latitudes donde antes el frío invernal mataba las orugas. La encina asciende sobre terreno que antes ocupaba el rebollo o el pino silvestre.

Mortalidad en los límites secos. En el sureste, donde el balance hídrico ya estaba al límite, la mortalidad de pino carrasco tras sequías extremas ha sido claramente medible.

Conviene decirlo sin dramatizar: este bosque es de los mejor preparados del mundo para la aridez. Pero la velocidad del cambio es superior a la velocidad con la que una especie que tarda veinte años en dar bellota puede migrar o adaptarse.

Qué se puede hacer, y qué se puede hacer desde un jardín

A escala de monte, las medidas que funcionan están razonablemente claras: clarear las repoblaciones densas para que los pies restantes engorden y resistan la sequía, recuperar mosaicos de pastos, cultivos y bosque que rompan la continuidad del combustible, devolver el pastoreo extensivo como herramienta de gestión, y desconfiar de la reforestación entendida solo como plantar árboles. En muchas laderas quemadas hay regeneración natural suficiente y lo que hace falta es protegerla del ganado y esperar; plantar sobre ella es tirar el dinero.

Desde un jardín particular se puede hacer más de lo que parece:

Planta especies del cortejo mediterráneo. Lentisco, mirto, durillo, madroño, labiérnago, romero, aladierno, coscoja y palmito son plantas de jardín de primer orden, sobrias, longevas y sin riego una vez establecidas. Sustituyen sin problema al seto de tuyas o de Pittosporum, dan flor y fruto para la fauna y no piden nada en agosto.

Planta en otoño. De octubre a diciembre, no en primavera y desde luego no en verano. La planta dispone así de todo el invierno y la primavera para enraizar antes del primer estiaje, que es la prueba que decide si vive o no.

Riega los tres primeros veranos y luego deja de hacerlo. El error habitual es el contrario: descuidar el riego de implantación y después mantener por costumbre un riego de verano que impide a la raíz profundizar y vuelve dependiente a una planta que no debería serlo.

Usa planta de vivero con certificado de procedencia local. Una encina de semilla del norte plantada en el sureste va con desventaja desde el primer día; dentro de una misma especie hay procedencias muy diferentes.

Mantén una franja despejada alrededor de la casa si vives en interfaz urbano-forestal, sin arbolado pegado a la fachada, sin ramas sobre el tejado y sin acumulaciones de leña ni de hojarasca. Es la medida de autoprotección con mejor relación coste-eficacia que existe.

Deja madera muerta si el espacio lo permite. Un tronco caído sostiene insectos saproxílicos, hongos y aves; la manía de la limpieza total del suelo empobrece mucho el sistema.

En resumen

El bosque mediterráneo es un bosque esclerófilo perennifolio adaptado a un clima con la peculiaridad de concentrar sequía y calor en la misma estación. Su flora es de origen terciario, mucho más antigua que el clima actual, que se estableció hace unos tres millones de años. Vive sobre suelos delgados donde la química de la roca madre decide qué especie prospera, con encina en calizo y silíceo, alcornoque solo en silíceo y coscoja preferentemente en calizo. Está adaptado al fuego mediante rebrote de cepa y bancos de semillas activados por el calor, pero esas adaptaciones se diseñaron para incendios cada varias décadas y no soportan la recurrencia actual, agravada por el abandono rural y por repoblaciones demasiado densas. El cambio climático y la seca asociada a Phytophthora cinnamomi están acelerando su decaimiento. Conservarlo pasa por clarear masas, recuperar mosaicos agroganaderos y confiar más en la regeneración natural; y en el jardín, por plantar especies autóctonas en otoño, regarlas solo hasta que se establezcan y dejarlas después vivir del clima que las hizo.


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