El caldo bordelés es probablemente el fungicida más antiguo que sigue usándose a diario, y también uno de los peor aplicados. La mayoría de la gente que lo compra lo emplea cuando ya ve las manchas en la hoja, que es justo el momento en que ha dejado de servir. Entender cómo funciona el cobre explica de una vez por qué el calendario de aplicación importa más que la dosis.

Qué es el caldo bordelés

El caldo bordelés es una suspensión de sulfato de cobre pentahidratado (CuSO4·5H2O) neutralizado con cal apagada, o hidróxido de calcio (Ca(OH)2), en agua. La reacción entre ambos produce una mezcla de hidróxidos y sulfatos básicos de cobre poco solubles, de color azul celeste característico, que queda en suspensión y se adhiere a la superficie vegetal.

Su origen es una casualidad bien documentada. En los viñedos del Médoc, en Burdeos, los viticultores rociaban las cepas cercanas a los caminos con una mezcla azulada de cobre y cal para que el racimo tuviera mal aspecto y los transeúntes no picaran uva. En 1882 el botánico Alexis Millardet observó que precisamente esas cepas eran las únicas que no sufrían el mildiu que estaba arrasando el viñedo francés. Tras estudiarlo, publicó la fórmula en 1885. De ahí el nombre.

Cómo actúa: preventivo, no curativo

Este es el punto que hay que interiorizar. El caldo bordelés no es sistémico: no penetra en los tejidos ni circula por la savia. Forma una película protectora sobre la superficie de hojas, ramas y frutos. La humedad del rocío y de la lluvia, junto con las secreciones ácidas de las esporas de los hongos al germinar, solubilizan lentamente pequeñas cantidades de ion cobre, que bloquea grupos enzimáticos esenciales de la espora y la mata antes de que llegue a penetrar en el tejido.

De ahí se derivan tres consecuencias prácticas:

Hay que aplicarlo antes de la infección, no cuando ya se ven las manchas. Sobre una hoja ya infectada el cobre no hace nada, porque el micelio del hongo está dentro y el cobre está fuera.

Hay que cubrir toda la superficie, incluido el envés, porque lo que no queda mojado no queda protegido.

Hay que renovar el tratamiento tras lluvias importantes, del orden de 20 a 25 mm acumulados, y también a medida que la planta emite brotes y hojas nuevas, que salen desnudas de producto.

Cómo se prepara

Si compras caldo bordelés ya formulado (habitualmente en polvo mojable con un 20 % de cobre metal), basta con seguir la etiqueta y disolverlo en agua agitando. Pero la preparación casera a partir de sulfato de cobre y cal sigue haciéndose y tiene su técnica.

La fórmula clásica es la 1-1-100: 1 kg de sulfato de cobre, 1 kg de cal apagada y 100 litros de agua, es decir, una solución al 1 %. Para el jardín doméstico se traduce en 10 g de sulfato de cobre y 10 g de cal por cada litro de agua. Esa concentración se reserva para los tratamientos de invierno, con la planta sin hoja. Con hoja desarrollada, en primavera y verano, hay que bajar al 0,5 % (5 g de cada por litro) para no quemarla.

Cristales azules de sulfato de cobre

El procedimiento, paso a paso:

1. Usa recipientes de plástico, barro o madera. Nunca metálicos, y muy especialmente nunca de hierro, aluminio o galvanizados: el cobre reacciona con ellos, corroe el recipiente y se inactiva el producto.

2. Disuelve el sulfato de cobre en la mitad del agua, preferiblemente templada, removiendo con un palo de madera. Cuesta bastante disolverlo; lo ideal es dejarlo en remojo la noche anterior en una bolsa de tela suspendida en el agua.

3. En otro recipiente aparte, prepara la lechada de cal con la otra mitad del agua, hasta obtener un líquido blanco y homogéneo.

4. Vierte el sulfato sobre la lechada de cal, en chorro fino y removiendo sin parar. El orden importa: hacerlo al revés, echando la cal sobre el sulfato, produce un precipitado grosero que se adhiere mucho peor a la hoja y atasca la boquilla.

5. Comprueba la neutralización. El caldo debe quedar neutro o ligeramente alcalino, con pH entre 7 y 8. Si queda ácido, el cobre libre quema la vegetación. Se puede medir con papel indicador, pero existe una prueba de campo clásica: introduce en el caldo la hoja limpia de un cuchillo de acero o un clavo de hierro durante un minuto. Si sale recubierto de una capa rojiza de cobre metálico, falta cal y hay que añadir más lechada hasta que el clavo salga limpio.

6. Cuela el caldo antes de cargar el pulverizador y úsalo el mismo día. Envejece mal: en 24 o 48 horas los precipitados crecen, sedimentan y pierden adherencia y eficacia.

Cuándo y cómo se usa

Los momentos clásicos del calendario, para clima peninsular, son tres:

Otoño, en la caída de hoja (aproximadamente noviembre), cuando ha caído entre el 50 y el 70 % del follaje. Sirve para desinfectar las cicatrices foliares, que son la puerta de entrada de chancros y de la lepra del melocotonero.

Invierno, en parada vegetativa, sobre madera desnuda, a dosis alta. Reduce el inóculo que invernó en corteza y yemas.

Final de invierno, en yema hinchada, justo antes de que la yema se abra. Es el tratamiento decisivo contra la abolladura del melocotonero: aplicado después de que la hoja haya brotado ya no sirve de nada.

Durante la temporada se pueden hacer aplicaciones adicionales a dosis reducida en momentos de riesgo, especialmente tras periodos de lluvia con temperaturas suaves. Nunca en plena floración: es fitotóxico para los órganos florales y afecta al cuajado.

Las enfermedades sobre las que resulta útil incluyen el mildiu de la vid (Plasmopara viticola), el mildiu de la patata y el tomate (Phytophthora infestans), la abolladura o lepra del melocotonero (Taphrina deformans), el moteado del manzano y el peral (Venturia inaequalis y V. pirina), el repilo del olivo (Venturia oleaginea), la monilia de los frutales de hueso, diversos chancros y royas. Tiene además cierta acción bactericida, lo que lo hace útil frente a la tuberculosis del olivo y algunas bacteriosis de hueso y pepita.

Hoja afectada por mildiu

Aplícalo a primera hora de la mañana o al atardecer, con la vegetación seca, sin viento y con previsión de al menos 12 horas sin lluvia para que la película llegue a fijarse. Evita tratar con temperaturas por encima de 28 o 30 ºC.

Precauciones

Fitotoxicidad. Quema brotes tiernos, hojas jóvenes y flores si se aplica a dosis alta o en condiciones de calor y humedad persistente. En manzano, peral y algunas variedades de melocotonero puede producir russeting, una rugosidad parduzca en la piel del fruto que estropea su aspecto. Hay especies especialmente sensibles al cobre, entre ellas las cucurbitáceas en pleno desarrollo y algunas variedades de vid.

Acumulación en el suelo. El cobre no se degrada. Es un metal pesado que se queda en los primeros centímetros del terreno de manera indefinida y a largo plazo resulta tóxico para las lombrices, los hongos micorrícicos y la microbiota. En viñedos con más de un siglo de tratamientos cúpricos se han medido acumulaciones importantes. Por eso la normativa europea limita el uso de cobre a un máximo de 4 kg de cobre metal por hectárea y año, con un promedio de 28 kg en 7 años. En un jardín pequeño no vas a llegar a esa cifra, pero la idea de fondo es válida: usa la dosis mínima eficaz y no lo apliques por rutina.

Ecológico no significa inocuo. El caldo bordelés está autorizado en agricultura ecológica, y de ahí procede la idea muy extendida de que es un producto natural y sin riesgo. Es un error. El sulfato de cobre es tóxico por ingestión, muy irritante para ojos y mucosas, y altamente tóxico para peces e invertebrados acuáticos. No trates cerca de estanques, acequias o cursos de agua, ni laves el equipo en un desagüe que vaya a parar a ellos.

Protección personal. Guantes impermeables, gafas, mascarilla y ropa de manga larga tanto al preparar como al aplicar. La cal apagada, además, es cáustica y quema la piel y los ojos.

Plazo de seguridad. Respeta el que indique la etiqueta del producto comercial, que en hortícolas suele situarse en torno a los 15 días. Lava bien la fruta y la verdura tratadas.

Incompatibilidades. No lo mezcles con productos de reacción ácida ni con aceites minerales aplicados a la vez, porque aumenta el riesgo de fitotoxicidad. Si vas a usar aceite de invierno y cobre, espacia las aplicaciones al menos dos semanas.

Alternativas y complementos

Antes de recurrir al cobre conviene agotar el manejo cultural, que es lo que de verdad reduce la presión de hongos: podas de aclareo que ventilen la copa, retirada y destrucción de hojas y frutos momificados caídos, riego por goteo en lugar de aspersión para no mojar el follaje, marcos de plantación amplios y elección de variedades resistentes.

Como complementos preventivos existen el azufre mojable (eficaz contra el oídio, donde el cobre no llega), el bicarbonato potásico, los extractos de cola de caballo ricos en sílice y los tratamientos con Bacillus subtilis o Trichoderma. Ninguno sustituye por completo al cobre en situaciones de alta presión de mildiu, pero permiten reducir el número de aplicaciones cúpricas.

En resumen

El caldo bordelés es una mezcla de sulfato de cobre y cal apagada descubierta en Burdeos en el siglo XIX que actúa como fungicida preventivo de contacto. Se prepara al 1 % para tratamientos de invierno y al 0,5 % con vegetación, disolviendo cada componente por separado en recipientes no metálicos y vertiendo siempre el sulfato sobre la lechada de cal, hasta obtener un pH neutro que se puede comprobar con un clavo de hierro.

Se aplica en caída de hoja, en parada invernal y en yema hinchada, nunca en floración ni con calor fuerte, y se renueva tras las lluvias. Su gran limitación es que no cura: si esperas a ver las manchas, llegas tarde. Y su gran riesgo es la falsa sensación de inocuidad, porque el cobre se acumula de forma permanente en el suelo y es tóxico para la fauna acuática y para la vida del terreno. Dosis mínima, momento correcto y equipo de protección: con eso se aprovecha lo bueno del producto sin pagar la factura de usarlo mal.


Contenidos relacionados